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La Luz que Nos Guía
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La Luz que Nos Guía

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La recopilación y selección de estos escritos, verdadero tesoro de Luz Espiritual, es un trabajo
exclusivamente realizado por el Centro Espírita “La Luz del Camino”.
Todos los componentes de este Centro y nadie más que ellos, han participado en la elaboración
de este trabajo, uno de los más importantes realizados hasta ahora para la divulgación del Espiritismo en
el mundo.
Con los libros “La Luz del Porvenir” “La Luz del Camino” “La Luz de La Verdad” “La
Luz del Espíritu” y “La Luz Que Nos Guía” en un total de 100.000 unidades distribuidas gratuitamente
en España y en América, continuamos este trabajo:
Trabajo que no habríamos podido realizar nunca, sin la dirección, inspiración y ayuda de este
gran Espíritu de Luz, trabajador incansable en la divulgación del Espiritismo, Amalia Domingo Soler.
Queda libre la impresión y traducción de esta obra a cualquier idioma, con el riguroso
compromiso de no alterar nada de su texto y remitir dos ejemplares a:
Centro Espírita “La Luz del Camino”
C/ Cádiz Nº 13 Bis, Urbanización Montepinar
03300 Orihuela (Alicante)
ESPAÑA

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exclusivamente realizado por el Centro Espírita “La Luz del Camino”.
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Luz del Espíritu” y “La Luz Que Nos Guía” en un total de 100.000 unidades distribuidas gratuitamente
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Capítulo XLVIII Orientación Espírita

Si la comunicación con los espíritus no fuera una verdad comprobada y comprobable, mediante los sistemas conocidos, que se prestan a toda clase de análisis, no tendría razón de ser su existencia, puesto que sin la prueba sería un sistema religioso más. Por consiguiente, y para que esta verdad se imponga en el mundo, se necesitan los hechos, que nos demuestren hasta la saciedad, que no estamos ilusionados, sino que verdaderamente existen los espíritus, y que entran en relación con los hombres para orientarnos, revelándonos que la muerte no tiene más realidad que la que nuestra ignorancia le atribuye. De aquí la necesidad de instruirnos, y de esta instrucción deriva el conocimiento de las leyes morales que nos obligan a reformar nuestro modo de ser, encaminando nuestros pasos hacia fines más elevados que los que, hasta el presente habíamos presentido.
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Capítulo XLVII ¡El Alba del Progreso!

Ya brilla en el Oriente la luz de un nuevo día, la Tierra alborozada, a su Creador envía de gratitud profunda purísima expresión; trabajan afanosas gozosas muchedumbres, enseñas victoriosas tremolan en las cumbres, y el eco en el espacio repite ¡Redención! Las castas oprimidas, los parias degradados, los siervos, los ilotas, que al ser desheredados hallaban en la Tierra tan sólo un erial: hoy alzan con asombro al cielo sus miradas al ver que ya son hombres, no cosas animadas: que ya son herederos del bien Universal.
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Capítulo XLVI ¡Gratitud Inmensa!

En justo cumplimiento de la ley inmutable, perdí cuanto yo amaba; y al verme sin hogar, hallé luengas las horas; que son interminables aquellas que la angustia nos hace sollozar. ¡Vivir solo en el mundo!... ¡Vivir sin esos seres que fueron nuestro encanto por su entrañable amor! ¡Que en vernos venturosos cifraron sus placeres, que fueron nuestras penas, su angustia y su dolor! La vida sin afectos es páramo infecundo; es lago de aguas muertas, se vive sin vivir; y como paria errante el hombre cruza el mundo: pensando que en la nada está su porvenir.
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Capítulo XLV El Espiritismo

Es el Espiritismo, el gran consuelo que los mortales hallan en la Tierra, sin el increíble limbo, sin el cielo, ni del infierno la espantosa guerra: el hombre encuentra en él, clara y sin velo, la lógica razón, donde se encierra la causa y el efecto del problema sin pecado de origen ni anatema. Justa, evidente, fácil y sencilla se ostenta la verdad sin duda alguna; en él la preferencia a nadie humilla, ni existe preeminencias de fortuna; que en el Espiritismo sólo brilla la nobleza del alma y no la cuna, porque el espiritista es el obrero del único progreso verdadero.
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Capítulo XLIV A La Paz

