

Description of Jason el impostor
Jason Arday era, hasta la semana pasada, catedrático de sociología de la educación en la universidad de Cambridge. Consiguió el puesto en 2023 cuando tenía 37 años, lo que le convirtió en el catedrático negro más joven en historia de esta centenaria universidad. Su ascenso parecía un milagro. Hijo de inmigrantes ghaneses criado en un barrio de clase trabajadora del sur de Londres, contaba que le habían diagnosticado autismo y retraso del desarrollo, que no habló hasta los 11 años y que no leyó ni escribió hasta los 18. A pesar de todo ello, en menos de veinte años se hizo con una cátedra en una de las universidades más antiguas y prestigiosas del mundo. A eso había que añadir méritos múltiples como filántropo, atleta y santo laico que recaudaba millones de libras corriendo maratones. Hasta cierto punto se entiende que los medios le adorasen porque su historia era realmente conmovedora.
El problema es que esa historia no era cierta. Todo empezó hace cosa de un año con unas acusaciones de plagio en su tesis doctoral que realizó un periodista de Times Higher Education, una revista especializada en temas educativos. Pero el asunto quedó aparcado porque la universidad en la que hizo el doctorado, la John Moores de Liverpool, dio por buena la tesis. Poco después el biólogo Nathan Cofnas se encargó de revelar en Substack decenas de pasajes casi literales copiados de una tesis ajena que se presentó en 2009. La historia estalló cuando la retomaron grandes rotativos londinenses como The Times, The Daily Telegraph o The Guardian. La universidad de Cambridge respondió denunciando una vil campaña de desprestigio contra Arday, la izquierda mediática entretanto cerró filas con él hablando de racismo.
Pero dos hechos lo cambiaron todo. El primero fue que Retraction Watch revisó la información relativa al plagio y constató que era cierta. Arday había plagiado de forma extensa otra tesis. En Cambridge, además, lo sabían. Peor aún, la universidad hizo todo lo posible para intimidar a quienes investigaban. Un año antes Arday contrató a Carter-Ruck para amordazar al periodista de Times Higher Education y le denunció ante la policía por acoso cuando tan solo se había limitado a enviar tres correos muy educados en dos meses.
El segundo fue que, gracias al escrutinio de periodistas y aficionados, se supo que Arday no había falseado solo su obra, sino su vida entera. Todo lo que decía sobre sus propios logros era mentira. Sus hazañas maratonianas no aparecen en ningún registro y no hay constancia de que la obra solidaria que dijo realizar en Sudamérica sea cierta. Tampoco son ciertas las supuestas amenazas racistas que aseguró que había tenido que padecer en Cambridge. Presumía también de haber sido profesor en varias universidades, de un libro que la editorial Palgrave McMillan rechazó, de aparecer en un documental grabado antes de que él naciera y de haber recibido castigos físicos en el colegio. Tampoco está muy claro que sea autista.
Por lo demás, su obra académica es muy deficiente, está llena de charlatanería posmoderna y cursilerías propias de un manual de autoayuda. Como profesor era pésimo. Muchos de sus alumnos se quejaron porque las supervisiones eran muy malas o inexistentes. El miércoles pasado la universidad de Cambridge abrió una investigación interna y Arday dimitió horas después. La cuestión de fondo no es tanto Arday en sí mismo como el sistema académico que lo ha hecho posible. Una universidad rendida a todos los delirios posmodernos, incapaz de exigir a un académico negro los estándares que se exigen a otros, hizo de Arday una mascota. El racismo invertido sigue siendo racismo. Al impostor, entretanto, le abrieron la puerta de par en par sin mirarle siquiera el currículum.
