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"La búsqueda de la suerte" de Angela Carter. Leído por Víctor Manuel Palomares Lara.

"La búsqueda de la suerte" de Angela Carter. Leído por Víctor Manuel Palomares Lara.

9/28/2026 · 09:44
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Cuento que procede de la antología "Cuentos de hadas" de Angela Carter.
Una anciana busca consejo del Sol Eterno después de que su vecino roba sus huevos. Tras impartir sabiduría a varios seres, su vecino enfrenta un trágico destino, lo que le otorga paz.
¡Ojo con los consejos del sol! Tela marinera.
Otro relato de nuestra querida criatura oscura Víctor Manuel Palomares Lara.

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Cuentos de hadas, de Ángela Carter. La búsqueda de la suerte, Grecia. Por continuar con la historia sin interrupciones, había una anciana que tenía una gallina. Igual que ella, la gallina estaba ya entrada en años y era una buena trabajadora. Todos los días ponía un huevo. La anciana tenía un vecino también anciano, un viejo achacoso que cuando ella se iba a cualquier sitio aprovechaba para robarle el huevo. La pobre mujer estaba siempre al acecho para atrapar al ladrón, pero nunca lo lograba, ni quería tampoco acusar a nadie, de manera que se le ocurrió la idea de ir a preguntarle al sol inmortal. Emprendió entonces el viaje y en el camino se encontró con tres hermanas, las tres solteronas. Cuando las vio, se pusieron a correr tras ella para averiguar a dónde se encaminaba. Ella les contó en qué apuro se hallaba. —¿Y ahora? —¿Y ahora? —dijo. —Voy de camino a ver al sol inmortal, para preguntarle quién puede ser el hijo de puta que me está robando los huevos y que inflinge así tal crueldad a una pobre anciana fatigada como yo.

Cuando las chicas lo oyeron, se la echaron las tres sobre los hombros, exclamando. —¡Oh, tita! Te lo suplicamos. Pregúntale también por nosotras. ¿Qué nos sucede? Pues nos encontramos marido. —Muy bien —dijo la anciana—, se lo preguntaré. Puede que atienda todas mis peticiones. Así que continuó y se tropezó con una anciana que tiritaba de frío. Cuando la anciana la vio y supo a dónde se dirigía, empezó a implorarle. —Te suplico, anciana, que le preguntes algo también de mi parte. ¿Qué me sucede? Pues nunca entro en calor, pese a llevar encima tres abrigos de pieles, uno sobre el otro. —Muy bien —dijo la anciana—, se lo preguntaré. Pero ¿cómo puedo ayudarte yo? Así que continuó y llegó a un río que discurría turbio y oscuro como la sangre. Había escuchado su rumor desde muy lejos, un rumor que había provocado que sus rodillas temblasen de miedo. Cuando el río la vio, también le preguntó con su voz salvaje y enojada a dónde se encaminaba. Ella le dijo lo que tenía que decir.

El río le pidió, —Si es así, pregúntale también acerca de mí. ¿Qué me aflige? ¿Por qué no puedo discurrir con calma? Muy bien, mi querido río, muy bien, dijo la anciana sumida en un pavor tal que apenas podía proseguir la marcha. Así que continuó adelante hasta que llegó a un risco gigantesco, monstruoso, que llevaba muchísimos años suspendido en el vacío y ya no podía caer ni dejar de caer. El risco le suplicó a la anciana que preguntase qué fuerza lo estaba oprimiendo, que no permitía que cayera de una vez y dejara tranquilos a cuantos pasaban por debajo de él. Muy bien, dijo la anciana. Le preguntaré. No es mucho pedir por tu parte y puedo asumir la responsabilidad. Dicho esto, la anciana se dio cuenta de que era ya muy tarde. Así que levantó los pies del suelo y... ¡cómo corrió! Cuando alcanzó la cresta de la montaña, vio al sol inmortal que se estaba atusando la barba con un peine dorado. En cuanto éste la divisó, le dio la bienvenida solemnemente, le ofreció un escabel para que se sentara y le preguntó por qué se había acercado hasta allí.

La anciana le contó lo que sucedía con los huevos que ponía su gallina. —Postrada a tus pies te lo imploro —suplicó—, dime quién es el ladrón. Ojalá lo supiera ya. De ser así, no estaría ahora maldiciendo de esta manera demencial y llenando de rencor mi alma. Además, mira, te he traído este pañuelo lleno de peras de mi huerto y una cesta repleta de panecillos que yo misma he horneado. El sol inmortal repuso. El hombre que roba tus huevos es ese vecino tuyo. Pero mira, no le digas nada, déjaselo a Dios que al final le dará el escarmiento que merece. Mientras venía hasta aquí, le dijo la anciana al sol inmortal, me encontré a tres chicas solteras y cómo me imploraron. Pregúntale sobre nosotras que nos aflige que no encontramos marido. Ya sé de quién me hablas. No son chicas que nadie desee tener por esposa. Son vagas. No tienen madre para guiarlas ni padre tampoco. De manera que cada día se despiertan y barren la casa sin haber esparcido agua antes. Así que...

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