¡ÚLTIMAS HORAS! Disfruta todo 1 AÑO DE PLUS al 45% de dto ¡LO QUIERO!
Literatura
Podcast

Literatura

2,262
13.97k

Podcast que no aparece en la radio en el que subo los poemas, los relatos y los libros que me gustan.

Podcast que no aparece en la radio en el que subo los poemas, los relatos y los libros que me gustan.

2,262
13.97k

Jorge Luis Borges: Del infierno y del cielo

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Vivaldi - The Storm Youtube.com El infierno de Dios no necesita el esplendor del fuego. Cuando el Juicio Universal retumbe en las trompetas y la tierra publique sus entrañas y resurjan del polvo las naciones para acatar la Boca inapelable, los ojos no verán los nueve círculos de la montaña inversa; ni la pálida pradera de perennes asfodelos donde la sombra del arquero sigue la sombra de la corza, eternamente; ni la loba de fuego que en el ínfimo piso de los infiernos musulmanes es anterior a Adán y a los castigos; ni violentos metales, ni siquiera la visible tiniebla de Juan Milton. No oprimirá un odiado laberinto de triple hierro y fuego doloroso las atónitas almas de los réprobos. Tampoco el fondo de los años guarda un remoto jardín. Dios no quiere para alegrar los méritos del justo, orbes de luz, concéntricas teorías de tronos, potestades, querubines, ni el espejo ilusorio de la música ni las profundidades de la rosa ni el esplendor aciago de uno solo de Sus tigres, ni la delicadeza de un ocaso amarillo en el desierto ni el antiguo, natal sabor del agua. En Su misericordia no hay jardines ni luz de una esperanza o de un recuerdo. En el cristal de un sueño he vislumbrado el Cielo y el Infierno prometidos: cuando el juicio retumbe en las trompetas últimas y el planeta milenario sea obliterado y bruscamente cesen ¡oh Tiempo! tus efímeras pirámides, los colores y líneas del pasado definirán en la tiniebla un rostro durmiente, inmóvil, fiel, inalterable (tal vez el de la amada, quizá el tuyo) y la contemplación de ese inmediato rostro incesante, intacto, incorruptible, será para los réprobos, Infierno; para los elegidos, Paraíso.
Art and literature Today
2
1
24
02:41

Gloria Fuertes: Homenaje a Rubén Darío

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Rachmaninoff - Musical Moment 4 Youtube.com La cipresa está triste ¿qué tendrá la cipresa? Se ha quedado sin nidos y descalza de hierbas. Secóse el cementerio; muriéronse las guerras; cernícalos no alondra; murciélagos la trepan; alondras ruiseñores volaron a otra tierra. Que nadie quiere a un triste y más si no es princesa, si es presa del destino, presa, sí, de la niebla. Un ciprés sin su muerto es algo que da pena. ¡Qué triste está sin triste! ¡Qué sola, la cipresa!
Art and literature 4 days
2
0
39
00:57

Héctor Camarillo: Nuestro invitado

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com Lo recuerdo bien, fue después de discutir con mis padres y desear su muerte. Corrí hasta mi habitación, hice a un lado las plegarías e insulté al divino sin cuidado. Me quedé dormido entre sollozos. La noche siguiente lo vi por primera vez. Mis padres lo habían traído. Cuando vi su rostro, el mío se descompuso. Su nariz afilada parecía husmear en cada rincón del departamento. Sus ojos grises, apagados, penetrantes, podían escarbar en mi alma. Y esa sonrisa…. esa maldita sonrisa, tensa, sin despegar los labios, parecía saber algo, quién sabe qué. El departamento no era tan pequeño: una sala-comedor, cocina, baño y nuestras habitaciones. La del fondo, al final del pasillo junto al baño, la adaptaron para él. «Pasará unos días con nosotros, sé amable y educado…», dijo mi padre. Su presencia me inquietaba, me ponía la piel de gallina. Desde que llegó, el ambiente se tornó pesado, opresivo, como si su oscuridad me acechara, sin siquiera mirarme. Durante las siguientes noches no pude pegar los ojos. Una tarde, mientras dibujaba en mi restirador, sentí su presencia detrás de mí. Me quedé inmóvil, no quise voltear. Su respiración, pesada y entrecortada, inundaba el cuarto. De reojo, lo vi: parado junto a mi cama, me observaba como si quisiera devorarme… hacerme algo mucho peor. Grité. Mi voz desgarró el silencio y mamá corrió desesperada. «¡Llévatelo, por favor, llévatelo! Estuvo aquí conmigo». El cansancio y la desesperación terminaron por romperme. «¿De qué hablas? Él tiene prohibido abandonar su cuarto…», mi madre, enojada, azotó la puerta. Por las noches escuchaba sus pasos arrastrarse a lo largo del pasillo. Se detenía frente a mi puerta, la raspaba suave con sus uñas, parecía un aviso. Desde mi cama veía la silueta de sus pies moverse en el umbral, mientras su sombra, inquieta, buscaba la forma de colarse bajo mis sábanas. Una pesadilla eterna, tangible, que me hacía vivir despierto. La única vez que pude conciliar el sueño, comenzó a chillar. Eran lamentos de una bestia encadenada, hambrienta, sin intenciones de callarse. Si él lograba salir de su habitación, yo estaría perdido. Me escondí entre las cobijas y enterré mi cabeza bajo la almohada. Mi garganta, paralizada, me impidió gritar. Temblaba. Cada músculo de mi cuerpo se sentía frágil, como si una enfermedad me devorara por dentro. Estaba harto, desesperado. Tripliqué mis oraciones, recité cada palabra como un mantra. Pedí perdón hasta el cansancio, la redención no parecía llegar. Sabía que ese castigo era un regalo del de arriba, un precio que debía pagar por mis injurias. En verdad estaba muy arrepentido. «Tu madre y yo saldremos de viaje mañana. Vendrá la abuela a cuidarte…» Cuando la abuela cruzó la puerta principal, su rostro reflejó desconcierto. Vi cómo los vellos de sus brazos se erizaban. De cierta manera, lo sabía. Me abrazó con fuerza y me susurró al oído: «Alardea frente a Dios y rendirás cuentas con el diablo». Sus palabras me zarandearon, no supe qué responder ni cómo reaccionar. ¡Por fin, alguien me entendía! El viaje de mis padres se demoró dos días más. La abuela se debilitaba, me aseguró haberlo visto, escuchado. «Tenemos que deshacernos de él», dijo. Traté de no pensar en ello, me atormentaba; sin embargo, era lo mejor. Esa misma noche hubo un apagón. La abuela encendió unas velas, pero su luz era débil, incapaz de despejar la penumbra. Aun con las ventanas cerradas, las puertas se azotaron con ira. La temperatura descendió bruscamente, congeló el tiempo. Tomé la mano de mi abuela y caminamos por el pasillo, precavidos. Las sombras se transformaron en rostros siniestros de miradas incisivas que nos apuñalaban con cada paso. Cruzamos las demás habitaciones para refugiarnos en el baño. Silencio. La abuela agarró la navaja de afeitar de mi padre y bañó su pañuelo en agua bendita. Me dijo: «Cierra los ojos». Me guió por el camino y nos detuvimos en la puerta de su habitación. Escuché crujir la madera y, al adentrarnos, la oscuridad nos envolvió. Oí a mi abuela rezar, me uní a ella; él comenzó a gemir. Un golpe seco resonó en el suelo, seguido de varias carcajadas que hicieron eco en el cuarto. Me tapé los oídos. De pronto, todo quedó en silencio. «Por lo que más quieras, no abras los ojos». Su voz me rozó la espalda y un escalofrío me sacudió los huesos; esa no era la voz de mi abuela.
Art and literature 2 weeks
3
0
69
07:12

