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005 LA SOMBRA DEL COYOTE
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005 LA SOMBRA DEL COYOTE

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La sombra del Coyote Por José MALLORQUÍ EL COYOTE, Nº 5 Prólogo en 1849 -Bien, Forbes, ¿tienes algo que decir? Date prisa; no podemos perder más tiempo. La pregunta era como el eco de una implacable sentencia de muerte, y el que la pronunció lo hizo como si cumpliera un simple formulismo. Era un hombre de unos treinta años, muy recio, vestido con elegancia a la moda de la California de entonces. Se balanceaba sobre los altos tacones de sus botas de montar y sus manos apoyábanse en el largo cañón de su fusil. Su aguileña nariz y sus hundidos ojos le daban aspecto de ave de presa. Sus finos labios estaban casi cubiertos por el caído y negro bigote. El hombre a quien había sido dirigida la pregunta era muy distinto. Unos veinte años mayor que el otro, tenía el cabello y la barba ya grises, y su rostro poseía la expresión paciente de los que están habituados a ver llegar y pasar las penas mientras ellos siguen marchando por el difícil camino que la vida les ha trazado y trabajan con toda la habilidad de que son capaces. Era uno de tantos miles de granjeros que habían buscado un nuevo hogar en las tierras del Oeste, luchando contra dificultades casi invencibles, arrancando penosamente los alimentos de un suelo sin domar. En aquel momento estaba sentado en un tronco caído, con las manos atadas a la espalda, la barbilla hundida en el pecho, expresando todo él la máxima desesperación. Sin embargo, al oír la pregunta del otro levantó la cabeza y su mirada buscó, instintivamente, la casita de troncos, el corral dónde bramaba la vaca, cuyas ubres, llenas de leche, no habían sido vaciadas aquella mañana. Mas allá vio también el gran huerto que, por fin, empezaba a producir y era ya una promesa de bienestar. Todo lo había levantado con sus propias manos, desviando hacia allí el riachuelo que cruzaba el prado, derribando con su hacha los viejos árboles para obtener de ellos el made- ramen necesario para tender la cerca. Había creado el lugar. Lo amaba como sólo el agricultor que ha convertido la tierra salvaje en terreno productivo sabe amar. Y ahora tendría que abandonarlo para siempre, expulsado como si hubiese cometido un crimen.Luego su mirada abarcó a los seis hombres en semicírculo ante él. Vio sus miradas curiosas e implacables a la vez. Eran vaqueros, gente alquilada por el hombre que había hablado. Fieles en todo a él. Sin embargo, porque Dios le había dado una vida y la orden de defenderla, dijo: -No puedo hacer más que repetir lo que antes dije. Yo no he tocado ni una sola de tus cabezas de ganado. -Sin embargo, las encontramos en tus tierras con las marcas cambiadas. Del I. B. hiciste el 4. B. Elegiste una marca muy práctica.
