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2015-Educación Primaria 1-1
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2015-Educación Primaria 1-1

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Buen humor - Hans Christian Andersen

Florencia Osorio - Mi padre me dejó en herencia el mejor bien que se pueda imaginar: el buen humor. Y, ¿quién era mi padre? Claro que nada tiene esto que ver con el humor. Era vivaracho y corpulento, gordo y rechoncho, y tanto su exterior como su interior estaban en total contradicción con su oficio. Y, ¿cuál era su oficio, su posición en la sociedad? Si esto tuviera que escribirse e imprimirse al principio de un libro, es probable que muchos lectores lo dejaran de lado, diciendo: «Todo esto parece muy penoso; son temas de los que prefiero no oír hablar». Y, sin embargo, mi padre no fue verdugo ni ejecutor de la justicia, antes al contrario, su profesión lo situó a la cabeza de los personajes más conspicuos de la ciudad, y allí estaba en su pleno derecho, pues aquél era su verdadero puesto. Tenía que ir siempre delante: del obispo, de los príncipes de la sangre...; sí, señor, iba siempre delante, pues era cochero de las pompas fúnebres. Bueno, pues ya lo saben. Y una cosa puedo decir en toda verdad: cuando veían a mi padre sentado allá arriba en el carruaje de la muerte, envuelto en su larga capa blanquinegra, cubierta la cabeza con el tricornio ribeteado de negro, por debajo del cual asomaba su cara rolliza, redonda y sonriente como aquella con la que representan al sol, no había manera de pensar en el luto ni en la tumba. Aquella cara decía: «No se preocupen. A lo mejor no es tan malo como lo pintan». Pues bien, de él he heredado mi buen humor y la costumbre de visitar con frecuencia el cementerio. Esto resulta muy agradable, con tal de ir allí con un espíritu alegre, y otra cosa, todavía: me llevo siempre el periódico, como él hacía también. Ya no soy tan joven como antes, no tengo mujer ni hijos, ni tampoco biblioteca, pero, como ya he dicho, compro el periódico, y con él me basta; es el mejor de los periódicos, el que leía también mi padre. Resulta muy útil para muchas cosas, y además trae todo lo que hay que saber: quién predica en las iglesias, y quién lo hace en los libros nuevos; dónde se encuentran casas, criados, ropas y alimentos; quién efectúa «liquidaciones», y quién se marcha. Y luego, uno se entera de tantos actos caritativos y de tantos versos ingenuos que no hacen daño a nadie, anuncios matrimoniales, citas que uno acepta o no, y todo de manera tan sencilla y natural. Se puede vivir muy bien y muy felizmente, y dejar que lo entierren a uno, cuando se tiene el «Noticiero»; al llegar al final de la vida se tiene tantísimo papel, que uno puede tenderse encima si no le parece apropiado descansar sobre virutas y aserrín. El «Noticiero» y el cementerio son y han sido siempre las formas de ejercicio que más han hablado a mi espíritu, mis balnearios preferidos para conservar el buen humor. Ahora bien, por el periódico puede pasear cualquiera; pero vengan conmigo al cementerio. Vamos allá cuando el sol brilla y los árboles están verdes; paseémonos entonces por entre las tumbas, Cada una de ellas es como un libro cerrado con el lomo hacia arriba; puede leerse el título, que dice lo que la obra contiene, y, sin embargo, nada dice; pero yo conozco el intríngulis, lo sé por mi padre y por mí mismo. Lo tengo en mi libro funerario, un libro que me he compuesto yo mismo para mi servicio y gusto. En él están todos juntos y aún algunos más. Ya estamos en el cementerio. Detrás de una reja pintada de blanco, donde antaño crecía un rosal -hoy no está, pero unos tallos de siempreviva de la sepultura contigua han extendido hasta aquí sus dedos, y más vale esto que nada-, reposa un hombre muy desgraciado, y, no obstante, en vida tuvo un buen pasar, como suele decirse, o sea, que no le faltaba su buena rentecita y aún algo más, pero se tomaba el mundo, en todo caso, el Arte, demasiado a pecho. Si una noche iba al teatro dispuesto a disfrutar con toda su alma, se ponía frenético sólo porque el tramoyista iluminaba demasiado la cara de la luna, o porque las bambalinas colgaban delante de los bastidores en vez de hacerlo por detrás, o porque salía una palmera en un paisaje de Dinamarca, un cacto en el Tirol o hayas en el norte de Noruega. ¿Acaso tiene eso la menor importancia? ¿Quién repara en estas cosas? Es la comedia lo que debe causaros placer. Tan pronto el público aplaudía demasiado, como no aplaudía bastante. -Esta leña está húmeda -decía-, no quemará esta noche. Y luego se volvía a ver qué gente había, y notaba que se reían a deshora, en ocasiones en que la risa no venía a cuento, y el hombre se encolerizaba y sufría. No podía soportarlo, y era un desgraciado. Y helo aquí: hoy reposa en su tumba. Aquí yace un hombre feliz, o sea, un hombre muy distinguido, de alta cuna; y ésta fue su dicha, ya que, por lo demás, nunca habría sido nadie; pero en la Naturaleza está todo tan bien dispuesto y ordenado, que da gusto pensar en ello. Iba siempre con bordados por delante y por detrás, y ocupaba su sitio en los salones, como se coloca un costoso cordón de campanilla bordado en perlas, que tiene siempre detrás otro cordón bueno y recio que hace el servicio. También él llevaba detrás un buen cordón, un hombre de paja encargado de efectuar el servicio. Todo está tan bien dispuesto, que a uno no pueden por menos que alegrársele las pajarillas. Descansa aquí -¡esto sí que es triste!-, descansa aquí un hombre que se pasó sesenta y siete años reflexionando sobre la manera de tener una buena ocurrencia. Vivió sólo para esto, y al cabo le vino la idea, verdaderamente buena a su juicio, y le dio una alegría tal, que se murió de ella, con lo que nadie pudo aprovecharse, pues a nadie la comunicó. Y mucho me temo que por causa de aquella buena idea no encuentre reposo en la tumba; pues suponiendo que no se trate de una ocurrencia de esas que sólo pueden decirse a la hora del desayuno - pues de otro modo no producen efecto -, y de que él, como buen difunto, y según es general creencia, sólo puede aparecerse a medianoche, resulta que no siendo la ocurrencia adecuada para dicha hora, nadie se ríe, y el hombre tiene que volverse a la sepultura con su buena idea. Es una tumba realmente triste. Aquí reposa una mujer codiciosa. En vida se levantaba por la noche a maullar para hacer creer a los vecinos que tenía gatos; ¡hasta tanto llegaba su avaricia! Aquí yace una señorita de buena familia; se moría por lucir la voz en las veladas de sociedad, y entonces cantaba una canción italiana que decía: «Mi manca la voce!» («¡Me falta la voz!»). Es la única verdad que dijo en su vida. Yace aquí una doncella de otro cuño. Cuando el canario del corazón empieza a cantar, la razón se tapa los oídos con los dedos. La hermosa doncella entró en la gloria del matrimonio... Es ésta una historia de todos los días, y muy bien contada además. ¡Dejemos en paz a los muertos! Aquí reposa una viuda, que tenía miel en los labios y bilis en el corazón. Visitaba las familias a la caza de los defectos del prójimo, de igual manera que en días pretéritos el «amigo policía» iba de un lado a otro en busca de una placa de cloaca que no estaba en su sitio. Tenemos aquí un panteón de familia. Todos los miembros de ella estaban tan concordes en sus opiniones, que aun cuando el mundo entero y el periódico dijesen: «Es así», si el benjamín de la casa decía, al llegar de la escuela: «Pues yo lo he oído de otro modo», su afirmación era la única fidedigna, pues el chico era miembro de la familia. Y no había duda: si el gallo del corral acertaba a cantar a media noche, era señal de que rompía el alba, por más que el vigilante y todos los relojes de la ciudad se empeñasen en decir que era medianoche. El gran Goethe cierra su Fausto con estas palabras: «Puede continuarse», Lo mismo podríamos decir de nuestro paseo por el cementerio. Yo voy allí con frecuencia; cuando alguno de mis amigos, o de mis no amigos se pasa de la raya conmigo, me voy allí, busco un buen trozo de césped y se lo consagro, a él o a ella, a quien sea que quiero enterrar, y lo entierro enseguida; y allí se están muertitos e impotentes hasta que resucitan, nuevitos y mejores. Su vida y sus acciones, miradas desde mi atalaya, las escribo en mi libro funerario. Y así debieran proceder todas las personas; no tendrían que encolerizarse cuando alguien les juega una mala pasada, sino enterrarlo enseguida, conservar el buen humor y el «Noticiero», este periódico escrito por el pueblo mismo, aunque a veces inspirado por otros. Cuando suene la hora de encuadernarme con la historia de mi vida y depositarme en la tumba, poned esta inscripción: «Un hombre de buen humor». sta es mi historia. http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/buen_humor.htm
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Dos hermanos - Hans Christian Andersen