Por eso ¡Dulce paz! ¡Yo te bendigo! Simbolizas las hermosas primaveras; por ti tienen las aves techo amigo, por ti crece la mies en la pradera. La civilización vive a tu abrigo, la abundancia difundes, y por ti los artistas en su anhelo audaces llegan a escalar el cielo. ¡Tú eres la luz! La irradiación suprema, de esa causa divina, ¡Omnipotente! Borras de la venganza el anatema concediendo perdón al delincuente, del progreso sin duda eres emblema: ¡Feliz el pueblo que tu influjo siente!... Pues en medio de dulces alegrías, verás tranquilo deslizar sus días. ¡La vida del hogar!... La santa calma de una existencia plácida y dichosa, en éxtasis de amor arroba el alma, y la Creación parece más hermosa; mucho valdrá la inmarcesible palma, que se alcance en batalla victoriosa; Más prefiero a esos ínclitos laureles, el renombre de Fidias y de Apeles.
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Capítulo XLIII A un Materialista

Dices que el Espiritismo será secta o religión; tan sólo el oscurantismo le da tal definición. Nosotros no pretendemos formar religión ninguna, tan sólo alcanzar queremos el sepulcro con la cuna. Queremos unificar los átomos disgregados; queremos; analizar todos los hechos pasados. Queremos ver la razón, la causa que efecto da; y en la regeneración miramos el más allá. ¡No abrigamos pretensiones de tener sabiduría, que las humanas razones valen poco todavía! Mas tenemos intuición de la ley universal, que es su complementación la lucha del bien y el mal. ¡Concedemos a la vida progreso indeterminado; la eternidad suspendida sobre todo lo creado! Vemos a Dios en las flores, en sus preciados aromas, en los pardos ruiseñores y en las cándidas palomas.
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Capítulo XLII La Voz del Progreso

¡Despierta de tu sueño, raza humana! ¡Oye mi voz potente! Yo te vengo a decir que hay un mañana, y que de Dios, la diestra soberana, un día se posará sobre tu frente. Yo te vengo a decir que la existencia no es el sueño penoso de ese mundo, y que la providencia, no puede condensar de Dios la esencia en la efímera vida de un segundo. ¡El porvenir del hombre es infinito! Sin límite prescrito, lanza en la piedra su primer vagido, y sigue otras especies animando en la ley del progreso indefinido. ¡Grande es la vida, sí; de Dios hechura; mas entendedlo bien, ¡Pobres mortales! No creáis en vuestra raquítica figura la realidad de eternos ideales. No es el hombre pequeño de la Tierra imperfecto y mezquino, que invoca a Dios al emprender la guerra y lo aclama, si vence a su enemigo.
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Capítulo XLI ¡Arriba!

Cuando dice el poeta: ¡Arriba! En esa altura supuesta por nuestra imaginación, o mejor dicho, por los antiguos sabios que le daban a la Tierra y al cielo tan distinta configuración de la que en realidad tiene, pues hoy gracias a los telescopios de gran potencia como dice muy bien Flammarion en sus “Tierras del Cielo” que en el Universo no hay alto ni bajo, ni derecha ni izquierda, de ningún género. El globo terrestre va como lanzado en el vacío, bogando en su órbita ídem con una velocidad de 650.000 leguas por día, (mil y cien veces más rápida que la marcha de un tren exprés, y setenta y tres veces superior a una bala de cañón) girando al mismo tiempo rápidamente sobre sí mismo. Lo que ahora está arriba para nosotros, poco tiempo después estará abajo y recíprocamente. No existe tal cielo, sino solamente una inmensidad infinita, en cuyo seno circulan los mundos. La medida de las distancias, de las magnitudes y de los movimientos, es la que nos ha enseñado esta verdad capital: que la Tierra es un astro del cielo, y que nosotros estamos actualmente en el cielo; el telescopio, acercándose a los demás planetas, ha aumentado su volumen aparente, y en vez de simples puntos luminosos errantes bajo la bóveda celeste, nos muestran hoy mundos gigantescos, tan voluminosos y más grandes que el que nosotros habitamos.
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Capítulo XL El Oasis

