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Pentecostés

Pentecostés

5/28/2026 · 29:43
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Description of Pentecostés

Euclides Eslava es sacerdote, médico y doctor en Filosofía. Profesor de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad de La Sabana, Colombia, donde también es capellán. Autor de varios libros de teología y espiritualidad, se dirige a un público mayormente universitario aunque el contenido será de interés para la formación y la vida interior de los fieles en general.

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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí. 50 días después de la Pascua, la iglesia celebra la venida del Espíritu de Jesús en la fiesta de Pentecostés. En ese mismo día, los judíos daban gracias a Dios por la tierra, las cosechas, como sea la religión tradicional, y ellos habían agregado la gratitud por la alianza sellada en el Sinaí. San Lucas presenta a los discípulos perseverando unánimes en la oración, junto con algunas mujeres, y María, la madre de Jesús.

El detalle no es menor. La Virgen congrega y sostiene aquel pequeño grupo, temeroso ante las autoridades judías, que aguarda el cumplimiento de la promesa del Señor. San José María inicia su consideración del tercer misterio glorioso en el libro del Rosario, evocando precisamente esa promesa pronunciada por Jesús en la última cena. Yo le pediré al Padre que les dé otro paráclito, que esté siempre con ustedes. En este misterio se entrelazan profundamente unidas tres dimensiones. La dimensión cristológica, la neumatológica del Espíritu Santo y la eclesiológica. En primer lugar, la cristología y la Trinidad. La meditación de San José María sobre el Rosario parte del discurso de Expedia en el Sináculo centrado en la promesa del Consolador.

Nuestro Padre vuelve una y otra vez sobre la inhabitación del paráclito en el alma. Escribe, asentado en tu alma en gracia, el Espíritu Santo, Dios contigo, va dando tono sobrenatural a todos tus pensamientos, deseos y obras. Luego, en otro homilia dirá, Una idea muy bonita, que esa presencia del espíritu en el alma no es estática, sino rectora, dinámica. El paráclito es el pastor de nuestras almas. Y entonces el fruto de esta inhabitación en el alma es doble. La conciencia de la filiación divina y la unión con Jesucristo, particularmente a través del misterio de la cruz. San José María subraya en efecto que el paráclito es un don del crucificado. Jesús muriendo en la cruz nos dio el espíritu de verdad y de vida. Dicen Cristo que pasa. Y ese don nos hace vivir como hermanos suyos. Recordamos el don de la piedad.

Pues al actuar el paráclito en nosotros, confirma lo que Cristo nos anunciaba, que somos hijos de Dios. Y precisamente en esa unión de cruz con filiación divina se aplica aquel descubrimiento de la meditación de 1963. Sabemos que la filiación divina se remonta por allá a los años 30, esa conciencia viva que el Señor quiso poner en su alma. Treinta años más tarde dirá, ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento. Como se ve al pasar los años, la mano del Señor. Como no lo había visto antes. La mano de la sabiduría divina. Recordemos el don de la sabiduría. La mano del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón lo veo con más claridad que nunca es esta. Tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo.

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