Tamara Duarte - En una de las islas danesas, cubierta de sembrados entre los que se elevan antiguos anfiteatros, y de hayedos con corpulentos árboles, hay una pequeña ciudad de bajas casas techadas de tejas rojas. En el hogar de una de aquellas casas se elaboran cosas maravillosas; hierbas diversas y raras eran hervidas en vasos, mezcladas y destiladas, y trituradas en morteros. Un hombre de avanzada edad cuidaba de todo ello. -Hay que atender siempre a lo justo -decía-; sí, a lo justo, lo debido; atenerse a la verdad en todas las partes, y no salirse de ella. En el cuarto de estar, junto al ama de casa, estaban dos de los hijos, pequeños todavía, pero con grandes pensamientos. La madre les había hablado siempre del derecho y la justicia y de la necesidad de no apartarse nunca de la verdad, que era el rostro de Dios en este mundo. El mayor de los muchachos tenía una expresión resuelta y alegre. Su lectura referida eran libros sobre fenómenos de la Naturaleza, del sol y las estrellas; eran para él los cuentos más bellos. ¡Qué dicha poder salir en viajes de descubrimiento, o inventar el modo de imitar a las aves y lanzarse a volar! Sí, resolver este problema, ahí estaba la cosa. Tenían razón los padres: la verdad es lo que sostiene el mundo. El hermano menor era más sosegado, siempre absorto en sus libros. Leía la historia de Jacob, que se vestía con una piel de oveja para confundirse con Esaú y quitarle de este modo el derecho de primogenitura; y al leerlo cerraba, airado, el diminuto puño, amenazando al impostor. Cuando se hablaba de tiranos, de la injusticia y la maldad que imperaban en el mundo, le asomaban las lágrimas a los ojos. La idea del derecho, de la verdad que debía vencer y que forzosamente vencería, lo dominaba por entero. Un anochecer, el pequeño estaba ya acostado, pero las cortinas no habían sido aún corridas, y la luz penetraba en la alcoba. Se había llevado el libro con el propósito de terminar la historia de Solón. Los pensamientos lo transportaron a una distancia inmensa; le pareció como si la cama fuese un barco con las velas desplegadas. ¿Soñaba o qué era aquello? Surcaba las aguas impetuosas, los grandes mares del tiempo, oía la voz de Solón. Inteligible, aunque dicho en lengua extraña, resonaba la divisa danesa: «Con la ley se edifica un país». El genio de la Humanidad estaba en el humilde cuarto, e, inclinándose sobre el lecho, estampaba un beso en la frente del muchacho: «Hazte fuerte en la fama y fuerte en las luchas de la vida. Con la verdad en el pecho, vuela en busca del país de la verdad». El hermano mayor no se había acostado aún; asomado a la ventana, contemplaba cómo la niebla se levantaba de los prados. No eran los elfos los que allí bailaban, como le dijera una vieja criada, bien lo sabía él. Eran vapores más cálidos que el aire, y por eso subían. Brilló una estrella fugaz, y en el mismo instante los pensamientos del niño se trasladaron desde los vapores del suelo a las alturas, junto al brillante meteoro. Centelleaban las estrellas en el cielo; habríase dicho que de ellas pendían largos hilos de oro que llegaban hasta la Tierra. «Levanta el vuelo conmigo», pareció cantar y resonar una voz en el corazón del muchacho. El poderoso genio de las generaciones, más veloz que el ave, que la flecha, que todo lo terreno capaz de volar, lo llevó a los espacios, donde rayos, de estrella a estrella, unían entre sí los cuerpos celestes; nuestra Tierra giraba en el aire tenue, y aparecía una ciudad tras otra. En las esferas se oía: «¿Qué significa cerca y lejos, cuando te eleva el genio poderoso del espíritu?». Y el niño seguía en la ventana, mirando al exterior, y su hermanito leía en la cama, y su madre, los llamaba por sus nombres: -¡Anders y Hans Christian! Dinamarca los conoce. El mundo conoce a los dos hermanos Örsted. http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/dos_hermanos.htm
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El valor de la amistad

Miriam Mena - Los animalitos de la selva se habían despertado en esta mañana soleada, y mil sonidos recorrían los rincones. Las aves cantaban y revoloteaban de un lado a otro, los monitos hacían hamacas con las lianas y las ramas de los árboles; los chanchitos de la selva jugaban a las escondidas, entre las sombras; las flores eran sorprendidas por los insectos y colibríes que revoloteaban, describiendo figuras muy lindas por el aire. Todo era un jolgorio esa mañana, pero había alguien que dormía aún, una vaquita de San Antonio no despertaba de su sueño profundo. Sus amigas se reían y le hacían bromas a su alrededor. Pasaba una luciérnaga que al verla le llamó mucho la atención. Se arrimó, le habló suavemente al oído, golpeó su cuerpo con leves empujones y no pudo despertarla. Fue así que mojó sus manos y dejó caer gotas en el rostro de aquel animalito que despertó de un sobresalto. – “¿Qué pasa, dijo sorprendida?” – “Perdón amiga vaquita de San Antonio, creí que te pasaba algo, ya que no podías despertar”. – “Es que no puedo dormir de noche”. – “¿Qué pasa?, ¿acaso tienes miedo?”. – “Sí amiga luciérnaga, me da mucho miedo la noche y no puedo dormir”. – “A mi me pasaba lo mismo” – dijo la luciérnaga. – “Pero mi luz fue haciéndose más visible y dejé de tener miedo. Ven, levántate y juguemos con las flores y los demás animalitos. ¿Te parece?”. La vaquita de San Antonio se levantó, jugaron y charlaron todo el día hasta que la luz del sol se fue apagando y la selva se despedía de la bulla diurna. Las dos amigas se despidieron con la promesa de encontrarse al otro día. La luciérnaga voló, jugando con su luz y pensando en su amiga y sus miedos. Al llegar a su casa, le contó a su mamá y le pidió si la dejaba ir a hacerle compañía. La mamá luciérnaga le dio permiso y se puso muy contenta porque la pequeña había aprendido una lección muy importante en la vida, ayudar a los demás. La luciérnaga voló muy rápido hasta donde se encontraba la vaquita de San Antonio, debajo de unas hojas, y la sorprendió diciéndole: -“No tengas miedo, esta noche yo te haré compañía”. La luz de la luciérnaga no se apagó en toda la noche y las dos descansaron sin miedos. Al llegar el día, bien temprano despertaron, muy contentas y entre miradas y risas descubrieron algo muy valioso: “una luz que prevalecerá mas allá de las diferencias, LA AMISTAD”. FIN http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-el-valor-de-la-amistad/
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Juanita y Juanito - Hermanos Grimm

