

Description of El pánico del año mil
Todos hemos oído hablar algún vez del pánico del año mil, pero nunca ocurrió. La imagen que nos transmitió la literatura romántica de una Europa arrodillada en las iglesias en la noche del 31 de diciembre del 999 esperando el fin del mundo, con los campos sin sembrar y los penitentes flagelándose por las calles, es una invención posterior. Ninguna crónica contemporánea da cuenta de ello y ese silencio de los anales monásticos, siempre atentos a cometas, eclipses y muertes de obispos, habla por sí solo.
El artífice de la leyenda fue Jules Michelet, que en 1833 dedicó unas páginas a este pánico medieval, unas páginas magníficas como obra literaria, pero muy flojas como tratado histórico. No era el primero en mirar a esos años con condescendencia. Antes de él la época del cambio de milenio ya había sido pintada de negro durante la reforma protestante y por parte de los ilustrados, que necesitaban una edad media oscura y supersticiosa para exhibirse ellos como los heraldos de un renacimiento cultural y espiritual. El romanticismo decimonónico, que miraba a la edad media con fascinación, se limitó a rematar la faena.
La realidad del año mil fue muy distinta a como unos y otros la imaginarían siglos después. La inmensa mayoría de los europeos ignoraba en qué año vivía. En aquel entonces los eruditos, que eran muy pocos, empleaban distintos sistemas para el cómputo de los años, el de la era cristiana era sólo uno de ellos. Pero ninguno de ellos alcanzaba a la mayor parte de la población, que se regía por el curso de las estaciones, las cosechas, la coronación de los reyes y las festividades religiosas.
La idea de que el mundo iba a acabar a los mil años procedía de mucho antes, del capítulo 20 del Apocalipsis. Durante el primer cristianismo tuvo cierto predicamento, pero San Agustín y otros padres de la Iglesia zanjaron el asunto interpretando ese número como símbolo del tiempo de la Iglesia, una doctrina que funcionó durante siglos como cortafuegos frente a las fiebres apocalípticas. Eso no fue obstáculo para que los profetas del fin del mundo siguiesen apareciendo, pero siempre fueron episodios locales y de pequeño alcance.
Las fuentes que alimentaron el mito son escasas y sospechosas. Rodulfus Glaber, de quien se nutrió Michelet siglos más tarde, escribió sus “Cinco libros de historias" unos treinta años después de los hechos, pero Glaber tenía una propensión natural a los prodigios sobrenaturales que le convierte en un cronista poco fiable. Ninguno de sus coetáneos hicieron la más mínima mención al pánico del cambio de milenio.
Nada de esto significa que aquella fuera una época tranquila. Ninguna lo fue, menos aún en un continente tan pobre y fragmentado como la Europa de hace mil años. Aquellas gentes tenían una mentalidad muy diferente a la nuestra, casi cualquier cosa que se salía de lo normal, desde una sequía al paso de un cometa, les parecía una señal divina. Los europeos del siglo X eran supersticiosos y en ocasiones milenaristas. El hecho es que fue precisamente en esa época cuando el oeste de Europa empezó a sacudirse el letargo económico y cultural que la había castigado desde la desaparición del imperio romano de occidente. De forma muy gradual la economía y la población despegaron y fueron dando forma a la Europa medieval que ha llegado hasta nosotros. Lo que no ha desaparecido es el milenarismo, ese sobrevive intacto y revive de tanto en tanto con la misma fuerza que lo hizo en el pasado.