Gloria Fuertes: Geografía humana

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Cello suite 1 Youtube.com Mirad mi continente contenido brazos, piernas y tronco inmesurado, pequeños son mis pies, chicas mis manos, hondos mis ojos, bastante bien mis senos. Tengo un lago debajo de la frente, a veces se desborda y por las cuencas, donde se bañan las niñas de mis ojos, cuando el llanto me llega hasta las piernas y mis volcanes tiemblan en la danza. Por el norte limito con la duda, por el este limito con el otro, por el oeste Corazón Abierto y por el sur con tierra castellana. Dentro del continente hay contenido, los estados unidos de mi cuerpo, el estado de pena por la noche, el estado de risa por el alma -estado de soltera todo el día-. Al mediodía tengo terremotos si el viento de una carta no me llega, el fuego se enfurece y va y me arrasa las cosechas de trigo de mi pecho. El bosque de mis pelos mal peinados se eriza cuando el río de la sangre recorre el continente, y por no haber pecado me perdona. El mar que me rodea es muy variable, se llama Mar Mayor o Mar de Gente a veces me sacude los costados, a veces me acaricia suavemente; depende de las brisas o del tiempo, del ciclo o del ciclón, tal vez depende, el caso es que mi caso es ser la isla llamada a sumergirse o sumergerse en las aguas del océano humano conocido por vulgo vulgarmente. Acabo mi lección de geografía. Mirad mi contenido continente.
Art and literature 3 weeks
3
0
70
02:21

Jaime Gil de Biedma: Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Nocturne in C Sharp Minor Youtube.com En el jardín, leyendo, la sombra de la casa me oscurece las páginas y el frío repentino de final de agosto hace que piense en ti. El jardín y la casa cercana donde pían los pájaros en las enredaderas, una tarde de agosto, cuando va a oscurecer y se tiene aún el libro en la mano, eran, me acuerdo, símbolo tuyo de la muerte. Ojalá en el infierno de tus últimos días te diera esta visión un poco de dulzura, aunque no lo creo. En paz al fin conmigo, puedo ya recordarte no en las horas horribles, sino aquí en el verano del año pasado, cuando agolpadamente -tantos meses borradas- regresan las imágenes felices traídas por tu imagen de la muerte… Agosto en el jardín, a pleno día. Vasos de vino blanco dejados en la hierba, cerca de la piscina, calor bajo los árboles. Y voces que gritan nombres. Ángel, Juan, María Rosa, Marcelino, Joaquina -Joaquina de pechitos de manzana. Tú volvías riendo del teléfono anunciando más gente que venía: te recuerdo correr, la apagada explosión de tu cuerpo en el agua. Y las noches también de libertad completa en la casa espaciosa, toda para nosotros lo mismo que un convento abandonado, y la nostalgia de puertas secretas, aquel correr por las habitaciones, buscar en los armarios y divertirse en la alternancia de desnudo y disfraz, desempolvando batines, botas altas y calzones, arbitrarias escenas, viejos sueños eróticos de nuestra adolescencia, muchacho solitario. Te acuerdas de Carmina, de la gorda Carmina subiendo la escalera con el culo en pompa y llevando en la mano un candelabro? Fue un verano feliz. …El último verano de nuestra juventud, dijiste a Juan en Barcelona al regresar nostálgicos, y tenías razón. Luego vino el invierno, el infierno de meses y meses de agonía y la noche final de pastillas y alcohol y vómito en la alfombra. Yo me salvé escribiendo después de la muerte de Jaime Gil de Biedma. De los dos, eras tú quien mejor escribía. Ahora sé hasta qué punto tuyos eran el deseo de ensueño y la ironía, la sordina romántica que late en los poemas míos que yo prefiero, por ejemplo en Pandémica… A veces me pregunto cómo será sin ti mi poesía. Aunque acaso fui yo quien te enseñó. Quien te enseñó a vengarte de mis sueños, por cobardía, corrompiéndolos
Art and literature 4 weeks
3
0
74
03:50

Eduardo Galeano: El sol y la luna

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Beethoven_Für Elise Youtube.com Al primer sol, el sol de agua, se lo llevó la inundación. Todos los que en el mundo moraban se convirtieron en peces. Al segundo sol lo devoraron los tigres. Al tercero lo arrasó una lluvia de fuego, que incendió a las gentes. Al cuarto sol, el sol de viento, lo borró la tempestad. Las personas se volvieron monos y por los montes se esparcieron. Pensativos, los dioses se reunieron en Teotihuacán. —¿Quién se ocupará de traer el alba? El Señor de los Caracoles, famoso por su fuerza y su hermosura, dio un paso adelante. — Yo seré el sol —dijo. —¿Quién más? Silencio. Todos miraron al Pequeño Dios Purulento, el más feo y desgraciado de los dioses, y decidieron: —Tú. El Señor de los Caracoles y el Pequeño Dios Purulento se retiraron a los cerros que ahora son las pirámides del sol y de la luna. Allí, en ayunas, meditaron. Después los dioses juntaron leña, armaron una hoguera enorme y los llamaron. El Pequeño Dios Purulento tomó impulso y se arrojó a las llamas. En seguida emergió, incandescente, en el cielo. El Señor de los Caracoles miró la fogata con el ceño fruncido. Avanzó, retrocedió, se detuvo. Dio un par de vueltas. Como no se decidía, tuvieron que empujarlo. Con mucha demora se alzó en el cielo. Los dioses, furiosos, lo abofetearon. Le golpearon la cara con un conejo, una y otra vez, hasta que le mataron el brillo. Así, el arrogante Señor de los Caracoles se convirtió en la luna. Las manchas de la luna son las cicatrices de aquel castigo. Pero el sol resplandeciente no se movía. El gavilán de obsidiana voló hacia el Pequeño Dios Purulento: —¿Por qué no andas? Y respondió el despreciado, el maloliente, el jorobado, el cojo: —Porque quiero la sangre y el reino. Este quinto sol, el sol del movimiento, alumbró a los toltecas y alumbra a los aztecas. Tiene garras y se alimenta de corazones humanos.
Art and literature 1 month
2
0
71
02:59

Jaime Sabines: Pasa el lunes

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Franz Liszt_Liebestraum Youtube.com Pasa el lunes y pasa el martes y pasa el miércoles y el jueves y el viernes y el sábado y el domingo, y otra vez el lunes y el martes y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere dormir, la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón aturdido, la vida pasando como estas palabras. lunes, martes, miércoles, enero, febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida. La vida yéndose sin sentido, entre la borrachera y la conciencia, entre la lujuria y el remordimiento y el cansancio. Encontrarse, de pronto, con las manos vacías, con el corazón vacío, con la memoria como una ventana hacia la obscuridad, y preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en dónde estuve? Sombra perdida entre las sombras, ¿cómo recuperarte, rehacerte, vida? Nadie puede vivir de cara a la verdad sin caer enfermo o dolerse hasta los huesos. Porque la verdad es que somos débiles y miserables y necesitamos amar, ampararnos, esperar, creer y afirmar. No podemos vivir a la intemperie en el solo minuto que nos es dado. ¡Qué hermosa palabra “Dios”, larga y útil al miedo, salvadora! Aprendemos a cerrar los labios del corazón cuando quiera decirla, y enseñémosle a vivir en su sangre, a revolcarse en su sangre limitada. no hay más que esta ternura que siento hacia ti, engañado, porque algún día vas a abrir los ojos y mirarás tus ojos cerrados para siempre. no hay más que esta ternura de mí mismo que estoy abierto como un árbol, plantado como un árbol, recorriéndolo todo. He aquí la verdad: hacer las máscaras, recitar las voces, elaborar los sueños, Ponerse el rostro del enamorado, la cara del que sufre, la faz del que sonríe, el día lunes, y el martes, y el mes de marzo y el año de la solidaridad humana, y comer a las horas lo mejor que se pueda, y dormir y ayuntar, y seguirse entrenando ocultamente para el evento final del que no habrá testigos.
Art and literature 1 month
3
0
70
03:06