Florencia Couchot - En medio de un espeso bosque había un antiguo castillo habitado únicamente por una anciana, la cual era hechicera, por el día se convertía en gato o ave nocturna, mas por la noche volvía a tomar su forma humana. Cogía caza y pájaros, los mataba, los cocía y se los comía; si se acercaba alguien a cien pasos de su castillo, se quedaba parado en el sitio por donde se había acercado; del cual no se podía mover, hasta que ella se lo permitía; si era una doncella la que entraba en aquel círculo, la convertía en pájaro, la encerraba en una jaula y la llevaba a una habitación del castillo donde había llegado a reunir unas setecientas jaulas de este género. Había por entonces una doncella, llamada Juanita, que era mucho más hermosa que todas las doncellas de su edad, la cual se hallaba prometida a un joven, también muy buen mozo, llamado Juanito; hallábanse próximos a contraer matrimonio y no tenían más placer que estar juntos, y para poder hablar con mas confianza, iban al bosque a pasearse. -Guárdate, la decía Juanito, de acercarte mucho al castillo. Pero una hermosa tarde, cuando el sol iluminaba la verde yerba del bosque a través de las copas de los árboles, y las tórtolas expresaban sus quejas en animados gorjeos, Juanita se puso a escucharlas y comenzó a llorar y al verla Juanito echó a llorar también. Estaban tan turbados como si se hallaran próximos a la muerte; miraron a su alrededor, se habían perdido e ignoraban por dónde debían volver a su casa. El sol estaba ocultándose detrás de la montaña; Juanito miró a través de los árboles y vio que se hallaban próximos a las viejas paredes del castillo, se asustó y quedó pálido y desfallecido. Juanita comenzó a cantar: Pajarillo, pajarillo, el del dorado collar; ¿qué cantas, qué, cantas, dime? cantas, cantas tu pesar. ¿Qué canta mi palomita, qué cantas, dímelo tú, cantas acaso su muerte? Cántala tú, sí, tú, sí, tú. Juanito miró a Juanita, la cual se habla convertido en un ruiseñor, que cantaba, sí, tú, sí, tú. Un ave, nocturna de brillantes ojos voló tres veces alrededor de ella, y gritó también tres veces: ¡hu, hu, hu! Juanito no podía moverse, estaba como petrificado, no podía llorar, ni hablar, ni menear mano ni pie. Acababa de ponerse el sol, voló el ave a un arbusto y a poco salió de detrás de él una vieja pálida y flaca; con grandes ojos colorados, nariz aplastada y retorcida por la punta, que la llegaba hasta la barba. Murmuró algunas palabras, llamó al ruiseñor y le cogió con la mano. Juanito no podía hablar, ni moverse del sitio donde se hallaba; el ruiseñor desapareció. Volvió luego la mujer y dijo con voz ronca: -Yo te saludo, la luna ha aparecido en el cielo, estás libre; sea en buen hora. Y Juanito quedó en libertad. Arrojose entonces a los pies de aquella mujer, y le suplicó le permitiese llevarse a su Juanita, mas ella le dijo que no lo conseguiría jamás, y se marchó. La llamó, lloró, se lamentó, todo fue en vano. -¡Oh, qué va a ser de mí! Juanito echó a andar hasta que llegó a una aldea lejana; donde guardó ovejas por mucho tiempo. Con frecuencia iba a dar una vuelta alrededor del castillo, pero nunca se acercaba; al fin soñó una noche que se había encontrado una rosa de color de sangre, en cuyo centro había una perla muy grande; cogió la rosa, se marchó al castillo, y todo lo que tocaba con ella quedaba desencantado; también soñó haber vuelto a reunirse con su Juanita. Cuando despertó por la mañana comenzó a buscar por las montañas y valles para ver si encontraba una rosa como con la que habla soñado, la buscó nueve días seguidos y una mañana halló una rosa de color de sangre; en su centro había una gota de rocío tan grande como una hermosa perla. Dirigiose al castillo con su rosa, no se quedó petrificado y pudo seguir andando hasta llegar a la puerta. Juanito se puso muy alegre, tocó las puertas con la flor y se abrieron; entró y se detuvo en el patio para escuchar dónde se oía el canto de los pájaros, hasta que le oyó al fin; se dirigió hacia aquel punto y se encontró en un salón en el cual se hallaba la hechicera rodeada de siete mil jaulas de pájaros. Cuando vio a Juanito se encolerizó mucho, gritó, y le arrojó hiel y veneno, pero no pudo acercarse a dos pasos de él, que no quiso retroceder, y siguió recorriendo las jaulas llenas de pájaros; pero contenían muchos centenares de ruiseñores; ¿cómo encontrar a su Juanita? Hallándose en esto, se acercó la vieja a hurtadillas a una jaula que tenía un pájaro al cual abrió la puerta; fue corriendo, tocó a la jaula con la flor y también a la vieja, que desde entonces no podía encantar ya a nadie, y se encontró al lado de Juanita, que se arrojó a su cuello mucho más hermosa que le había estado nunca. Volvió antes de marcharse a todos los pájaros a su primitivo ser de doncellas y se fue con su Juanita a su casa, donde vivieron por mucho tiempo felices y contentos. FIN. https://es.wikisource.org/wiki/Juanita_y_Juanito
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Los regalos de los gnomos - Hermanos Grimm

Agustina Velázquez - Un sastre y un herrero hicieron un viaje en compañía. Una tarde, cuando el sol acababa de ponerse detrás de las montañas, oyeron a lo lejos los sonidos de una música, que les parecieron cada vez más armoniosos conforme se acercaban al sitio de donde provenían. Era una música extraordinaria, pero tan encantadora, que olvidaron su cansancio para dirigirse a toda prisa hacia el lugar donde se escuchaba. Ya había salido la luna cuando llegaron a una colina, en la que vieron una multitud de hombres y mujeres tan pequeños, que eran de un tamaño casi microscópico, los cuales bailaban en corro, cogidos de la mano, con el aire más alegre del mundo, y al mismo tiempo cantaban de una manera admirable, siendo esta la música que habían oído nuestros viajeros. En el centro del corro se hallaba un anciano un poco más alto que los demás, vestido con un traje de diferentes colores, y con una barba blanca que le llegaba hasta el pecho. Admirados los dos compañeros, permanecieron inmóviles contemplando el baile. El anciano les incitó a que entrasen, y los pequeños bailarines abrieron su corro. El herrero entró sin vacilar, tenía la espalda un poco redonda y era atrevido como todos los jorobados. El sastre tuvo en un principio su poco de miedo y se quedó detrás, pero cuando vio que continuaba reinando la mayor alegría, recobró su valor y entró también. En seguida se cerró el círculo y los pequeños seres comenzaron a cantar y a bailar dando saltos prodigiosos; el vejete tomó un cuchillo muy grande que pendía de su cintura, se puso a arreglarle, y en cuanto le hubo afilado bastante bien, se volvió hacia los forasteros que se hallaban helados de espanto. Mas no fue muy larga su ansiedad; el anciano se acercó al herrero, y en un abrir y cerrar de ojos, le rapó completamente la barba y los cabellos; después hizo lo mismo con el sastre. En cuanto hubo concluido, les dio un golpecito amigable en la espalda, como para decirles que habían hecho bien en dejarse afeitar, sin presentar la menor resistencia, y se disipó su temor. Entonces les mostró con el dedo un montón de carbones que se hallaban allí cerca y les hizo señal de que llenasen con ellos sus bolsillos. Ambos obedecieron sin saber para qué les servirían aquellos carbones, y continuaron su camino buscando un asilo donde pasar la noche. Cuando llegaban al valle, el reló de un convento próximo dio las doce; en el mismo instante cesó el cántico, desapareció todo, y no vieron más que la colina desierta iluminada por la luna. Los dos viajeros entraron en una posada y se echaron a dormir encima de la paja, pero el cansancio les hizo olvidarse de tirar sus carbones. Un peso inusitado y que les incomodaba mucho les hizo despertar más pronto de lo acostumbrado. Llevaron la mano a sus bolsillos, y no podían creer a sus propios ojos cuando vieron que los tenían llenos, no de carbones, sino de barras de oro puro. Su barba y sus cabellos habían crecido también de una manera maravillosa. En lo sucesivo serían ya ricos, pero el herrero, que por su carácter avaro había llenado mucho más sus bolsillos, poseía doble de lo que el sastre. Mas un hombre avaro ambiciona siempre mucho más, aun cuando posea grandes tesoros. El herrero propuso al sastre esperar al otro día y volver por la noche al sitio en que habían encontrado al anciano, con el objeto de adquirir nuevas riquezas: El sastre se negó diciendo: -Tengo bastante y estoy contento; únicamente quería llegar a ser maestro en mi oficio y casarme con mi caprichillo (así llamaba a su novia); ya puedo hacerlo y soy feliz. Por condescendencia, sin embargo, con su compañero, consintió en quedarse un día más. Al anochecer, el herrero se echó dos sacos al hombro para traer una buena carga y se puso en camino hacia la colina. Como en la noche anterior, encontró a los enanos cantando y bailando; le rapó el anciano y le hizo seña para que cogiese carbones. No vaciló en llenar sus bolsillos y sus sacos hasta que no cupo más y se acostó vestido. En cuanto comience mi carbón a convertirse en oro, se dijo a sí mismo, no voy a poder resistir el peso. Y se durmió por último, con la dulce esperanza de despertar al día siguiente rico como un Creso. En cuanto abrió los ojos, su primer cuidado fue registrar sus bolsillos; pero por más que registró sólo encontró muchos carbones y muy negros. «Del mal el menos», pensó para sí; «aún me queda el oro que traje la otra noche.» Fue a verlo; pero ¡ay! su oro se había convertido también en carbón. Llevó a la frente su negra mano y vio que su cabeza estaba calva y rapada lo mismo que su barba. Sin embargo, aún no conocía toda su desgracia, pues bien pronto vio que la joroba que llevaba por detrás había producido otra que le salía por delante. Conoció entonces que era castigado por su avaricia y comenzó a lanzar profundos gemidos. El bueno del sastre, despierto por sus lamentos, le consoló lo mejor que pudo y le dijo: -Somos compañeros, hemos viajado juntos, quédate conmigo, mi tesoro bastará para los dos. Cumplió su palabra, pero el herrero se vio obligado a llevar toda su vida sus dos jorobas, y a ocultar bajo su gorro su cabeza sin un pelo. https://es.wikisource.org/wiki/Los_regalos_de_los_gnomos
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El mejor homenaje