No somos amigos de los pesimistas, porque todo lo ven bajo un negro crespón, ni tampoco de los optimistas porque todo lo contemplan tras de un prisma de color de rosas, y aunque estos últimos son felices, pues hay que atenerse a lo que dijo muy sabiamente Campoamor: “En este mundo traidor nada hay verdad ni mentira, todo se ve del color del cristal con que se mira.” Sin embargo, sobre todos los pesimismos y optimismos, hay una sensación suprema que hace al hombre feliz, lo mismo en una choza de verde ramaje, que bajo el purpúreo dosel de un trono. Este es el sentimiento paternal; hace algunas horas que nos hemos convencido de lo que decimos.
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Capítulo XXXIX ¡Todo tiene su Causa!

Una de las catástrofes que más nos impresionan son los incendios: dos veces en nuestra vida nos hemos visto amenazados por el fuego, y una vez por el agua en una de las muchas inundaciones que ha sufrido Sevilla; y nos horrorizó mucho más el fuego que el agua, y eso que ésta subía sin descanso, convirtiendo el patio de nuestra casa en un anchuroso estanque, donde nadaban los muebles de las habitaciones bajas, produciendo en nuestro ánimo un efecto tan doloroso aquella agua negruzca, que si hubiera sido sangre, no nos hubiese causado más espanto, pero en medio de todo, nuestro dolor era tranquilo, nos dejaba completamente libre el pensamiento; nuestro ser languidecía, y pensábamos en una muerte cercana y sin aturdimiento parecía que nos preparábamos a un sacrificio forzoso, veíamos el cumplimiento de una ley fatal, y decíamos como los mahometanos: ¡Estaba escrito! Cuando nos vimos libres de aquel peligro, miramos sin horror el lugar donde habíamos estado expuestos a morir… pero cuando en Madrid, estando una noche entregados al sueño, oíamos voces atronadoras que gritaban ¡Fuego! La emoción que experimentamos no encontramos frases para describirla, creemos que si tuviéramos, que subir al patíbulo no podríamos sufrir más.
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Capítulo XXXVIII ¡Por Miedo!

Siempre he creído que el culto y la adoración a Dios han de ser un acto espontáneo, una necesidad imperiosa del alma, un afán indescriptible del Espíritu. A semejanza del pequeñuelo que busca ansioso los brazos de su madre para huir de algún peligro o apoderarse de un nuevo juguete, el ser pensante, cuando sufre o cuando goza, vuelve sus ojos a la causa primera y le pide auxilio en su dolor o la bendice en sus breves horas de felicidad. Porque el alma dichosa es generosa, es expansiva, es agradecida, y como todo cuanto gozamos proviene de una sola fuente, a ese manantial de vida se acerca el pensamiento humano, y los labios piden clemencia o dan gracias, según el estado de nuestro ánimo. Por esto cuando entro en las iglesias y escucho el rezo monótono del rosario, me inspiran profunda compasión aquellas máquinas vivientes que repiten palabras, centenares de veces sin que el sentimiento preste a la voz esa inflexión dulcísima, que es verdaderamente la esencia de la oración..
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Capítulo XXXVII ¡Una madre!

¿Qué es una madre? Es el ángel bueno de una familia, la sombra protectora del árbol gigantesco del amor, la fuente inagotable de agua cristalina, donde sacian su sed los inocentes niños, los hombres de edad madura y los octogenarios. Una buena madre de familia es la providencia de sus hijos, la prudente y sabia consejera de su marido, y el báculo donde se apoyan los abuelitos, niños grandes, quizá más débiles muchas veces, que los pequeñuelos al dar sus primeros pasos. ¡Cuánto bien puede hacer una buena madre! Y para demostrar la veracidad de lo que decimos, vamos a referir una verídica historia de sencillo argumento y de doloroso desenlace. Hace cinco o seis años, que yendo una tarde por el hermoso paseo de Gracia, resonó en nuestros oídos una vocecita infantil que decía con dulzura: -Señora, señora, una limosnita para un pobrecito ciego. Volvimos la cabeza, y vimos un cuadro verdaderamente conmovedor. Sentados en un banco de piedra, estaban, un hombre de edad mediana, vestido pobremente, (pero con limpieza) y una niña de unos tres años, blanca y rubia, de rostro simpático y risueño, nos acercamos a ellos, y entablamos conversación con el pobre ciego, que en breves palabras nos contó su historia.
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Capítulo XXXVI ¡Desde Muy Lejos!