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La sombra del Coyote Por José MALLORQUÍ EL COYOTE, Nº 5 Prólogo en 1849 -Bien, Forbes, ¿tienes algo que decir? Date prisa; no podemos perder más tiempo. La pregunta era como el eco de una implacable sentencia de muerte, y el que la pronunció lo hizo como si cumpliera un simple formulismo. Era un hombre de unos treinta años, muy recio, vestido con elegancia a la moda de la California de entonces. Se balanceaba sobre los altos tacones de sus botas de montar y sus manos apoyábanse en el largo cañón de su fusil. Su aguileña nariz y sus hundidos ojos le daban aspecto de ave de presa. Sus finos labios estaban casi cubiertos por el caído y negro bigote. El hombre a quien había sido dirigida la pregunta era muy distinto. Unos veinte años mayor que el otro, tenía el cabello y la barba ya grises, y su rostro poseía la expresión paciente de los que están habituados a ver llegar y pasar las penas mientras ellos siguen marchando por el difícil camino que la vida les ha trazado y trabajan con toda la habilidad de que son capaces. Era uno de tantos miles de granjeros que habían buscado un nuevo hogar en las tierras del Oeste, luchando contra dificultades casi invencibles, arrancando penosamente los alimentos de un suelo sin domar. En aquel momento estaba sentado en un tronco caído, con las manos atadas a la espalda, la barbilla hundida en el pecho, expresando todo él la máxima desesperación. Sin embargo, al oír la pregunta del otro levantó la cabeza y su mirada buscó, instintivamente, la casita de troncos, el corral dónde bramaba la vaca, cuyas ubres, llenas de leche, no habían sido vaciadas aquella mañana. Mas allá vio también el gran huerto que, por fin, empezaba a producir y era ya una promesa de bienestar. Todo lo había levantado con sus propias manos, desviando hacia allí el riachuelo que cruzaba el prado, derribando con su hacha los viejos árboles para obtener de ellos el made- ramen necesario para tender la cerca. Había creado el lugar. Lo amaba como sólo el agricultor que ha convertido la tierra salvaje en terreno productivo sabe amar. Y ahora tendría que abandonarlo para siempre, expulsado como si hubiese cometido un crimen.Luego su mirada abarcó a los seis hombres en semicírculo ante él. Vio sus miradas curiosas e implacables a la vez. Eran vaqueros, gente alquilada por el hombre que había hablado. Fieles en todo a él. Sin embargo, porque Dios le había dado una vida y la orden de defenderla, dijo: -No puedo hacer más que repetir lo que antes dije. Yo no he tocado ni una sola de tus cabezas de ganado. -Sin embargo, las encontramos en tus tierras con las marcas cambiadas. Del I. B. hiciste el 4. B. Elegiste una marca muy práctica.
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La sombra del Coyote Por José MALLORQUÍ EL COYOTE, Nº 5 Prólogo en 1849 -Bien, Forbes, ¿tienes algo que decir? Date prisa; no podemos perder más tiempo. La pregunta era como el eco de una implacable sentencia de muerte, y el que la pronunció lo hizo como si cumpliera un simple formulismo. Era un hombre de unos treinta años, muy recio, vestido con elegancia a la moda de la California de entonces. Se balanceaba sobre los altos tacones de sus botas de montar y sus manos apoyábanse en el largo cañón de su fusil. Su aguileña nariz y sus hundidos ojos le daban aspecto de ave de presa. Sus finos labios estaban casi cubiertos por el caído y negro bigote. El hombre a quien había sido dirigida la pregunta era muy distinto. Unos veinte años mayor que el otro, tenía el cabello y la barba ya grises, y su rostro poseía la expresión paciente de los que están habituados a ver llegar y pasar las penas mientras ellos siguen marchando por el difícil camino que la vida les ha trazado y trabajan con toda la habilidad de que son capaces. Era uno de tantos miles de granjeros que habían buscado un nuevo hogar en las tierras del Oeste, luchando contra dificultades casi invencibles, arrancando penosamente los alimentos de un suelo sin domar. En aquel momento estaba sentado en un tronco caído, con las manos atadas a la espalda, la barbilla hundida en el pecho, expresando todo él la máxima desesperación. Sin embargo, al oír la pregunta del otro levantó la cabeza y su mirada buscó, instintivamente, la casita de troncos, el corral dónde bramaba la vaca, cuyas ubres, llenas de leche, no habían sido vaciadas aquella mañana. Mas allá vio también el gran huerto que, por fin, empezaba a producir y era ya una promesa de bienestar. Todo lo había levantado con sus propias manos, desviando hacia allí el riachuelo que cruzaba el prado, derribando con su hacha los viejos árboles para obtener de ellos el made- ramen necesario para tender la cerca. Había creado el lugar. Lo amaba como sólo el agricultor que ha convertido la tierra salvaje en terreno productivo sabe amar. Y ahora tendría que abandonarlo para siempre, expulsado como si hubiese cometido un crimen.Luego su mirada abarcó a los seis hombres en semicírculo ante él. Vio sus miradas curiosas e implacables a la vez. Eran vaqueros, gente alquilada por el hombre que había hablado. Fieles en todo a él. Sin embargo, porque Dios le había dado una vida y la orden de defenderla, dijo: -No puedo hacer más que repetir lo que antes dije. Yo no he tocado ni una sola de tus cabezas de ganado. -Sin embargo, las encontramos en tus tierras con las marcas cambiadas. Del I. B. hiciste el 4. B. Elegiste una marca muy práctica.
