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095 LA CAYA DEL COYOTE
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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A LA CAZA DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO EL «COYOTE» EN DESGRACIA —Eso es, muchacho. El «Coyote» ha caído en desgracia. —El editor del San Francisco Evening News se había puesto de pie y, apoyando las palmas de las manos en la mesa, adoptó su actitud número nueve, o sea la correspondiente a: «Actitud que se debe adoptar cuando se va a decir algo que todo el mundo sabe, pero a fin de que todo el mundo saque la impresión de que uno ha sido el primero en saber dicha cosa.» Dick Coleman contemplaba, admirado, al señor Casey. No conocía aún su colección de «Actitudes para impresionar a los idiotas, a los inteligentes, a las damas y a las señoritas, a los niños y a los indios.» Coleman llevaba muy poco tiempo en San Francisco. Había llegado de Philadelphia, la Ciudad del Amor Fraterno levantada por William Penn y sus ideales. Además de proceder de allí, tenía veinticinco años y era capaz de estrechar la mano de un negro, es decir, que estaba lleno de ilusiones de fraternidad, igualdad y justicia. Amos Casey tenía la convicción de que Dick no servía para nada como periodista; pero acudía a él siempre que deseaba ensayar alguna frase altisonante y generosa. Dick era un oyente ideal. Creía en la buena voluntad de los políticos y en sus promesas. Amos se movió ligeramente, como si adaptara mejor a su persona la actitud número nueve, que llevaba tiempo en desuso y por ello estaba algo así como un poco acartonada; como una camisa que se almidonó con excesiva generosidad. —Era de esperar —siguió—. Yo lo vi desde el primer día. El «Coyote» estaba muy alto; pero, fatalmente, más tarde o más temprano se tenía que venir abajo. Los hombres, amigo Dick, crean ídolos, pero al crearlos consideran que se convierten en sus dueños. Son propietarios de un ídolo y lo colocan en un pedestal. Durante mucho tiempo el ídolo en lo alto del pedestal les gusta. Es hermoso, elegante y artístico; pero un día alguien comenta que el ídolo empieza a estar pasado de moda. Soplan nuevos vientos en cuestiones de ídolos. El antiguo ya no adorna el paisaje: lo ensucia, lo afea, lo añeja. Y entonces, todos a una, los hombres derriban el ídolo. El día en que lo erigieron fue un día de fiesta que se celebró con fuegos artificiales, con carreras, gritos y bailes. El día en que se destruye, también se disparan cohetes, hay carreras y baile. —Muchas veces los ídolos tienen los pies de barro —murmuró Dick.
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12 FUNDACION E IMPERIO Ciclo de la Fundacion.- Ciclo de Trantor.- Cuarto relato. Segundo de la Trilogia de la Fundacion.- La Fundacion hace renacer el nuevo imperio galactico, pero nace un nuevo personaje que quiere destruir esta fundacion y a su vez encontrar una segunda fundacion que al parecer fue creada al mismo tiempo que la primera. Updated
13 SEGUNDA FUNDACION El Primer Imperio Galáctico se prolongó durante decenas de miles de años. Había incluido todos los planetas de la Galaxia en un gobierno centralizado, unas veces tiránico, otras benevolente, pero siempre ordenado. Los seres humanos habían olvidado que pudiera existir otra forma de existencia. Todos, menos Hari Seldon. Hari Seldon fue el último gran científico del Primer Imperio. Fue él quien llevó la ciencia de la psicohistoria a su desarrollo completo. La psicohistoria era la quintaesencia de la sociología; era la ciencia de la conducta humana reducida a ecuaciones matemáticas. El ser humano individual actúa de modo imprevisible, pero, según descubrió Seldon, las reacciones de las masas humanas podían ser tratadas estadísticamente. Cuanto mayor es la masa, mayor es la exactitud de la predicción. Y el volumen de las masas con que trabajó Seldon fue nada menos que el de la población completa de la Galaxia, que en su tiempo se calculaba en trillones de personas. Así pues, fue Seldon quien previó, contra todo sentido común y creencia popular, que el brillante Imperio que parecía tan fuerte se hallaba en un estado de irremediable decadencia. Previó (o resolvió sus ecuaciones e interpretó sus símbolos, lo cual equivale a lo mismo) que la Galaxia, si no recibía ayuda, pasaría por un período de treinta mil años de miseria, anarquía y barbarie