Muerte en la Vicaría, (24/32), Agatha Christie

Muerte en la Vicaría, (24/32), Agatha Christie

6/14/2026 · 12:51
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Evox Originals presenta Historias para ser leídas Un podcast de ciencia ficción, terror y fantasía dirigido por Olga Paraíso Ficciones sonoras con las que podrás sumergirte en otra realidad Muerte en la vicaría. Capítulo 24. Al regresar a la vicaría encontré al sacerdote esperándome en el despacho. Paseaba de un lado a otro agitadamente y cuando entré en la habitación se detuvo como si le hubieran disparado un tiro.

Debe perdonarme, dijo secándose el sudor de la frente. Tengo los nervios totalmente destrozados. Mi querido amigo, debe usted cambiar de aires por una temporada. De lo contrario acabará mal.

No puedo abandonar mi puesto. Nunca haré tal cosa. No va a abandonar nada, pero está usted enfermo. Estoy seguro de que Heidoc estaría de acuerdo conmigo. Heidoc, Heidoc, todo el tiempo Heidoc. ¿Qué clase de médico es? Un ignorante medicucho de pueblo.

Creo que es injusto con él. Siempre se le ha considerado muy capaz en su profesión. Quizás sí, pero no me gusta. De todas formas, no es eso lo que vine a decirle. Quería pedirle que tenga la bondad de dar el sermón por mí esta noche. No me siento capaz de hacerlo hoy. Claro que lo haré, váyase usted tranquilo. Me encargaré del servicio.

No, no, es solo el sermón. Me asusta la idea de subir al púlpito, de enfrentarme con la mirada de toda esa gente. Cerró los ojos y tragó saliva. No me cabe la menor duda de que algo le ocurre al sacerdote. Pareció comprender mis pensamientos porque abrió los ojos y dijo rápidamente.

No, no me ocurre nada. Son solo estos dolores de cabeza, estos terribles dolores. ¿Quiere darme un vaso de agua, por favor? Desde luego. Fui yo mismo a buscarla. Agitar la campanilla constituye en mi casa un gesto totalmente inútil. Le llevé el agua y me dio las gracias. Sacó del bolsillo una pequeña caja de cartón, la abrió y extrajo de ella una cápsula que tragó con un sorbo de agua.

Es para el dolor de cabeza. De pronto me pregunté si el sacerdote sería drogadicto. Eso explicaría muchas de sus rarezas. Espero que no tome demasiadas cápsulas, le dije. No, el doctor Heydock me previno contra su uso excesivo, pero son maravillosas, me alivian enseguida. Por cierto, me parecía más calmado y compuesto. ¿Accede usted a dar entonces el sermón? Preguntó levantándose, ¿es usted muy bueno? Sí, y además insisto en hacerme cargo del servicio. Váyase a casa y acuéstese, no me replique. Me dio las gracias nuevamente, entonces miró hacia la ventana y me preguntó, ¿ha estado usted hoy en Old Hall? Sí, perdone, pero ¿le llamaron? Mi mirada totalmente sorprendida le hizo enrojecer.

Lo siento, pensé que acaso se hubiese presentado alguna novedad y por eso Mrs. Provero le llamó. No tenía la menor intención de satisfacer la curiosidad de Haves. Bueno, quería hablar conmigo acerca del entierro y de un par de cosas sin importancia. Oh, ya comprendo. Permanecí en silencio. Él empezó a balancearse sobre los pies hasta que por fin dijo...

Mr. Redding vino a verme anoche. No puedo imaginarme qué le impulsó a hacerlo. ¿No se lo contó él? Solo dijo que pasaba por delante de mi casa y decidió entrar. Comentó que se sentía solo. Nunca había hecho tal cosa con anterioridad. Personalmente considero que su compañía es muy agradable. Comenté sonriendo. ¿Por qué vendría a verme? No me gusta.

Habló de volver en otro momento. ¿Por qué? ¿Qué idea cree usted que se le ha metido en la cabeza? ¿Por qué cree que tiene algún motivo oculto? No me gusta, repitió Hayes obstinadamente. Nunca he estado contra él, nunca sugerí que fuese culpable, incluso cuando él mismo se acusó. Comenté que me parecía totalmente incomprensible. Si de alguien sospeché, fue de Archer.

Pero no de él. Archer es otra cosa. Es un rufián que no cree en él.

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