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Nombres al borde del camino
Comienza la quinta temporada de Fotorrodando.
Y esta vez el viaje empieza con algo tan sencillo como mirar por la ventanilla y prestar atención a los nombres que aparecen al borde de la carretera.
Mave, Cogollos, Tañabueyes, Lomana, Quintanilla del Coco, Castrillo Mota de Judíos, Quintanaopio…
Nombres que llaman la atención, que provocan una sonrisa o una pregunta y que, cuando uno decide detenerse a investigar, empiezan a contar historias.
Porque detrás de un topónimo puede esconderse el paisaje, la forma de vida de quienes estuvieron allí hace siglos, una leyenda, un fragmento de nuestra historia… o incluso un misterio que todavía no sabemos resolver.
En este primer episodio de la temporada viajamos de una manera diferente: observando aquello por lo que normalmente pasamos de largo.
Porque quizá viajar no consista solamente en llegar a nuevos lugares.
Quizá también consista en aprender a mirarlos.
Y, a veces, una historia puede empezar simplemente con un nombre escrito en un cartel al borde del camino.
Bienvenidos a la quinta temporada de Fotorrodando.
Planifica, viaja, mézclate y disfruta, la vida es demasiado breve para no perseguir lo que sueñas.
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Bienvenida, bienvenido a este proyecto que forma parte de la red de podcast de Academia de Fotógrafos. Soy Ramón Nellín y esto es Fotorodando. Y sí, estamos de vuelta. Comienza una nueva temporada, la quinta, y reconozco que pronunciarlo me hace bastante ilusión. Cinco temporadas viajando, fotografiando, conociendo gente, aprendiendo y sobre todo intentando mirar las cosas de otra manera. Y antes de continuar, dejadme aprovechar este comienzo de temporada para mandar un abrazo muy especial a algunos amigos y a algunas de las personas con las que he compartido momentos durante este verano. A mis amigos Alberto Verdejo, a Enrique, Ricardo Ruiz, Jesús, a Javier Vila, a Margarita de Villaoz, a José Luis de las Heras y a toda esa gente estupenda con la que tuve la suerte de compartir algo que llevaba mucho tiempo esperando, el eclipse solar. Porque sí, hubo eclipse solar. Hubo viaje, hubo fotografías, nervios, hubo momentos que no salieron exactamente como estaban previstos.
Y hubo muchas emociones. Pero hoy no voy a contar nada más. Porque aquello merece que nos sentemos tranquilamente y que recuperemos las fotografías y hablemos de lo que ocurrió, de cómo lo vivimos y de todo lo que aprendí aquella tarde. Así que lo dejamos pendiente. Ya habrá tiempo esta temporada para volver a Villaoz y a mirar otra vez hacia arriba. Por ahora, un abrazo enorme para todos los que compartisteis conmigo aquel momento. Y ahora sí, volvamos a la carretera. Porque precisamente de una carretera nace la historia con la que quiero comenzar esta quinta temporada. Aunque esta vez no fue una fotografía, ni siquiera llevaba la cámara en la mano, simplemente iba conduciendo. Volvía de viaje con la Enterprise y empecé a fijarme en los carteles de la carretera. Mave, Cogollos, Espinosa de los Monteros, Porquera de Butrón, Tañabueyes, Lomana, Quintanilla del Coco, Castrillo, Mota de Judíos, Cornudilla, Quintanopio.
Y llegó un momento en que pensé, pero ¿de dónde demonios salen estos nombres? Porque algunos tienen nombres preciosos, otros parecen sacados de una novela y otros, bueno. Quintanilla del Coco, Tañabueyes, Quintana Opio. Reconoced que alguna pregunta hay que hacerse, así que hice algo que hacemos demasiadas pocas veces cuando viajamos. En lugar de seguir de largo, decidí tirar del hilo. Y descubrí algo fascinante. Que un paisaje no solamente se puede mirar, también se puede leer. porque los nombres de los lugares son una especie de fósiles. Palabras que han sobrevivido durante cientos de años, mientras alrededor cambiaban los caminos, las casas, los cultivos, las fronteras y las personas. Por ejemplo, Lomana. Aparece documentada como Lombana ya en el siglo IX, y su nombre está relacionado con algo tan sencillo como el terreno sobre el que se asienta una loma. o cogollos. No, no parece que tenga que ver con eso que algunos estáis pensando.
Hay estudios toponímicos que proponen que podría proceder del latín, cuculus, relacionado con una cima o elevación del terreno. Y fijaos en la diferencia. Yo veía un cartel extraño desde la carretera, pero alguien hace siglos probablemente estaba describiendo el paisaje. Y luego apareció Tañabuelles. Este me ganó inmediatamente. Hay documentación medieval donde el nombre aparece ya con formas parecidas y existen al menos dos interpretaciones sobre su origen. Una propone que podía ser un nombre desde el que se llamaba a los bueyes para reunirlos. Otra interpretación relaciona este tañer con el antiguo sentido de aguijar o estimular al animal para hacerlo avanzar. No sabemos con absoluta certeza cuál de ellas explica el nombre, pero imaginad por un momento el lugar hace cientos de años. Sin coches, sin asfalto, sin carteles. Personas trabajando el terreno y bueyes avanzando por él. De repente...




















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