Brian Barreto - En un bosque encantado vivían dos ovejitas mellizas. Se estaba asercando el día de la madre. Un día mas que especial para ellas porque ademas de especial era cansado, ya que tenían que trabajar para poder homenajear a su mama tal como ellas creían que la misma lo merecía. Al fin se les ocurrió que trabajo hacer, era cortar el césped rosado y brillante de ese bosque encantado. Pero las pequeñas desconocían que quien se atreviera a cometer tal acto se quedaría sin pelaje. Ellas les dijeron a sus padres que irían a caminar por el bosque y no volverían hasta el atardecer. Sus padres se preocuparon por la tardanza de las hermanas que no volvían y estaba anocheciendo y las hermanitas no llegaban a su hogar. Así que su papa salió a buscarlas desesperadamente igual que su mama. Las ovejitas no sabían que sus padres las estaban buscando, ellas estaban cortando el pasto todavía cuando apareció el pequeño y tierno Pandita. Pandita intentaba advertirles que se detuvieran, no obstante ellas seguían y seguían su tarea sin escucharlo siquiera. – “Por favor paren, por lo menos díganme porque no paran”, – pronuncio el pandita con fina voz. – “No paramos porque necesitamos el dinero”- respondieron las ovejitas. A lo que el pandita preguntó porque necesitaban tanto dinero. Ellas dijeron que era para el regalo del día de la madre. El panda se sorprendió ante la respuesta. Y preguntándose así mismo: – “Día de la madre, dinero, mucho dinero”. Y sintió que en su mente nacía una gran confusión, ya que no podía relacionar el dinero con el día de la madre. Entonces les preguntó que tenía que ver el dinero con el día de la madre y ellas dijeron que sin dinero no podrían comprarle el regalo a mama. El pandita les dijo que él a su mamita querida le regalaba el día de la madre un abrazo y un beso como cualquier mañana. Ya que para él cada día, cada minuto era un momento adecuado para homenajear a su mama. Ellas se rieron y siguieron su tarea. Cuando de repente… se escuchó un Plafff¡¡ que terminó como una suave brisa que rosaba el poco pasto que quedaba ya. Cuando en ese momento una oveja miró a la otra y dijeron… – “¡Estás sin lana!”. Y ambas salieron corriendo de allí, chocaron a sus padres que las seguían buscando por el bosque encantado y les dijeron: – “Nos vamos a casa”. Cuando llegaron a su casa entraron a su cuarto y no quisieron comer nada. Al día siguiente su madre esperaba un cálido abrazo de sus hijas, pero a cambio de eso no recibió nada. Las pequeñitas ovejitas estaban llorando en su cuarto, cuando de repente sintieron un cálido calor y se miraron mutuamente y dijeron: – “¡Te volvió a crecer la lana!” Ellas salieron corriendo del cuarto a abrazar a su mama y su mamá les dijo: – “No necesito un regalo, con esto era suficiente”. Desde entonces todos los días de la madre ellas la abrazaban y de ves en cuando le compraban un regalo. FIN http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-el-mejor-homenaje/#more-14564
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El zorro y la cigüeña

Yohanna Barreto - Había una vez un zorro y una cigüeña. El zorro y la cigüeña llegaron a ser amigos. Ellos iban a caminar y de caza juntos. Un día el zorro le dijo a cigüeña: – Amigo mío, esta tarde te invito a mi casa. Por la tarde la cigüeña lleg? a casa del zorro. El zorro había cocinado dovga (sopa de yogur), puso un poco de sopa a una bandeja y la llevó a la mesa. Empezaron a comer. Cada vez que la cigüeña trataba de comer con su pico solo cogía un arroz. Habría podido comer cinco o séis arroces en total, que en aquel momento el zorro ya había terminado lamiendo hasta la bandeja. La cigüeña tenía mucha hambre y dijo con un susurro: – No pasa nada zorro, me vengaré. La cigüeña salio de la casa del zorro y regreso a su nido. No pudo dormir hasta la madrugada porque tenía hambre. Pasaron unos días y la cigüeña cocino dovga también e invito al zorro. Puso la sopa en un jarrón y llevó a la mesa. La cigüeña bebió toda la sopa con su pico. El zorro se quedo mirando y solo pudo lamer alrededor del jarrón. Él zorro se enfado mucho y volvió a su casa. En el camino se decía a sí mismo: – No puedo seguir siendo amigo de la cigüeña. Tengo que comérmela! Pasaban los días y el zorro buscaba una excusa para comerse a la cigüeña. Un día, de madrugada, el zorro llegó al lado de la cigüeña y dijo: – Querida amiga, me aburro mucho, vamos a pasear por la pradera. La cigüeña estuvo de acuerdo con el zorro. Ellos fueron a una pradera y al estar allí, el zorro dijo: – Amiga mía, vamos a dormir un poco. El zorro y la cigüeña se acostaron en la pradera. El zorro se hizo el dormido para encañarla. En cuanto se durmió la cigüeña, el zorro se levantó y quiso comérsela. La cigüeña abrió sus ojos y le pregunt?: – ¿Qué quieres hacer, amigo? El zorro contest?: – Quise subir a tu espalda para ver mejor el alrededor. – Amigo zorro, sube a mi espalda, yo vuelo y podrás observar todo el mundo. El zorro se alegro y subi? a la espalda de la cigüeña. La cigüeña voló por el cielo. Poco después la cigüeña le pregunt? al zorro: – Amigo, ¿c?mo se ve la Tierra? El zorro contest?: – Todas las cosas se ven muy pequeñas. La cigüeña subi? un poco más y pregunt? de nuevo: – Amigo mío, ¿ahora c?mo se ve? El zorrorespondi?: – Ahora no se ve nada. En aquel momento la cigüeña dijo: – Amigo, mis alas se han cansado, quiero descansar un poco, baja de mi espalda,por favor. El zorro empez? a rogar: – Amigo mío, por favor, c?mo puedo bajar y d?nde? – Me duelen las alas, si no bajas, voy a tirarte yo misma. El zorro rog? mucho, llor? y llor?, quería seguir con el paseo sin escuchar que ella estaba agotada. Así que la cigüeña no tuvo más remedio que tirarlo de su espalda. Al zorro no le ocurrió nada, pero aprendió la lección y fueron amigos de verdad. FIN http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-el-zorro-y-la-ciguena/
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La cachorrita Aurora

María Emilia Gómez - Había una vez, un par de perros que tuvieron una cachorra y le pusieron Aurora. Era una cachorra muy linda, juguetona y amorosa, a ella le encantaba compartir con sus amigas. Un día Aurora les dijo a sus padres que iba a salir a buscar la comida, cuando sale, había una perra esperándola, muy mala y gruñona, se llamaba Tita y estaba al frente de su casa. Cuando Aurora viene con la comida Tita le dijo que se la diera, a lo que Aurora se negó y entró corriendo a la casa. Cuando la dueña se da cuenta de que Tita le está ladrando fuerte a Aurora, la dueña la espanta, pero Tita seguía enojada. Tres años transcurrieron después de ese día. Aurora sale de su casa con una amiga y conoce a un perro llamado Harry, era muy lindo, fuerte y apuesto. Aurora lo saluda y Harry también. Inmediatamente empezaron a charlar. Ya eran las 20:30 de la noche, Aurora se tenía que ir a su casa y Harry le dijo si la podía acompañar y ella aceptó. Al llegar, los padres miraron a Harry y Aurora, se los presentó. Por otro lado Tita que estaba planeando raptarla, entra a la casa e intenta raptar a Aurora y Harry la defiende. Aurora se quedo feliz y le se lo agradeció. Cuando Harry se va de vuelta a su casa, Aurora se va a dormir y Tita entra a la casa y logra su cometido que era raptarla. Al otro día, Harry va a la casa de Aurora y ve a los padres nerviosos, y enojados. Harry les preguntó que les pasaba y la madre le dice que Aurora esta desaparecida y es ahí que Harry recordó lo acontecido la noche anterior y sospecho que fue Tita. Diecinueve días pasaron sin ver a Aurora, Harry la buscaba por todas partes y es entonces cuando de repente ve a Tita y le dice Harry: – Donde esta Aurora! Tita se ríe, es ahí que Harry le dice: – No te rías y dime donde esta!! Tita le dijo que estaba encerrada en una casa. Harry al fin pudo encontrarla y la rescatarla. Después la llevó con sus padres. Harry queda enamorado totalmente de Aurora y le pide que acepte casarse con él, y así fue; se casaron y vivieron muy felices. Los padres quedaron muy contentos al ver que su hija era inmensamente feliz, como nunca antes lo había sido. Y colorín colorado, este bello cuento se ha terminado. Fin http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-la-cachorrita-aurora/
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El gato y el ratón hacen vida en común - Hermanos Grimm

