CAPÍTULO 10 - La fuerza de amar (M.L.K.)
Sueños destrozados
Espero veros al pasar, cuando vaya a
España.
Rom 15:24.
¡Cuántas veces hemos de ver cómo el deseo de ir a España termina en
una cárcel romana, y qué pocas veces sucede que las cenizas de una esperanza frustrada se conviertan en oportunidades de servir a los propósitos de Dios!
Y, sin embargo, el vivir con dinamismo comporta siempre victorias sobre uno
mismo y sobre la propia situación.
En la vida, a veces, nos alcanzan los vientos a favor de la alegría,
el triunfo y las realizaciones, y otras veces son los vientos en contra del
fracaso, la aflicción y la tragedia los que nos sacuden furiosamente. ¿Dejaremos
que nos derriben los vientos adversos mientras atravesamos el enorme
Atlántico de la vida, o se sostendrán los motores internos espirituales a pesar
del viento en contra?
Nosotros, los negros, hemos soñado durante mucho tiempo en la libertad,
pero todavía seguimos confinados en una prisión ignominiosa de segregación
y discriminación.
¿Debemos responder con acritud y cinismo? Evidentemente, no, porque
esto destruiría y envenenaría nuestras personalidades. Llegados a la conclusión
de que la segregación es voluntad de Dios, ¿debemos resignarnos a la opresión?
Claro que no, porque es atribuir de forma blasfema a Dios lo que pertenece
al diablo. Cooperar pasivamente con un sistema injusto convierte al
oprimido en un ser tan malvado como el opresor. La conducta más provechosa
es mantenernos firmes con determinación y valentía, avanzar sin violencia
entre obstáculos e inconvenientes, aceptar los desengaños y aferrarnos
a la esperanza. Nuestra decidida negativa a ser detenidos nos abrirá un día las
puertas del éxito. Pero aun en la cárcel de la segregación debemos preguntar:
«¿Cómo puedo transformar este valor negativo en valor positivo?» Reconociendo
la necesidad de sufrir por una causa justa, conseguiremos posiblemente
nuestra máxima talla humana. Para preservarnos de la amargura, debemos
ver en las pruebas de esta generación la oportunidad de transformarnos a
nosotros mismos y a la sociedad americana. Nuestro sufrimiento actual y nuestra
lucha pacífica por ser libres pueden ofrecer a la civilización occidental el
dinamismo espiritual que tan desesperadamente necesita para sobrevivir.
Naturalmente, algunos moriremos sin ver realizada la esperanza de la
libertad, pero tenemos que seguir navegando por la ruta prevista. Debemos
aceptar el desengaño finito, pero sin perder nunca la esperanza infinita. Sólo
así viviremos plenamente, sin acritud ni rencor.
Éste fue el secreto de la supervivencia de nuestros antepasados esclavos.
La esclavitud es un asunto bajo, duro e inhumano. Los esclavos traídos de
África fueron separados de sus familias y encadenados en los barcos como si
fueran bestias. No hay nada más trágico que verse separado brutalmente de la
familia, de la lengua y de las propias tradiciones. En muchísimos casos, los
maridos fueron separados de sus mujeres, y los hijos de los padres. Cuando
las mujeres se veían obligadas a satisfacer los instintos biológicos de los amos
blancos, los maridos esclavos estaban imposibilitados para intervenir. Pero a
pesar de crueldades indecibles, nuestros antepasados sobrevivieron. Cuando
un nuevo amanecer sólo ofrecía las balas de algodón alineadas, el calor agobiante,
el látigo del capataz de cada día, aquellos hombres y aquellas mujeres
valientes soñaban en días mejores. No les quedaba otro remedio que aceptar
el hecho de la esclavitud, pero se aferraban tenazmente a la esperanza de la
libertad. En una situación tan desesperada, formaban en su alma un optimismo
creador que los fortalecía. Su impenetrable vitalidad transformaba la oscuridad
de la frustración en el fulgor de la esperanza.