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092 OJOS VERDES EN MONTERREY
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092 OJOS VERDES EN MONTERREY

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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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092 COYOTE 02

OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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OJOS VERDES EN MONTERREY Por José Mallorquí PROLOGO EN VERDE Y ROJO La amarilla luz de las lámparas se reflejaba en verde desde el tapete de la mesa contra los rostros de los jugadores de «monte.» Una niebla de humo de tabaco ayudaba a que la luz trazase un cono perfectamente dibujado. José Juan González empezaba a sentir miedo. Otros seis hombres eran sus compañeros de juego y de ellos sólo un par le inquietaban. Pero en cambio la mujer, tan frágil, tan débil, con su aspecto aniñado o enfermizo, le causaba un terror pánico. —No es ella —se dijo—. Son sus ojos. Eran verdes, cristalinos, tan extraños en aquel rostro bronceado, casi oliváceo, que parecían arrancados a otra cara de una raza muy distinta. Según como se reflejaba en ellos la luz, José Juan tenía la impresión de hallarse ante unas cuencas vacías. Vacías, pero sin perder la facultad de ver y de mirar. —Ojos de gato.
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La Bala Mágica Marta es una periodista con un sexto sentido para detectar las mentiras que se publican y los intereses que a veces hay detrás de ellas. Ese talento natural hace que el Estado se interese por sus servicios y la contrata en una unidad especial de carácter reservado destinada a luchar contra la desinformación. Una vieja teoría de la conspiración capta su atención: “las empresas energéticas llevan años ocultando que la basura puede convertirse en combustible”. A medida que avanza en la investigación, Marta se va convenciendo de que quizá no se trate de un bulo. Comienza a creer que ha habido desapariciones de científicos, informes destruidos, periodistas que han salido de los medios en los que trabajaban… Incluso empieza a sospechar de sus propios jefes y de algunos de los expertos que le han ayudado a desentrañar otras teorías. La Bala Mágica es una ficción de Summer Story impulsada por Repsol. Protagonizada por Irene Escolar, Silvia Abascal, Carlos Peguer y Roberto Álamo. Dirigida por Álvaro de Cózar. Creada por Álvaro De Cózar, Íñigo Anzizu y Jerónimo Andreu. Guión: Álvaro de Cózar, Jerónimo Andreu y Alba Carballal. Diseño sonoro, montaje y grabación: Josefina Rozenwasser. Técnico de sonido: David Gutiérrez . Música original: Iván Ruiz Serrano. Diseño gráfico de la Agencia Summer. Producido por Iván Pérez y Paloma Lizarraga. Asistente de producción: María Baldasano. Producción Ejecutiva: Pilar Sayáns. Con las voces de: Antonio Gil, Pepe Ocio, Francesco Carril, Alex Nebot, Fabio Espinosa, Eva Egido, Erik Gatby, Roberto Cerdá. Alejandro Diéz, Fernando Pedraza, Eva Torres y los ganadores del casting interno de Repsol: David José Martín Alcalde y Gabriela Castro de la Puente.  Updated
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HISTORIAS PARA SER LEÍDAS Un podcast de Terror y Ciencia Ficción dirigido por Olga Paraíso. Autora de "Crónicas Vampíricas de Vera", disponible en Amazon. Updated
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