Cintia Arnaudín - Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida en común. "Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo pasaremos hambre," dijo el gato. "Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas partes, al fin caerías en alguna ratonera." Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presentó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato: "Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario." Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de probar la golosina y dijo al ratón: "Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho padrino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa." - "Muy bien," respondió el ratón, "vete en nombre de Dios, y si te dan algo bueno para comer, acuérdate de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la fiesta." Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima alguna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el puchero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la ciudad; después se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer. "Bien, ya estás de vuelta," dijo el ratón, "a buen seguro que has pasado un buen día." - "No estuvo mal," respondió el gato. "¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo?" inquirió el ratón. "Empezado," repuso el gato secamente. "¿Empezado?" exclamó su compañero "¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?" - "¿Qué le encuentras de particular?" replicó el gato. "No es peor que Robamigas, como se llaman tus padres." Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón: "Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de la casa, pues otra vez me piden que sea padrino, y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme." El bonachón del ratoncito, se mostró conforme, y el gato, rodeando sigilosamente la muralla de la ciudad hasta llegar a la iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero. "Nada sabe tan bien," díjose para sus adentros como lo que uno mismo se come. Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día. Al llegar a casa preguntóle el ratón: "¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?" - "Mitad," contestó el gato. "¿"Mitad? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre; apuesto a que no está en el calendario." No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca. "Las cosas buenas van siempre de tres en tres," dijo al ratón. "Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte ellas, ni un pelo blanco en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca frecuencia. No te importa que vaya, ¿verdad?" - "¡Empezado, Mitad!" contestó el ratón. "Estos nombres me dan mucho que pensar." - "Como estás todo el día en casa, con tu levitón gris y tu larga trenza," dijo el gato, "claro, coges manías. Estas cavilaciones te vienen del no salir nunca." Durante la ausencia de su compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero: "Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha limpiado todo," díjose, y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche. Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito. "Seguramente no te gustará tampoco," dijo el gato. "Se llama Terminado." - "¡Terminado!" exclamó el ratón. "Éste sí que es el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡Terminado! ¿Qué diablos querrá decir?" Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir. Ya no volvieron a invitar al gato a ser padrino, hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitanza, pues nada se encontraba por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva. "Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá, de perlas." - "Sí," respondió el gato, "te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana." Salieron, pues, y, al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto, pero vacío. "¡Ay!" clamó el ratón. "Ahora lo comprendo todo; ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías que ibas de padrino: primero Empezado, luego Mitad, luego..." - "¿Vas a callarte?" gritó el gato. "¡Si añades una palabra más, te devoro!" "Terminado," tenía ya el pobre ratón en la lengua. No pudo aguantar la palabra, y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado. Así van las cosas de este mundo. http://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/el_gato_y_el_raton_hacen_vida_en_comun
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Un cachorro perdido

Miguelina Dus - Erase una vez un pequeño cachorrito que estaba jugando con su familia muy feliz. Un día salió de paseo y cuando regresó toda su familia se había mudado y no los encontró. El cachorro se quedó muy triste porque estaba solo y los echaba de menos. Pasaron los días y el perrito seguía solo. Vivía en un parque para ver pasar a la gente y que jugaran con él. De repente, un niño lo vio, lo cogió y dijo: – Pequeño cachorrito ven conmigo! Y el cachorrito se puso muy feliz que tuviera a alguien que lo quisiera tanto. El niño se lo llevó a su casa y vivió muy contento rodeado de una nueva familia. FIN http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-un-cachorro-perdido/
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Abuelita - Godofredo Daireaux

Florencia Navarro - Desde que murió «el viejo», como, en su cariño más familiar que respetuoso, solían los hijos llamar al autor de sus días, la familia había pasado por momentos harto difíciles. El campo, comprado al Gobierno a plazos largos, no estaba pago todavía, sino en parte, y si cada año traía consigo su vencimiento inexorable, no siempre traía los medios de aguantar el golpe. Mientras dura el jefe de la familia, la tarea es relativamente fácil: por tal que los muchachos obedezcan al padre y trabajen, todo va bien. La experiencia del viejo, los amigos que lo protegen, y, en un caso, lo ayudan; una firma en el Banco, una prórroga oportuna, un préstamo, aunque sea, suavizan el paso, y mal que mal, se llega a la orilla. Una vez desaparecido él, cambia de tono la cosa; no hay quien mande y menos quien obedezca; cada uno tira por su lado; la madre gasta sin saber y deja gastar sin contar; los amigos tienen poca fe y no ayudan; los protectores, si no se retiran, hacen algo peor y buscan cómo apoderarse despacio del bien codiciado; las aves negras lo pastorean; los muchachos no las saben espantar, y, a veces, la misma madre las da de comer. Pero, no todas son así, y doña Carmen Linares, sin ser más que una madre vigilante, supo resistir los ataques de todo género, con una habilidad tanto mayor, cuanto menos vistosa. Era ella una perfecta china. El finado la conoció, cuando, joven, vino con una haciendita del padre, a ocupar, en la frontera, campos del Estado. Nació un hijo, nacieron varios; el campo, despoblado y sin dueño, fue comprado y se volvió estancia; las haciendas se multiplicaron y, con los años, alcanzó a correr parejo su aumento con el de la familia. Y presentó ésta la imagen acabada de la vida feliz del pastor, no ya nómada, sino arraigado en inmensa tierra propia, con sus numerosos rebaños y rodeos, libre de los mil afanes propios de las regiones de población tupida; de pocos recursos, es cierto, pero de tan pocas necesidades, que casi todas las llenan ampliamente los productos de la hacienda; vida de que sólo, en nuestros días, puede todavía y podrá, por muy poco tiempo más, gozar el pastor argentino, en la fértil llanura pampeana. Pues, cuando murió don Lorenzo, los hijos -fuera de dos o tres ya mozos-, eran todavía niños, y doña Carmen, aunque prematuramente envejecida por su exuberante producción de vástagos, a pesar de su tipo pampa acentuado, muy bien hubiera podido, ayudada por el aliciente del extenso campo de su propiedad, encender los deseos y sobre todo la codicia de más de un desocupado. Pero, por suerte, no fue así, y si, por descuido, prendió algún fuego, se apresuró en apagarlo, antes que se volviera quemazón. Mamita, como la llamaban entonces, se contentó con ser sencillamente el centro de la familia, lo mismo que lo había sido el finado; y, si no podía prestar a los suyos los mismos servicios que él, su experiencia de mujer de campo le permitía guiar con acierto a su hijo mayor, capataz y mayordomo de la estancia, al cual escuchaban y obedecían los otros, sin rezongar, porque así lo mandaba Mamita. Los trabajos se hacían bien, y en su tiempo, pagándose como se podía, los vencimientos al Gobierno. A veces cuando no alcanzaban para ello los recursos, hubo grandes inquietudes; no faltaron usureros para tratar de aprovechar la bolada, tendiendo la soga salvadora, cuyo nudo corredizo ahorca al auxiliado; pero todo se pudo evitar, y llegó el momento en que, vencidos todos los obstáculos, pagado el campo, poblada la estancia con numerosas y buenas haciendas, se encontró Mamita, rodeada de su gente, como general victorioso, por su Estado Mayor, después de larga batalla. Pocos años después, una boquita sonrosada de criatura le cambió, balbuceando, el nombre de Mamita por el de Abuelita; y con el pasar de los años, sus hijos, desdeñosos, a pesar de su fortuna asentada ya en cimientos sólidos, y siempre creciente de ir a la ciudad, «al chiquero grande», como decían, comer carne cansada, cuando, en su casa, podían mascar a su gusto la carne firme y jugosa de la res de su marca, recién carneada, fueron formando, sin cesar, alrededor de ella, como una aureola de florecientes retoños. Abuelita no dejaba de contemplar con cierto asombro, entre las muchas cabelleras lacias y renegridas que la rodeaban, algunas cabecitas blancas, coronadas de pelo rubio, que sonreían con sus ojos de cielo, a su cara cobriza y siempre seria de hija legítima de la Pampa ruda. https://es.wikisource.org/wiki/Abuelita
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Las hadas - Charles Perrault

Agostína García - Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar. Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena. Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber. -Como no, mi buena señora -dijo la hermosa niña. Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo: -Eres tan bella, tan buena y tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don -pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta dónde llegaría la gentileza de la joven-. Te concedo el don -prosiguió el hada- de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa. Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente. -Perdón, madre mía -dijo la pobre muchacha- por haberme demorado-; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes. -¡Qué estoy viendo! -dijo su madre, llena de asombro-; ¡parece que de la boca te salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía? Era la primera vez que le decía hija. La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes. -Verdaderamente -dijo la madre- tengo que mandar a mi hija; mira, Fanchon, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando habla; ¿no te gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayas a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer te pida de beber, ofrecerle muy gentilmente. -¡No faltaba más! -respondió groseramente la joven- ¡ir a la fuente! -Deseo que vayas -repuso la madre- ¡y de inmediato! Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña. -¿Habré venido acaso -le dijo esta grosera mal criada- para darte de beber? ¡Justamente he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebe directamente, si quieres. -No eres nada amable -repuso el hada, sin irritarse-; ¡está bien! ya que eres tan poco atenta, te otorgo el don de que a cada palabra que pronuncies, te salga de la boca una serpiente o un sapo. La madre no hizo más que divisarla y le gritó: -¡Y bien, hija mía? -¡Y bien, madre mía! -respondió la malvada, echando dos víboras y dos sapos. -¡Cielos! -exclamó la madre- ¿qué estoy viendo? ¡Tu hermana tiene la culpa, me las pagará! -y corrió a pegarle. La pobre niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba. -¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa. El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura. El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron. En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque. Moraleja Las riquezas, las joyas, los diamantes son del ánimo influjos favorables, Sin embargo los discursos agradables son más fuertes aun, más gravitantes. Otra moraleja La honradez cuesta cuidados, exige esfuerzo y mucho afán que en el momento menos pensado su recompensa recibirán. http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/perrault/las_hadas.htm
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La luna y el tomate

