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070 EL CHARRO DE LAS CALAVERAS
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EL CHARRO DE LAS CALAVERAS Por J. Mallorqui CAPITULO PRIMERO DOMINGO POR LA MAÑANA Fray Anselmo jugueteaba, vacilante, con los documentos que tenía sobre la negra mesa de torneadas patas, a la que estaba sentado. —Esto es muy anormal —dijo al enmascarado que estaba frente a él, al otro lado de la mesa. —Le aseguro que las firmas son legítimas —replicó el «Coyote»—. Además, ya sabe que no apadrinaría nada que fuese vergonzoso, inmoral o que no respondiera a la más estricta justicia. El franciscano arqueó una ceja y por sus ojos cruzó una ráfaga de burlona ironía. —La justicia del «Coyote» no es siempre muy ortodoxa —comentó. —¿Acaso algún inocente pagó culpas ajenas? —preguntó, también con ironía, el «Coyote». —No —contestó fray Anselmo, moviendo negativamente la cabeza—; pero quizá algunas culpas fueron pagadas a un precio excesivo. Dios se ha reservado el derecho de castigar, porque sólo en Sus divinas manos el castigo sabe ser justo. A los hombres, incluso a aquellos que le servimos, sólo nos concedió el derecho de perdonar. —¿Conoce usted al juez Cobaleda? Claro que si. ¿Quién no conoce al que en un tiempo fue juez justo y severo? —Le conozco. ¿Por qué me lo preguntas?
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EL CHARRO DE LAS CALAVERAS Por J. Mallorqui CAPITULO PRIMERO DOMINGO POR LA MAÑANA Fray Anselmo jugueteaba, vacilante, con los documentos que tenía sobre la negra mesa de torneadas patas, a la que estaba sentado. —Esto es muy anormal —dijo al enmascarado que estaba frente a él, al otro lado de la mesa. —Le aseguro que las firmas son legítimas —replicó el «Coyote»—. Además, ya sabe que no apadrinaría nada que fuese vergonzoso, inmoral o que no respondiera a la más estricta justicia. El franciscano arqueó una ceja y por sus ojos cruzó una ráfaga de burlona ironía. —La justicia del «Coyote» no es siempre muy ortodoxa —comentó. —¿Acaso algún inocente pagó culpas ajenas? —preguntó, también con ironía, el «Coyote». —No —contestó fray Anselmo, moviendo negativamente la cabeza—; pero quizá algunas culpas fueron pagadas a un precio excesivo. Dios se ha reservado el derecho de castigar, porque sólo en Sus divinas manos el castigo sabe ser justo. A los hombres, incluso a aquellos que le servimos, sólo nos concedió el derecho de perdonar. —¿Conoce usted al juez Cobaleda? Claro que si. ¿Quién no conoce al que en un tiempo fue juez justo y severo? —Le conozco. ¿Por qué me lo preguntas?
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EL CHARRO DE LAS CALAVERAS Por J. Mallorqui CAPITULO PRIMERO DOMINGO POR LA MAÑANA Fray Anselmo jugueteaba, vacilante, con los documentos que tenía sobre la negra mesa de torneadas patas, a la que estaba sentado. —Esto es muy anormal —dijo al enmascarado que estaba frente a él, al otro lado de la mesa. —Le aseguro que las firmas son legítimas —replicó el «Coyote»—. Además, ya sabe que no apadrinaría nada que fuese vergonzoso, inmoral o que no respondiera a la más estricta justicia. El franciscano arqueó una ceja y por sus ojos cruzó una ráfaga de burlona ironía. —La justicia del «Coyote» no es siempre muy ortodoxa —comentó. —¿Acaso algún inocente pagó culpas ajenas? —preguntó, también con ironía, el «Coyote». —No —contestó fray Anselmo, moviendo negativamente la cabeza—; pero quizá algunas culpas fueron pagadas a un precio excesivo. Dios se ha reservado el derecho de castigar, porque sólo en Sus divinas manos el castigo sabe ser justo. A los hombres, incluso a aquellos que le servimos, sólo nos concedió el derecho de perdonar. —¿Conoce usted al juez Cobaleda? Claro que si. ¿Quién no conoce al que en un tiempo fue juez justo y severo? —Le conozco. ¿Por qué me lo preguntas?
