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076 SEIS BALAS DE PLATA
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076 SEIS BALAS DE PLATA

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077 COYOTE 08

LA ULTIMA BALA Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO LA RECONSTRUCCIÓN DE UN HOMBRE Manuel del Socorro Rodríguez había gastado los treinta dólares que le fueron entregados por el alcaide de San Quintín antes de que el indultado cautivo saliera de la prisión en que pasara veinte años. Aquellos años representaban, físicamente, lo mejor de su vida. Al entrar en San Quintín acababa de cumplir los veintiséis. Ahora estaba a punto de cumplir los cincuenta. Fue encarcelado en el momento en que su vigor físico y su equilibrio mental entraban en el ciclo productor de la existencia del hombre. La plenitud de su vida la pasó entre tres muros de piedra y una reja de hierro. Salía de la cárcel en los momentos en que se iniciaba la decadencia física. ¿Qué hubiera podido hacer en aquellos años si, en vez de pasarlos encerrado en el penal, hubiese vivido en libertad? La respuesta a la pregunta que tantas veces se había hecho era siempre la misma: "Hogar. Hijos. Posición." Esta última respuesta no se refería a una posición elevada o baja. Sólo POSICIÓN o situación. Para él la vida, en aquellos momentos, se caracterizaba por su inestabilidad. Encontrábase como el joven que, después de terminar sus estudios o aprendizaje, debe crearse una posición estable. Para ello cuenta, especialmente, con su poca edad, con el amplio horizonte de varios años que puede emplear, sin prisa, porque le sobran la juventud y la energía que va unida a ella. Pero a los cuarenta y seis años, cerca del ocaso de su vida, sin horizontes, sin porvenir, sentíase incapaz de reanudar la existencia como la planeara veinte años antes. No podía seguir el largo camino que utiliza la juventud. Era necesario adentrarse por atajos peligrosos que le permitiesen recuperar en unos meses o en un par de años, todo lo más, el tiempo perdido. Cualquier atajo que deseara tomar pasaba forzosamente por San Francisco.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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SEIS BALAS DE PLATA Por José Mallorqui CAPITULO PRIMERO PULSERA DE PLATA Manuel del Socorro Rodríguez tardó relativamente poco en ver de nuevo al «Coyote». En realidad, apenas le vio, pues en aquellos instantes se hallaba medio desvanecido; pero supo que debía su vida al enmascarado. Antes de que le volviera a ver, los acontecimientos se precipitaron: en veinte días todo cambió en la vida del joven. Pocos hombres han vivido más en tan poco tiempo. Al salir de su cuarto el enmascarado, Manuel sumióse en profundos pensamientos. Manuel quería pesar bien el pro y el contra de sus decisiones. Poseía treinta y tres mil dólares. En aquel tiempo, semejante cantidad constituía una fortuna. ¿Cómo justificaría su procedencia ante los que le conocían bien? ¿Podía decir que era un regalo del «Coyote»? De hacerlo, la Justicia le quitaría el dinero, que, al fin y al cabo, era producto de un robo, aunque en toda ley le perteneciese. Incluso era posible que se le acusara de complicidad con el «Coyote», en cuyo caso las consecuencias serían más graves. Debía marcharse de San Juan de Río Negro. Era lo prudente. En San Francisco podría emprender cualquiera de los múltiples negocios que florecían en aquella ciudad cuyo vertiginoso desarrollo se parecía al de los hongos. Familias que se dedicaban a hacer pasteles de manzana ganaban dinero a espuertas. Por alquilar un cuartito con una cama, se podían conseguir tres o cuatro dólares diarios. Comprando ron en Méjico y vendiéndolo en San Francisco se multiplicaba por diez el capital invertido. Las oportunidades eran múltiples. La gente llegaba a San Francisco atraída por el oro, y una vez en la ciudad tenía que vivir. Como nadie pensaba en más negocio que el de buscar oro en los campos mineros, despreciábanse los otros y más cómodos sistemas de ganar dinero. Luego debía contarse con que los afortunados mineros que regresaban cargados de pepitas y polvo aurífero deseaban disfrutar de su fortuna y encontrábanse con que resultaba más fácil ganarla que gastarla, como no fuese en borracheras o en las mesas de juego... San Francisco era, pues, un ideal refugio.
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