
Mi abuela me traía de Brasil bikinis que escandalizaban al pueblo. Años después entiendo lo que me estaba enseñando.

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En la España de los ochenta, las niñas iban a la playa con braguitas y top. Punto.
Pero la abuela de Tala Álvarez viajaba a Brasil y volvía con bikinis de colores imposibles y tela mínima que generaban escándalo en el pueblo marinero de sus veranos. En este episodio de Post vs Reality,
Tala cuenta cómo una pieza diminuta le enseñó algo que ninguna clase le dio: que la ropa es siempre una decisión sobre quién eres ante los demás. Y lo que eso tiene que ver con la historia real del bikini, que nació en 1946 causando exactamente el mismo escándalo.
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Hola, bienvenida a Post vs. Reality. Yo soy Tala Álvarez y hoy voy a contarte algo personal antes de contarte algo histórico. Porque creo que las dos cosas además están completamente conectadas. Cuando era pequeña, mi abuela me traía de Brasil bikinis que escandalizaban a todo el mundo. A mi madre la primera, la verdad, y al pueblo marinero donde pasaba los veranos también. Durante años pensé que era una anécdota graciosa de infancia, pero hace poco me di cuenta de que era mucho más que eso. En la España de los años 80 y primeros de los 90, las niñas íbamos a la playa con braguitas y top. No era una opción entre otras, era lo que existía en el mercado de moda infantil española, una braguita a juego con un top. Generalmente además en colores discretos, siempre cubriendo lo suficiente para que nadie tuviera nada que decir. Nadie excepto mi abuela. Mi abuela viajaba a Brasil con una regularidad que en aquella época era poco común. Y cada vez que volvía entre los regalos había bikinis. ¿No los bikinis además que existían en España? Los otros.
Esos con sus colores imposibles, como el fusio eléctrico, el verde fosforito, el azul turquesa que casi dolía la vista, con su tela mínima, con sus tiras que se ataban y desataban o con su animal print. Mi madre me miraba con esas prendas con una mezcla de resignación y pánico social que ahora me hace muchísima gracia. Las demás niñas me miraban con curiosidad, pero la curiosidad no era lo permitido, lo permitido era la crítica. Así que criticaban. Yo también te digo que me ponía el bikini de todos modos. Pero espera que te voy a contar. El bikini moderno tiene un origen que casi nadie recuerda. Fue diseñado en 1946 por un ingeniero francés llamado Louis Riat. Lo llamó así por el atolón de bikini donde Estados Unidos acababa de hacer pruebas nucleares. La lógica era simple y bastante perturbadora. Quería que el impacto de la prenda fuera equivalente al de la bomba atómica. Ninguna modelo profesional quiso llevarlo en el desfile.
Tuvo que contratar a una bailarina de cabaret. El Vaticano lo condenó. Francia lo prohibió en sus playas durante años e Italia también. Y sin embargo, ocho décadas después, es la prenda de playa más común del mundo. El bikini brasileño fue un paso más allá. Brasil desarrolló en los años 70 y 80 su propia versión. Menos tela, más color, una relación con el cuerpo femenino radicalmente distinta. No era algo como que tuviera que justificar o minimizar, sino como algo natural que existe, que se mueve y que está. Mi abuela no me traía un bikini, me traía una forma de mirar el propio cuerpo y de tener personalidad. No lo analicé con estas palabras cuando tenía 10 años, evidentemente, pero sí había algo que sentía con mucha claridad. Que llevar ese bikini era una decisión que implicaba una forma de estar en el mundo que no dependía de lo que dijeran los demás. El escándalo de las demás niñas decía más sobre ellas que sobre la prenda y quizás la incomodidad de mi madre decía más sobre el contexto social en que había crecido que sobre lo que yo llevaba puesto.
Eso es lo que la ropa enseña antes que cualquier libro, que la mirada ajena tiene más que ver con quien mira que con lo que está viendo. Todavía tengo ese reflejo, lo noto cada verano cuando elijo qué llevar. La pregunta no es si va a gustar, la pregunta es si es coherente con quien soy. Por eso guardo tantas prendas de playa desde hace muchísimos años. He crecido con una importante relación con el mar y con sus looks exóticos para navegar o para el chiringuito del atardecer tras un día de playa. Adoro las prendas diferentes y las siento como parte de mí. Mi abuela murió hace años, pero cada verano, cuando me pongo un bikini con más de la que menos y con los colores que me apetecen, pienso en ella. No me enseñó moda, me enseñó que la ropa es siempre una declaración y que la declaración más importante es la que haces para ti misma, no para los demás. El artículo completo lo tienes en talaalvarezparijobregón.com Nos escuchamos la semana que viene.



















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