Creo que, aunque no lo reconozcamos, la mayoría de nosotras no soporta el mundo.
Hemos construido una sociedad en donde la aceleración de los tiempos, la capacidad de consumo y las expectativas conceptuales de ir siempre "hacia arriba" han toxificado cada una de nuestras facetas.
El bienestar es como la quimio, cura el cáncer, pero no deja de ser veneno en forma de un eufemismo soportable.
De ser conscientes siempre, acabaríamos arrancándonos la piel a tiras. Así que, supongo que debemos autoengañarnos.
Hay quien se da al alcohol, otras a la escalada... Yo soy adicta a construir historias. A conocer señoritas, y hasta señoras que me doblan la edad, con quien apasionarme y apasionar. Soy adicta a follar de muchas formas.
Mi droga, mi electricidad, es el cóctel químico resultante de ese estallido de endorfinas en el bajo ombligo de conocer a una nueva mujer. De establecer una chispa de contacto y querer querer hacerlo suceder.
Más que comenzar a sentir, hacer sentir primero. Como una tunancia orgullosa de poder, de valía, de reconocimiento implícito: "Yo valgo y te hago ser".
Tras esa primera interacción de atracción mutua, el riesgo. El de ir avanzando, ora a pasos, ora de un salto gigantesco; soltando alguna bomba con la que mirar al abismo de frente. Para superarlo o caer definitivamente en él. Todas aquí hemos llamado "puta" a alguien aparentando una seguridad etérea.
Tras el subidón de que el frame entre, la velocidad crucero del disfrute. De lo singular, de enriquecerse con todo y más de esa relación que durará un tiempo indeterminado de unos pocos segundos y la vida.
Para pasar, de forma constante, a un capítulo autoconclusivo. Una noche, unos días, unas semanas o meses en donde se construye un happening que abandonaremos para siempre. Sin mirar atrás, dejándonos mutuamente marcas tatuadas más allá de las de la piel
Soy adicta a ordenar el caos. A coger piezas de un vórtice de entropía y construir muñecos de nieve que se derriten tras el amanecer.
A veces me vuelvo un tanto melancólica: "¿Y si esto hubiera durado más? Podría haber funcionado más tiempo. Me encantaría seguir...". Pero el contexto forma parte del texto, las circunstancias se imponen. Y sí, eso lo hace más bello. Hay cierto romanticismo en lo efímero.
No es cierto eso de que solo se viva una vez, lo que solo se hace una única vez es morir.
Para el coco sería bastante más sano aceptarlo. Reconocer que no tenemos el control de lo que se esfuma. Que no mantenemos dominio más allá de la punta de la nariz
Deberíamos ser menos cínicas y decir más adiós.