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La sombra del Coyote Por José MALLORQUÍ EL COYOTE, Nº 5 Prólogo en 1849 -Bien, Forbes, ¿tienes algo que decir? Date prisa; no podemos perder más tiempo. La pregunta era como el eco de una implacable sentencia de muerte, y el que la pronunció lo hizo como si cumpliera un simple formulismo. Era un hombre de unos treinta años, muy recio, vestido con elegancia a la moda de la California de entonces. Se balanceaba sobre los altos tacones de sus botas de montar y sus manos apoyábanse en el largo cañón de su fusil. Su aguileña nariz y sus hundidos ojos le daban aspecto de ave de presa. Sus finos labios estaban casi cubiertos por el caído y negro bigote. El hombre a quien había sido dirigida la pregunta era muy distinto. Unos veinte años mayor que el otro, tenía el cabello y la barba ya grises, y su rostro poseía la expresión paciente de los que están habituados a ver llegar y pasar las penas mientras ellos siguen marchando por el difícil camino que la vida les ha trazado y trabajan con toda la habilidad de que son capaces. Era uno de tantos miles de granjeros que habían buscado un nuevo hogar en las tierras del Oeste, luchando contra dificultades casi invencibles, arrancando penosamente los alimentos de un suelo sin domar. En aquel momento estaba sentado en un tronco caído, con las manos atadas a la espalda, la barbilla hundida en el pecho, expresando todo él la máxima desesperación. Sin embargo, al oír la pregunta del otro levantó la cabeza y su mirada buscó, instintivamente, la casita de troncos, el corral dónde bramaba la vaca, cuyas ubres, llenas de leche, no habían sido vaciadas aquella mañana. Mas allá vio también el gran huerto que, por fin, empezaba a producir y era ya una promesa de bienestar. Todo lo había levantado con sus propias manos, desviando hacia allí el riachuelo que cruzaba el prado, derribando con su hacha los viejos árboles para obtener de ellos el made- ramen necesario para tender la cerca. Había creado el lugar. Lo amaba como sólo el agricultor que ha convertido la tierra salvaje en terreno productivo sabe amar. Y ahora tendría que abandonarlo para siempre, expulsado como si hubiese cometido un crimen.Luego su mirada abarcó a los seis hombres en semicírculo ante él. Vio sus miradas curiosas e implacables a la vez. Eran vaqueros, gente alquilada por el hombre que había hablado. Fieles en todo a él. Sin embargo, porque Dios le había dado una vida y la orden de defenderla, dijo: -No puedo hacer más que repetir lo que antes dije. Yo no he tocado ni una sola de tus cabezas de ganado. -Sin embargo, las encontramos en tus tierras con las marcas cambiadas. Del I. B. hiciste el 4. B. Elegiste una marca muy práctica.