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0:00 Introducción
4:10 Jason el impostor
46:24 Educación para los MENA
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Soy Fernando Díaz Villanueva, hoy es 11 de agosto de 2026 y esto es La Contracrónica. Jason Arday era hasta la semana pasada catedrático de Sociología de la Educación en la Universidad de Cambridge. Consiguió el puesto en 2023 cuando tenía 37 años, lo que le convirtió en el catedrático negro más joven en la historia de esta centenaria universidad. Su ascenso parecía un milagro. Hijo de inmigrantes ganeses, criado en un barrio de clase trabajadora del sur de Londres, contaba que le habían diagnosticado autismo y retraso del desarrollo. que no habló hasta los 11 años y que no leyó ni escribió hasta los 18. A pesar de todo ello, en menos de 20 años se hizo con una cátedra en una de las universidades más antiguas y prestigiosas del mundo. A eso habría que añadir méritos múltiples, como filántropo, atleta y santo laico que recaudaba millones de libras corriendo maratones. Hasta cierto punto se entiende que los medios le adorasen, porque su historia era realmente conmovedora. El problema... Es que esa historia no era cierta. Todo empezó hace cosa de un año con unas acusaciones de plagio en su tesis doctoral que realizó un periodista de Times Higher Education, una revista especializada en temas educativos.
Pero el asunto quedó aparcado, porque la universidad en la que hizo el doctorado, la John Moores de Liverpool, dio por buena la tesis. Poco después, el biólogo Nathan Kovnas se encargó de revelar en Substack decenas de pasajes casi literales. copiados de una tesis ajena que se presentó en 2009. La historia estalló cuando la retomaron grandes rotativos londinenses como The Times, The Daily Telegraph o The Guardian. La Universidad de Cambridge respondió denunciando una vil campaña de desprestigio contra Arday. La izquierda mediática, entre tanto, cerró filas con él hablando de racismo. Pero dos hechos lo cambiaron todo. El primero fue que Retraction Watch revisó la información relativa al plagio y constató que era cierta. Ardey había plagiado de forma extensa otra tesis. En Cambridge además lo sabían. Peor aún, la universidad hizo todo lo posible para intimidar a quienes investigaban. Un año antes, Ardey había contratado a Carter Rook, un despacho de abogados muy importante del Reino Unido, para amordazar al periodista de Times Higher Education y le denunció incluso ante la policía por acoso, cuando tan solo se había limitado a enviar tres correos muy educados en dos meses.
El segundo fue que, gracias al escrutinio de periodistas y aficionados, se supo que Arday no había falseado solo su obra, sino su vida entera. Todo lo que decía sobre sus propios logros era mentira. Sus hazañas maratonianas no aparecen en ningún registro y no hay constancia de que la obra solidaria que dijo realizar en Sudamérica sea cierta. Tampoco son ciertas las supuestas amenazas racistas que aseguró que había tenido que padecer en Cambridge. Presumía también de haber sido profesor en varias universidades, de un libro que la editorial Palgrave Macmillan rechazó, de aparecer en un documental grabado antes de que él naciera y de haber recibido castigos físicos en el colegio. Tampoco está muy claro que sea autista. Por lo demás, su obra académica es muy deficiente. Está llena de charlatanería postmoderna y cursilerías propias de un manual de autoayuda. Como profesor era pésimo. Muchos de sus alumnos se quejaron porque las supervisiones eran muy malas o inexistentes. El miércoles pasado, la Universidad de Cambridge abrió una investigación interna y Arday dimitió horas después.
La cuestión de fondo no es tanto Arday en sí mismo como el sistema académico que le ha hecho posible. Una universidad rendida a todos los delirios postmodernos, incapaz de exigir a un académico negro los estándares que se exigen a otros, Hizo Derdey algo así como una mascota. El racismo invertido sigue siendo racismo. Al impostor, entre tanto, le abrieron la puerta de par en par sin mirarle siquiera el currículum. Jason Arday era hasta la semana pasada, hasta el miércoles pasado exactamente, profesor, mejor dicho catedrático, lo que se conoce en Cambridge como full profesor de sociología de la educación en la Universidad de Cambridge. Cuando le nombraron, de esto hace ya tres años, en el año 2023, se convirtió en la persona de raza negra más joven en ocupar un puesto de este tipo, un puesto que no es para nada fácil de obtener. Con menos de 40 años es poco menos que imposible llegar a ser catedrático en Cambridge. En fin, para entonces ya era una especie de celebridad menor. Era objeto de muchísimas entrevistas, de perfiles mediáticos adulatorios.















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