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096 LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE
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LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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096 COYOTE 08

LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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LOS VOLUNTARIOS DEL COYOTE Por José Mallorquí CAPITULO PRIMERO SANTA ADELITA Damián Ugarte acarició con temblorosa mano las amarillas pepitas que había reunido en dos horas de lavar arena aurífera. Las notaba calientes, llenas de promesas, embriagadoras como un licor fuerte y a la vez suave. Damián Ugarte era rico. Inmensamente rico. Y, sobre todo, oportunamente rico. Cinco días más tarde, el hallazgo no hubiera servido de nada, pues entonces las tierras heredadas de sus antepasados habrían dejado de ser suyas. Era un milagro. Sólo así podía calificarse el inesperado y oportunísimo hallazgo de oro en aquel riachuelo. Hasta entonces había puesto siempre en duda la realidad de los milagros; pero ante aquél tan palmario, no podía seguir dudando. Hubiera sido llevar demasiado lejos la incredulidad. Volvió a acariciar las pepitas de oro. Calculadas al peso en la mano, tenía medio kilo de oro, o sea que a dólar el gramo, tenía quinientos dólares. ¡Y sólo era el principio! La iniciación de una fabulosa fortuna. Millones, tal vez. Y todo por unas tierras que al ser tasadas para obtener dinero por ellas, en hipoteca, se convino en que valían, máximo, dos mil dólares. Damián Ugarte se tumbó de espaldas sobre la arena de la ribera, caldeada por el sol que pronto alcanzaría su cénit. Cerró los ojos. A través de los párpados le llegaba a las pupilas la luminosidad del sol californiano y su calor. Era como la vez en que Angelita le quiso despertar agitando ante su rostro una tea encendida y luego le echó a los ojos el aliento perfumado de hierbabuena del huerto de Capistrano. Siempre había recordado aquel momento. Angelita tenía once años y él tenía trece. Trece años y ninguna preocupación... Luego fueron llegando otros trece años y cada uno de ellos trajo su caudal de inquietudes, dificultades y preocupaciones hasta que llegó el momento actual, en que, de pronto, la Suerte daba su pirueta y le mostraba un tesoro. —¡Simpática Buena Suerte...! —runruneó Damián—. ¡Te quiero mucho...!
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12 FUNDACION E IMPERIO Ciclo de la Fundacion.- Ciclo de Trantor.- Cuarto relato. Segundo de la Trilogia de la Fundacion.- La Fundacion hace renacer el nuevo imperio galactico, pero nace un nuevo personaje que quiere destruir esta fundacion y a su vez encontrar una segunda fundacion que al parecer fue creada al mismo tiempo que la primera. Updated
13 SEGUNDA FUNDACION El Primer Imperio Galáctico se prolongó durante decenas de miles de años. Había incluido todos los planetas de la Galaxia en un gobierno centralizado, unas veces tiránico, otras benevolente, pero siempre ordenado. Los seres humanos habían olvidado que pudiera existir otra forma de existencia. Todos, menos Hari Seldon. Hari Seldon fue el último gran científico del Primer Imperio. Fue él quien llevó la ciencia de la psicohistoria a su desarrollo completo. La psicohistoria era la quintaesencia de la sociología; era la ciencia de la conducta humana reducida a ecuaciones matemáticas. El ser humano individual actúa de modo imprevisible, pero, según descubrió Seldon, las reacciones de las masas humanas podían ser tratadas estadísticamente. Cuanto mayor es la masa, mayor es la exactitud de la predicción. Y el volumen de las masas con que trabajó Seldon fue nada menos que el de la población completa de la Galaxia, que en su tiempo se calculaba en trillones de personas. Así pues, fue Seldon quien previó, contra todo sentido común y creencia popular, que el brillante Imperio que parecía tan fuerte se hallaba en un estado de irremediable decadencia. Previó (o resolvió sus ecuaciones e interpretó sus símbolos, lo cual equivale a lo mismo) que la Galaxia, si no recibía ayuda, pasaría por un período de treinta mil años de miseria, anarquía y barbarie antes de que una forma de gobierno unificado apareciese de nuevo. Se dispuso a remediar la situación de forma que la paz y la civilización se restaurasen en un solo