
Ejercicios del P. Marcos Pizzariello
Conocí al Padre Marcos y sus ejercicios en medio de una crisis brutal, que, pasados ya casi tres años, aún no cesa de hacerse presente en mi vida. La voz del Padre Marcos y su paciencia son las de un hombre entregado a Dios, que empezó a llamarme con su amor de sacerdote hacia la ordenación de mi vida, ya que los ejercicios son para ordenar la vida, dirigirla por donde ésta debe conducirse. Supón, estimado cibernauta y hermano, que tienes unos audífonos y que niños pequeños a tu alrededor los cogen: uno los toman para chuparlos; otro los usan de cuerda para jalar sus coches de juguete y otro quizá se los enreda en el cuello. Ninguno de ellos sabe para qué son aquellos audífonos. Lo sabes tú. De la misma forma, arrastramos nuestra vida y la usamos para cosas tan diversas y alejadas de su fin, que apenas puede creerse que sobrevivamos día a día. Dios sabe para qué es nuestra vida, pues a Él le debemos el ser; nosotros, como estos niños, hemos ignorado el fin de la vida nuestra, que se descompone y se destruye si, como aquellos audífonos, le damos un fin ajeno al que le es propio: Dios mismo.
Conocí al Padre Marcos y sus ejercicios en medio de una crisis brutal, que, pasados ya casi tres años, aún no cesa de hacerse presente en mi vida. La voz del Padre Marcos y su paciencia son las de un hombre entregado a Dios, que empezó a llamarme con su amor de sacerdote hacia la ordenación de mi vida, ya que los ejercicios son para ordenar la vida, dirigirla por donde ésta debe conducirse. Supón, estimado cibernauta y hermano, que tienes unos audífonos y que niños pequeños a tu alrededor los cogen: uno los toman para chuparlos; otro los usan de cuerda para jalar sus coches de juguete y otro quizá se los enreda en el cuello. Ninguno de ellos sabe para qué son aquellos audífonos. Lo sabes tú. De la misma forma, arrastramos nuestra vida y la usamos para cosas tan diversas y alejadas de su fin, que apenas puede creerse que sobrevivamos día a día. Dios sabe para qué es nuestra vida, pues a Él le debemos el ser; nosotros, como estos niños, hemos ignorado el fin de la vida nuestra, que se descompone y se destruye si, como aquellos audífonos, le damos un fin ajeno al que le es propio: Dios mismo.






