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La increencia y las nuevas formas de religión

La increencia y las nuevas formas de religión

2/6/2026 · 15:05
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¿Asistimos al fin de la religión o a su transformación? Vicente Vide, decano de Teología de la Universidad de Deusto, nos sumerge en el concepto de "espiritualidad líquida". Hoy, la fe no desaparece, sino que se desplaza: desde el imaginario místico de artistas como Rosalía hasta el auge del transhumanismo y la ecoespiritualidad.
Según las fuentes, los "no creyentes" propiamente no existen; todos creemos en algo, ya sea la ciencia, la humanidad o incluso el culto al cuerpo. Estamos pasando de una religión sólida, institucional y heredada, a una personalizada, electiva y de "bricolaje". Un ejemplo curioso es cómo ritos tradicionales, como la ceniza, se vuelven trending topic entre los jóvenes a través de TikTok.
El reto actual es evitar que esta búsqueda de sentido caiga en fundamentalismos. Para Vide, una creencia auténtica, sea religiosa o no, debe ser un proyecto humanista que denuncie la desigualdad y promueva la dignidad humana. Como bien señala el autor, lo que está cambiando no es la sed de trascendencia, sino el agua con la que intentamos saciarla.

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Se suele decir que la religión está en declive, ¿no? Que las iglesias se vacían y, bueno, los datos parecen confirmarlo. Sí, esa es la narrativa general. Pero es que entonces ves a Rosalía, que es una estrella mundial, usando iconografía religiosa por todas partes y diciendo literalmente que el vacío que tenemos solo lo puede llenar Dios. O ves una película de temática religiosa explícita, como La consagración de la primavera, y gana la concha de oro en San Sebastián.

Y de repente, un evento de oración para jóvenes, que no es un concierto, es oración, y llena hasta la bandera el Movistar Arena de Madrid.

Son señales como muy contradictorias. ¿Qué está pasando realmente con la fe en nuestra sociedad? Es que esa contradicción es, yo creo, la clave de todo. Y los materiales que analizamos hoy proponen una idea que es fascinante. A ver. Que estamos interpretando mal las señales. Que no estamos asistiendo a un simple declive. Es más bien una transformación profundísima de la creencia. ¿Una transformación? Sí. La pregunta clave ya no es si la gente cree o no cree.

Eso ya casi no importa. La pregunta ahora es en qué cree y sobre todo cómo lo hace. El marco mental que usábamos, creyentes aquí y no creyentes allá, se ha quedado obsoleto. Ya no sirve. O sea que el punto de partida es que la propia categoría de no creyente ya no nos funciona para analizar lo que pasa. Exacto. Suena provocador, ¿eh? Pero me gusta.

Vamos a empezar por ahí, porque me parece una idea muy potente para arrancar. Es que es el cimiento de todo el análisis. La afirmación es contundente. Los no creyentes, en un sentido estricto, no existen. Uf, así de claro. Sí, y no es solo por provocar. Tiene una base filosófica muy sólida que de hecho se remonta a Ortega y Gasset. Ah, la idea de que todos vivimos en creencias, ¿no? Que son como el suelo que pisamos aunque ni nos demos cuenta.

Exactamente. Nadie vive en el vacío. Se puede no creer, por ejemplo, en el Dios cristiano, pero esa misma persona cree a pies juntillas en la ciencia. Claro. O cree en los derechos humanos como un valor absoluto, o en el progreso. Esas son sus creencias. Son, por así decirlo, el sistema operativo sobre el que corre su vida. Así que nadie es no creyente en un sentido absoluto.

Vale, entiendo el argumento filosófico, pero en la calle la gente se define como atea o agnóstica. ¿No es un poco un juego de palabras? ¿Qué diferencia real hay en la práctica? Es una buena pregunta. La diferencia es que el término no creyente, además, es problemático por otras razones. ¿Ah, sí? Sí. Primero, es relativo. O sea, para un budista, un cristiano es un no creyente en Buda. Depende siempre desde dónde mires. Claro.

Y segundo, que esto es quizá lo más importante. Es un término negativo. Define a alguien por lo que no es. Uno de los textos que manejamos usa una analogía que me parece genial. A ver. Es como si a alguien se le definiera como no aficionado del Atlético de Madrid. ¡Qué buena! Claro, no te dice nada sobre quién es. Nada. No te dice si le gusta el cine, el baloncesto. Solo lo define por una ausencia. Vale.

Lo veo perfectamente. No es una categoría que describa, sino que niega. De acuerdo. Entonces, si aceptamos que no hay una crisis de creencia como tal, ¿qué es lo que sí está en crisis? Porque las iglesias vacías son una realidad, ¿eh? Las cifras son las que son. Desde luego. Lo que las cifras muestran, y sin ninguna duda, es una creciente y masiva desafección institucional.

La gente no abandona la necesidad de creer. Abandona las instituciones que tradicionalmente administraban esas creencias. Los datos para España son abrumadores. El 61% de los jóvenes no se identifica con ninguna religión. Es muchísimo. Muchísimo. Y los matrimonios por la iglesia están en mínimos históricos. Las matriculaciones en religión, igual.

Pero lo interesante es la actitud que hay detrás. ¿En qué sentido? Ya no es el ateísmo beligerante del siglo XX, ese que combatía la religión. No. Ahora es algo que un sociólogo llamó apateísmo. Apateísmo, es la primera vez que lo oigo. Significa simplemente apatía hacia Dios o la religión. No es un Dios no existe combativo, es un me da igual.

Un paso del tema. Una indiferencia. Eso es, una indiferencia generalizada. La cuestión religiosa, para muchísima gente, pues simplemente ha dejado de ser una pregunta relevante en su día a día. He sido brillante. El paso de una fe sólida a una fe líquida. Es que es el concepto central para entenderlo todo. La fe sólida es el modelo tradicional, el de siempre. Vale. Es una fe institucional, con dogmas claros, heredada de padres a hijos casi como el apellido.

Se vive en comunidad, en la parroquia, y está muy marcada por los ritos. Bautizo, comunión, boda. Eso es.

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