
Flotas en Naftalina: Cómo EE. UU. "congeló" y desguazó su armada de postguerra

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¿Qué ocurre cuando la mayor maquinaria de guerra naval de la historia se vuelve innecesaria de la noche a la mañana? En este episodio de Antena Historia, nos sumergimos en el colosal dilema al que se enfrentó Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial: desmovilizar una armada de miles de barcos, incluidos sus 25 míticos acorazados supervivientes. Analizamos la asombrosa logística de este "gran desguace", desde los buques condenados a fundirse como chatarra y los secretos químicos de la "flota en naftalina" (cocooning), hasta el trágico y espectacular destino de los colosos de acero que fueron sacrificados bajo el fuego de las bombas atómicas en las pruebas de Bikini. Una historia de nostalgia, ingeniería extrema y el nacimiento de la era nuclear que cambió las reglas del juego para siempre. ¡Dale al play y leva anclas con nosotros!
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Amigos de Antena Historia, pónganse cómodos, silúanse algo caliente o fresco, depende de la temperatura que tengáis en casa, y acompañadme en un viaje en el tiempo. Desplacémonos exactamente al 2 de septiembre de 1945. Nos encontramos en la bahía de Tokio. El cielo está encapotado. amenazando una lluvia fina y el ambiente está cargado de una humedad densa y pegajosa. Si miramos a nuestro alrededor, el panorama es abrumador. Una inmensa foresta de mástiles, antenas de radar y chimeneas de color gris naval se extiende hasta donde alcanza la vista. Pero nuestros pies descansan sobre un suelo muy especial, la imponente cubierta de teca del acorazado USS Missouri. Bajo nuestras suelas, más de 45.000 toneladas de acero templado flotan con una estabilidad pasmosa.
Frente a nosotros, una pequeña y sencilla mesa plegable de madera. Un grupo de hombres vestidos con uniformes impecables, pero rostros que reflejan el cansancio acumulado de años de carnicería, estampan su firma en los documentos oficiales de la rendición incondicional del Imperio del Japón. El general Douglas MacArthur pronuncia unas palabras solemnes que quedan grabadas en la historia. Se ha alcanzado la paz. Roguemos a Dios que se preserve a partir de ahora y que la libertad reine en el mundo. La Segunda Guerra Mundial ha terminado. En ese preciso instante, la Armada de los Estados Unidos no es simplemente una marina de guerra victoriosa. Es, de manera indiscutible, la fuerza de proyección militar más colosal, destructiva y basta que jamás haya surcado los océanos de nuestro planeta.
No hay precedentes. Ni el imperio romano en su apogeo ni la marina real británica en el siglo XIX controlaron jamás los mares con semejante nivel de hegemonía absoluta. Hablemos de cifras para que nuestra mente de hombres curiosos puedan calibrar la magnitud de este coloso. Estamos hablando de una flota activa de casi 7.000 buques. Buques de todo tipo. No solo barcos de combate directo, amigo mío, sino una red logística demencial que incluía... Cientos de destructores, lanchas de desembarco, portaaviones de escoltas submarinos y maravillas de la ingeniería como los diques secos flotantes de la clase ABSD. Auténticas catedrales metálicas capaces de levantar del agua a un acorazado en mitad del océano para reparar su casco.
Esta inmensa maquinaria humana y tecnológica estaba tripulada por más de 3.400.000 hombres y mujeres. Y en la cúspide de esta pirámide de fuego se erigían los indiscutibles reyes de la línea. 25 acorazados supervivientes. auténtica fortaleza flotante. Teníamos a los viejos veteranos de la Gran Guerra que habían sido hundidos o dañados en el traicionero fango de Pearl Harbor y que, como el ave fénix, resurgieron de sus cenizas gracias al ingenio de los astilleros americanos para cobrarse su venganza en las aguas de Filipinas. Y, por supuesto, contábamos con los poderosos titanes de la clase Iowa. El pináculo del diseño artillero naval. Monstruos capaces de propulsarse a más de 33 nudos de velocidad y cuyos cañones de 406 milímetros. Podría...
















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