Rubén Darío: La Cartuja

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Franz Liszt_Liebestraum Youtube.com Este vetusto monasterio ha visto, secos de orar y pálidos de ayuno, con el breviario y con el Santo Cristo, a los callados hijos de San Bruno. A los que en su existencia solitaria con la locura de la cruz, y al vuelo místicamente azul de la plegaria, fueron a Dios en busca de consuelo. Mortificaron con las disciplinas y los cilicios la carne mortal, y opusieron, orando, las divinas ansias celestes al furor sexual. La soledad que amaba Jeremías, el misterioso profesor de llanto, y el silencio, en que encuentran armonías el soñador, el místico y el santo, fueron para ellos minas de diamantes que cavan los mineros serafines, a la luz de los cirios parpadeantes y al son de las campanas de maitines. Gustaron las harinas celestiales en el maravilloso simulacro, herido el cuerpo bajo los sayales, el espíritu ardiente en amor sacro. Vieron la nada amarga de este mundo, pozos de horror y dolores extremos, y hallaron el concepto más profundo en el profundo «De morir tenemos». Y como a Pablo e Hilarión y Antonio, a pesar de cilicios y oraciones, les presentó, con su hechizo, el demonio sus mil visiones de fornicaciones. Y fueron castos por dolor y fe, y fueron pobres por la santidad, y fueron obedientes porque fue su reina de pies blancos la humildad. Vieron los belcebúes y satanes que esas almas humildes y apostólicas triunfaban de maléficos afanes y de tantas acedias melancólicas. Que el Mortui estis del candente Pablo les forjaba corazas arcangélicas y que nada podía hacer el diablo de halagos finos o añagazas bélicas. ¡Ah!, fuera yo de esos que Dios quería, y que Dios quiere cuando así le place, dichosos ante el temeroso día de losa fría y Resquiescat in pace! Poder matar el orgullo perverso y el palpitar de la carne maligna, todo por Dios, delante el Universo, con corazón que sufre y se resigna. Sentir la unción de la divina mano, ver florecer de eterna luz mi anhelo, y oír como un Pitágoras cristiano la música teológica del cielo. Y al fauno que hay en mí, darle la ciencia que al Ángel hace estremecer las alas. Por la oración y por la penitencia poner en fuga a las diablesas malas. Darme otros ojos; no estos ojos vivos que gozan en mirar, como los ojos de los sátiros locos medio-chivos, redondeces de nieve y labios rojos. Darme otra boca en que queden impresos los ardientes carbones del asceta; y no esta boca en que vinos y besos aumentan gulas de hombre y de poeta. Darme otras manos de disciplinante que me dejen el lomo ensangrentado, y no estas manos lúbricas de amante que acarician las pomas del pecado. Darme otra sangre que me deje llenas las venas de quietud y en paz los sesos, y no esta sangre que hace arder las venas, vibrar los nervios y crujir los huesos. ¡Y quedar libre de maldad y engaño, y sentir una mano que me empuja a la cueva que acoge al ermitaño, o al silencio y la paz de la Cartuja!
Art and literature 1 month
2
0
77
04:50

Vicente Aleixandre: El viejo y el sol

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Erik Satie - Gnossienne 1 Youtube.com Había vivido mucho. Se apoyaba allí, viejo, en un tronco, en un gruesísimo tronco, muchas tardes cuando el sol caía. Yo pasaba por allí a aquellas horas y me detenía a observarle. Era viejo y tenía la faz arrugada, apagados, más que tristes, los ojos. Se apoyaba en el tronco, y el sol se le acercaba primero, le mordía suavemente los pies y allí se quedaba unos momentos como acurrucado. Después ascendía e iba sumergiéndole, anegándole, tirando suavemente de él, unificándole en su dulce luz. ¡Oh el viejo vivir, el viejo quedar, cómo se desleía! Toda la quemazón, la historia de la tristeza, el resto de las arrugas, la miseria de la piel roída, ¡cómo iba lentamente limándose, deshaciéndose! Como una roca que en el torrente devastador se va dulcemente desmoronando, rindiéndose a un amor sonorísimo, así, en aquel silencio, el viejo se iba lentamente anulando, lentamente entregando. Y yo veía el poderoso sol lentamente morderle con mucho amor y adormirle para así poco a poco tomarle, para así poquito a poco disolverle en su luz, como una madre que a su niño suavísimamente en su seno lo reinstalase. Yo pasaba y lo veía. Pero a veces no veía sino un sutilísimo resto. Apenas un levísimo encaje del ser. Lo que quedaba después que el viejo amoroso, el viejo dulce, había pasado ya a ser la luz y despaciosísimamente era arrastrado en los rayos postreros del sol, como tantas otras invisibles cosas del mundo.
Art and literature 1 month
3
0
97
03:03

Juana de Ibarbourou: El dulce milagro

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Puccini_O mio babbino caro Youtube.com “¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen. Mi amante besóme las manos, y en ellas, ¡Oh gracia! brotaron rosas como estrellas. Y voy por la senda voceando el encanto Y de dicha alterno sonrisa con llanto Y bajo el milagro de mi encantamiento Se aroman de rosas las alas del viento. Y murmura al verme la gente que pasa: —«¿No veis que está loca? Tornadla a su casa. ¡Dice que en las manos le han nacido rosas Y las va agitando como mariposas!» ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende Un milagro de éstos y que sólo entiende, Que no nacen rosas más que en los rosales Y que no hay más trigo que el de los trigales! Que requiere líneas y color y forma, Y que sólo admite realidad por norma. Que cuando uno dice: —«Voy con la dulzura», De inmediato buscan a la criatura. Que me digan loca, que en celda me encierren, Que con siete llaves la puerta me cierren, Que junto a la puerta pongan un lebrel, Carcelero rudo, carcelero fiel. Cantaré lo mismo: —«Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen». ¡Y toda mi celda tendrá la fragancia De un inmenso ramo de rosas de Francia!”
Art and literature 1 month
3
0
97
02:00

