

Description of "La Muerta" de Guy de Maupassant
Hay relatos de terror que necesitan fantasmas, casas abandonadas, cementerios y apariciones para provocar inquietud, y hay otros que encuentran el horror en algo mucho más próximo y reconocible: la incapacidad humana para aceptar una pérdida. «La muerta» (La Morte), de Guy de Maupassant, pertenece a esta segunda categoría. Publicado en 1887, el relato es una de esas pequeñas piezas de la literatura fantástica en las que el verdadero espanto no procede tanto de aquello que aparece ante los ojos del protagonista como de aquello que ocurre dentro de su propia mente.
Maupassant es conocido principalmente por sus cuentos realistas, por su extraordinaria capacidad para retratar la sociedad francesa de su tiempo y por unos personajes dominados con frecuencia por las pasiones, las frustraciones, la ambición, el deseo o la crueldad. Sin embargo, en la última etapa de su producción literaria desarrolló también una importante vertiente fantástica y de terror psicológico. En relatos como «El Horla», «¿Quién sabe?» o «La muerta», la realidad cotidiana comienza a resquebrajarse y deja entrever la posibilidad de que detrás de aquello que consideramos racional exista algo que no podemos controlar.
Música y Ambientación:
"Dark Piano Ambient Music"
Remixed by JoTa
Blog del Podcast:
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@nebulectica
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La muerta de Guy de Maupassant la había amado desesperadamente. ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios. Un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios. Un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente en todas partes, como una plegaria. Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor solo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo en este nuestro antiguo mundo.
Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé. Hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y el día siguiente tosía, y toseó durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. Lo he olvidado todo, todo, todo.
Ella murió y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo, y yo comprendí, y yo comprendí. Me consultaron acerca del entierro, pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Ella estaba enterrada, enterrada, ella en aquel agujero. Vinieron algunas personas, mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles. Regresé a casa y el día siguiente emprendí un viaje. Ayer regresé a París.
Y cuando vi de nuevo mi habitación, nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles hirietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien. Y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.



















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