La jaula de tía Enedina, de Adela Fernández, 8 minutos de terror psicológico

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11/4/2025 · 08:10
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A veces, la casa de la bruja no duerme del todo.

Entre sus paredes quedan ecos de historias pequeñas.

Acompáñame y escucha este susurro.

La jaula de tía Enedina, de Adela Fernández, narrado por Juan Carlos Albarracín.

Desde que tenía ocho años, me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca.

Según mi madre, enloqueció de soledad.

Tía Enedina vivía en el cuarto de trevejos que está al fondo del traspatio.

Conforme me acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla.

Ni siquiera tenían curiosidad por ella.

Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos.

Por esto sí me preguntaban, y con sumo interés.

Era importante para ellos saber cómo iba la engorda.

En cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco.

Así eran las cosas, así fueron siempre.

Así me hice hombre en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a mi tía.

Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado.

A mi tía nadie la quiere, a mí tampoco, porque soy negro.

Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo.

Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo.

Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron.

Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren.

Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente.

Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas.

Entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.

Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda, un hombre sucio y harapiento tocó la puerta preguntando por ella.

Le aseguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera.

Compadecido de su futuro, le regaló una enorme jaula de latón para que en su vejez se consolara cuidando canarios.

Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.

Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad.

Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben haber sido así.

Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño, tener un canario.

Cuando voy a verla es lo único que me pide y en todos estos años yo no he podido llevárselo.

En casa a mí no me dan dinero.

El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida.

Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.

La verdad, a mí me da mucha lástima mi tía y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias.

Entré al cuarto.

Ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro.

Se dio cuenta de que su agilidad huidiza fue para mí fascinante.

Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos.

Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra.

Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste.

Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.

Atientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla.

¡Qué difícil me fue atraparla! Estaba sucia y avestosa.

Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la santa leprosa de la capilla de San Lázaro.

Huesuda, cadavérica, con un dios adentro que se gana mediante la conformidad.

No fue fácil hacerle el amor.

Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella.

Todo esto a cambio de un canario que, por más empeño que puse, no podía arreglar.

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