Emilia Pardo Bazán: El ciego

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Pachelbel_Canon in D Youtube.com La tarde del 24 de diciembre le sorprendió en despoblado, a caballo y con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en invierno, de repente se apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y alguien diese vuelta a la llave sin transición; las tinieblas descendieron borrando los términos del paisaje, acaso apacible a mediodía, pero en aquel momento tétrico y desolado. Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que corren profundos, encajonados entre dos escarpes; a la derecha, el camino; a la izquierda, una montaña pedregosa, casi vertical, escueta y plomiza de tono. Allá abajo no se divisaba más que una cinta negruzca, donde moría, culebreando, áspid de carmín, un reflejo roto del poniente; arriba, densas masas erguidas, formas extrañas, fantasmagóricas; todo solemne y aun pudiera decirse que amenazador. No pecaba Mauricio de cobarde y, sin embargo, le impresionó el aspecto de la montaña; sintió deseos de llegar cuanto antes al pazo, del cual le separaban aún tres largas leguas, y animó con la voz y la espuela a su montura, que empinaba las orejas recelosa. Arreció el viento y le obligó a atar el sombrero con un pañuelo bajo la barba; el trueno, lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas de lluvia azotaron la cara del jinete, que ahogó un juramento. ¡Aquello era mala sombra! ¡Justamente empezaba a llover a la mitad del camino! Al punto mismo, el caballo se encabritó y pegó un bote de costado: entre la maleza había salido un bulto. Echaba ya Mauricio mano al revólver que llevaba en el bolsillo interior de la zamarra, cuando oyó estas palabras: —¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios, que va a nacer…; una limosnita señor! Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al que en tal sitio y ocasión cometía la importunidad de pedir limosna. Era un hombrachón alto, descalzo de pie y pierna, que llevaba al hombro unas alforjas y se apoyaba en recio garrote. La oscuridad no permitía distinguir cómo tenía el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo cascado de la voz y en el vago reflejo plateado de las greñas blancas. —Apártese —murmuró impaciente el señorito—. ¿No ve que el caballo se asusta? Si me descuido, al río de cabeza… ¡Vaya unas horas de pedir y un sitio a propósito para saltar delante de la montura! ¡Brutos! El pordiosero se había quedado como hecho de piedra. —¿Dónde está el río? —gritó con hondo terror—. ¿No es aquí el camino de la iglesia de Cimáis? Señor: no me desampare… ¡Soy un ciego! ¡Nuestra Señora le conserve la vista! ¡Pobre del que no ve! Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se había perdido; ignoraba dónde se encontraba, y para no despeñarse necesitaba un guía. Sí; convenido; necesitaba un guía… ¿Y quién iba a ser? ¿Él, Mauricio Acuña, que desde Orense regresaba a su casa en tarde de Navidad, a cenar, a pasar alegremente la velada, jugando al julepe o al «golfo» con sus hermanos y primos, fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su caballo al lento andar de un ciego; si torcía su rumbo cara a la iglesia de Cimáis, distante buen rato, ¿a qué santas horas iba a hacer su entrada en la sala del pazo de Portomellor? Un instante titubeó: pensaba que no podía menos de sacrificar algunos minutos a colocar al ciego en la dirección de Cimáis y dejarle, ya orientado, arreglarse como Dios le diese a entender. Sólo que era internarse en la «carballeda», exponerse a tropezar en los cepos y en los pedruscos, y, sobre todo, era condescender a los ruegos del mendigo, que no soltaría a dos por tres a su lazarillo improvisado, y si le complaciese en lo primero exigiría lo segundo… ¡Estos pobres son tan lagoteros y tan pegajosos! «Más vale escurrirse», decidió; y sacando del bolsillo un duro, lo dejó en la mano temblona que el viejo extendía, más para implorar que para mendigar; picó al caballo y escapó como un criminal que huye de la Justicia. Sí; como un criminal. Así definió su conducta él mismo, luego, en el punto de refrenar a Maceo, su negro andaluz cruzado, y darse cuenta de que había caído enteramente la noche. Velada por sombríos nubarrones, la luna se entreparecía lívida, semejante a la faz de un cadáver amortajado con hábito monacal. La carretera se desarrollaba suspendida sobre el río que, a pavorosa profundidad, dormitaba mudo y siniestro. El viento combatía, haciéndolos crujir, los troncos robustos de los árboles; un relámpago alumbró la superficie del agua; un trueno resonó ya bastante cercano; y Mauricio se estremeció. Le pareció escuchar ruidos extraños además de los de la tormenta. ¿Se habrá caído el viejo al agua? Detrás, sobre la peñascosa senda, creía escuchar el paso de un hombre que tentaba el suelo con un palo, como hacen los ciegos. Absurdo evidente, pues con la galopada que Maceo había pegado ya quedaría el mendigo atrás un cuarto de legua. Lo cierto es que Mauricio juraría que le seguía «alguien»; alguien que respiraba trabajosamente, que tropezaba, que gemía, que imploraba compasión. Invencible desasosiego le impulsó a apurar nuevamente a su montura para alcanzar pronto el cruce en que la carretera se desvía del río, cuya vista le sugería el temor de una desgracia. ¿Se habrá caído?… Lo que a Mauricio le acongojaba era la idea de haber abandonado a un ciego en tal noche. «Pero ¿cómo fue capaz…? ¡Si parece mentira! Me lo contarían después y no lo creería… Hoy no debía dejar solo a un infeliz», cavilaba, hincando la espuela en los ijares de Maceo. «Y lo más sucio, lo más vil de mi acción fue darle dinero. ¡Dinero! Si a estas horas flota en el Sil su cuerpo…, el dinero ¿de qué le sirve? Creemos que el dinero lo arregla todo… ¡Miserable yo! Estoy por volverme. ¿No viene nadie detrás? …». Maceo volaba; un sudor de angustia humedecía las sienes del jinete. El zumbido de sus oídos y el remolino del viento, profundo como una tromba, no le impedían oír, cada vez más próximas, las pisadas del que le seguía, ya sin género de duda, y percibir la misma respiración entrecortada, el mismo doliente gemido; y el caso es que no se atrevía a volverse, porque, si se volviese, quizá vería la figura del ciego mendigo, alto, descalzo de pie y pierna, con el zurrón al hombro, el cayado en la mano y reluciente en la oscuridad la plata de sus blancas greñas… «¿Estaré loco? —pensó—. ¡Ea!, ánimo… Debo volverme…». Y no se volvía; su garganta apretada, su corazón palpitante, le hacían traición; sufría un miedo espantoso, sobrenatural. Apretó las espuelas, y el caballo, excitado, aceleró el tendido galope, sacando chispas de los guijarros del camino. La tempestad estaba ya encima: el relámpago brilló; un trueno formidable rimbombó sobre la misma cabeza del señorito, aturdiéndole. Alborotóse Maceo; giró bruscamente sobre sus patas traseras y se arrojó hacia el talud que dominaba el Sil. Vio Mauricio el tremendo peligro cuando otro relámpago le mostró el abismo y la superficie del agua; cerró los ojos, aceptando el juicio de la Providencia…, y el caballo, en su vértigo mortal, arrastró al jinete al fondo del despeñadero, tronchando en su caída los pinos y empujando las piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, al rodar peñas abajo, remedaba aún los desatentados pasos del ciego que tropezaba y gemía.
Art and literature 2 months
4
0
126
09:54

