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La isla del tesoro -Parte 5: Mi aventura en el mar - Audiolibro dramatizado con voz humana

La isla del tesoro -Parte 5: Mi aventura en el mar - Audiolibro dramatizado con voz humana

5/25/2026 · 01:34:35
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Birenvenido a la parte 5 del audiolibro de La Isla del Tesoro. En esta quinta parte, Jim Hawkins toma una decisión temeraria pero decisiva para el buen término de la aventura.

Una interpretación humana, cuidada y dramatizada, pensada para que sientas cada disparo, cada silencio y cada decisión tomada al límite.

Si quieres seguir la historia tal como merece ser escuchada, este es tu lugar.

🎧 Escucha la historia completa aquí:
https://www.youtube.com/playlist?list=PL1dybAmS87FMnh1HDb6E8kYkHSNt2yQcK

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La isla del tesoro. Una novela de Robert Louis Stevenson. Parte 5. Mi aventura en el mar. Capítulo 22. Cómo comencé mi aventura en el mar.

No hubo regreso de los amotinados, ni siquiera otro disparo desde el bosque. Ya habían recibido su ración por aquel día, como decía el capitán, y nosotros tuvimos el lugar para nosotros solos y un rato de calma para atender a los heridos y preparar la comida.

El caballero y yo cocinamos fuera a pesar del peligro. Y aún allí apenas sabíamos lo que hacíamos por el horror que nos causaban los fuertes gemidos que nos llegaban de los pacientes del doctor. De los ocho hombres que habían caído en acción, solo tres seguían respirando. Aquel pirata al que habían disparado en la tronera, Hunter y el capitán Smollett.

Y de estos, los dos primeros estaban prácticamente muertos. El amotinado murió, de hecho, bajo el bisturí del doctor. Y Hunter, hiciéramos lo que hiciéramos, no recobró jamás el conocimiento en este mundo.

Se pasó todo el día agonizando, respirando con estrépito como el viejo bucanero en la taberna durante su ataque de apoplejía. Pero los huesos del pecho se le habían aplastado por el golpe, y el cráneo se le había fracturado al caer. Y en algún momento de la noche siguiente, sin señal ni sonido alguno, se fue a rendir cuentas con el Creador.

En cuanto al capitán, sus heridas eran ciertamente graves, pero no peligrosas. Ningún órgano vital había sido alcanzado de muerte. La bala de Anderson, pues fue Job quien le disparó primero. Le había roto el homoplato y rozado el pulmón, aunque no gravemente. La segunda solo había desgarrado y desplazado algunos músculos de la pantorrilla.

El doctor dijo que sin duda se recuperaría, pero mientras tanto y durante semanas no debía ni caminar ni mover el brazo, ni siquiera hablar cuando pudiera evitarlo. Mi propio corte accidental en los nudillos no era más que una minucia. El doctor Lipsy me lo vendó con esparadrapo y de propina me tiró de las orejas.

Después de comer, el caballero Treloni y el doctor se sentaron un rato junto al capitán para deliberar. Y cuando ya hubieron hablado cuanto quisieron, siendo entonces poco más tarde del mediodía, el doctor cogió su sombrero y sus pistolas, se ciñó un sable, se guardó el mapa en el bolsillo y, con un mosquete al hombro, cruzó la empalizada por el lado norte y se internó con paso resuelto entre los árboles.

Grey y yo estábamos sentados juntos en el extremo más alejado del fortín, para quedar fuera del alcance del oído de nuestros oficiales mientras deliberaban. Y Grey se sacó la pipa de la boca y literalmente se olvidó de volvérsela a poner, tan atónito se quedó ante aquello. Pero en nombre de David Jones, ¿se ha vuelto loco el Dr. Livesey? Dijo.

—Pues no —respondí yo—. Me parece que es el último de esta tripulación a quien le pasaría algo así. —Bueno, camarada —dijo Grey—, puede que no esté loco, pero si él no lo está, apúntate bien esto. Entonces el loco soy yo. —Yo creo —respondí— que el doctor tiene alguna idea. Y si no me equivoco, ahora va a ver a Ben Gunn.

Yo tenía razón, como se vio más tarde, pero mientras tanto, como la casa estaba sofocantemente calurosa y el pequeño trozo de arena dentro de la empalizada ardía bajo el sol de mediodía, empezó a rondarme otra idea, que no era ni mucho menos tan acertada.

Lo que empecé a sentir fue envidia del doctor, paseando por la fresca sombra de los bosques con los pájaros a su alrededor y el agradable olor de los pinos, mientras yo estaba allí achicharrándome, con la ropa pegada a la resina caliente, tanta sangre alrededor y tantos pobres cadáveres tendidos por todas partes, hasta el punto de que aquel lugar me produjo una repugnancia.

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