
095 COYOTE 09
Episode in
095 LA CAYA DEL COYOTE
A LA CAZA DEL COYOTE
Por José Mallorquí
CAPITULO PRIMERO
EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 08
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095 LA CAYA DEL COYOTE
A LA CAZA DEL COYOTE
Por José Mallorquí
CAPITULO PRIMERO
EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 07
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095 LA CAYA DEL COYOTE
A LA CAZA DEL COYOTE
Por José Mallorquí
CAPITULO PRIMERO
EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 06
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EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 05
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A LA CAZA DEL COYOTE
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CAPITULO PRIMERO
EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 04
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EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 03
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CAPITULO PRIMERO
EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 02
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Por José Mallorquí
CAPITULO PRIMERO
EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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095 COYOTE 01
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CAPITULO PRIMERO
EL «COYOTE» EN DESGRACIA
—Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.»
Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas.
Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad.
—Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile.
—Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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