Mario Benedetti: Aquí se respira bien

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mendelssohn Nocturno para 11 instrumentos de viento Youtube.com —¿Nos sentamos en éste? —pregunta el Viejo. —Mejor aquél. Tiene más sombra. Por más que nadie intenta arrebatárselo, Gustavo se cree obligado a correr para asegurarse el usufructo del banco. El padre llega después, sin apuro, con el saco en el brazo. —Se respira bien en este rinconcito —dice, y para demostrarlo resopla ostensiblemente. Luego se acomoda, saca la tabaquera y arma un cigarrillo entre las piernas abiertas. A las diez de la mañana de un miércoles, el Prado está tranquilo. Tranquilo y desierto. Hay momentos tan calmos que el ruido más cercano es el galope metálico de un tranvía de Millán. Luego un viento cordial hace cabecear dos pinos gemelos y arrastra algunas hojas sobre el césped soleado. Nada más. —¿Cuándo empezás a trabajar? —Mañana. El padre humedece la hojilla y sonríe para sí mismo, distraído. —Si estuvieras siempre en casa… como estos días… —¿Te gustaría estar con el Viejo, eh? Gustavo recoge como un premio el tono de camaradería. Una bocanada de ternura lo obliga a decir algo, cualquier cosa. —¿Qué hacés en la oficina? —Y… trabajo. —Pero… ¿en qué trabajás? —Informo expedientes, firmo resoluciones. Por un instante, Gustavo imagina a su padre trepado en un alto pupitre, firmando resoluciones, informando expedientes, todos voluminosos como la Historia Sagrada. Pero en seguida acomoda la imagen en su modesta realidad. —Entonces… ¿sos un jefe? —Claro. El muchacho se echa hacia atrás, con las manos en la cintura, recorriendo posesivamente el cinturón de elástico azul. A menudo el Viejo le trae regalitos. Siempre adivina cuál es la menudencia que él desea con máximo fervor. —Cuando pase el examen de ingreso, podría entrar en tu oficina. El padre ríe, complacido. —Estás loco. A tu edad no se puede. Y además, yo quiero que estudies. El Viejo mira los pinos gemelos y echa humo por la nariz. Gustavo sabe con absoluta precisión qué se espera de él. —¿Qué materia te gusta más? —Historia. Mentira. Le gustan las cuentas. Pero confesarlo equivale a seguir arquitectura. O ingeniería, como le pasó al hermano del Tito. —No hay ninguna carrera que se base en la historia. —Por eso mismo… lo mejor será que me emplee en tu oficina. El padre suelta una carcajada. Evidentemente está encantado con la maniobra. —Así que historia, ¿eh…? Si no supiera que multiplicas y dividís como una maquinita… Gustavo se pone colorado. No le hace gracia el elogio. Él quiere entrar en la oficina, colocarse junto al enorme pupitre del padre, alcanzarle los expedientes para que los autorice y pasar el secante sobre la firma. —No te recomiendo la oficina —dice el Viejo, que después de muchas maniobras ha conseguido escupir una hebra de tabaco. Al final del camino, hamacándose lentamente como un pato, ha aparecido un hombre de oscuro, un importuno. —Mamá dijo una vez que no vale la pena estudiar. —Tu madre, la pobre, está cansada y a veces no sabe lo que dice. —Pero… —En cambio vos no estás cansado y a mí no me gusta oírte hablar así. El padre se ha puesto serio y Gustavo se siente disminuido. El hombre-pato ahora está cerca y se ha detenido a observar una araucaria. —¿Y no podría ser… que estudiase… y además… trabajase contigo? —¿Y no podría ser —parodia deliberadamente el Viejo— que te quedaras tranquilo? Total… sólo tenemos ocho años más para pensarlo. Gustavo sabe que, como siempre, el padre está en lo cierto. Tiene la sensación de que está representando el papel del tonto. Sin embargo, ahora también el padre sonríe, comprensivo. Sonríe con sus labios delgados y también con sus ojos grises, bondadosos. El hombre-pato se ha detenido frente a ellos. —Hola —dice. —Hola —dice el Viejo, que no lo había visto acercarse. —¿Así que éste es su chico? —Sí. Evidentemente, el Viejo está molesto. El hombre-pato tiene ojos mezquinos. Le tiende a Gustavo su mano pegajosa. —Mire qué casualidad encontrarlo aquí… ¿Está de licencia? —Sí. —Yo tenía que cobrar unas cuentitas por Larrañaga, pero el sol está tan agradable, que me decidí a cruzar por este lado. —Cierto, aquí se respira bien —comenta el Viejo, por decir algo. También Gustavo está incómodo. Daría cualquier cosa para que el tipo se esfumase. Pero no, se ha establecido. Gustavo se fija en los detalles. Del bolsillo del saco le asoma un pañuelo que debiera ser blanco. El pantalón tiene sobre la rodilla un zurcido grosero y evidente. —¿Y cuándo vuelve? —Mañana. —Bueno, entonces iré a verlo. El padre se agita. Tira el cigarrillo y lo aplasta con el zapato. De pronto hace un gesto raro, como señalando al chico. Gustavo no entiende el ademán, pero comprende perfectamente que el padre está molesto. El tipo, en cambio, no ve nada. —Tengo que llevarle un regalito… ¿eh…? Para que camine aquella orden de pago… Ahora el padre hace un gesto desesperado. —Mañana hablamos. Mañana. Gustavo siente que se le va la cabeza, pero tiene una horrible curiosidad. Una vez le había dado al pecoso Farías un rabioso puñetazo en la nariz, sólo porque había dicho: «Anoche en la cena, papá dijo que tu viejo es buena pieza». —Si no recuerdo mal, es un papelito de cien… ¿qué le parece? —Mañana hablamos. Mañana. Gustavo nota que el padre ha envejecido diez años. Se ha puesto otra vez el saco, ha juntado las piernas y está doblado hacia adelante. Al fin, el tipo ha comprendido a medias. —Bueno, me voy. Adiós amigo. El Viejo no responde. Gustavo toca apenas la mano blanda y pegajosa. El hombre-pato se aleja, hamacándose lentamente, disfrutando del sol. Atrás, le cuelga el forro descosido del saco. Sin hacer un gesto, el padre se levanta y empieza a caminar en dirección opuesta a la del tipo. Gustavo siente ahora en su mano la palma seca, rugosa, del Viejo. A veces, la madre le toma el pelo porque a él todavía le gusta que lo lleven de la mano. Sin levantar la vista, el padre carraspea, y el muchacho intuye que algo le va a ser explicado. Quisiera pedir a Dios que algo le sea explicado. —Mejor no le digas a tu madre que encontramos a éste… —No —dice Gustavo. Aún no sabe exactamente qué le está pasando. Por lo pronto, libera su mano, la mete en el bolsillo del pantalón y se muerde el labio hasta hacerlo sangrar.
Art and literature 2 months
5
0
112
08:43

José Donoso: El olvido como forma de pasión

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Invention 13 Youtube.com El olvido como forma de pasión: callar, hacer sitio para que otra cosa crezca. La tela desteñida del invierno cobija los proyectos. Planes distintos trastocan la intriga. Los habitantes se van. inauguran vendavales, intersticios. Se cuelan polvaderas, arena, hormigas. No queda ni una voz, ni una historia contándose detrás de los postigos. El intercalo derrota la nostalgia: nacen cosas. El candado clausura los sillones apilados transidos de lluvia. Hay vida: olvido, vida, olvida. No importa que no recuerde el agasajo de otra dulce piel ni el espacio de la lucidez basta la página abierta en un alféizar que no recuerdo o no conozco. Eso permanece. (De Madrid, 1979)
Art and literature 2 months
1
0
118
01:20