Hace pocos días recibí una carta de una señora espiritista que reside en San Juan de Puerto Rico, y en ella me contaba la muerte de un joven empleado en el ferrocarril, al que ella profesaba maternal cariño, porque se iba a unir con su hija; esta señora, lamentándose amargamente me dice en la suya: “Luis era de carácter alegre, cariñoso, servicial con todo el mundo; no había persona que no le quisiera. Luis fue al encuentro del jefe del ferrocarril, diciéndole que dentro de un mes se casaría con su hija, siendo este el bello ideal de su vida, porque la idolatraba. Acostumbraba muchas veces a ausentarse en busca de mejor trabajo y marchaba alegre y contento; pero la última vez que se marchó lloró y se fue triste y afligido, sin darse cuenta ni explicación de lo que pasaba; y en sus últimas cartas a su madre y a mi hija, les decía que no sabía lo que sentía, pero que mirando al porvenir lo veía todo oscuro, y cada día se encontraba más triste. El 14 de Marzo del año 1907 se levantó muy temprano, y al ir a cumplir su obligación encontró la muerte; pero no se sabe cómo el tren lo destrozó. Lo enterraron como un perro, en la arena, sin ataúd, pero la Sociedad Masónica lo reclamó, y entregó los restos a su madre. A su entierro acudieron todas las clases sociales, y sus amigos se pelearon por llevarle al cementerio, ¡Era tan bueno! Mi hija está inconsolable, se amaban desde niños, y yo le suplico encarecidamente que pregunte, por qué siendo los dos tan buenos, han tenido que ser tan desgraciados”.
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Capítulo XXXV La Paciencia

Esta virtud, (según el diccionario de la lengua) “nos enseña a sufrir y tolerar los infortunios y trabajos en las ocasiones que irritan o conmueven, es el sufrimiento y tolerancia en las adversidades, penas y dolores, es la espera y el sosiego en las cosas que se desean mucho”. He aquí una virtud, que casi es desconocida en la Tierra, pues aunque muchos parecen que viven resignados y conformes con su destino más o menos adverso, se cumple en ellos el adagio: “Que a la fuerza ahorcan, y quedan bien ahorcados”. Una cosa es considerarse impotente para luchar con la adversidad, y otra el sonreír en medio del infortunio, sin misticismo, sin exageración, sin alterar las leyes naturales, conservando una perfecta serenidad en las grandes tribulaciones de la vida, en la paciencia hay racionalismo, o idiotismo, es una virtud que aún no está bien definida. No hace mucho tiempo, que salí una tarde para un pueblo cercano, y al llegar a la estación de Gracia, tuvimos que esperar cerca de media hora a que pasara el tren ascendente, nos sentamos, nos pusimos a leer como de costumbre, cuando oímos una voz agradable que nos decía:
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Capítulo XXXIV El Infierno

Ha dicho un escritor, (no recuerdo cual) que por mucho que el hombre invente, la realidad supera a todos sus sueños y delirios, sean estos en sentido favorable o adverso, y es una gran verdad. Muchos tomos en folio se han escrito para pintar los horrores del infierno, y ha habido célebres poetas, que han tenido el mal gusto de describir el fondo de esos abismos, donde la eternidad del dolor era el único patrimonio de sus infortunados moradores. Recuerdo que en Toledo celebran en el mes de Noviembre, consagrado a las almas del purgatorio, espléndidas funciones religiosas, decorando las iglesias de un modo alegórico para impresionar a los fieles. Por oír a un notabilísimo orador, asistí hace muchos años, durante el citado mes, a una de las mejores iglesias de Toledo: delante del altar mayor aparecía un trasparente de gran tamaño, en el cual un buen pintor había dejado la expresión de su privilegiada fantasía, pintando el purgatorio de un modo que hacía estremecer. Figuraban, en primer término, mujeres hermosísimas engalanadas con trajes de púrpura, y hombres arrogantes apurando la copa del placer, que miraban con estupefacción como las serpientes de fuego que se enroscaban y retorcían sobre sus lujosas vestiduras, las destruían en breves segundos; y al sentir en la carne las terribles mordeduras de los reptiles, sus rostros se contraían, y gemidos horribles debían exhalar aquellas bocas entreabiertas.
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Capítulo XXXIII Dictado de un Espíritu

