

Description of El laberinto del Golfo
La guerra de Irán comenzó a finales de febrero con el objetivo declarado de derrocar a los ayatolás y reordenar Oriente Medio, y desde entonces sus objetivos no han dejado de encoger. Del cambio de régimen se pasó a contener el programa nuclear, luego a frenar el programa de drones y misiles drones iraníes, después a desactivar a las milicias aliadas de Irán y, por último, a reabrir un estrecho de Ormuz que estaba abierto antes de que Trump ordenara el ataque. Ahora, tal y como declaró hace unos días el vicepresidente JD Vance, la prioridad es bajar el precio de la gasolina para el consumidor estadounidense, que se verá con las urnas dentro de poco más de dos meses. Trump tuvo que corregirle y colocar de nuevo el programa nuclear como primer objetivo, pero lo cierto es que Estados Unidos e Irán llevan meses sin hablar sobre ese asunto.
El problema es que abaratar la gasolina se ha vuelto imposible por culpa de la propia guerra. Ormuz sigue prácticamente cerrado, hay unos diez o quince cruces diarios frente al centenar que había antes de la guerra, la mayor parte con los transpondedores apagados o pagando el peaje que impone Irán en la ruta septentrional. El estrecho, por lo demás, se ha convertido en una galería de tiro. Los rastreadores marítimos contabilizan 70 ataques a mercantes, 24 muertos y 45 heridos. En lugar de ir a menos, va a más. Lo que llevamos del mes de agosto concentra ya el 20% de todos los ataques. Estados Unidos ha dejado de responder con ataques selectivos desde finales de julio, en su lugar está apostando por la asfixia económica mediante un bloqueo naval con el que pretende que Irán toque fondo y suplique un acuerdo.
El cálculo tiene un fallo. El garrote está golpeando también a quien lo empuña. El Brent ronda los 91 dólares, la gasolina se paga a más de 4 dólares el galón frente a los poco más de 3 de hace un año. La capacidad mundial de refino no da abasto ya que la otra guerra, la de Ucrania, está cebándose con las refinerías rusas. Que entre más crudo en el mercado no sirve de nada si no hay dónde refinarlo.
En medio de este naufragio algunos se han empeñado en nadar. Los Emiratos han montado un sistema de transbordos para sacar su crudo del golfo y hasta han aumentado su producción. Omán, siempre discreto y con salida directa al Índico, negocia con el gobierno iraní una gestión compartida del estrecho de Ormuz inspirada en lo que se hace en el de Malaca, donde Indonesia, Malasia y Singapur cobran por una serie de servicios de navegación. Para los omaníes algo así sería como un maná, de ahí que estén desplegando una ofensiva diplomática por medio mundo para buscar apoyos para esa salida.
A Trump el plan le parece un robo y una humillación, por eso ha vuelto a amenazar con bombardear Omán. Entretanto, la diplomacia sigue muerta, el memorando de Islamabad es papel mojado y los halcones iraníes se han crecido. Todo muy poco épico a pesar de que esto empezó con una operación que llevaba ese nombre, una operación que prometía acabar con una teocracia ha terminado en una discusión sobre peajes marítimos y precios del combustible.
En La ContraRéplica:
0:00 Introducción
3:36 El laberinto del Golfo
31:54 La izquierda y Jason Arday
42:36 Gas ruso en la UE
48:37 ¿Por qué los europeos invierten poco en renta variable?
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Soy Fernando Díaz Villanueva, hoy es 20 de agosto de 2026 y esto es La Contracrónica. La guerra de Irán comenzó a finales de febrero con el objetivo declarado de derrocar a los ayatolás y reordenar todo Oriente Medio. Y desde entonces sus objetivos no han dejado de encoger. Del cambio de régimen se pasó a contener el programa nuclear, luego a frenar el programa de drones y misiles iraníes, después a desactivar a las milicias aliadas de Irán y por último a reabrir el estrecho de Orbuz que estaba abierto antes de que Trump ordenase el ataque. Ahora, tal y como declaró hace unos días el vicepresidente J.D. Vance, la prioridad es bajar el precio de la gasolina para el consumidor estadounidense, un consumidor que se verá con las urnas dentro de poco más de dos meses. Trump tuvo que corregirle poco después y colocar de nuevo el programa nuclear como primer objetivo. Pero lo cierto es que Estados Unidos e Irán llevan meses sin hablar sobre este asunto del programa nuclear. El problema es que abaratar la gasolina se ha vuelto imposible por culpa de la propia guerra. Ormuz sigue prácticamente cerrado, hay unos 10 o 15 cruces diarios frente al centenar que había antes de la guerra.