Luis Cernuda: Un español habla de su tierra

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Tarrega - Estudio en Mi Menor Youtube.com Las playas, parameras Al rubio sol durmiendo, Los oteros, las vegas En paz, a solas, lejos; Los castillos, ermitas, Cortijos y conventos, La vida con la historia, Tan dulces al recuerdo, Ellos, los vencedores Caínes sempiternos, De todo me arrancaron. Me dejan el destierro. Una mano divina Tu tierra alzó en mi cuerpo Y allí la voz dispuso Que hablase tu silencio. Contigo solo estaba, En ti sola creyendo; Pensar tu nombre ahora Envenena mis sueños. Amargos son los días De la vida, viviendo Sólo una larga espera A fuerza de recuerdos. Un día, tú ya libre De la mentira de ellos, Me buscarás. Entonces ¿Qué ha de decir un muerto?
Art and literature 2 months
3
0
119
01:25

Alfonsina Storni: Tú me quieres alba

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Prelude in E minor Youtube.com Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar. Que sea azucena sobre todas, casta. De perfume tenue. corola cerrada. Ni un rayo de luna filtrado me haya. Ni una margarita se diga mi hermana. Tú me quieres nívea, tú me quieres blanca, tú me quieres alba. Tú que hubiste todas las copas a mano, de frutos y mieles los labios morados. Tú que en el banquete cubierto de pámpanos dejaste las carnes festejando a Baco. Tú que en los jardines negros del Engaño vestido de rojo corriste al Estrago. Tú que el esqueleto conservas intacto no sé todavía por cuáles milagros, me pretendes blanca (Dios te lo perdone), me pretendes casta (Dios te lo perdone), ¡Me pretendes alba! Huye hacia los bosques, vete a la montaña; límpiate la boca; vive en las cabañas; toca con las manos la tierra mojada; alimenta el cuerpo con raíz amarga; bebe de las rocas; duerme sobre escarcha; renueva tejidos con salitre y agua; habla con los pájaros y lévate al alba. Y cuando las carnes te sean tornadas, y cuando hayas puesto en ellas el alma que por las alcobas se quedó enredada, entonces, buen hombre, preténdeme blanca, preténdeme nívea, preténdeme casta.
Art and literature 3 months
5
0
113
02:15

Rubén Darío: El perro del ciego

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mahler_Adagietto Symphony 5 Youtube.com El perro del ciego no muerde, no hace daño. Es triste y humilde; amable, niños. No le procuréis nunca mal, y cuando pase por la puerta de vuestra casa, dadle algo de comer. Yo sé una historia conmovedora que voy a contaros ahora. Cuando yo era chico tuve un amiguito muy cruel. No le quería bien ninguno de los compañeros porque con todos era áspero y malo. A los menores les pellizcaba y daba golpes; con los grandes se las entendía a pedradas. Cuando el profesor le castigaba no lloraba nunca. A veces, iracundo, se hacía sangre en los labios y se arrancaba el pelo a puños. Niño odioso. Con los animales no era menos cruel que con los muchachos. ¿Os gustan a vosotros los pajaritos? Pues él los que encontraba en los nidos los aprisionaba, les quitaba las plumas, les rompía los huevos, y les sacaba los ojos: tal como hizo Casilda en unos versos de Campoamor, un poeta de España que ha inventado unas composiciones muy sabias y muy lindas que se llaman doloras. En casa del niño malo había un gato. Un día al pobre animal le cortó la cola, como hizo con su perro el griego Alcibíades, aquel de quien habéis oído hablar al señor profesor en la clase de historia. Paco —así se llamaba aquel pillín— se burlaba de los cojos, de los tuertos, de los jorobados, de los limosneros que andaban pidiendo a veces en nombre de su negra miseria ridícula. Como sabéis, es una acción indigna de todo niño de buen corazón, y vosotros, estoy seguro de que nunca haréis igual cosa de la que él hacía. Por aquellos días llegaba a la puerta del colegio un pobre ciego viejo, con su alforja, su escudilla y su perro. Se le daba pan; en la cocina se le llenaba su escudilla, y nunca faltaba un hueso para el buen lazarillo de cuatro patas que tenía por nombre León. León era manso; todos le acariciábamos; y él, al sentir la mano de un niño que le tocaba el lomo o le sobaba la cabeza, cerraba los ojos y devolvía halagos con la lengua. El ciego agradecía el amor a su guía, y en pago de él contaba cuentos o cantaba canciones. Paco llegó una tarde a la hora de recreo, riendo con todas ganas. Había hecho una cosa muy divertida. Vosotros debéis saber lo que son los alacranes, unos animales feos, asquerosos, negros, que tienen una especie de rabo que remata en un garfio. Este garfio les sirve para picar. Cuando un alacrán pica, envenena la herida, y uno se enferma. Paco había encontrado un alacrán vivo; lo puso entre dos rebanadas de pan y se lo llevó al ciego para que comiese. El animal le picó en la boca al pobrecito, que estuvo casi a las puertas de la muerte. Como veis, un niño de esta naturaleza no puede ser sino un miserable. Cuando un niño hace una buena acción los ángeles de alas rosadas se alegran. Si la acción es mala, hay también unas alas negras que se estremecen de gozo. Niños, amad las alas rosadas. En medio de vuestro sueño ellas se os aparecerán siempre acariciantes, dulces, bellas. Ellas dan los ensueños divinos, y ahuyentan los rostros amenazadores de gigantes horribles o de enanos rechonchos que llegan cerca del lecho, en las pesadillas. Amad las alas rosadas. Las negras estaban siempre, no hay duda, regocijadas con Paco, el de mi historia. Imaginaos un sujeto que se portaba como sabéis con nosotros, que era descorazonado con los animales de Dios, y que hacía llorar a su madre en ocasiones, con sus terriblezas. El Padre Eterno mueve a veces sonriendo su buena barba blanca cuando los querubines que aguaitan por las rendijas de oro del azul le dan cuenta de los pequeños que van bien aquí abajo, que saben sus lecciones, que obedecen a papá y a mamá, que no rompen muchos zapatos, y muestran buen corazón y manos limpias. Sí, niños míos; pero si vierais cómo se frunce aquel ceño, con susto de los coros y de las potestades, si oyeseis cómo regaña en su divina lengua misteriosa, y se enoja, y dice que no quiere más a los niñitos, cuando sabe que éstos hacen picardías, o son mal educados, o lo que es peor ¡perversos! Entonces ¡ah!, le dice a Gabriel que desate las pestes, y vienen las mortandades, y los chicos se mueren y son llevados al cementerio, a que se queden estos con los otros muertos, de día y de noche. Por eso hay que ser buenos, para que el buen Dios sonría, y lluevan los dulces, y se inventen los velocípedos y vengan muchos míster Ross y condes Patrizio. Un día no llegó el ciego a las puertas del colegio, y en el recreo no tuvimos cuentos ni canciones. Ya estábamos pensando que estuviese enfermo el viejecito, cuando, apoyado en su bordón, tropezando y cayendo, le vimos aparecer. León no venía con él. —¿Y León? —¡Ay! Mi León, mi hijo, mi compañero, mi perro ¡ha muerto! Y el ciego lloraba a lágrima viva, con su dolor inmenso, crudo, hondo. ¿Quién le guiaría ahora? Perros había muchos, pero iguales al suyo, imposible. Podría encontrar otro; pero habría que enseñarle a servir de lazarillo, y de todas maneras no sería lo mismo. Y entre sollozos: —¡Ah! Mi León, mi querido León… Era una crueldad, un crimen. Mejor lo hubieran muerto a él. Él era un desgraciado y se le quería hacer sufrir más. —¡Oh Dios mío! Ya veis, niños, que esto era de partir el alma. No quiso comer. —No; ¿cómo voy a comer solo? Y triste, triste, sentado en una grada, se puso a derramar las lágrimas de sus ojos ciegos, con un parpadeo doloroso, la frente contraída, y en los labios esa tirantez de las comisuras que producen ciertas angustias y sufrimientos. El niño que siente las penas de sus semejantes es un niño excelente que el Señor bendice. Yo he visto algunos que son así, y todos les quieren mucho y dicen de ellos: ¡Qué niños tan buenos! Y les hacen cariños y les regalan cosas bonitas y libros como Las mil y una noches. Yo creo que vosotros debéis ser así, y por eso para vosotros tengo de escribir cuentos, y os deseo que seáis felices. Pero vamos adelante. Mientras el ciego lloraba y todos los niños le rodeaban compadeciéndole, llegó Paco cascabeleando sus carcajadas. ¿Se reía? Alguna maldad debía haber hecho. Era una señal. Su risa sólo indicaba eso. ¡Pícaro! ¿Habráse visto niño canalla? Se llegó donde estaba el pobre viejo. —Eh, tío, ¿y León? —Más carcajadas. Debía habérsele dicho, como debéis pensar: —Paco, eso es mal hecho y es infame. Te estás burlando de un anciano desgraciado. Pero todos le tenían miedo a aquel diablillo. Después, cínicamente, con su vocecita chillona y su aire descarado, se puso a narrar delante del ciego el cómo había dado muerte al perro. —Muy sencillamente: cogí vidrio y lo molí, y en un pedazo de carne puse el vidrio molido, todo se lo comió el perro. Al rato se puso como a bailar, y luego no pudo arrastrar al tío —y señalaba con risa al infeliz— y por último, estiró las patas y se quedó tan tieso. Y el tío llora que llora. Ya veis niños que Paco era un corazón de fiera, y lleno de intenciones dañinas. Sonó la campana. Todos corrimos a la clase. Al salir del colegio todavía estaba allí el viejo gimiendo por su lazarillo muerto. ¡Mal haya el muchacho bribón! Pero mirad, niños, que el buen Dios se irrita con santa cólera. Paco ese mismo día agarró unas viruelas que dieron con él en la sepultura después que sufrió dolorosamente y se puso muy feo. ¿Preguntáis por el ciego? Desde aquel día se le vio pedir su limosna solo, sufriendo contusiones y caídas, arriesgando atropellamientos, con su bastón torcido que sonaba sobre las piedras. Pero no quiso otro guía que su León, su animal querido, su compañero a quien siempre lloró. Niños, sed buenos. El perro del ciego —ese melancólico desterrado del día, nostálgico del país de la luz— es manso, es triste, es humilde; amadle, niños. No le procuréis nunca mal, y cuando pase por la puerta de vuestra casa, dadle algo de comer. Y así ¡oh niños!, seréis bendecidos por Dios, que sonreirá por vosotros, moviendo, como un amable emperador abuelo, su buena barba blanca.
Art and literature 3 months
3
0
126
11:18

