El pánico de los centros de datos

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9/3/2026 · 01:02:43
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La ContraCrónica
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La fiebre de la inteligencia artificial ha venido acompañada de un frenesí en la construcción de centros de datos, grandes naves en las que se almacenan los servidores que permiten a esta tecnología funcionar. La infraestructura necesita suelo, suministro eléctrico y agua para refrigerar las máquinas. Las grandes tecnológicas como Amazon, Google, Meta, Microsoft y Oracle han comprometido 750.000 millones de dólares en proyectos por todo el mundo. El gasto en centros de datos de aquí a 2030 rondará los 3 billones de dólares. La capacidad de cómputo estadounidense pasaría de este modo de algo menos de 12 gigavatios a cinco veces esa cifra a finales de esta década.

Contra ese despliegue se ha levantado la opinión pública en Estados Unidos con una insólita unanimidad. Según los sondeos más recientes el 71% de los estadounidenses se opone a que se construya uno en su municipio frente al 53% que dice lo mismo de una central nuclear. Lo llamativo es que quienes solo han oído hablar de estas instalaciones, pero nunca han visto una, se oponen en la misma proporción que quienes viven a menos de 10 kilómetros de una de ellas. Esto desarma por completo la explicación habitual. No se trata de un caso tradicional de NIMBY, acrónimo de “no en mi patio trasero”, sino de un juicio moral sobre la tecnología que albergan estos complejos en el que participa gente que jamás verá uno de cerca.

La política ha traducido el estado de ánimo a velocidad admirable. Bernie Sanders ha pedido una moratoria nacional y, como las elecciones de medio mandato están cerca, los candidatos a la Cámara de Representantes y al Senado se han apresurado a incluir este tema dentro de sus promesas de campaña. Los que ya son senadores y los gobernadores estatales piden restricciones y auditorias sin importar que pertenezcan al partido Demócrata o al Republicano. En la calle el 75% de los demócratas y el 66% de los republicanos rechazan tener uno cerca de casa, así que el asunto parte a los dos partidos por la mitad.

Buena parte de esta batalla se libra contra un fantasma. El mercado está saturado de anuncios de futuros centros de datos que nunca pasarán del comunicado de prensa. Sólo en Pensilvania menos del 20% de los más de 100 proyectos anunciados han iniciado los trámites. El agravio se ha sabido instrumentalizar muy bien y el debate viene de partida contaminado con datos falsos o adulterados. El centro de datos promedio consume al año la misma cantidad de agua de dos campos de golf. Una turbina de gas emite un 90% menos de partículas finas que una acería. El suelo, por lo demás, es muy abundante en Estados Unidos.

El cuello de botella real está en la red eléctrica. Las solicitudes de conexión pendientes suman 1 teravatio y solo Texas ha recibido peticiones por 474 gigavatios cuando su capacidad punta no pasa de 90. Es necesario antes instalar mucha capacidad nueva de generación, algo que llevará tiempo. Entretanto Europa ha visto la oportunidad y en algunos países la quieren aprovechar ofreciendo suelo barato, mucha energía renovable y una excelente red de fibra óptica. La opinión pública europea aún no se ha puesto mayoritariamente en contra de los centros de datos, pero el problema de fondo es el mismo que el de Estados Unidos: falta capacidad eléctrica y esa no se amplia ni fácil ni rápidamente.

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inteligencia artificial Data Center centro de datos
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Soy Fernando Díaz Villanueva, hoy es 3 de septiembre de 2026 y esto es La Contracrónica. La fiebre de la inteligencia artificial ha venido acompañada de un frenesí en la construcción de centros de datos, grandes naves en las que se almacenan los servidores que permiten a esta tecnología funcionar. La infraestructura necesita tres cosas, suelo, suministro eléctrico y agua para refrigerar las máquinas. Las grandes tecnológicas como Amazon, Google, Meta, Microsoft, Oracle, han comprometido 750.000 millones de dólares en proyectos por todo el mundo. El gasto en centros de datos de aquí a 2030 se estima que rondará los 3 billones con B de dólares. La capacidad de cómputo estadounidense pasaría de este modo de algo menos de 12 gigavatios a 5 veces esa cifra a finales de esta década. Contra este despliegue se ha levantado la opinión pública en Estados Unidos, y lo ha hecho con una insólita unanimidad. Según los sondeos más recientes, el 71% de los estadounidenses se opone a que se construya uno en su municipio, frente al 53% que dice lo mismo si se tratase de una central nuclear.

Lo llamativo es que quienes solo han oído hablar de estas instalaciones, pero nunca han visto una, se oponen en la misma proporción que quienes viven a menos de 10 kilómetros de una de ellas. Esto desarma por completo la explicación habitual. No se trata de un caso tradicional de NIMBY, acrónimo en inglés de No en mi patio trasero, sino de un juicio moral sobre la tecnología que albergan estos complejos. Un juicio en el que participa gente que jamás verá uno de cerca. La política ha traducido el estado de ánimo a una velocidad admirable. Bernie Sanders ha pedido una moratoria nacional y como las elecciones de medio mandato están cerca, a solo dos meses, los candidatos a la Cámara de Representantes y al Senado se han apresurado a incluir este tema dentro de sus promesas de campaña. Los que ya son senadores y los gobernadores estatales piden restricciones y auditorías sin importar que pertenezcan al partido demócrata o al republicano. En la calle, el 75% de los demócratas y el 66% de los republicanos rechazan tener uno cerca de casa. Así que el asunto parte a los dos partidos por la mitad.

Buena parte de esta batalla se libra contra un fantasma. El mercado está saturado de anuncios de futuros centros de datos que nunca pasarán del comunicado de prensa. Solo en Pensilvania, menos del 20% de los más de 100 proyectos anunciados no han iniciado siquiera los trámites. El agravio se ha sabido instrumentalizar muy bien y el debate viene de partida contaminado, con datos falsos o adulterados. El centro de datos promedio consume al año la misma cantidad de agua que dos campos de golf. Una turbina de gas emite un 90% menos de partículas finas que una acería. El suelo, por lo demás, es muy abundante en la mayor parte de Estados Unidos. El cuello de botella real está en la red eléctrica. Las solicitudes de conexión pendientes suman un teravatio y solo Texas ha recibido peticiones por 474 gigavatios cuando su capacidad punta no pasa de 90. Es necesario antes instalar mucha capacidad nueva de generación, algo que llevará tiempo. Entre tanto, Europa ha visto la oportunidad y en algunos países la quieren aprovechar ofreciendo suelo barato, mucha energía renovable y una excelente red de fibra óptica.

La opinión pública europea aún no se ha puesto mayoritariamente en contra de los centros de datos, pero el problema de fondo es el mismo que el de Estados Unidos. Falta capacidad eléctrica y esa no se amplía ni fácil ni rápidamente. En un pueblo de Ohio de 10.000 habitantes llamado New Albany, hasta unos 25 kilómetros de Columbus, donde hasta hace solo unos meses había granjas, bosques y casas de madera, se levantan ahora seis naves industriales de esas que emplean parecidas a las que emplea la Fuerza Aérea para guardar los aviones. Dentro de esas naves, cuando estén concluidas, habrá semiconductores que costarán 30.000 millones de dólares. Y al lado... unas cuantas turbinas de gas si meta cumple su calendario el centro bautizado como prometeus entrará en funcionamiento o terminará de entrar en funcionamiento este mismo año y dedicará un gigavatio entero a la inteligencia artificial tanta electricidad como la que consume para que nos hagamos una idea un millón de hogares o la que produce un reactor nuclear de tamaño medio grande

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