milenio. Cuidadosamente, estableció dos colonias de científicos a las que llamó «Fundaciones». Las colocó deliberadamente «en extremos opuestos de la Galaxia». Una Fundación fue instituida con conocimiento de todos y amplia publicidad. La existencia de la otra, la Segunda Fundación, fue sumida en el silencio. En Fundación y Fundación e Imperio se describen los tres primeros siglos de la historia de la Primera Fundación. Empezó como una pequeña comunidad de enciclopedistas perdida en el vacío de la periferia exterior de la Galaxia. Periódicamente se enfrentaba a una crisis derivada de las relaciones humanas y las corrientes sociales y económicas de la época. Su libertad de movimientos se desarrollaba a lo largo de una línea determinada y sólo en ella, y cuando se movía en aquella dirección, un nuevo horizonte de desarrollo se abría ante ella. Todo había sido planeado por Hari Seldon, fallecido hacía ya mucho tiempo. La Primera Fundación, con su ciencia superior, se apoderó de los planetas bárbaros que la rodeaban. Se enfrentó a los anárquicos señores guerreros que se separaron del Imperio moribundo, y los derrotó. Se enfrentó a los restos del propio Imperio, gobernados por su último y poderoso emperador y su también último general, y los derrotó. Entonces se enfrentó a algo que Hari Seldon no había podido prever: el poder arrollador de un solo ser, un mutante. El ser conocido como el Mulo nació con la facultad de moldear las emociones y las mentes de los hombres. Sus más acérrimos adversarios se convirtieron en sus fieles servidores. Los ejércitos no podían, no querían, luchar contra él. Frente a él, la Primera Fundación cayó, y los planes de Seldon fracasaron parcialmente. Quedaba la misteriosa Segunda Fundación, objetivo de todas las búsquedas. El Mulo tenía que encontrarla para completar su conquista de la Galaxia. Los fieles que sobrevivieron a la Primera Fundación tenían que encontrarla por una razón completamente distinta. Pero ¿dónde estaba? Eso no lo sabía nadie. Esta, pues, es la historia de la búsqueda de la Segunda Fundación. Updated
07 LAS CORRIENTES DEL ESPACIO LAS CORRIENTES DEL ESPACIO.- Segunda novela del Triptico del imperio galactico. Otro relato plagado de intrigas y luchas para ser el planeta mas importante del nuevo imperio galactico que se esta formando. ----------------------------------------------------------------- Updated
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CUENTOS DE LA CASA DE LA BRUJA Los Cuentos de la Casa de la Bruja es un podcast semanal de Ficción Sonora y Audiolibros de Misterio, Ciencia Ficción y Terror. Todos los viernes, en Ivoox, un nuevo audio narrado por locutores humanos. ¿Te atreves? Divago a diario en mi Twitter: @VengadorT. Además te ofrezco mis servicios como locutor online con estudio propio. Puedes contactar conmigo en www.locucioneshablandoclaro.com o en info@locucioneshablandoclaro.com Updated
Cuentos y Relatos Espacio no profesional dedicado a la lectura de Cuentos y Relatos clásicos realizada con voz humana (sin IA) y amenizada con una ambientación musical o sonora. Literatura de todos los géneros: Misterio, Ciencia Ficción, Terror, Fantástico, Policíaco, Costumbrista... No son audios dramatizados, no son locuciones, no son narraciones. Son simplemente lecturas amateur y un proyecto absolutamente desinteresado sin ánimo de lucro. Algunos de los audios de este podcast pueden herir la sensibilidad del oyente debido a su contenido o lenguaje explícito. Si te consideras una persona sensible en este aspecto, por favor, no lo escuches y elige otro podcast más acorde a tus gustos, de lo contrario, adelante, estás en tu casa. Espero que lo disfrutéis tanto como yo lo hago durante la producción de estos audios. Gracias por anticipado y también por vuestra presencia. ¡Un saludo! Por favor, si te gusta algún audio, no olvides darle al "Me gusta" y compartir en tus redes sociales. ¡Muchas Gracias! Advertencia: Por motivos obvios, cualquier comentario ofensivo, falto de respeto o improcedente, será automáticamente eliminado del podcast. Blog: https://lanebulosaeclectica.blogspot.com.es/ Updated
La Cultureta Rubén Amón, Rosa Belmonte, Guillermo Altares, Isabel Vázquez JF León y Sergio del Molino hablan sobre cine, música, libros, series y mucho más... Updated
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