Soy un Espíritu muy viejo y muy experimentado, he tenido ocasión de sentir los más crueles remordimientos y las más dulces satisfacciones. Recuerdo una existencia que tuve de caudillo, de general en jefe, teniendo a mis órdenes a los hombres más valientes y más aguerridos. Una palabra mía los hacía morir en medio de un mar de fuego; yo era un dios para ellos, disponía a mi antojo de sus vidas. Si los dioses habitasen en la Tierra, yo podría decir que fui un dios temido y adorado. Gané muchas batallas, engrandecí a mi patria, le di muchos días de gloria, y dejé la Tierra en el campo de batalla, después de haber ganado y haber vencido al ejército enemigo. Lo que no pudo conseguir el fuego de mis contrarios, lo consiguió una serpiente que se enroscó a mi cuello, mientras yo dormía sobre mis triunfos en mi tienda de campaña. Mi muerte produjo una consternación general; mi tumba fue un plantel de laureles en flor, no era odiado, era temido; no me ensañé con el vencido, y sin embargo a pesar de no haber sido cruel, mi entrada en el espacio fue muy triste, muy desconsoladora para mí. Me encontré en una llanura inmensa; un cielo gris, sin celajes ni reflejos luminosos, caía como una plancha de plomo sobre mi cabeza. En aquella llanura no brotaba una flor, ni el más pequeño arbusto balanceaba sus ramas; sólo a largos trechos, se entreabría la tierra, formando hondos surcos, en los cuales el fuego del incendio había dejado sus negruzcas huellas y una voz lejana me decía, muy quedo: “¡Recréate en tu obra!” Seguí andando, y anduve mucho, mucho, y siempre veía lo mismo, las ruinas de los pueblos incendiados; al fin, me detuve avergonzado de mí mismo; no tenía una buena obra que recordar. De pronto, apareció la figura de un niño; el niño me abrazó; era un pequeñuelo que representaría tres años, yo le miré, queriéndole reconocer, pero me encontraba tan perturbado, que pronto me di por vencido, y le dije: -¿Quién eres? Te he visto no sé donde; sácame de dudas. –El niño apoyó su diestra en mi frente y me dijo: -Mira, miré, y me vi montando en un soberbio alazán; mi caballo corría saltando zanjas y horrendos precipicios, a impulsos de mi voluntad, mis espuelas oprimían sus ijares y mi caballo volaba como si hubiese hecho una apuesta con las águilas, que en la inmensa altura se remontaban para hacer sus nidos en los picachos de las montañas donde la planta humana aún no había llegado. Con mi veloz carrera, llegué al punto que deseaba, ante una gran ciudad que ardía por sus cuatro costados; mis guerreros cumplían mis terminantes órdenes. Mi voz de trueno se unió a la infernal gritería de los vencidos y los vencedores. Siguió el incendio destruyendo maravillosos templos paganos, donde el arte había hecho de la dura piedra delicadísimos encajes, y había dado vida a las figuras mitológicas. Bajé de mi caballo y sin idea fija, me dirigí a la ventura por los alrededores de la ciudad incendiada, reparé en una choza que comenzaba a arder, me acerqué y dentro de ella vi a un niño mudo por el espanto. El pobrecito, al verme, me tendió los brazos, yo le estreché contra mi corazón y salí huyendo con mi preciosa carga, avergonzado de mi generosidad.
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Capítulo XXXII Preferencias