antes de que una forma de gobierno unificado apareciese de nuevo. Se dispuso a remediar la situación de forma que la paz y la civilización se restaurasen en un solo milenio. Cuidadosamente, estableció dos colonias de científicos a las que llamó «Fundaciones». Las colocó deliberadamente «en extremos opuestos de la Galaxia». Una Fundación fue instituida con conocimiento de todos y amplia publicidad. La existencia de la otra, la Segunda Fundación, fue sumida en el silencio. En Fundación y Fundación e Imperio se describen los tres primeros siglos de la historia de la Primera Fundación. Empezó como una pequeña comunidad de enciclopedistas perdida en el vacío de la periferia exterior de la Galaxia. Periódicamente se enfrentaba a una crisis derivada de las relaciones humanas y las corrientes sociales y económicas de la época. Su libertad de movimientos se desarrollaba a lo largo de una línea determinada y sólo en ella, y cuando se movía en aquella dirección, un nuevo horizonte de desarrollo se abría ante ella. Todo había sido planeado por Hari Seldon, fallecido hacía ya mucho tiempo. La Primera Fundación, con su ciencia superior, se apoderó de los planetas bárbaros que la rodeaban. Se enfrentó a los anárquicos señores guerreros que se separaron del Imperio moribundo, y los derrotó. Se enfrentó a los restos del propio Imperio, gobernados por su último y poderoso emperador y su también último general, y los derrotó. Entonces se enfrentó a algo que Hari Seldon no había podido prever: el poder arrollador de un solo ser, un mutante. El ser conocido como el Mulo nació con la facultad de moldear las emociones y las mentes de los hombres. Sus más acérrimos adversarios se convirtieron en sus fieles servidores. Los ejércitos no podían, no querían, luchar contra él. Frente a él, la Primera Fundación cayó, y los planes de Seldon fracasaron parcialmente. Quedaba la misteriosa Segunda Fundación, objetivo de todas las búsquedas. El Mulo tenía que encontrarla para completar su conquista de la Galaxia. Los fieles que sobrevivieron a la Primera Fundación tenían que encontrarla por una razón completamente distinta. Pero ¿dónde estaba? Eso no lo sabía nadie. Esta, pues, es la historia de la búsqueda de la Segunda Fundación. Updated
07 LAS CORRIENTES DEL ESPACIO LAS CORRIENTES DEL ESPACIO.- Segunda novela del Triptico del imperio galactico. Otro relato plagado de intrigas y luchas para ser el planeta mas importante del nuevo imperio galactico que se esta formando. ----------------------------------------------------------------- Updated
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Jules y Ren Vuelve Jules y Ren. Una ficción sonora de crimen, misterio y humor, protagonizada por Michelle Jenner y Carlos Santos. Ya sabéis cómo va esto: anochece en la gran ciudad y las calles se llenan de lobos y de detectives ansiosos por llevarse un caso a la boca.  Ha pasado un año desde que Jules & Ren resolvieron todo el asunto de la señora Gloria, y no han vuelto a saber nada sobre el paradero de Pol. Jules está deprimida y Ren trata de animarla, pero parece imposible.  En ese momento suena su teléfono de nuevo: es Marcia, la jefa de policía de un pueblo que les pide ayuda para resolver un caso. Aunque Jules parece no tener demasiado interés en lo que le cuenta, todo cambia cuando le dice cómo se llama el pueblo: Montañas de Dante.  La persona que les llamó para decirles que sabía algo sobre Pol, acabó con un acertijo:  Su querido amigo Pol / se perdió en el inframundo / lo acompaña un italiano / ¿dónde se pierde su rumbo?  Un italiano en el inframundo tiene que ser Dante Alighieri, el escritor de La divina Comedia. Ahí hay un misterio digno de ser investigado.   Jules y Ren deciden ir al pueblo, pero ¿qué se oculta en Montañas de Dante? ¿Y qué tiene que ver Pol en todo esto? Empezamos. Bienvenidos a… Jules & Ren en... Las montañas de Dante.  Updated
La Cultureta Rubén Amón, Rosa Belmonte, Guillermo Altares, Isabel Vázquez JF León y Sergio del Molino hablan sobre cine, música, libros, series y mucho más... Updated
Aquí hay dragones AQUÍ HAY DRAGONES, todas esas chinchetas clavadas en el mapa que indican lo que aún no conocemos o queremos conocer mejor. El impulso aventurero de la curiosidad. El libro que no sabías que te gustaba, la película que deseas ver con ojos nuevos... Updated
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