
Homo Stultus: ¿Por qué hacemos cosas tan estúpidas?

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¿Cómo puede una persona normal hacer algo completamente idiota?
En este primer episodio de Homo Stultus (sí, habrá más) recorremos algunas de las decisiones más absurdas y sorprendentes que personas perfectamente capaces han tomado en la vida real, para descubrir qué ocurre cuando sobrevaloramos lo que sabemos, creemos controlar más de lo que realmente controlamos, nos acostumbramos al peligro o perseveramos demasiado tiempo en una idea.
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Estamos en Nueva Delhi. Muchacho de 15 años entra en un hospital acompañado por sus padres y le enseña a los médicos su brazo izquierdo. Al principio no quiere, se resiste, pero su padre le lanza una mirada amenazante y el muchacho se descubre la manga inmediatamente. En el antebrazo tiene varias úlceras, algunas zonas inflamadas y unos pequeños nódulos bajo la piel. El médico le pregunta que desde cuándo tiene aquello y el chaval le contesta que le empezó a salir hace aproximadamente dos meses. Los padres añaden que a pesar de los tratamientos que ha recibido desde entonces, aquello en lugar de ir a mejor, va cada vez. La madre le explica al médico que durante más de mes y medio ha estado siendo tratado en otro hospital. El profesional continúa haciendo preguntas, cómo se hizo las heridas, si recuerda haberse golpeado, si ha utilizado algún producto, si ha tomado alguna sustancia. Y las respuestas del muchacho parecen no encajar con aquello que ese doctor tiene delante. Hay algo extraño, algo que no tiene sentido.
Pasan los días y tras varios exámenes y varias comprobaciones empieza a sospechar que puede haber alguna sustancia detrás de todo aquello. Todavía no concreta nada. El médico solicita una valoración psiquiátrica. El paciente vuelve a ser interrogado, pero esta vez por alguien que se centra no en las heridas, sino en lo que pasa por la cabeza de aquel muchacho, intentando reconstruir lo que ha estado haciendo durante los últimos dos meses. Las heridas no se las ha provocado accidentalmente. tampoco proceden de una infección que haya aparecido por sí sola. Aquel chaval ha introducido una aguja bajo la piel de su antebrazo y se ha inyectado una sustancia determinada. Y no lo ha hecho una vez. No lo ha hecho tampoco dos. Según llegará a contar, lo hizo al menos en tres ocasiones. Y esa sustancia es el mercurio. Un mercurio procedente de termómetros y también de un esfigmomanómetro. Un aparato cuyo nombre es casi impronunciable, que se utiliza para medir la presión arterial. El muchacho extrajo el mercurio y después se lo inyectó directamente bajo la piel.
Podemos imaginar el desconcierto de quienes estaban intentando averiguar qué le ocurría cuando se enteraron de esto. Porque todavía faltaba responder a la pregunta más evidente. ¿Por qué lo había hecho? Una persona puede hacerse daño deliberadamente por mucho tiempo. motivos. Pero aquel chico no parecía un suicida y tampoco alguien que quisiese autolesionarse. El psiquiatra consiguió llegar hasta el fondo del asunto. El chaval acabó confesando el porqué. El porqué se había inyectado mercurio tres veces en su propio brazo. Lo hizo porque quería convertirse en lobezno. Había visto a Logan, el personaje de los X-Men, cuyo esqueleto había sido recubierto con Adamantium, y había llegado a la conclusión de que aquel metal ficticio prácticamente indestructible se parecía mucho al mercurio. Por eso, probablemente, podría conseguir algo parecido a lo que le pasaba a Lobezno, utilizando el mercurio que sí existía en la vida real. No tenía adamantium, pero tenía aquello, de modo que rompió los instrumentos, reunió el metal y se lo introdujo en el brazo. Podríamos dejar la historia aquí, y ya sería bastante curiosa.
Pero cuando los médicos continuaron reconstruyendo sus antecedentes, descubrieron que aquello del mercurio ni siquiera había sido su primer intento de convertirse en un superhéroe. Tiempo atrás había hecho algo parecido, sin la necesidad de recurrir a termómetros ni agujas ni metales, tan solo con la ayuda de unas cuantas arañas. Porque aquel muchacho había intentado que unas cuantas arañas le mordieran repetidas veces para convertirse en Spiderman. Podemos imaginarnos a los médicos escuchando aquella explicación y tratando de decidir exactamente qué tenían delante. Porque resulta muy tentador pensar que aquel muchacho tenía algún tipo de trastorno mental grave o que sufría alguna discapacidad intelectual. Pero lo interesante de todo esto es que la valoración psiquiátrica no encontró nada de eso. El chaval estaba perfectamente. El informe médico dejó bien claro que su coeficiente intelectual era completamente normal y que no había ningún tipo de problema psiquiátrico. Es difícil de creer, ¿verdad? Había ciertas circunstancias personales que lo hacían no ser especiales.




















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