
Malinche: la mujer que hizo posible la conquista de México
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Recordada hasta hace poco como una traidora a su pueblo, Malintzin, la indígena que sirvió de traductora a Hernán Cortés durante la conquista de México, fue una mujer excepcional que logró abrirse camino en un mundo dominado por los hombres.
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Hoy hablaremos de Malinche, la voz indígena de los conquistadores.
Pocas mujeres en la historia de México, España y el mundo son tan famosas y a la vez tan desconocidas como la joven indígena que desempeñó, como traductora de Hernán Cortés, un rol decisivo en la conquista de México.
Su colaboración con los invasores llegados de Europa hizo que en el siglo XX el nombre de Malinche se convirtiera para muchos mexicanos en sinónimo de traidor.
Vista en el contexto de su época, en cambio, aparece como un personaje complejo que encarna el drama y la violencia de la conquista.
Es poco lo que sabemos de la primera parte de la vida de esta extraordinaria mujer.
Lo más probable es que naciera en la primera década del siglo XVI en el pueblo de Oluta, en el sur del actual México, un territorio que estaba sometido al dominio de los mexicas.
Se educó en la corte del señor del lugar con el que estaba casada su madre.
Esta circunstancia hizo que, además del oluteco, hablara el nahuatl, la lengua de los prestigiosos nobles y de los comerciantes locales.
También aprendió la lengua maya chontal.
En algún momento de su infancia fue vendida o bien tomada como cautiva o esclava.
Según nos cuenta Bernal Díaz del Castillo, ello se pudo deber a que tras la muerte de su padre, su madre se casó con un nuevo hombre poderoso y se deshizo de ella para favorecer a sus nuevos hijos.
Ya cautiva, la joven tuvo que sobrevivir en condiciones muy difíciles, confiada únicamente en su ingenio y dotes personales.
Como era de origen elevado, hablaba varios idiomas y se distinguía por su belleza, se convirtió en una cautiva de alto valor, reservada para la compañía de gobernantes y potentados y no para los trabajos manuales atribuidos a otras mujeres u hombres esclavizados.
Sin embargo, ello no la libraba de seguir a merced de los caprichos y deseos de sus propietarios, que podían disponer tanto de su cuerpo como de su destino.
Su vida dio un giro cuando en 1519 el gobernante de Zendla la regaló junto con otras 20 cautivas a los españoles que al mando de Hernán Cortés acababan de desembarcar en la zona.
Tras ser derrotado por los expedicionarios, este señor buscó congraciarse con ellos por medio de este regalo de mujeres atractivas para que se convirtieran en concubinas y servidoras de los vencedores.
Los invasores lo aceptaron con gusto, pues disfrutar de los cuerpos de las mujeres de las tierras que explotaban era una de las recompensas que creían merecer como conquistadores.
Antes de repartirse las cautivas, los expedicionarios las bautizaron.
Así fue como nuestra protagonista recibió el nombre de Marina.
Este fue el primer bautismo realizado en tierras mexicanas, pero ni Marina ni las otras cautivas fueron catequizadas, pues Juan Díaz, capellán de la expedición, no hablaba ninguno de sus idiomas.
En realidad, el fin del bautismo no era propiamente convertirlas, sino asegurarse de que los españoles no fueran contaminados por el comercio carnal que pensaban tener con ellas.
Se trataba de preparar sus cuerpos para su función obligada de concubinas de hombres cristianos.
Originalmente, Marina fue asignada a Alonso Hernández de Portocarrero, el único noble de la expedición, lo que indica que era la más atractiva de las cautivas.
Unos días después, sin embargo, la joven asumió de forma inesperada un papel prominente en la expedición a la que había sido forzada a incorporarse.
En el primer encuentro con los embajadores mexicas enviados por el gran Tlatoani Moctezuma, los expedicionarios españoles constataron que no tenía manera de traducir las palabras en náhuatl de los embajadores, pues Jerónimo de Aguilar, su único intérprete, hablaba solo maya y español.
Además, como nos dice el propio Bernal, en los ocho años que había vivido en Yucatán, Aguilar fue un esclavo agrícola en un pueblo maya aislado, razón por la cual no conocía realmente ni los protocolos, ni la cultura, ni las formas de hablar de los indígenas.
Ante la insuficiencia de Aguilar, Marina se adelantó y comenzó a traducir del náhuatl al maya, mientras Aguilar hacía lo propio del maya al castellano.
Marina se convirtió así en la principal traductora de la expedición, además, el intérprete español fue desplazado, porque Marina aprendió rápidamente su lengua.
Desde entonces, ya está libre.





















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