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Descubriendo las Escrituras - Romanos 16/25
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Comentario Epístola a los Romanos
Introducción
Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 25/25
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Comentario Epístola a los Romanos
Introducción
Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 24/25
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Comentario Epístola a los Romanos
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 23/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 22/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 21/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 20/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 19/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 18/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 17/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 15/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 13/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 12/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
28:00
Descubriendo las Escrituras - Romanos 11/25
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Comentario Epístola a los Romanos
Introducción
Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 10/10
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Comentario Epístola a los Romanos
Introducción
Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 9/25
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Comentario Epístola a los Romanos
Introducción
Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 8/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 7/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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Descubriendo las Escrituras - Romanos 6/25
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Las cartas de S. Pablo
Desde un principio las Iglesias se preocuparon por conservar las cartas que recibían de los apóstoles, pues veían en ellas los testimonios auténticos de la fe. Por la misma razón adoptaron rápidamente la costumbre de intercambiar las cartas que recibían.
Nuestras “cartas de Pablo” representan tan sólo una parte de su correspondencia. Las Iglesias que él siguió más de cerca, como las de Corinto, Filipos y Tesalónica, ciertamente recibieron otras cartas y mensajes. Al transmitirlas a las demás Iglesias no vacilaron en insertar en tal o cual carta de Pablo textos que habían recibido en otras oportunidades; tales mensajes podían referirse a problemas más personales que no interesarían, pero entre ellos había párrafos precisos que habría sido una pena perderlos.
Esto permite resolver muchas dificultades que podrían surgir con respecto a estas cartas. En primer lugar el carácter compuesto de la Segunda carta a los Corintios y de la carta a los Filipenses. Luego el aspecto artificial de la Segunda carta a los Tesalonicenses, de la cual sólo una parte reproduce párrafos sacados de los mensajes de Pablo. No resulta imposible que en la Primera carta a los Corintios se hayan insertado páginas de Pablo extrañas a esta carta, y también parece probable que el capítulo 15 de la carta a los Romanos haya sido escrito no para los cristianos de Roma sino para los de Éfeso, a quienes había sido enviada una copia que difundieron en las otras Iglesias de Oriente.
En la primera colección las cartas estaban ordenadas en orden decreciente según su longitud: primero las cuatro “grandes” cartas a los Romanos, a los Corintios, y a los Gálatas, después las “cartas de la cautividad”, y al final, las cartas a los Tesalonicenses. Más tarde se les agregaron las cartas a Timoteo y a Tito y la hermosa carta a los Hebreos, escrita probablemente al alero de Pablo, pero cuyo autor se desconoce.
Pablo se consideraba como “el Apóstol de las naciones”, viendo que esa era su vocación personal al lado de Pedro, a quien Dios había dado el encargo de evangelizar al mundo judío, no sólo en Palestina sino en todo el imperio romano, allí donde estuvieran establecidos. Pablo había recibido esa misión del mismo Jesús con ocasión de su conversión (Hech 22,21; Gál 2,7), y era tan fundamental en el proyecto divino de la misión y extensión de la Iglesia, que no terminó con su muerte. El espíritu de Pablo, una de las grandes manifestaciones del espíritu de Jesús, está siempre actuando en todos los tiempos a través de sus cartas.
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