La mayor parte de estos cruces son o con los transpondedores apagados y jugándosela o pagando el peaje que impone Irán en la ruta septentrional. El estrecho por lo demás se ha convertido en una galería de tiro. Los rastreadores marítimos contabilizan 70 ataques a mercantes, 24 muertos y 45 heridos. En lugar de ir a menos, esto va a más. Lo que llevamos de mes de agosto concentra ya el 20% de todos los ataques. Estados Unidos ha dejado de responder con ataques selectivos desde finales de julio. En su lugar está apostando por la asfixia económica, mediante un bloqueo naval con el que pretende que Irán toque fondo y suplique un acuerdo. El cálculo de Trump tiene un fallo. El garrote está golpeando también a quien lo empuña. El Brent ronda los 91 dólares. La gasolina en Estados Unidos se paga un promedio de más de 4 dólares el galón frente a los poco más de 3 de hace un año. La capacidad mundial de refino además no da abasto, ya que la otra guerra, la de Ucrania, está cebándose con las refinerías rusas. Es decir, que entre más crudo en el mercado no sirve de nada si no hay donde refinarlo.
En medio de este naufragio, algunos se han empeñado en nadar. Los Emiratos han montado un sistema de transbordos para sacar su crudo del Golfo y hasta han aumentado su producción. Oman, siempre discreto y con salida directa al Océano Índico, negocia con el gobierno iraní una gestión compartida del Estrecho de Hormuz, inspirada en lo que se hace en el Estrecho de Malacca, donde Indonesia, Malasia y Singapur cobran por una serie de servicios de navegación. Para los omaníes algo así sería como un maná caído del cielo. De ahí que estén desplegando una ofensiva diplomática por medio mundo para buscar apoyos para esta salida. A Trump el plan le parece, obviamente, un robo y una humillación. Por eso ha vuelto a amenazar con bombardear o man. Entre tanto, la diplomacia sigue muerta, el memorando de Islamabad es papel mojado y los halcones iraníes se han crecido. Todo muy poco épico, a pesar de que esto empezó con una operación que llevaba ese nombre. Una operación que prometía acabar con una teocracia ha terminado en una discusión sobre peajes marítimos y precios de combustible.
La que iba a ser una guerra de seis días, como mucho una semana, quizá un mes, en el peor de los casos seis semanas, entra ya en su sexto mes sin que nadie en Washington acierte a explicar cómo se sale de ella. Comenzó, como bien sabemos, a finales de febrero con el objetivo máximo, el cambio de régimen en Teherán y el subsiguiente reordenamiento de todo Oriente Medio. Desde entonces ha ido mermando sus objetivos, haciéndolos cada vez más humildes, con una constancia además que raya ya en lo cómico. Del derrocamiento de los ayatolás se pasó a contener y frenar el programa nuclear iraní que la propia Casa Blanca había considerado obliterado, obliterated, dijo Donald Trump, es decir, destruido por completo. De ahí lo rebajaron a destruir la capacidad iraní de... lanzar drones y misiles sobre el Golfo Pérsico, luego a desactivar a las milicias aliadas que tiene Irán por aquella zona, como los UTIES en Yemen, después el objetivo ya mínimo de reabrir el Estrecho de Ormuz, que por cierto estaba totalmente abierto antes de que Donald Trump decidiese atacar el 28 de febrero. Ahora ya en la última reformulación de















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