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EL CHARRO DE LAS CALAVERAS Por J. Mallorqui CAPITULO PRIMERO DOMINGO POR LA MAÑANA Fray Anselmo jugueteaba, vacilante, con los documentos que tenía sobre la negra mesa de torneadas patas, a la que estaba sentado. —Esto es muy anormal —dijo al enmascarado que estaba frente a él, al otro lado de la mesa. —Le aseguro que las firmas son legítimas —replicó el «Coyote»—. Además, ya sabe que no apadrinaría nada que fuese vergonzoso, inmoral o que no respondiera a la más estricta justicia. El franciscano arqueó una ceja y por sus ojos cruzó una ráfaga de burlona ironía. —La justicia del «Coyote» no es siempre muy ortodoxa —comentó. —¿Acaso algún inocente pagó culpas ajenas? —preguntó, también con ironía, el «Coyote». —No —contestó fray Anselmo, moviendo negativamente la cabeza—; pero quizá algunas culpas fueron pagadas a un precio excesivo. Dios se ha reservado el derecho de castigar, porque sólo en Sus divinas manos el castigo sabe ser justo. A los hombres, incluso a aquellos que le servimos, sólo nos concedió el derecho de perdonar. —¿Conoce usted al juez Cobaleda? Claro que si. ¿Quién no conoce al que en un tiempo fue juez justo y severo? —Le conozco. ¿Por qué me lo preguntas?
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EL CHARRO DE LAS CALAVERAS Por J. Mallorqui CAPITULO PRIMERO DOMINGO POR LA MAÑANA Fray Anselmo jugueteaba, vacilante, con los documentos que tenía sobre la negra mesa de torneadas patas, a la que estaba sentado. —Esto es muy anormal —dijo al enmascarado que estaba frente a él, al otro lado de la mesa. —Le aseguro que las firmas son legítimas —replicó el «Coyote»—. Además, ya sabe que no apadrinaría nada que fuese vergonzoso, inmoral o que no respondiera a la más estricta justicia. El franciscano arqueó una ceja y por sus ojos cruzó una ráfaga de burlona ironía. —La justicia del «Coyote» no es siempre muy ortodoxa —comentó. —¿Acaso algún inocente pagó culpas ajenas? —preguntó, también con ironía, el «Coyote». —No —contestó fray Anselmo, moviendo negativamente la cabeza—; pero quizá algunas culpas fueron pagadas a un precio excesivo. Dios se ha reservado el derecho de castigar, porque sólo en Sus divinas manos el castigo sabe ser justo. A los hombres, incluso a aquellos que le servimos, sólo nos concedió el derecho de perdonar. —¿Conoce usted al juez Cobaleda? Claro que si. ¿Quién no conoce al que en un tiempo fue juez justo y severo? —Le conozco. ¿Por qué me lo preguntas?
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EL CHARRO DE LAS CALAVERAS Por J. Mallorqui CAPITULO PRIMERO DOMINGO POR LA MAÑANA Fray Anselmo jugueteaba, vacilante, con los documentos que tenía sobre la negra mesa de torneadas patas, a la que estaba sentado. —Esto es muy anormal —dijo al enmascarado que estaba frente a él, al otro lado de la mesa. —Le aseguro que las firmas son legítimas —replicó el «Coyote»—. Además, ya sabe que no apadrinaría nada que fuese vergonzoso, inmoral o que no respondiera a la más estricta justicia. El franciscano arqueó una ceja y por sus ojos cruzó una ráfaga de burlona ironía. —La justicia del «Coyote» no es siempre muy ortodoxa —comentó. —¿Acaso algún inocente pagó culpas ajenas? —preguntó, también con ironía, el «Coyote». —No —contestó fray Anselmo, moviendo negativamente la cabeza—; pero quizá algunas culpas fueron pagadas a un precio excesivo. Dios se ha reservado el derecho de castigar, porque sólo en Sus divinas manos el castigo sabe ser justo. A los hombres, incluso a aquellos que le servimos, sólo nos concedió el derecho de perdonar. —¿Conoce usted al juez Cobaleda? Claro que si. ¿Quién no conoce al que en un tiempo fue juez justo y severo? —Le conozco. ¿Por qué me lo preguntas?
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EL CHARRO DE LAS CALAVERAS Por J. Mallorqui CAPITULO PRIMERO DOMINGO POR LA MAÑANA Fray Anselmo jugueteaba, vacilante, con los documentos que tenía sobre la negra mesa de torneadas patas, a la que estaba sentado. —Esto es muy anormal —dijo al enmascarado que estaba frente a él, al otro lado de la mesa. —Le aseguro que las firmas son legítimas —replicó el «Coyote»—. Además, ya sabe que no apadrinaría nada que fuese vergonzoso, inmoral o que no respondiera a la más estricta justicia. El franciscano arqueó una ceja y por sus ojos cruzó una ráfaga de burlona ironía. —La justicia del «Coyote» no es siempre muy ortodoxa —comentó. —¿Acaso algún inocente pagó culpas ajenas? —preguntó, también con ironía, el «Coyote». —No —contestó fray Anselmo, moviendo negativamente la cabeza—; pero quizá algunas culpas fueron pagadas a un precio excesivo. Dios se ha reservado el derecho de castigar, porque sólo en Sus divinas manos el castigo sabe ser justo. A los hombres, incluso a aquellos que le servimos, sólo nos concedió el derecho de perdonar. —¿Conoce usted al juez Cobaleda? Claro que si. ¿Quién no conoce al que en un tiempo fue juez justo y severo? —Le conozco. ¿Por qué me lo preguntas?
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