Mario Benedetti: Fin de semana

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com Esperó al padre en la puerta de la escuela. Como todos los viernes. A partir del divorcio, Fernando vivía con su madre, pero los fines de semana eran del padre. Antes de cualquier dictamen impuesto, ellos lo habían resuelto amigablemente, sobre todo para no herir al hijo con enfrentamientos inútiles. Nunca llegaba en hora, pero esta vez demoró más que de costumbre. Mientras compartió la espera con otros chicos, Fernando no se inquietó, pero uno a uno los fueron recogiendo y al final sólo quedaron él y el portero, un tipo que además detestaba a los escolares. Marcelo apareció por fin, casi corriendo. Fernando se resignó a besar la mejilla, paterna y sudada. Eso no le gustaba, porque la boca le quedaba húmeda y le habían enseñado que no era correcto limpiarse con el puño. —¿Estabas nervioso? —No. —Por favor, no le cuentes a tu madre sobre esta demora. Digo, para que no se preocupe. La verdad es que no me podía sacar de encima a un cliente que es un plomo. No le cuentes a tu madre. Fernando no entendía por qué no decía: No le cuentes a Luisa. Tomaron un taxi hasta el restaurante de todos los viernes. Fernando no precisaba leer el menú. Siempre había sido fiel al churrasco con ensalada. —¿No querés pedir otra cosa? —No. —Yo me aburriría pidiendo siempre lo mismo. —A mí me gusta. Por eso no me aburro. Marcelo cumplió con el deber paterno de preguntarle por sus clases, sus maestras, sus compañeros. Como eran las preguntas de siempre, Fernando apeló a las respuestas de siempre. —Y de todo lo que vas aprendiendo, ¿qué es lo que más te gusta? —Las cuentas y los cuentos. Como acompañamiento de un humor tan primario, Fernando esbozó su primera sonrisa de este viernes, y el padre no tuvo más remedio que reírse. En el postre tampoco hubo novedad: helado de vainilla. —Y tu madre ¿cómo está? —Sola. Está sola. —Bueno, no tan sola. Está contigo ¿no? —Sí, claro. Llegaron al lindo apartamento sobre la Rambla y Fernando fue a su cuarto. Marcelo le había reservado ese espacio, donde, además de la cama y otros muebles, había juguetes (un mecano, un trencito eléctrico) de uso y disfrute solitarios. Y asimismo un pequeño televisor. También en casa de su madre tenía un ambiente propio, claro que con otros juguetes. A Fernando le gustaba esa doble franja de sus entretenimientos. Era como saltar de una región a otra, y viceversa. Estuvo un rato jugando con el mecano (construyó algo que, si se lo miraba con buena voluntad, podía parecerse a un molino), vio en la tele un documental sobre las ardillas, dormitó un rato, así hasta que Marcelo lo llamó desde la terraza. Allí lo esperaba una novedad: una muchacha, alta, rubia y con el pelo suelto, de vaqueros, que a Fernando le pareció linda y simpática. —Fernando —dijo el padre—. Ésta es Inés, una buena amiga mía, que también va a ser una buena amiga tuya. La buena amiga sólo dijo ¡hola!, pero le tomó de un brazo y lo acercó a su mecedora. Lo besó con suavidad y Fernando advirtió con alivio que aquella mejilla no estaba sudada. A él le cayó bien que Inés no le interrogara sobre la escuela, las clases, las maestras y los otros alumnos. En cambio, le hizo comentarios sobre películas y sobre fútbol. Le pareció increíble que una mujer supiera tanto de fútbol. Además, como al pasar, dijo que era hincha de Nacional. También él era bolsiyudo. Un buen comienzo. Marcelo, en cambio, era de Peñarol, pero asistía satisfecho a aquel estreno, como el autor clandestino de un buen libreto. Inés había traído unos paquetes con comida, así que cenaron en casa. Después vieron un poco de televisión (noticias sobre hambrunas, inundaciones y atentados), pero como a Fernando se le cerraban los ojos, el padre lo mandó a la cama, no sin antes recomendarle que se lavara los dientes. A medianoche lo despertó un ruido procedente del cuarto de baño. Alguien había tirado la cadena. Como la puerta de su cuarto estaba entornada, Fernando pudo espiar desde allí. Inés, de camisón, salió del baño y entró en la habitación de Marcelo. Fernando volvió a su cama y durante un buen rato estuvo desvelado. Inés era linda y simpática y además de Nacional. Pero, antes de dormirse, Fernando decidió reforzar su lealtad a Luisa. A su madre no le importaba el fútbol, pero aun así a él le parecía más linda y más simpática. El sábado y el domingo, Fernando disfrutó de su padre y éste de Fernando. No era el momento de hacer el balance de la situación. Como si hubiera concluido el guión de la película, Inés no habló más de fútbol. Estaba tan callada, que en la tarde del domingo Marcelo se le acercó, le acarició el lindo pelo y le preguntó si pasaba algo. —Nada importante —dijo ella—. Sólo que tengo que acostumbrarme. Lo dijo en un murmullo, sólo para Marcelo, pero Fernando la escuchó (la abuela siempre decía: «Este chico tiene un oído de tísico») y llegó a la conclusión de que también él tenía que acostumbrarse. ¿Se acostumbraría? El domingo a la noche, Marcelo reintegró al chico al ámbito materno. Llamó desde abajo y cuando oyó algo parecido a la voz de su exmujer, dijo: «Luisa, aquí te dejo a Fernando. Chau». «Gracias. Chau», dijo el intercomunicador, más afónico que de costumbre. Fernando subió en el ascensor hasta el sexto piso. Allí lo esperaba Luisa. Lo besó, tenía la cara con un poco de pancake, pero a él no le importó. Un rato después, ella le hizo un jugo de naranja. De pronto contempló a Fernando con curiosidad. Pensó que era absurdo, pero le pareció que de algún modo su hijo había crecido en sólo 48 horas. Sólo por decir algo, Luisa preguntó: —Y tu padre ¿cómo está? Fernando pensó: ella tampoco dice «Marcelo» sino «tu padre». Tragó saliva antes de responder: —Solo. Está solo.
Art and literature 3 months
4
0
138
07:24

