

Description of Martín Torres con 'La enfermera'
Martín Torres es médico de urgencias y emergencias. Debuta como escritor con 'La enfermera', un thriller con una enfermera y un médico como protagonistas.
Una trama que se desarrolla en Donostia, en los prolegómenos del Festival de Cine de San Sebastián que tanta atención y glamour aportan a la capital guipuzcoana.
Sophie Boussignac y Víctor Viso arracan su aventura literaria en el servicio de Urgencias del Hospital Universitario Donostia, que tan a la perfección conoce el autor.
Allí coinciden las víctimas de un accidente de tráfico, un cadáver mutilado y una chica que le grita al diablo.
'La enfermera' se publicó en junio y ya está en el mercado su séptima edición. Martín Torres charla en este podcast de la novela en la que te introducimos con una recreación sonora.
Imagen: Asier Elgezua
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Pontevedra Viva Radio. Cara a cara. Damas y caballeros, la Asociación de Directores de Informativos de Radio y Televisión da la bienvenida a Martín Torres. Hospital Universitario Donostia. Madrugada del lunes 16 de septiembre. Sofí. Ella entiende las señales porque se enfermera, pero no puede evitar lo que llega después. El aire se le atasca en el pecho y el corazón se le acelera. Cada bombeo es como un golpe, late tan fuerte que le duele. Siente el pánico como un mordisco en el cuello. Las manos le tiemblan tanto que no acierta a abrir la puerta del vestuario a la primera. Distingue a una compañera que se aproxima por el pasillo y hace un esfuerzo para girar la llave. No quiere que nadie la vea así. Lo consigue justo a tiempo y cierra con brusquedad. Pulsa el interruptor y toma una bocanada de aire que no le llena los pulmones. La luz titila. El halógeno está en las últimas. Funciona mal desde hace un mes, pero esa noche resulta especialmente irritante. Se le han empañado las gafas y las guarda en el bolsillo del uniforme mientras se acerca al lavabo. Otra vez la niebla en los ojos. Agua. Debe lavarse la cara con agua fría.
Eso siempre ayuda. La luz sigue parpadeando, combinando fugaces instantes de claridad con largos periodos de tiniebla. Y hace ruido, mucho ruido. Abre el grifo, llena el cuenco de las manos y se moja el rostro, pero la niebla no se marcha. Respira hondo, tres veces. Se apoya en el lavabo buscando un asidero y se seca las mejillas a restregones furiosos, hasta que la niebla, igual que la oscuridad, comienza a disiparse poco a poco. La luz continúa indecisa. pero en cada pulso se imponen intervalos más prolongados. Solo entonces contempla su cara reflejada en el espejo, una cara empapada en sangre. Viso. El olor de la sangre es repugnante y no se olvida. Viso ha sido médico durante 12 años y eso lo tiene grabado de forma indeleble. Un rincón de su cerebro se activa como un resorte al primer contacto con ese hedor que anuncia problemas. Ahora no puede sentirlo porque acaban de romperle la nariz por segunda vez en su vida, pero lo imagina con nitidez cuando una gota le roza los labios, caliente y salada. La sangre sabe a metal. Ahora cae a borbotones. Así que escupe mientras se esfuerza por recuperar la conciencia.
Está tumbado en el suelo de la sala de observación y todo a su alrededor comienza a girar cuando levanta la cabeza. Tiene que apoyarla de nuevo si no quiere volver a desmayarse. No ve con claridad. Se da una tregua para respirar hondo y consigue enfocar hacia la puerta de cristal del box 5. Todo está oscuro, pero no le hace falta ver el interior. Una mancha roja se abre paso bajo el umbral transparente. Eso sí puede verlo con claridad. La mancha es espesa y no deja de avanzar hacia él. Sophie. Cierra los ojos para no ver la imagen ensangrentada que le devuelve el espejo. Ha dejado de reconocer su cara. Pensaba que la niebla terminaría de disiparse, pero permanece allí, como una cortina dentro de su cerebro. Teme que todo esté yendo a peor, que estén empezando las alucinaciones. Toma otra bocanada de aire, porque se ahoga y siente que se le duermen las manos. Las tiene sudorosas. Se dobla sobre sí misma mientras busca un comprimido de alprazolam en el bolsillo del uniforme, aunque sabe que no va a encontrar ninguno. Comienza a llorar y baja un poco más hasta caer al suelo de rodillas. Una lágrima recorre su mejilla hasta la comisura de los labios y eso basta para activar los mecanismos más afilados del instinto.
En su rotación por el servicio de psiquiatría le han hablado de las teorías neurocientíficas del cerebro reptiliano. Nuestra estructura de razonamiento más primitiva, pura supervivencia, lucha o huida. Y su cerebro le ha dicho que se levante. Se lo ha dicho con la determinación suficiente para disolver la niebla y devolver las riendas a su mente científica. Una sola gota salada en sus labios ha sido el detonante. No es una alucinación. Vuelve a razonar. Las lágrimas son saladas. La sangre también. Las lágrimas mezcladas con sangre lo son por partida doble. Viso. Se coloca de lado, en posición lateral de seguridad. Está tan mareado que cree que va a vomitar. Intenta respirar, pero la sangre no le deja. Joder, dice en alto. Trata de recortar qué ha ocurrido. No ha podido estar fuera de juego más de un minuto. En medicina, un minuto es mucho tiempo. Suficiente para lo que sea que haya pasado ahí dentro. La cabeza le va a estallar. Le duele como si lo hubieran golpeado con un mazo, pero no ha sido un mazo. Advierte una capa de polvo que se pega en su mejilla al contacto con el suelo y recuerda una nube blanca, algo polvoriento y pegado.




















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