Facundia
Entiendo que la estructura del paisaje sonoro escolar se sustenta sobre una lógica de repetición, que más allá de inevitables variaciones, vuelven día a día, año a año, produciendo la latencia de una resistente omisión de la escucha, que también puede ser pensada como una espectral forma de sordera. Es el efecto de un patológico sonar de voces y de ruidos que en su siempre estar volviendo, son artífices del aparecer de un surco en el oído que, cual primitiva técnica de registro de sonoro, va de-generando una herida.
En la escuela el sentido es herido por las heridas de los sentidos, éste dudoso trabalenguas conceptual de cómico sonar , señala el aparecer de una marca ni-ni –lograda categorización-estigma juvenil de nuestro tiempo–. Un surco que ni se ve, ni se escucha, que produce un oído cerrado re-produciente de voces des-afectadas y sonidos que lastiman en la duración de ese ritual cotidiano de in-sensibilización perceptiva.
Atento a que en la medida en que ese surco se profundiza va aumentando el umbral del dolor, y que esto es inversamente proporcional a la capacidad de movilizar formas de resistencia, no encuentro otra forma de pensar críticamente la escuela sino es proyectando un orden des-ordenado y caprichoso de sus compuestos. Es entonces que elijo caprichosamente experimentar con tres elementos aparentemente distantes de la escena escolar: la melodía del himno a Sarmiento, la silla y la materia sonora que produce el arrastre de éstas en el acomodarse de los cuerpos en el aula. Pero vale aclarar, aunque oscurezca, que ese capricho no se trata de la extravagancia de generar encuentros insólitos sino del encantamiento posible de producir a partir de la cercanía súbita de cosas sin relación y anhelando que su transformación en conjuro despliegue su poder de contagio.
Entiendo que la estructura del paisaje sonoro escolar se sustenta sobre una lógica de repetición, que más allá de inevitables variaciones, vuelven día a día, año a año, produciendo la latencia de una resistente omisión de la escucha, que también puede ser pensada como una espectral forma de sordera. Es el efecto de un patológico sonar de voces y de ruidos que en su siempre estar volviendo, son artífices del aparecer de un surco en el oído que, cual primitiva técnica de registro de sonoro, va de-generando una herida.
En la escuela el sentido es herido por las heridas de los sentidos, éste dudoso trabalenguas conceptual de cómico sonar , señala el aparecer de una marca ni-ni –lograda categorización-estigma juvenil de nuestro tiempo–. Un surco que ni se ve, ni se escucha, que produce un oído cerrado re-produciente de voces des-afectadas y sonidos que lastiman en la duración de ese ritual cotidiano de in-sensibilización perceptiva.
Atento a que en la medida en que ese surco se profundiza va aumentando el umbral del dolor, y que esto es inversamente proporcional a la capacidad de movilizar formas de resistencia, no encuentro otra forma de pensar críticamente la escuela sino es proyectando un orden des-ordenado y caprichoso de sus compuestos. Es entonces que elijo caprichosamente experimentar con tres elementos aparentemente distantes de la escena escolar: la melodía del himno a Sarmiento, la silla y la materia sonora que produce el arrastre de éstas en el acomodarse de los cuerpos en el aula. Pero vale aclarar, aunque oscurezca, que ese capricho no se trata de la extravagancia de generar encuentros insólitos sino del encantamiento posible de producir a partir de la cercanía súbita de cosas sin relación y anhelando que su transformación en conjuro despliegue su poder de contagio.