Nada en este mundo hay para mí más repulsivo ni que me cause impresión más desagradable que las preferencias inmerecidas; éstas me han separado desde mi niñez de la religión católica, apostólica romana. Los llamados, y los elegidos, me hicieron dudar un día hasta de la existencia de Dios; pues mi Espíritu se sublevaba ante los niños pordioseros que gemían porque tenían hambre y frío sin haber pecado. Recuerdo como si la estuviera viendo ahora, a una pobre niña que contaría nueve o diez años, pálida y enfermiza, con los cabellos rubios y lacios que le caían desordenadamente sobre los hombros, mal cubiertos éstos con un pañuelo de seda amarillento hecho jirones: una camisa de un blanco ceniciento y un refajillo de bayeta encarnada completaba su atavío. Sin medias ni zapatos, llevaba los pies sucios y ensangrentados, y la infeliz se los contemplaba a menudo, sin duda porque se encontraba rodeada de muchísimas niñas lujosamente vestidas, y una de estas era yo. No recuerdo qué título de Castilla había costeado una función en la iglesia del Salvador de la oriental Sevilla, habiendo invitado a las directoras de los mejores colegios, que fueron con todas sus educandas. Llenose el templo de niñas vestidas con trajes de seda, zapatitos de raso y sombreros bellísimos, adornados unos con plumas y otros con flores, y entre aquellas niñas tan bien ataviadas veíase a la pequeña pordiosera, de la cual todas las chicuelas huían con visible repugnancia, como temiendo contagiarse con la pobreza. La inocente mendiga, viendo que huían de ella, se acercaba con más insistencia a todas, y mirándolas con cierto asombro, les iba diciendo: “Dame una limosnita por amor de Dios”.
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Capítulo XXXI Hace Falta Luz

Desde que conocemos el Espiritismo, hemos dicho continuamente que esta consoladora y racional doctrina era tan necesaria a las clases desheredadas de este mundo como la luz del Sol a la Tierra, sin cuyo calor fecundante, la naturaleza no podría producir los raudales de vida que nos sirven para satisfacer nuestras necesidades más perentorias y nuestros goces más superfluos. El conocimiento del Espiritismo no hace tanta falta a los ricos como a los pobres; porque los ricos no suelen envidiar; por la sencilla razón de que todo les sobra: podrán aburrirse, podrán fastidiarse y hastiarse de todo; pero no envidiar tan dolorosamente como envidian los pobres las grandezas y superfluidades que disfrutan sólo los ricos. Ya hemos dicho otras veces que nosotros no estudiamos en las bibliotecas: nuestro libro es el mundo y cada ser una de sus hojas. No hace muchos días íbamos con una amiga, y nos detuvimos delante de la verja de un jardín, en cuyo centro se levanta el palacio de un conde. Nuestras miradas abarcaron con delicia aquel florido conjunto, y en particular nos fijamos en un montecillo cubierto de hortensias color de rosa. Nada más encantador que aquel manto de flores cubriendo la tierra. ¡Parece imposible que en un jardín se pueda cometer un crimen! Porque las flores son la sonrisa de Dios, y esa sonrisa divina debe infiltrarse en el alma, despertando en nuestra mente un sentimiento de amor. Embebidas en nuestra contemplación murmuramos: ¡Cuán hermosa es la naturaleza! Y nos volvimos a mirar a nuestra amiga a ver si participaba de igual admiración; y vimos que entre las dos se había interpuesto una mujer del pueblo vestida pobremente, pero con limpieza. Llevaba colgado del brazo un vestido, en el cual se veía unos cuantos pedazos de pan y algunas patatas. El rostro de aquella mujer, moreno y enflaquecido, tenía una expresión tan dolorosa y tan desesperada, que causaba lástima e inspiraba miedo.
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Capítulo XXX Egoísmo