Florencia Pérez - Un día la luna necesitaba elegir a alguien para dejarle todas sus enseñanzas y no sabía bien a quién elegir. Caminando por un sendero se encontró con un tomate y sintió en el centro de su pecho que era el momento de tomar la decisión. La luna se acercó efusivamente al tomate y le dijo: – “Hola tomate!, sabes que sois la verdura que porta la piel perfecta para brillar y mostrarle mis enseñanzas al mundo?” Y el tomate le dijo: “ Hayyy, déjate de tonterías luna, yo solo soy una pobre fruta, no una verdura….una fruta redonda y jugosa que anda por la vida lista para que en cualquier momento, me peguen un mordisco y se termine mi vida!” – “Es que por esa misma razón yo he aparecido en tu vida; es la oportunidad para que puedas decidir brillar, despertar, relucir en tu piel mis enseñanzas a los demás y así de esa manera evitarás que de golpe alguien te corte en pedacitos y te disfrute bocado por bocado en una ensalada…” – Dijo la luna. A lo que el tomate respondió: – “¿De qué me estás hablando, relucir? ¿brillar? Para de decirme esas cosas, yo solo soy un simple tomate maduro que deambula por la vida disfrutando el momento , esperando que ocurra lo peor para caer derechito en la boca de un humano… ese es mi destino… es lo que me toca vivir…, algo terrible habré hecho en otra vida para que en esta solo pueda ser un pobre tomate de granja con copete verde y perfume de flor”. – “¡Es que eso es lo que te estoy tratando de explicar y no me quieres escuchar!! Es el momento de tu vida!… elegir brillar, ser mi espejo hacia los demás o te entregas a morir en el próximo minuto que te elija un humano”. – Insistió la luna. El tomate se quedó pensativo y dijo: – “ Voy a pensarlo”. La luna volvió a dirigirse al tomate y le dijo: – “ Te propongo que me prestes tu piel suave, brillante de color rojizo para que mi brillo se refleje en ella, que los demás puedan observarme en ti allá abajo, en la tierra, mostrar que yo puedo brillar en tu piel, que si yo brillo puedo mostrarte que tú también puedes brillar y eso hará que llamemos la atención a los demás que están dormidos. Te propongo que ofrezcas tu piel para proyectarme en ti y brillar y llamarles la atención, es así de simple. Eliges eso o no…”. Y el tomate le respondió: – “¿ Y qué sería brillar, brillar qué? ¿Brillar la luna en mi?”. – “Siii exacto! Se ve que vas entendiendo. – Dijo la luna. -“Brillar la luna en ti, yo soy tu, y tu soy yo! ¡Exacto! Yo solo necesito seguir cumpliendo mi misión que es girar alrededor de la tierra y brillar, solo brillar, pero si logro brillar en ti, los personajes que deambulan por la tierra te mirarán, llamaremos la atención y podrán recibir mis mensajes , mensajes que los guiarán hacia el camino de la felicidad. Son pasitos a seguir que los harás despertar y ser felices. – “Aah, entonces, tu me estás proponiendo que yo brille tu luz, que al mismo tiempo es mi luz y así los demás van a ver en mí el camino a la felicidad? así de simple, ¿solo eso tengo que hacer?”. – Dijo el tomate. Y la luna le dijo: – “¡Si! Seremos como un equipo, que con el tiempo hará que los demás que se van cruzando en nuestro camino se sientan atraídos y quieran convertirse en ti, querer portar ese brillo del tomate en ellos mismos. Ese brillo a su vez es el mismo brillo que el de la luna y así se notará que funcionaremos como una gran red. Yo brillo, tu brillas, todos querrán brillar. Seremos seres responsables de nuestro brillo! Qué tal? Brillar sería nuestra tarea y yo desde lo alto te guiaré, será divertido, te lo aseguro. Eso o ir directo a una ensalada”. El tomate enseguida respondió: – “Y si solo tengo que brillar y divertirme, elijo armar equipo junto a ti y brillar en mi”. – “Sí, vos déjamelo a mí, vos solo prestame tu piel para brillar y así nomás vendrá la magia!!! El tomate siguió su rumbo por el sendero camino al pueblo y se encontró con una banana madura con manchas en su piel, emanaba un fuerte olor, estaba toda doblada hacia adelante, tan inclinada que se chocó con el tomate sin darse cuenta. – “Banana” ¡eehh ten cuidadoo!! ¡Mira por donde vas! ¿No ves que vengo caminando?”. – La banana se cubría los ojos porque el tomate irradiaba tanta luz que no le permitía ver. El tomate dijo: – ”Discúlpame banana, es que venía muy feliz!” – “Si, claro venís feliz ¿y por eso te piensas que tienes derecho a chocarte así? No es justo que yo esté triste y tu feliz, si somos dos frutas, dos simples frutas, porque tu tienes derecho a estar feliz y yo así arrugada, amargada, mal humorada? ¿Qué tienes tu que yo no tengo?”. El tomate no podía creer lo que estaba ocurriendo, miró hacia arriba y le guiñó el ojo a la luna, diciéndole bien bajito: – “Ya está funcionando la magia!”. El tomate le dijo: – “Tengo un secreto para contarte que creo que te puede interesar. Si me prestas tu piel de banana haré que mi brillo brille en ti y así te sentirás mejor, pero solo tienes que proponerte a ti mismo la disciplina de brillar y la magia ocurrirá”. La banana dudó por unos minutos pero al ver al tomate tan reluciente y feliz pensó que quizás podría ser verdad y eligió brillar para curar sus manchas, intentar volver a tener una sonrisa, y cambiar su mal humor de todos los días. Pasaron pocos días hasta que se armó una gran red por el pueblo, generando magia entre las frutas y una felicidad eterna! Felices sueños! FIN – Moraleja del cuento: El brillo que veo en los demás está en mi. http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-la-luna-y-el-tomate/
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Los doce cazadores - Hermanos Grimm

María Angelini - Había una vez un príncipe que tenía una novia, a la cual quería mucho; se hallaba siempre a su lado y estaba muy contento, pero tuvo noticia de que su padre, quien vivía en otro reino, se hallaba mortalmente enfermo, y quería verlo antes de morir. Por eso le dijo a su amada: -Tengo que marcharme y abandonarte, pero aquí tienes esta sortija en memoria de nuestro amor, y cuando sea rey volveré y te llevaré a mi palacio. Se puso en camino. Cuando llegó al lado de su padre, éste se hallaba moribundo y le dirigió estas palabras: -Querido hijo mío, he querido verte por última vez antes de morir; prométeme casarte con la mujer que te designe. Y le nombró una princesa que debía ser su esposa. El joven estaba tan afligido, que le contestó sin reflexionar: -Sí, querido padre, cumpliré tu voluntad. El rey cerró los ojos y murió. Comenzó entonces a reinar el hijo, y trascurrido el tiempo del luto debía cumplir su promesa, por lo que envió a buscar a la hija del rey con la cual había dado palabra de casarse. Lo supo primera novia y sintió mucho su infidelidad, llegando casi a perder la salud. Entonces le preguntó su padre: -Dime, querida hija, ¿qué te falta?, ¿qué tienes? Reflexionó ella un momento y después contestó: -Querido padre, quisiera encontrar once jóvenes iguales a mi rostro y estatura. El rey le respondió: -Se cumplirá tu deseo si es posible. Y mandó buscar por todo su reino once doncellas que fueran iguales a su hija en rostro y estatura. Cuando las hubo encontrado, se vistieron todas de cazadores con trajes enteramente iguales; la princesa se despidió después de su padre y se marchó con sus compañeras a la corte de su antiguo novio. Allí preguntó si necesitaba cazadores y si podían entrar todos en su servicio. El rey la miró y no la reconoció; pero como todos eran tan buenos mozos, dijo que sí, que los recibiría con gusto. Y quedaron los doce cazadores al servicio del rey. Pero el rey tenía un león, que era un animal mágico, pues sabía todo lo oculto y secreto, y una noche le dijo: -¿Crees que tienes doce cazadores? -Sí -contestó el rey- los cazadores son doce. Pero el león añadió: -Te engañas, son doce doncellas. El rey replicó: -No puede ser verdad; ¿cómo me lo probarás? -Manda echar guisantes en tu cuarto -replicó el león- y lo verás con facilidad. Los hombres tienen el paso firme; cuando andan sobre guisantes, ninguno se mueve; pero las mujeres caminan con inseguridad y vacilan y los guisantes ruedan. El rey siguió su consejo y mandó extender los guisantes. Mas un criado del rey, que quería mucho a los cazadores, cuando supo que debían ser sometidos a una prueba, se lo contó diciéndoles: -El león quiere probar al rey que ustedes son mujeres. Se lo agradeció la princesa y dijo a sus doncellas: -Vayan con cuidado y anden con paso fuerte por los guisantes. Cuando el rey llamó al día siguiente a los cazadores y fue a su cuarto, donde estaban los guisantes, comenzaron a andar con fuerza y con un paso tan firme y seguro, que ni uno solo rodó ni se movió. Cuando se marcharon, dijo el rey al león: -Me has engañado, andan como hombres. El león le contestó: -Lo han sabido, y han procurado salir bien de la prueba, haciendo un esfuerzo. Pero manda traer doce husos a tu cuarto, y cuando entren verás cómo se sonríen, lo cual no hacen los hombres. Agradó al rey el consejo y mandó llevar las ruecas a su cuarto. Pero el criado, que tenía cada vez más afición a los cazadores, fue a verlos y les descubrió el secreto. Entonces dijo la princesa a sus once doncellas, así que estuvieron solas: -Estén con cuidado y no miren las ruecas. Cuando el rey llamó al día siguiente a los doce cazadores, entraron en su cuarto sin mirar a las ruecas. El rey dijo entonces al león: -Me has engañado, son hombres, pues no han mirado las ruecas. El león le contestó: -Han sabido que debían ser sometidos a esta prueba y han procurado vencerse. Pero el rey no quiso creer ya al león. Los doce cazadores seguían al rey constantemente a la caza, el cual había llegado a tenerles verdadero cariño; pero un día, mientras cazaba, llegó la noticia de que había llegado la esposa del rey; su antigua novia, al oírlo, lo sintió tanto, que la faltaron las fuerzas y cayó desmayada en el suelo. El rey creyó que le había dado mal de corazón a su querido cazador, se acercó a él para auxiliarle, le quitó el guante, y vio en su mano la sortija que había regalado a su primera novia; la miró entonces a la cara y la reconoció, conmoviéndose de tal modo su alma, que le dio un beso, y cuando volvió en sí le dijo: -Tú eres mía y yo soy tuyo, y ningún hombre del mundo puede separarnos. Envió a su otra novia un caballero diciéndole que regresase a su reino, pues estaba ya casado, y no tardaron en celebrar su boda, perdonando al león, porque había dicho la verdad. FIN http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ale/grimm/los_doce_cazadores.htm
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El gato valiente

