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La isla del tesoro -Parte 4: La empalizada - Audiolibro dramatizado con voz humana

La isla del tesoro -Parte 4: La empalizada - Audiolibro dramatizado con voz humana

5/18/2026 · 01:19:52
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Description of La isla del tesoro -Parte 4: La empalizada - Audiolibro dramatizado con voz humana

En este nuevo episodio de Divergencia Cero, te invito a adentrarte en la parte 4 de La isla del tesoro: La empalizada. La historia se encierra, se vuelve más tensa, más física. Ya no hay huida posible: toca resistir.

Una interpretación humana, cuidada y dramatizada, pensada para que sientas cada disparo, cada silencio y cada decisión tomada al límite.

Si quieres seguir la historia tal como merece ser escuchada, este es tu lugar.

🎧 Escucha la historia completa aquí:
https://www.youtube.com/playlist?list=PL1dybAmS87FMnh1HDb6E8kYkHSNt2yQcK

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Capítulo 16. Continuación del relato por el doctor. ¿Cómo fue abandonado el navío? Serían alrededor de la una y media, tres campanadas en la jerga marina, cuando los dos botes partieron hacia la costa desde la española. El capitán, el caballero y yo estábamos deliberando en el camarote.

De haber soplado la menor brisa, habríamos caído sobre los seis amotinados que quedaban a bordo con nosotros, habríamos largado el cable y nos habríamos hecho a la mar. Pero el viento faltaba, y para colmo de nuestra impotencia, apareció Hunter con la noticia de que Jim Hawkins se había deslizado en un bote y se había ido a tierra con los demás. No se nos ocurrió dudar de Jim Hawkins, mas temimos por su seguridad.

Con los hombres en el estado en el que se hallaban, parecía cuestión de azar que volviéramos a ver al muchacho. Subimos a cubierta. La brea hervía en las junturas. El hedor pestilente del lugar me revolvía el estómago. Si jamás un hombre percibió el olor de la fiebre y la desentería, era aquel fondeadero abominable. Los seis bribones estaban sentados rezongando bajo una vela en el castillo de proa.

En tierra distinguíamos los botes amarrados y un hombre en cada uno, junto a la desembocadura del río. Uno de ellos silbaba Lili Bulero. La espera se hacía insoportable y se decidió que Hunter y yo fuésemos a tierra en el bote menor en busca de noticias.

Los otros botes se habían inclinado hacia la derecha, mas Hunter y yo remamos en línea recta en dirección al cercado señalado en la carta. Los dos que habían quedado guardando las embarcaciones se mostraron agitados a nuestra vista. Cesó Lili Bulero y pude verlos deliberar sobre lo que debían hacer.

De haber ido a avisar a Silver, todo habría podido resultar de otro modo. Pero tenían sus órdenes, supongo, y resolvieron permanecer quietos donde estaban y reanudar el silbido de Lili Bulero. Había una ligera curva en la costa y goberné de manera que quedase entre nosotros. Así, aún antes de desembarcar, habíamos perdido de vista los botes.

Salté a tierra y avancé casi corriendo cuanto me atreví, con un gran pañuelo de seda bajo el sombrero para aliviar el calor y un par de pistolas cebadas por precaución. No había recorrido cien yardas cuando llegué al cercado. Era de este modo.

Un manantial de agua clara brotaba casi en la cima de un otero. Pues bien, en el otero y encerrando la fuente habían levantado una sólida casa de troncos, capaz de albergar a 40 hombres en caso de necesidad y provista de troneras a ambos lados para la fusilería.

Todo alrededor habían despejado un amplio espacio y la obra se completaba con una empalizada de seis pies de altura, sin puerta ni abertura alguna, demasiado fuerte para derribarla sin tiempo y esfuerzo, y demasiado abierta para servir de abrigo a los sitiadores. Los que ocupaban la casa de troncos llevaban en todo la ventaja, permanecían a cubierto y disparaban a los otros como a pérdices.

Todo lo que necesitaban era buena vigilancia y provisiones, pues salvo sorpresa completa, podrían haber sostenido el lugar contra un regimiento. Lo que más llamó mi atención fue el manantial, porque aunque disponíamos de un sitio bastante cómodo en el camarote de la española, con abundancia de armas y municiones, víveres y excelentes vinos, había un punto olvidado. Carecíamos de agua.

Reflexionaba yo sobre ello cuando resonó por la isla el grito de un hombre en trance de muerte. No me era ajena la muerte violenta. He servido a su Alteza Real, el Duque de Cumberland, y recibí yo mismo una herida en Fontenoy. Batalla de 1745 en la guerra de sucesión austriaca. Pero sentí que el pulso me daba un vuelco. Jim Hawkins ha muerto.

Fue mi primer pensamiento. Una cosa es haber sido soldado veterano, pero más aún ser médico. No hay tiempo para vacilar en nuestro oficio.

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