Hay artistas que no desaparecen del todo. Se retiran, quizá, a una zona de penumbra; dejan de pronunciarse sus nombres durante un tiempo; duermen en las hemerotecas, en los catálogos, en las cubiertas antiguas de revistas que alguna vez fueron el espejo más brillante de una época. Pero basta volver a mirarlos para que regresen intactos, con esa rara juventud de las obras que supieron adelantarse a su tiempo.
Eduardo García Benito fue uno de esos nombres. Nacido en Valladolid en 1891 y fallecido en la misma ciudad en 1981, cruzó muy pronto la frontera de lo local para instalarse en el centro mismo de la modernidad. París primero; Nueva York después. Allí donde el siglo XX empezaba a inventar su elegancia, su velocidad, su deseo de líneas puras y de rostros imposibles, estuvo García Benito. Dibujante, pintor, retratista, decorador, figurinista, ilustrador: todas esas palabras le pertenecen, aunque ninguna lo agota.
Su firma quedó unida para siempre al Art Déco y a algunas de las publicaciones que definieron visualmente una época, como Vogue y Vanity Fair. En sus portadas, la mujer moderna aparecía convertida en icono: estilizada, enigmática, geométrica, dueña de una belleza que parecía venir del futuro. García Benito no se limitó a ilustrar la moda: ayudó a construir una manera de mirar. Sus figuras tenían algo de máscara y algo de estatua, algo de sueño cosmopolita y algo de silencio castellano. Eran París, eran Manhattan, pero también conservaban, quizá, una sombra de Valladolid: esa melancolía sobria de quien sabe que toda belleza está llamada a pasar.
Por eso no parece casual que, al acercarnos hoy a su figura, resuene de fondo aquel verso de Agustín de Foxá: “aún surgirán mañanas luminosas”. Porque la vida continúa después de nosotros, sí; la primavera vuelve, las ciudades cambian, las revistas amarillean, los nombres se borran. Y, sin embargo, algunas imágenes se obstinan en permanecer. Frente a la “melancolía de desaparecer”, la obra de García Benito nos recuerda que el arte es una forma de resistencia: una manera de seguir mirando cuando ya no estamos.
Hoy hablamos precisamente de esa permanencia. De un artista fundamental y, durante demasiado tiempo, insuficientemente reconocido. De un creador que llevó el nombre de Valladolid a los grandes escenarios internacionales de la modernidad. Y lo hacemos con Carolina Garabito, historiadora del arte, comisaria del proyecto de realidad virtual dedicado a Eduardo García Benito y una de las investigadoras que mejor conoce su vida, su obra y su legado.
Con ella entraremos en ese museo posible —o quizá imposible hasta ahora— donde la tecnología permite devolver volumen, presencia y futuro a un artista que hizo de la línea una forma de eternidad. Porque, como en Foxá, sabemos que “la luna brillará lo mismo”; pero también sabemos que hay luces que, cuando alguien las rescata, vuelven a encenderse.
Créditos:
Vienna - Billy Joel
Piano Man - Liam Cooper