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La Isla del Tesoro – Parte 3 🏝️ Mi aventura en la isla | Audiolibro completo dramatizado

La Isla del Tesoro – Parte 3 🏝️ Mi aventura en la isla | Audiolibro completo dramatizado

5/11/2026 · 46:00
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Description of La Isla del Tesoro – Parte 3 🏝️ Mi aventura en la isla | Audiolibro completo dramatizado

En este nuevo episodio de Divergencia Cero, te invito a adentrarte en la parte 3 de La isla del tesoro: Mi aventura en la isla. Aquí es donde todo cambia. La tensión crece, los peligros se multiplican y la inocencia queda atrás entre selvas desconocidas, alianzas frágiles y decisiones que marcan el destino.

Una interpretación humana, cuidada y dramatizada, pensada para que sientas la historia como si estuvieras allí, junto a Jim Hawkins, dando cada paso sobre larenas movedizas.

Si buscas redescubrir este clásico con una atmósfera envolvente, este es tu lugar.

🎧 Escucha la historia completa aquí:
https://www.youtube.com/playlist?list=PL1dybAmS87FMnh1HDb6E8kYkHSNt2yQcK

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Tercera parte. Mi aventura en la isla. Capítulo 13. ¿Cómo comenzó mi aventura en tierra firme? La apariencia de la isla cuando subía cubierta a la mañana siguiente había cambiado por completo.

Aunque la brisa había cesado del todo, habíamos avanzado mucho durante la noche y ahora nos hallábamos a la deriva, inmóviles, a medio kilómetro aproximadamente al sudeste de la baja costa oriental. Bosques de tonalidad gris cubrían gran parte de la superficie.

Este tinte uniforme se interrumpía aquí y allá por franjas de arena amarilla en las tierras bajas y por muchos árboles altos de la familia de los pinos que sobresalían por encima del resto, unos aislados y otros en grupos. Pero la tonalidad general era uniforme y triste. Las colinas se alzaban nítidamente por encima de la vegetación en forma de agujas de roca desnuda.

Todas tenían formas extrañas, y el catalejo, que era por unos 100 metros el pico más alto de la isla, era también el de forma más extraña, pues se alzaba abruptamente por casi todos sus lados y luego terminaba de golpe en una cima plana como un pedestal para colocar una estatua. La española se balanceaba hasta las bordas con el oleaje del océano.

Las perchas tiraban de los motones, el timón golpeaba de un lado a otro, y todo el barco crujía, gemía y se sacudía como una fábrica en marcha.

Tuve que agarrarme con fuerza a lo benque, y el mundo giraba vertiginosamente ante mis ojos, pues aunque me consideraba un marinero decente cuando el barco avanzaba, eso de estar quieto y ser mecido como una botella era algo que nunca aprendí a soportar sin náuseas, y menos aún por la mañana, con el estómago vacío. Tal vez fuera eso.

O tal vez fuera el aspecto de la isla, con sus bosques grises y melancólicos, sus espiras de piedra salvaje y la rompiente que podíamos ver y oír, espumosa y atronadora contra la playa escarpada. El caso es que aunque el sol brillaba fuerte y caliente y las aves costeras pescaban y sillaban a nuestro alrededor, y cualquiera habría pensado que estaríamos deseando pisar tierra firme después de tanto tiempo en el mar, A mí se me encogió el corazón, como suele decirse, y desde la primera mirada odié hasta el pensamiento de la isla del tesoro.

Nos esperaba una mañana de trabajo tedioso, porque no se divisaba el menos soplo de viento y había que sacar los botes, armar las tripulaciones y remorcar el barco tres o cuatro millas hasta rodear el extremo de la isla y adentrarnos por el estrecho pasaje que llevaba al fondeadero tras la isla del esqueleto. Me ofrecí voluntario para uno de los botes, aunque no tenía ningún motivo para hacerlo.

El calor era sofocante y los hombres protestaban amargamente mientras remaban. Anderson estaba al mando de mi bote y en vez de mantener a la tripulación en orden, refunfuñaba tanto como el peor de ellos. —Bueno —dijo con una blasfemia—, al menos esto no va a durar para siempre.

Me pareció una muy mala señal, pues hasta ese día los hombres habían cumplido con su trabajo de buen grado y con ánimo, pero el simple avistamiento de la isla había relajado las cuerdas de la disciplina. Durante toda la maniobra John el Largo se mantuvo junto al timonel y dirigió el barco. Conocía el paso como la palma de su mano.

Y aunque el sondador obtenía en cada punto más profundidad de la que figuraba en el mapa, John no vaciló ni una sola vez. Pero aquí hay una fuerte corriente con la baja mar, dijo. Y este paso ha sido cavado, por así decirlo, con una pala.

Echamos el ancla justo donde indicaba el mapa. A unos 600 metros de cada orilla, con tierra firme a un lado y la isla del esqueleto al otro. El fondo era de arena limpia. El chapuzón de nuestra ancla levantó una nube.

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