El egoísmo, hasta en el amor es perjudicial; hace unos dos meses que un distinguido marino murió de muerte natural en su lecho, y su esposa, en cuanto le vio morir, cogió un revolver de su esposo, lo apoyó contra su corazón, salió el tiro y murió inmediatamente, siendo enterrados en la misma sepultura. El fúnebre cortejo llamó extraordinariamente la atención, porque no son muchas mujeres que se matan por amor, y una joven espiritista me escribió suplicándome muy encarecidamente, que preguntara por el ayer de esos dos espíritus tan íntimamente enlazados, que uno de ellos no ha podido resistir el dolor de la separación. Como útil estudio, he preguntado a mi guía, y he obtenido la comunicación siguiente: “No siempre lo bueno es bueno; bueno es el amor en un justo medio, pero no llevado a la desesperación y al egoísmo. Esos dos espíritus, cuyos cuerpos reposan, o mejor dicho, se disgregan en la misma sepultura, hace muchos siglos que van juntos y serían más felices, si ella fuera menos egoísta, si su cariño no fuera tan extremado, tan absorbente. En su encarnación anterior, la enamorada esposa de hoy, pertenecía al sexo fuerte, y era íntimo amigo del que fue su esposo últimamente. Eran dos amigos inseparables; ni uno ni otro tenían familia; tenían buena posición social y vivían tranquilos y hasta felices. César, que así se llamaba el esposo de hoy, era de carácter apacible y risueño; en cambio, su amigo Luis, que fue la esposa de hoy, era meditabundo, huraño, receloso, y sólo con César se expansionaba, dominándole por completo con sus exigencias y sus desconfianzas... Eran, se puede decir, el día y la noche. César era el día, la luz, la esperanza, la certidumbre del placer; y Luis era la noche con su sombra, con sus recelos, con sus temores, con la desconfianza y la duda. Los dos sostenían vivos altercados, porque César decía que debían crearse una familia y Luis le respondía que para él le sobraban todas las mujeres y las obligaciones que trae aparejado el matrimonio. Nunca estaban conformes con respecto a ese punto, pero se querían tanto, que todos los días salían juntos y no se separaban más que para dormir y para atender a sus asuntos particulares. César conoció a una joven muy buena, honrada y muy hermosa; se enamoró de ella, y jugando el todo por el todo, le dijo a Luis: Estoy enamorado y me casaré dentro de tres meses; procura imitarme, busca una mujer que te comprenda, formemos dos hogares ya que tenemos bastante para atender a nuestras nuevas obligaciones y hagamos que nuestros hijos se quieran como nos queremos nosotros. Luis se quedó frío con la declaración de su amigo, pero ocultó su profunda contrariedad y trató de hacerse querer por la novia de su amigo, la cual, franca y sencilla, le acogió cariñosamente: bastaba con que fuera el mejor amigo de su futuro esposo; pero Luis, no estaba conforme con aquel cambio, porque César, naturalmente, ya no era su compañero inseparable, prefería estar al lado de su prometida, y Luis concibió un plan abominable de acuerdo con su ayuda de cámara, un fiel sirviente que se había criado en casa de Luis; entre los dos decidieron labrar la desgracia de la novia de César; a éste le sustrajeron una carta de su amada; el criado de Luis imitó a la perfección la letra de ella y escribió una carta dándole cita a un amante imaginario; esta carta, Luis se la dio a César, diciéndole: Me interesa tanto tu felicidad, que he querido averiguar quién es la elegida de tu corazón, la que te engaña miserablemente, porque de noche, un hombre salta las tapias de su jardín y sube a su aposento, y otras veces ella le arroja una carta; de esas cartas, he podido adquirir una deteniendo a tu rival violentamente; léela y convéncete de lo que son las mujeres. César leyó la carta, cayó en el lazo, e inmediatamente le mandó una carta a su amada diciéndole que fuera dichosa con su amante y que todo su amor se había trocado en el más profundo desprecio; y la joven tanto se impresionó con aquel insulto inmerecido, que se arrojó a un lago de su jardín, donde murió ahogada.
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Capítulo XXIX Deudas de Ayer