En El ContraSello:
0:00 Introducción
4:00 El pánico del año mil
1:13:39 La reconquista en el norte de África
Bibliografía:
- "Milenio: El fin del mundo y el origen de la cristiandad" de Tom Holland - https://amzn.to/4fqRwxz
- "El año mil" de Georges Duby - https://amzn.to/4gTFT4O
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La Contrahistoria, un programa presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva. Todos hemos oído alguna vez hablar del pánico del año 1000, pero nunca ocurrió. La imagen que nos transmitió la literatura romántica de una Europa arrodillada en las iglesias en la noche del 31 de diciembre del año 999 esperando el fin del mundo, con los campos sin sembrar y los penitentes flagelándose por las calles, es una invención muy posterior. Ninguna crónica contemporánea da cuenta de ello, y ese silencio de los anales monásticos, siempre atentos a todo, a cometas, a eclipses, a muertes de obispos, habla por sí solo. El artífice de la leyenda fue Jules Michelet, que en 1833 dedicó unas páginas a este pánico medieval, unas páginas magníficas como obra literaria, pero muy flojas como tratado histórico. ¿No era el primero en mirar a esos años con condescendencia? Antes de él, la época del cambio de milenio ya había sido pintada de negro durante la reforma protestante y por parte de los ilustrados, que necesitaban una edad media oscura y supersticiosa para exhibirse ellos como los heraldos de un renacimiento cultural y espiritual.
El romanticismo decimonónico, que miraba la edad media con fascinación, se limitó a rematar la faena. La realidad del año 1000 fue muy distinta a como unos y otros la imaginarían siglos más tarde. La inmensa mayoría de los europeos ignoraba en qué año vivía. En aquel entonces, los eruditos, que eran muy pocos, empleaban distintos sistemas para el cómputo de los años. El de la era cristiana existía, pero era solo uno de ellos. Pero ninguno de estos sistemas alcanzaba a la mayor parte de la población, que se regían por el curso de las estaciones, las cosechas, la coronación de los reyes y las festividades religiosas. La idea de que el mundo iba a acabar a los mil años procedía de mucho antes, del capítulo 20 del Apocalipsis. Durante el primer cristianismo tuvo cierto predicamento, pero San Agustín y otros padres de la iglesia zanjaron el asunto interpretando ese número como símbolo del tiempo de la iglesia. una doctrina que funcionó durante siglos como cortafuegos frente a las fiebres apocalípticas.
Eso no fue obstáculo para que los profetas del fin del mundo siguiesen apareciendo, pero siempre fueron episodios locales y de pequeño alcance. Las fuentes que alimentaron el mito son escasas y sospechosas. Rodulfus Glauber, de quien se nutrió Michelet años siglos más tarde, escribió sus cinco libros de historias unos 30 años después de los hechos. Pero Glauber tenía una propensión natural a los prodigios sobrenaturales, que le convierte en un cronista poco fiable. Ninguno de sus coetáneos hicieron la más mínima mención al pánico del cambio de milenio. Nada de esto significa que aquella forma... época tranquila ninguna lo fue menos aún en un continente tan pobre y fragmentado como era la europa de hace mil años aquellas gentes tenían una mentalidad muy diferente a la nuestra casi cualquier cosa que se salía de lo normal desde una sequía al paso de un cometa o unas inundaciones Las tenían como algo realmente especial. Los europeos del siglo X eran supersticiosos y en ocasiones milenaristas. El hecho es que fue precisamente en esa época cuando el oeste de Europa empezó a sacudirse el letargo económico y cultural que le había castigado durante muchos siglos desde la desaparición del imperio romano de Occidente.
De forma muy gradual, la economía y la población despegaron y fueron dando forma a la Europa medieval que ha llegado hasta nosotros. Lo que no ha desaparecido es el milenarismo. Ese sobrevive intacto y revive de tanto en tanto con la misma fuerza que lo hizo en el pasado. La noche del 31 de diciembre del año 999, toda Europa contuvo el aliento, o al menos eso es lo que nos han contado. En las iglesias atestadas hasta reventar, miles de fieles aguardaban de rodillas el fin del mundo mientras las velas se consumían y los sacerdotes recitaban de memoria letanías con la voz rota ante el inevitable desenlace. Los campos, naturalmente, habían quedado sin sembrar y sin trabajar porque, claro, ningún campesino veía sentido a sembrar un trigo que jamás llegaría a cosechar. Los deudores habían sido perdonados, los enemigos de toda la vida se reconciliaron, las fortunas se repartieron entre los pobres en un último gesto de desprendimiento, algunos penitentes se flagenaban en las plazas, Otros con la mirada perdida y el rosario entre los dedos esperaban el















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