
Mensaje del Sr. Obispo de Cádiz y Ceuta 12-09-25

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Programa sobre la actualidad de la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Se emite cada viernes y cada domingo en Cope Cádiz. Se puede escuchar en directo en el 102.0 F.M. para la provincia de Cádiz y en internet en https://www.cope.es/directos/cadiz
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Queridos amigos, cada 14 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, algo que podría sonar contradictorio para algunos.
¿Cómo es posible exaltar un instrumento de tortura, la cruz? ¿Qué sentido tiene celebrar la cruz, ese símbolo de muerte tan brutal? La respuesta está en el corazón del cristianismo.
La cruz no es el final, sino el comienzo, no es derrota, sino victoria.
La cruz de Cristo es el símbolo más radical del amor de Dios.
Jesús no murió como un mártir cualquiera, murió como alguien que eligió voluntariamente el camino del sacrificio, no por obligación, sino por amor.
En la cruz, Cristo tomó sobre sí el dolor del mundo, no para justificar el sufrimiento, sino para redimirlo desde dentro.
Es ahí donde la historia cambia, lo que fue un instrumento de humillación se convierte en una señal de gloria.
En tiempos donde se evita el sufrimiento a toda costa, donde el dolor se esconde y el sacrificio se considera un fracaso, la cruz incomoda, pero también nos interpela.
La fe cristiana no nos invita a buscar el dolor, sino a vivirlo con esperanza, sabiendo que Dios no está ausente en la prueba, sino más cerca que nunca.
La cruz nos recuerda que el amor verdadero duele, pero también transforma.
La exaltación de la Santa Cruz nos invita a mirar la vida con otros ojos.
No se trata de resignarse ante los problemas, sino de darle sentido desde el amor y la fe.
Quien abraza la cruz como Cristo no se hunde, se eleva.
Como Él está llamado a entregarse por los demás, a vivir en clave de servicio, a confiar en que el mal no tiene la última palabra, difícilmente habrá entrega y servicio desprendido si no se integra la pedagogía de la cruz, la abnegación, el sacrificio.
En efecto, la escuela del amor que nos enseña Jesús es la misma para todos.
Y como sabemos, normalmente el amor conlleva renuncia y dolor.
De esa escuela han salido verdaderos santos, de esa escuela salen todas esas obras magníficas de caridad, asistencia a los otros, ayuda a los pobres.
Hoy, en medio de un mundo herido por guerras, injusticias y soledades, la cruz sigue hablando, no con palabras de condena, sino con el silencio poderoso del amor que no nos abandona.
Y su mensaje sigue vigente, del dolor puede nacer la vida si hay amor, de la cruz puede brotar la esperanza.
Jesús nos muestra con su amor el amor de Dios Padre y nos lleva derechos a la cuestión raíz de nuestro tiempo.
Con Dios o sin Dios cambia todo, cambia la propia existencia y la vida social.
Su ausencia aboca a la soledad radical, a la pérdida del sentido de la afiliación con todo lo que conlleva, gratuidad, vinculación con la historia.
La ausencia del Padre que genera tanta confusión y la violencia en nuestros días solo puede ser sanada mostrando más vivamente el amor de Dios, la paternidad divina, la fraternidad de los hermanos que nos enseña Jesús.
Hemos de recordar ahora que comienza el curso y nuestra actividad pastoral que nuestra respuesta cristiana debe ser el anuncio vital, con obras y palabras, de este Dios que es amor, que es comunión y que uniendo verdad y amor, el anuncio más eficaz es el testimonio de santidad en la caridad, para que el amor de Dios impregne nuestras relaciones y propósitos.
La experiencia de la fe que nos ofrece el Evangelio y la propuesta de la doctrina social de la Iglesia no son un cúmulo de ideas abstractas, sino una propuesta vital que debe ser encarnada por los cristianos de hoy, mostrando la grandeza de la fe que queremos vivir y transmitir para cada uno con caminos de verdad, coherencia, racionalidad, plenitud, felicidad, el compromiso con el bien común para toda la sociedad.
El amor que se nos manifiesta en la cruz de Jesús es capaz de transformar nuestras vidas y sin ninguna duda de hacer mejor nuestra sociedad.
Queridos amigos, siempre pido por vosotros, espero que vosotros os acordéis de pedir por mí.
Muchas gracias.













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