Eduardo Galeano: Las cartas

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Erik Satie - Gnossienne 1 Youtube.com Juan Ramón Jiménez abrió el sobre en su cama del sanatorio, en las afueras de Madrid. Leyó la carta, admiró la fotografía. Gracias a sus poemas, ya no estoy sola. ¡Cuánto he pensado en usted!, confesaba Georgina Hübner, la desconocida admiradora que le escribía, desde lejos, su primera misiva. Olía a rosas el papel rosado, y estaba pintada de rosáceas anilinas la foto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal de Lima. El poeta contestó. Y algún tiempo después, el barco trajo de España una nueva carta de Georgina. Ella le reprochaba su tono tan ceremonioso. Y viajó al Perú la disculpa de Juan Ramón, perdone usted si le he sonado formal y créame si acuso a mi enemiga timidez. Y así se fueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban, entre el poeta enfermo y su lectora apasionada. Cuando Juan Ramón fue dado de alta, y regresó a su casa de Andalucía, lo primero que hizo fue enviar a Georgina el emocionado testimonio de su gratitud, y ella contestó palabras que le hicieron temblar la mano. Las cartas de Georgina eran obra colectiva. Un grupo de amigos las escribía desde una taberna de Lima. Ellos habían inventado todo: la foto, el nombre, las cartas, la delicada caligrafía. Cada vez que llegaba carta de Juan Ramón, los amigos se reunían, discutían la respuesta y ponían manos a la obra. Con el paso del tiempo, carta va, carta viene, las cosas fueron cambiando. Proyectaban una carta y terminaban escribiendo otra, mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa hija de todos ellos que no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía. En eso, llegó la carta de Juan Ramón anunciando su viaje. El poeta iba a embarcarse hacia Lima, hacia la mujer que le había devuelto la salud y la alegría. Reunión de emergencia. ¿Qué se podía hacer? ¿Confesarlo todo? ¿Cometer esa crueldad? Debatieron el asunto durante horas, hasta que tomaron la decisión. Al día siguiente, el cónsul del Perú en Andalucía golpeó a la puerta de Juan Ramón, en los olivares de Moguer. El cónsul había recibido un telegrama urgente desde Lima: Georgina Hübner ha muerto.
Art and literature 3 months
4
1
126
03:21

Gloria Fuertes: Sale caro ser poeta

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach_Invention 13 Youtube.com Sale caro, señores, ser poeta. La gente va y se acuesta tan tranquila -que después del trabajo da buen sueño-. Trabajo como esclavo llego a casa, me siento ante la mesa sin cocina, me pongo a meditar lo que sucede. La duda me acribilla todo espanta; comienzo a ser comida por las sombras las horas se me pasan sin bostezo el dormir se me asusta se me huye -escribiendo me da la madrugada-. Y luego los amigos me organizan recitales, a los que acudo y leo como tonta, y la gente no sabe de esto nada. Que me dejo la linfa en lo que escribo, me caigo de la rama de la rima asalto las trincheras de la angustia me nombran su héroe los fantasmas, me cuesta respirar cuando termino. Sale caro señores ser poeta.
Art and literature 3 months
4
1
117
01:26

José Antonio Ramírez Lozano: Los motivos del lobo

Episode in Literatura
Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin_Prelude in E minor Youtube.com A san Francisco ya ni la fe le asegura los milagros. El lobo se resiste a dejar de ser lobo y le devora dos pollitas habadas al síndaco de Gubbio. El santo entonces recurre a los productos rebajados del super de la esquina y le compra una lata Royal Canin de pollo y zanahoria para perros. Pero el lobo renuncia, firme en su convicción de no rendir su instinto, y esa noche cuentan que degüella a un viajante de comercio que iba de Cantiano a Chiaserna con su moto vendiendo cremalleras y medias de cristal para señoras. El santo, enfurecido, prueba a tentarlo con la mansedumbre doméstica, una vida de mascota, rendida al acomodo del dueño y ese chollo de una mutualidad veterinaria. El animal se niega. Y, cuando el santo alza la cruz, desesperado, el lobo aúlla palabras que aquí quedan: - Francisco, la bondad ha perdido a los hombres que en su dulce mansedumbre consienten la gran debilidad que los corroe, vendidos al consumo como están de sus propios engaños, de espaldas al instinto, convencidos de esa absurda indulgencia con la horda invasora que algún día acabará con ellos. Déjame ser feroz, ángel horrendo de los bosques, reclamo preclaro del arrojo entre la flor terrible de la pólvora. Y tú vuelve a tu ermita, renuncia de una vez a tu milagro. Este no es ya tu tiempo, Poverello.
Art and literature 3 months
4
1
106
02:00
You may also like View more
Relatos Salvajes Espacio dedicado a audio relatos de aventuras, fantasía, ciencia ficción y terror, narrados con voz humana, dirigido a aquellos que no tienen tiempo para sentarse y leer ¡Sed bienvenidos! Updated
La Milana Bonita Programa de literatura en el que cada domingo os ofrecemos las claves para entender una nueva obra. www.lamilanabonita.com Updated
CUENTOS DE LA CASA DE LA BRUJA Los Cuentos de la Casa de la Bruja es un podcast semanal de Ficción Sonora y Audiolibros de Misterio, Ciencia Ficción y Terror. Todos los viernes, en Ivoox, un nuevo audio narrado por locutores humanos. ¿Te atreves? Divago a diario en mi Twitter: @VengadorT. Además te ofrezco mis servicios como locutor online con estudio propio. Puedes contactar conmigo en www.locucioneshablandoclaro.com o en info@locucioneshablandoclaro.com Updated
Go to Art and literature