Celina Borro - En la ciudad de México vivía un gato llamado Manchita, le decían el Gato Valiente porque él contaba que salvaba a las personas que estaban en apuros. El gato valiente todos los días iba a las casas de los demás animales a contarles sus historias, las contaba más a los niños que a los mayores. Cuando terminaba de detallarles sus grandes azañas, se iba por las calles a ver la noche. Manchita estaba en su casa sin saber que hacer, ya que no había nadie a quien salvar. Por este motivo buscaba a amigos a quienes contarle las historias. De repente un día todos desaparecieron y dejaron una carta que decía: – “Manchita, estamos en peligro, nos están llevando al cañón profundo”. Manchita corrió muy veloz al cañón para salvar a sus amigos. Pudo salvar a sus amigos y fue una gran historia que poder contar a todo aquel con el que se encontraba en sus viajes por todas partes del país. El gato vivió feliz por siempre. FIN http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-el-gato-valiente/
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Nito, el elefante y el parque de agua

Valeria Albornoz - Nito el elefante pequeñito estaba pensando con mucha ilusión en ir este fin de semana a un parque de agua que habían abierto en la plaza de la ciudad. Se lo pidió a su tía, pero tenía un montón de trabajo que hacer y no podía ir. Después se lo pidió a su mamá, pero estaba hablando por el móvil y no escuchó al pobre pequeño elefante Nito. Pasado un rato se lo pidió a su papá Juan Pedro Rodríguez Álvarez y como era tan bueno decidió llevarle. El fin de semana le llevó y lo primero que hicieron fue tirarse por los toboganes azules, verdes y rojos. En lo siguiente que montaron fue en unos coches de choque verdes que cuando chocabas salía un chorro de agua del volante, de los pedales y del asiento. Después de montar en esas dos atracciones y en cinco más se hizo muy tarde, pero lo que no sabía Nito el elefante, es que a la vuelta le comprarían un súper algodón de azúcar con sabor a fresa y frutos del bosque que estaba muy bueno; y un camión de juguete que era súper rápido.¡Se lo pasó pipa! ¡Que guay estuvo el parque de atracciones! ¡Quería repetirlo muy pronto! FIN – Moraleja del cuento: Hay que perseguir tus sueños. – Valores del cuento: Perseverancia. http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-nito-el-elefante-y-el-parque-de-agua/
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Eusebio, el abuelo que enseñó a escribir a sus nietos

Cintia Ayelén Pino - Eusebio era un señor de unos ochenta años que siempre había contado cuentos e historias de cuando él era pequeño a sus hijos. Se sentía muy orgulloso de ser un padre preocupado por la educación y la cultura de sus hijos, y cuando fue abuelo, pensó que sería una buena acción hacer lo mismo con sus nietos. A los nietos, que tenía tres, ya les contaban cuentos sus padres, influidos por Eusebio en sus infancias, así que el abuelo pensó que con sus tres pequeños nietos, Carmen, Carlos y Carlota, lo que haría sería enseñarles a escribir. Así fue como cuando todos cumplieron tres años, les regaló un cuadernillo de escritura y un lapicero a cada uno, y propuso que todas las semanas y al menos un día, se sentarían los cuatro juntos a empezar a manejar el lápiz y su trazo. Poco a poco, los niños avanzaban a pasos gigantes, y en cuestión de dos meses, los tres niños ya escribían su nombre a las mil maravillas. Un buen día, Carlos se despertó muy temprano con ganas de aprender muchas más cosas, se fue al salón a hurtadillas, y sin que nadie más de la familia se diera cuenta, empezó a hojear el cuaderno de tareas de su padre, donde anotaba sus proyectos pendientes y que había dejado olvidado en el cuarto de estar. Al poco rato, cuando ya todos estaban despiertos, fueron a desayunar juntos a la cocina, y allí estaba Carlos, con una hoja arrancada de un cuaderno lleno de frases. Cuando su madre vio aquello, dijo: – “Carlos, ¿y esa hoja de dónde la has sacado?”. – “De un cuaderno de papá que tenía en su mesa, pero las letras son mías”, – contestó Carlos. La madre muy emocionada, comenzó a leer lo que su hijo había escrito con apenas tres años, se sintió tan orgullosa que enseguida llamó al abuelo Eusebio, ¡tenía que saberlo!. El abuelo se presentó esa misma tarde después del colegio en casa de los niños, todos fueron a recibirle como siempre, con su nombre escrito en un trocito de papel, y cuando Carlos en vez de su nombre, le llevó la hoja con sus frases, el abuelo tuvo que sentarse de la emoción que sintió, y empezó a leer: – “Querido abuelo, muchas gracias por enseñarnos a escribir a mis hermanas y a mí. Siempre estarás presente cuando de mayores, firmemos libros escritos por nosotros. Eres el mejor abuelo del mundo”. Eusebio le preguntó a su nieto cómo había conseguido escribir tantas cosas y tan correctamente, y Carlos le dijo: – “En el cuaderno de proyectos de papá hay muchas letras, como las conozco y se cómo se colocan para formar otras palabras, lo fui intentando hasta que lo conseguí. ¡Aunque estoy muy cansado porque me desperté muy pronto!”. Todos rieron con el comentario de Carlos, y se sintieron muy felices y orgullosos de que ese talento natural para la sabiduría estuviera presente en aquella familia, que seguro que se transmitía a los nietos de los nietos de los bisnietos de Eusebio. http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-eusebio-el-abuelo-que-enseno-a-escribir-a-sus-nietos/
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El amigo fiel

Florencia Gómez - Un pequeño loro, amigo de una lagartija recibieron un día la visita de toda la familia del loro. Por este motivo, el loro poco a poco se alejó de la lagartija, ésta triste lloraba y decía: – “El lorito ya no me quiere porque está con su familia”. Un día el loro le dijo que no estuviera triste, que el sería su amigo por siempre, pero la lagartija no le creyó, pensó que solo lo hacía para consolarla. Una mañana el loro salió con su familia de cacería, al llegar al bosque no encontraron frutas, entonces empezaron a comer hormigas, grillos, etc.; en su afanosa búsqueda hallaron en un tronco muchas lagartijas, entre ellas la amiga del loro, todos corrían y voleteaban. El amigo que un día le prometió su amistad dijo: – “Nooo, con ellas noo”. Dándose cuenta que allí estaba su pequeña excompañera que aún quería, los demás loros se sulfuraron y él les explicó que no iba a defraudar a su amiga, que ella también había sido su familia, por lo tanto, debemos respetarle la vida. Mientras, los demás loros decidieron abandonarlo de nuevo y él dijo: – “Prefiero seguir en compañía de mi amiga que tener una familia despiadada y sin sentimientos”. De esta manera el loro pasó a formar parte de esta nueva familia. Desde entonces a todos los animales y personas que les veían en el bosque les llama la atención esta familia tan especial. FIN – Moraleja del cuento: Ayudar a quien lo necesita es acto de solidaridad. – Valores del cuento: amistad, amor, solidaridad, responsabilidad. http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-infantil-el-amigo-fiel/
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El señor Sabelo-todo - Hermanos Grimm