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La sombra del Coyote Por José MALLORQUÍ EL COYOTE, Nº 5 Prólogo en 1849 -Bien, Forbes, ¿tienes algo que decir? Date prisa; no podemos perder más tiempo. La pregunta era como el eco de una implacable sentencia de muerte, y el que la pronunció lo hizo como si cumpliera un simple formulismo. Era un hombre de unos treinta años, muy recio, vestido con elegancia a la moda de la California de entonces. Se balanceaba sobre los altos tacones de sus botas de montar y sus manos apoyábanse en el largo cañón de su fusil. Su aguileña nariz y sus hundidos ojos le daban aspecto de ave de presa. Sus finos labios estaban casi cubiertos por el caído y negro bigote. El hombre a quien había sido dirigida la pregunta era muy distinto. Unos veinte años mayor que el otro, tenía el cabello y la barba ya grises, y su rostro poseía la expresión paciente de los que están habituados a ver llegar y pasar las penas mientras ellos siguen marchando por el difícil camino que la vida les ha trazado y trabajan con toda la habilidad de que son capaces. Era uno de tantos miles de granjeros que habían buscado un nuevo hogar en las tierras del Oeste, luchando contra dificultades casi invencibles, arrancando penosamente los alimentos de un suelo sin domar. En aquel momento estaba sentado en un tronco caído, con las manos atadas a la espalda, la barbilla hundida en el pecho, expresando todo él la máxima desesperación. Sin embargo, al oír la pregunta del otro levantó la cabeza y su mirada buscó, instintivamente, la casita de troncos, el corral dónde bramaba la vaca, cuyas ubres, llenas de leche, no habían sido vaciadas aquella mañana. Mas allá vio también el gran huerto que, por fin, empezaba a producir y era ya una promesa de bienestar. Todo lo había levantado con sus propias manos, desviando hacia allí el riachuelo que cruzaba el prado, derribando con su hacha los viejos árboles para obtener de ellos el made- ramen necesario para tender la cerca. Había creado el lugar. Lo amaba como sólo el agricultor que ha convertido la tierra salvaje en terreno productivo sabe amar. Y ahora tendría que abandonarlo para siempre, expulsado como si hubiese cometido un crimen.Luego su mirada abarcó a los seis hombres en semicírculo ante él. Vio sus miradas curiosas e implacables a la vez. Eran vaqueros, gente alquilada por el hombre que había hablado. Fieles en todo a él. Sin embargo, porque Dios le había dado una vida y la orden de defenderla, dijo: -No puedo hacer más que repetir lo que antes dije. Yo no he tocado ni una sola de tus cabezas de ganado. -Sin embargo, las encontramos en tus tierras con las marcas cambiadas. Del I. B. hiciste el 4. B. Elegiste una marca muy práctica.
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La sombra del Coyote Por José MALLORQUÍ EL COYOTE, Nº 5 Prólogo en 1849 -Bien, Forbes, ¿tienes algo que decir? Date prisa; no podemos perder más tiempo. La pregunta era como el eco de una implacable sentencia de muerte, y el que la pronunció lo hizo como si cumpliera un simple formulismo. Era un hombre de unos treinta años, muy recio, vestido con elegancia a la moda de la California de entonces. Se balanceaba sobre los altos tacones de sus botas de montar y sus manos apoyábanse en el largo cañón de su fusil. Su aguileña nariz y sus hundidos ojos le daban aspecto de ave de presa. Sus finos labios estaban casi cubiertos por el caído y negro bigote. El hombre a quien había sido dirigida la pregunta era muy distinto. Unos veinte años mayor que el otro, tenía el cabello y la barba ya grises, y su rostro poseía la expresión paciente de los que están habituados a ver llegar y pasar las penas mientras ellos siguen marchando por el difícil camino que la vida les ha trazado y trabajan con toda la habilidad de que son capaces. Era uno de tantos miles de granjeros que habían buscado un nuevo hogar en las tierras del Oeste, luchando contra dificultades casi invencibles, arrancando penosamente los alimentos de un suelo sin domar. En aquel momento estaba sentado en un tronco caído, con las manos atadas