Con profunda pena, leí hace algunos días, una carta fechada en Puerto Rico, de la cual copiaré algunos párrafos: “Higinia Ramos, pobre mujer del pueblo, tenía dos hijos: una niña de cuatro años y un niño de dos años escasos; madre joven y apasionada, amaba a sus hijos con toda la potencia de su ser. Pero, no hay felicidad completa para los habitantes de este mundo; y la pobre Higinia ha pasado por la prueba más espantosa. El 22 de Agosto, a la una de la tarde, salió Higinia de su casa, para buscar unas yerbas medicinales que cortaran las fiebres de su hija, que estaba en la cama postrada por la calentura. Dejó a la lumbre un puchero con agua y saltó una chispa del hornillo encendido que prendió a las viejas paredes de la Cabaña, (paredes que eran de tablas carcomidas) no se sabe la causa del horrible siniestro; la verdad es, que la casucha ardió rápidamente, y cuando Higinia volvió a su casa sólo encontró un montón de humeantes cenizas y el cuerpo de la niña completamente carbonizado. De aquella criatura tan hermosa, tan gentil, tan hechicera, sólo quedaban huesos ennegrecidos y carne achicharrada; los restos de la inocente niña fueron recogidos en hojas de higuera. ¡Qué horror! ¡Qué fin tan terrible el de la pequeña Georgina! ¿Por qué, siendo tan niña, ajeno su corazón a las bajas pasiones; ángel de amor y de inocencia en el cielo de su hogar? ¿Por qué, tras de las necesidades y sufrimientos de la vida, tuvo un fin tan espantoso y triste? Amalia; vos que sois la intérprete más dulce y consoladora de las amarguras de este mundo; vuelva su mirada a este campo de Puerto Rico, y vea a una madre desolada que, hace pocos días abrazaba con amor a su hija y en breves momentos vio destrozado su cuerpo por el fuego devorador, sin haber tenido el consuelo de recibir su último suspiro, besando su frente y sus hermosos ojos…
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Las Verdades del Espiritismo La razón por la que he escrito este libro, es precisamente para decir la verdad histórica una vez más, sobre las tres “religiones, creencias o doctrinas” más importantes de nuestra civilización. No estoy contra ninguna de ellas, todas tienen el derecho de existir y manifestarse, pero también tienen el deber de respetar las otras creencias y el derecho de pensar libremente de todos los seres. No se puede utilizar el nombre de Dios o de los Espíritus Superiores para satisfacer nuestras ambiciones orgullosas y desmedidas, utilizando la mentira, la falsedad y la calumnia, para confundir, oscurecer y dominar la mente de todos los que confían en ellos, porque creen que representan a Dios y hablan en nombre de Él. Updated
La Luz de la Verdad La recopilación y selección de estos escritos, verdadero tesoro de Luz Espiritual, es un trabajo exclusivamente realizado por el Centro Espírita “La Luz del Camino”. Todos los componentes de este Centro y nadie más que ellos, han participado en la elaboración de este trabajo, uno de los más importantes realizados hasta ahora para la divulgación del Espiritismo en el mundo. Trabajo que no habríamos podido realizar nunca, sin la dirección, inspiración y ayuda de este gran Espíritu de Luz, trabajador incansable en la divulgación del Espiritismo, Amalia Domingo Soler. Mi reconocimiento y agradecimiento a los hermanos que han aportado alguna ayuda, para la financiación de este libro y que en un gesto de admirable humildad, no han querido que se mencione su nombre. Updated
Hechos y Obras de Una Vida Nunca he tenido la intención de escribir nada sobre mi persona, pero la tenaz insistencia de unos buenos amigos, me convenció para que cambiara de opinión, y aquí estoy haciendo aquello que no había pensado antes. Updated
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Sendero a la Nada Os damos la bienvenida Sendero a la Nada. Los temas que tratamos en nuestro podcast son aquellos relacionados con el Autoconocimiento y las diversas tradiciones espirituales que han dado a conocer, a lo largo de los tiempos y en todo lugar, una sabiduría que permite al ser humano relacionarse e integrarse con lo sagrado. En nuestro podcast encontraréis temáticas como hermetismo, esoterismo, simbolismo, religiones comparadas, mística, reseñas de libros, visitas a lugares sagrados y temáticas afines al Autoconocimiento. Esperamos que os pueda resultar de utilidad y provecho. Canal de Youtube: Sendero a la Nada Instagram: Sendero a la Nada E-mail: senderoalanada@gmail.com Web: www.senderoalanada.com Updated
Mindalia.com-Espiritualidad, Conocimiento. Salud Mindalia es una ONG internacional, sin ánimo de lucro, que conecta a personas de todo el mundo, facilitando herramientas para el crecimiento personal y bienestar integral que ayudan al despertar de la consciencia. Creemos en una humanidad más despierta, libre y solidaria. Trabajamos para inspirar y nutrir una comunidad global basada en el conocimiento compartido, la verdad universal y el amor incondicional. Únete a este movimiento consciente y transforma el mundo con Mindalia.com. Updated
Buscadores de sentido Este es un podcast que te acompaña en tu búsqueda de sentido en la vida. Updated
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