Sonia Lencina - El señor Sabelo-todo -Jacob Grimm - Wilhelm Grimm (coaut.) - José S. Viedma (trad.) El señor Sabelo-todo era un hombre bajo y delgado, y tan trabajador, que no daba un sólo instante al descanso. Su rostro pálido y lleno de hoyos de viruelas no presentaba más desigualdad que una nariz ancha y arremangada; sus cabellos eran grises y tiesos, sus ojos lanzaban siempre chispas a derecha e izquierda. Todo lo notaba, todo lo criticaba, todo lo sabía mejor que nadie, y siempre tenía razón. Cuando iba por las calles agitaba sus brazos con tanta violencia, que un día tropezó en un cántaro que llevaba una joven en la cabeza y le hizo saltar en el aire, de modo que llenó de agua a todos los que pasaban. -Tontuela -la dijo-, ¿no habías visto que iba yo a pasar a tu lado? Era zapatero y cuando trabajaba, tiraba del cáñamo con tal fuerza, que daba grandes puñetazos a todos los que se le acercaban. Ningún oficial podía estar más de un mes en su casa, porque siempre tenía que criticar aún del trabajo mejor hecho. Ya eran desiguales los puntos de la costura, ya un zapato más largo o un tacón más alto que el otro. -Espera -decía al aprendiz-; voy a enseñarte cómo se suaviza la piel. Y le administraba dos latigazos en la espalda con el tirapié. Llamaba a todos perezosos, sin embargo de que él no trabajaba gran cosa, pues no estaba dos minutos parado en un mismo sitio. Si se levantaba temprano su mujer, encendía la lumbre, alzaba la cama y corría con los pies desnudos a la cocina. -¿Quieres quemar la casa? -la gritaba. Con esa lumbre hay para asar una vaca, ¡cualquiera diría que no cuesta nada el carbón! Si cuando las muchachas se ponían a lavar, reían juntas alrededor de la artesa, y se contaban las novedades que sabían, lo tomaba con mucha formalidad y las decía riñéndolas: -Ya habéis comenzado a chismorrear. Con, vuestra charlatanería olvidáis vuestra obligación. ¡Malas pécoras! Bien podíais apretar las manos y callar las lenguas. Y dirigiéndose encolerizado hacia ellas, tropezó con una caldera de lejía e inundó toda la cocina. Labraban una casa nueva enfrente de la que él habitaba y desde su ventana inspeccionaba la obra. -Emplean una madera que no se secará nunca, decía, no gozarán de mucha salud los vecinos de esa casa: mirad cómo ponen los albañiles las piedras de lado: la argamasa no vale nada, es de casquijo y no de piedra como debe ser. Viviré lo suficiente para ver caerse esa casa encima de los que estén dentro. Después de dar otras dos puntadas en su zapato, se levantaba otra vez de repente y se quitaba con la mayor precipitación su delantal de cuero, diciendo: -Voy a decirles lo que tienen que hacer. Y dirigiéndose a los carpinteros: -¿Qué estáis haciendo? -continuaba. ¿No veis que no tiene aplomo ninguno de esas maderas? ¿Creéis que sostendrán esas vigas? Todo eso caerá cuando menos se piense. Va a quitar el hacha de mano de un carpintero para enseñarle lo que debe hacer; pero acierta a pasar entonces por allí un carro cargado de tierra y tira el hacha para correr tras el carretero. -Estás loco -le grita-, ¿dónde tienes los sentidos para uncir esos potros a un carro tan cargado? Los pobres animales van a reventar en seguida. No le contesta el carretero y el señor Sabelo-todo vuelve a su tienda muy incomodado. Cuando va a sentarse, un aprendiz le presenta un zapato. -¿Qué es eso? -le grita-; ¿no te he prohibido cortar los zapatos tan bajos? ¿Quién ha de comprar semejante calzado? ¡No tiene más que suela! Quiero que mis órdenes se ejecuten al pie de la letra. -Es indudable que tiene usted razón, señor maestro, le responde el aprendiz; este zapato no vale nada, pero es el que usted mismo acaba de cortar; le ha dejado caer cuando se levantó y no le he tocado más que para cogerle del suelo. Pero un ángel del cielo no conseguiría darle gusto a usted. Sabelo-todo soñó una noche que se había muerto y que se hallaba en el camino del Paraíso. Al llegar a la puerta llamó y abrió San Pedro para ver quién era el que llamaba. -¡Ah! ¿Sois vos? -le dijo-; podéis entrar, señor Sabelo-todo, pero os advierto que no critiquéis nada de lo que veáis en el cielo, pues de lo contrario os puede suceder alguna desgracia. -Muy bien hubierais podido excusaros esa advertencia, le contestó Sabelo-todo; pues conozco a lo que obligan las conveniencias, y a Dios gracias todo es perfecto aquí, muy al contrario de lo que pasa en la tierra. Entró pues y se puso a recorrer los vastos espacios del cielo. Miraba por todas partes a derecha e izquierda, pero no podía dejar de levantar la cabeza y de gruñir de tiempo en tiempo aunque entre dientes. Vio un día dos ángeles que llevaban una larga viga de madera; era un madero que había tenido un hombre en el ojo, mientras buscaba una paja en el de su vecino. Pero los ángeles, en vez de llevarle a lo largo, le llevaban a lo ancho. -¿Se ha visto nunca una torpeza semejante? -pensó Sabelo-todo para sí. Sin embargo, calló y se serenó diciendo: -En realidad lo mismo da llevad el poste derecho delante de uno, o que se lleve de lado, siempre que se lleve sin dificultad, y por cierto que no tropiezan en ninguna parte. Más lejos vio dos ángeles que sacaban agua en un cubo agujereado, la que se salía por todos lados. Así formaban la lluvia para regar la tierra. -¡Con diez mil diablos!- exclamó. Más por fortuna se contuvo creyendo que estarían probablemente jugando. -Para distraerse, se dijo asimismo, se pueden hacer muchas cosas inútiles, sobre todo aquí donde veo que reina la pereza en grado superlativo. Más lejos todavía, vio un carro atravesado en un bache muy profundo. -No es extraño, dijo al hombre que estaba junto al carro; ¡está tan mal cargado! ¿Qué lleváis ahí? -Buenos pensamientos. No he podido sacarlos a salvo; pero por fortuna he podido subir hasta aquí mi carro y no me dejarán en el atolladero. No tardó en efecto en llegar un ángel que enganchó dos caballos delante del carro. -Muy bien -dijo Sabelo-todo; pero dos caballos no bastan: se necesitan por lo menos cuatro. Llegó otro ángel con otros dos caballos; pero en vez de engancharlos también por delante los enganchó por detrás. Esto era ya demasiado para el señor Sabelo-todo. -¡Diantre! -exclamó-, ¿que significa eso? Desde que el mundo es mundo no se ha visto nunca enganchar así. Más en su ciego orgullo creen saberlo todo mejor que los demás. Iba a continuar, pero uno de los habitantes del cielo le cogió por el cuello y le lanzó en el aire con una fuerza irresistible. Aún pudo, sin embargo, distinguir á través de la puerta, que el carro era arrebatado en los aires por los caballos alados. En aquel momento despertó Sabelo-todo. -El cielo, se decía, no se diferencia en nada de la tierra, y hay cosas que parecen malas y son buenas en el fondo. Pero a pesar de todo, ¿quién puede ver con sangre fría enganchar los caballos a los dos lados opuestos de un carro? Tenían alas, es verdad, mas no lo había visto en un principio, y de todas maneras, ¿no es una locura poner dos alas a unos caballos que tienen ya cuatro pies? Pero tengo que levantarme, pues de otro modo todo estaría aquí patas arriba. Verdaderamente es una felicidad que no me haya muerto todavía. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-senor-sabelotodo--0/html/002b80ac-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html
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El ratoncillo diminuto

Sebastián Ibarra - Érase una vez un ratoncillo muy pequeño, llamado Pérez. Tan pequeño, tan pequeño, que cuando sus compañeros le llamaban, él tenía que encender una cerilla para que le vieran. En el cole siempre le hacían burla por su pequeño tamaño, pero a él le daba igual y hacía oídos sordos a todo lo que le decían. Sin embargo, de lo que algunos no se daban cuenta, era que Pérez, era el único ratón que no caía en las trampas de los humanos. Cuando había que sortear las trampas para llegar a la madriguera, Pérez se las arreglaba paramoverse con agilidad y no pisar nunca en el mecanismo que activaba las trampas. Muchos ratones perecían cada día por culpa de las trampas, y el que tenía más habilidad para sortearlas, sin problemas, era Pérez. Además, cuando algún humano salía en busca de los ratones para cazarlos, Pérez se escondía en los agujeros del queso y nunca le pillaban. Él era el único que podía hacer eso. Llegó un día, en que los jóvenes ratoncitos querían ser como Pérez. Y todos los ratones de la madriguera comprendieron que: lo que puede parecer un defecto se puede convertir en una virtud, si utilizamos nuestro cerebro para pensar y lo deseamos con empeño. FIN http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuento-el-ratoncillo-diminuto/#
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