a la espalda, la barbilla hundida en el pecho, expresando todo él la máxima desesperación. Sin embargo, al oír la pregunta del otro levantó la cabeza y su mirada buscó, instintivamente, la casita de troncos, el corral dónde bramaba la vaca, cuyas ubres, llenas de leche, no habían sido vaciadas aquella mañana. Mas allá vio también el gran huerto que, por fin, empezaba a producir y era ya una promesa de bienestar. Todo lo había levantado con sus propias manos, desviando hacia allí el riachuelo que cruzaba el prado, derribando con su hacha los viejos árboles para obtener de ellos el made- ramen necesario para tender la cerca. Había creado el lugar. Lo amaba como sólo el agricultor que ha convertido la tierra salvaje en terreno productivo sabe amar. Y ahora tendría que abandonarlo para siempre, expulsado como si hubiese cometido un crimen.Luego su mirada abarcó a los seis hombres en semicírculo ante él. Vio sus miradas curiosas e implacables a la vez. Eran vaqueros, gente alquilada por el hombre que había hablado. Fieles en todo a él. Sin embargo, porque Dios le había dado una vida y la orden de defenderla, dijo: -No puedo hacer más que repetir lo que antes dije. Yo no he tocado ni una sola de tus cabezas de ganado. -Sin embargo, las encontramos en tus tierras con las marcas cambiadas. Del I. B. hiciste el 4. B. Elegiste una marca muy práctica.
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La sombra del Coyote Por José MALLORQUÍ EL COYOTE, Nº 5 Prólogo en 1849 -Bien, Forbes, ¿tienes algo que decir? Date prisa; no podemos perder más tiempo. La pregunta era como el eco de una implacable sentencia de muerte, y el que la pronunció lo hizo como si cumpliera un simple formulismo. Era un hombre de unos treinta años, muy recio, vestido con elegancia a la moda de la California de entonces. Se balanceaba sobre los altos tacones de sus botas de montar y sus manos apoyábanse en el largo cañón de su fusil. Su aguileña nariz y sus hundidos ojos le daban aspecto de ave de presa. Sus finos labios estaban casi cubiertos por el caído y negro bigote. El hombre a quien había sido dirigida la pregunta era muy distinto. Unos veinte años mayor que el otro, tenía el cabello y la barba ya grises, y su rostro poseía la expresión paciente de los que están habituados a ver llegar y pasar las penas mientras ellos siguen marchando por el difícil camino que la vida les ha trazado y trabajan con toda la habilidad de que son capaces. Era uno de tantos miles de granjeros que habían buscado un nuevo hogar en las tierras del Oeste, luchando contra dificultades casi invencibles, arrancando penosamente los alimentos de un suelo sin domar. En aquel momento estaba sentado en un tronco caído, con las manos atadas a la espalda, la barbilla hundida en el pecho, expresando todo él la máxima desesperación. Sin embargo, al oír la pregunta del otro levantó la cabeza y su mirada buscó, instintivamente, la casita de troncos, el corral dónde bramaba la vaca, cuyas ubres, llenas de leche, no habían sido vaciadas aquella mañana. Mas allá vio también el gran huerto que, por fin, empezaba a producir y era ya una promesa de bienestar. Todo lo había levantado con sus propias manos, desviando hacia allí el riachuelo que cruzaba el prado, derribando con su hacha los viejos árboles para obtener de ellos el made- ramen necesario para tender la cerca. Había creado el lugar. Lo amaba como sólo el agricultor que ha convertido la tierra salvaje en terreno productivo sabe amar. Y ahora tendría que abandonarlo para siempre, expulsado como si hubiese cometido un crimen.Luego su mirada abarcó a los seis hombres en semicírculo ante él. Vio sus miradas curiosas e implacables a la vez. Eran vaqueros, gente alquilada por el hombre que había hablado. Fieles en todo a él. Sin embargo, porque Dios le había dado una vida y la orden de defenderla, dijo: -No puedo hacer más que repetir lo que antes dije. Yo no he tocado ni una sola de tus cabezas de ganado. -Sin embargo, las encontramos en tus tierras con las marcas cambiadas. Del I. B. hiciste el 4. B. Elegiste una marca muy práctica.
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CUENTOS DE LA CASA DE LA BRUJA Los Cuentos de la Casa de la Bruja es un podcast semanal de Ficción Sonora y Audiolibros de Misterio, Ciencia Ficción y Terror. Todos los viernes, en Ivoox, un nuevo audio narrado por locutores humanos. ¿Te atreves? Divago a diario en mi Twitter: @VengadorT. Además te ofrezco mis servicios como locutor online con estudio propio. Puedes contactar conmigo en www.locucioneshablandoclaro.com o en info@locucioneshablandoclaro.com Updated
La Bala Mágica Marta es una periodista con un sexto sentido para detectar las mentiras que se publican y los intereses que a veces hay detrás de ellas. Ese talento natural hace que el Estado se interese por sus servicios y la contrata en una unidad especial de carácter reservado destinada a luchar contra la desinformación. Una vieja teoría de la conspiración capta su atención: “las empresas energéticas llevan años ocultando que la basura puede convertirse en combustible”. A medida que avanza en la investigación, Marta se va convenciendo de que quizá no se trate de un bulo. Comienza a creer que ha habido desapariciones de científicos, informes destruidos, periodistas que han salido de los medios en los que trabajaban… Incluso empieza a sospechar de sus propios jefes y de algunos de los expertos que le han ayudado a desentrañar otras teorías. La Bala Mágica es una ficción de Summer Story impulsada por Repsol. Protagonizada por Irene Escolar, Silvia Abascal, Carlos Peguer y Roberto Álamo. Dirigida por Álvaro de Cózar. Creada por Álvaro De Cózar, Íñigo Anzizu y Jerónimo Andreu. Guión: Álvaro de Cózar, Jerónimo Andreu y Alba Carballal. Diseño sonoro, montaje y grabación: Josefina Rozenwasser. Técnico de sonido: David Gutiérrez . Música original: Iván Ruiz Serrano. Diseño gráfico de la Agencia Summer. Producido por Iván Pérez y Paloma Lizarraga. Asistente de producción: María Baldasano. Producción Ejecutiva: Pilar Sayáns. Con las voces de: Antonio Gil, Pepe Ocio, Francesco Carril, Alex Nebot, Fabio Espinosa, Eva Egido, Erik Gatby, Roberto Cerdá. Alejandro Diéz, Fernando Pedraza, Eva Torres y los ganadores del casting interno de Repsol: David José Martín Alcalde y Gabriela Castro de la Puente.  Updated
Cuentos y Relatos Espacio no profesional dedicado a la lectura de Cuentos y Relatos clásicos realizada con voz humana (sin IA) y amenizada con una ambientación musical o sonora. Literatura de todos los géneros: Misterio, Ciencia Ficción, Terror, Fantástico, Policíaco, Costumbrista... No son audios dramatizados, no son locuciones, no son narraciones. Son simplemente lecturas amateur y un proyecto absolutamente desinteresado sin ánimo de lucro. Algunos de los audios de este podcast pueden herir la sensibilidad del oyente debido a su contenido o lenguaje explícito. Si te consideras una persona sensible en este aspecto, por favor, no lo escuches y elige otro podcast más acorde a tus gustos, de lo contrario, adelante, estás en tu casa. Espero que lo disfrutéis tanto como yo lo hago durante la producción de estos audios. Gracias por anticipado y también por vuestra presencia. ¡Un saludo! Por favor, si te gusta algún audio, no olvides darle al "Me gusta" y compartir en tus redes sociales. ¡Muchas Gracias! Advertencia: Por motivos obvios, cualquier comentario ofensivo, falto de respeto o improcedente, será automáticamente eliminado del podcast. Blog: https://lanebulosaeclectica.blogspot.com.es/ Updated
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