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MITOS Y VERDADES CUERNAVACA
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MITOS Y VERDADES CUERNAVACA

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FRANCIS CALDERÓN DE LA BARCA.. MITOS Y VERDADES EN CUERNAVACA

FRANCIS CALDERÓN DE LA BARCA.. MITOS Y VERDADES EN LA HISTORIA DE CUERNAVACA Francis nació en Edimburgo en 1804 y vivió en Escocia hasta los 23 años de edad, cuando se mudó a Boston, donde conoció al futuro embajador. Empezó a escribir La vida en México el día en que inició su viaje de dos semanas desde La Habana hasta Veracruz. Después de una corta estancia en Veracruz, la autora y su esposo viajaron a la Ciudad de México. A los ojos de los extranjeros, México aparece como un país exótico, pintoresco, peligroso, amable, exuberante, entre muchas maneras de percibirlo. En el siglo XIX, muchos viajeros llegaron a México y quienes dejaron un testimonio, en el arte o escrito, de su visita nos legaron una ventana que nos permite asomarnos a la vida en estas tierras en el primer siglo de su historia como nación independiente. En La vida en México se describe con minuciosidad hechos, personajes, modas, pasiones y costumbres del México de la época. También refleja los sentimientos e ideas, así como sus prejuicios, de la autora Marquesa Calderón de la Barca hacia México y su gente. Durante su estancia, la posición privilegiada de la marquesa le permitió conocer a las personalidades mexicanas de la época, como Antonio López de Santa Anna, Carlos María de Bustamante, Lucas Alamán, Manuel Paynó y la célebre "Güera" Rodríguez. En una de sus cartas observa: “A mí me parece que entre las jóvenes no hay ese afán de contraer matrimonio que se observa en otros países . No he visto nunca que las madres o las hijas les hagan la corte a los jóvenes; ni hay tampoco mamás casamenteras o hijas que anden a la busca de sus propios intereses . Cuando los jóvenes de encuentran con las señoritas en sociedad, parecen muy galantes, pero al mismo tiempo se les ve como temerosos de ellas . En cuanto al flirt, no se conoce aquí ni la cosa ni el nombre”. Añade: “Nada existe en México que parezca vulgar. Todo alcanza grandes proporciones y todo tiene un aire pintoresco” Cumplidos de las señoras "Los modales de las señoras de aquí son amables en extremo. Luego de haber abrazado a cada señora que entra, conforme a la costumbre, es de rigor el siguiente diálogo: '¿Cómo está usted? ¿Está usted bien?' 'Para servirla, ¿y usted?' 'Sin novedad, para servirla' '¡Cuánto me alegro! ¿Y cómo está usted señora?' 'A su disposición ¿Y usted?' 'Mil gracias ¿Y el señor?' 'Para servirla, sin novedad' Etcétera, etcétera. Además antes de tomar asiento, se dice: 'Sírvase usted sentarse' 'Usted primero, señorita' 'No, señora, usted primero, por favor' 'Vaya, bueno, para obedecerle a usted, sin ceremonias; soy enemiga de cumplimientos y etiquetas' Terminada la visita, las señoras vuelven a abrazarse, acompañando a la señora de la casa hasta el descanso superior de la escalera, en donde se repiten los dares y tomares de los cumplimientos. 'Señora, ya sabe usted que mi casa es la de usted' 'Mil gracias, señora, la mía es de usted, aunque inútil, reconózcame por su servidora y mándeme en todo lo que se le ofrezca' 'Adiós, deseo que usted pase una buena noche' En el primer descanso de la escalera, las visitantes se vuelven para mirar a la señora de la casa y se reproducen los adioses. Varios de los escritores mexicanos de la época respondieron agriamente a los comentarios y observaciones que Calderón de la Barca plasmó en sus cartas. El primero en mostrarse injusto con ella fue Martínez de Castro, quien resintió las críticas dirigidas a nuestra cultura social mexicana. Sin embargo, hemos de aclarar que él no pudo tener acceso a la obra completa de Frances, o por lo menos no pudo traducirla del todo, ya que a lo largo de las cartas de la viajera también encontramos el reconocimiento a una serie de virtudes no sólo de los criollos sino principalmente de los hombres y las mujeres del pueblo, y entre éstos especialmente los indígenas, a lo que no se hace mención en las críticas de Martínez de Castro. Y para ello quiero que lean esto que escribió la Condesa Calderón de la barca sobre Cuernavaca, Carta xxxi Atlacomulco, 2 de febrero Un día tranquilo en una hospitalaria casa de campo, demasiado calor para salir fuera,, y sin quehaceres, son demasiadas tentaciones para que no me induzcan a sentarme y daros cuenta de nuestras aventuras en estos últimos días. Ayer, primero de febrero, a las cuatro de la mañana, muertos de sueño, salimos en una Diligencia alquilada para nosotros solos. Y por todo equipaje: dos maletas pequeñas y un saco de noche. Nuestra indumentaria: vestidos de fuerte calicó obscuro, grandes sombreros de Panamá, rebozos a modo de bufandas y espesos velos grises de Barege. Una escolta del Gobierno, compuesta de cuatro hombres y un cabo, la que tuvo cuatro relevos, nos acompañó hasta Cuernavaca, que está a unas dieciocho leguas de México, y que es la entrada de tierra caliente. Se daba por hecho de que bastaban cinco hombres para tener a raya tres veces el número de ladrones, cuya osadía, como quiera que sea, ha alcanzado tales tamaños que no llega ninguna Diligencia de Puebla que no haya sido asaltada en el camino. Han ocurrido por aquellos rumbos seis asaltos en los últimos quince días, y el camino de Cuernavaca se conceptúa como mucho más peligroso. Tomamos chocolate antes de salir, y llevaron una canasta con fiambres y vinos, ya que en todo el camino no se encuentra una posada digna de este nombre. Hacía fresco cuando salimos, casi frío; las lámparas astrales estaban apagadas, y la gran lámpara solar aun no se había encendido. El camino sigue faldeando a través de rocas y de bosques, hasta llegar a la Cruz del Marqués, mojón que puso el mismo Cortés en los límites de sus Estados... Cerca de las dos de la tarde el calor comenzó a hacerse pesado, y nosotros principiamos a ver y a sentir las señales que anunciaban la proximidad de la tierra caliente. Llegamos al pequeño pueblo indio de Huichilac, que no deja de ser atractivo con sus chozas hechas de caña y lindos árboles en flor por todas partes. Desde lo alto de la eminencia en donde está situado el lugar se divisa la tierra "cálida". Comenzó desde aquí a bajar a riendas sueltas la diligencia por una enriscada cuesta... Pero, ¡qué calor, qué polvo y qué traqueteo! Cuando por fin entramos a Cuernavaca, recorriendo sus calles con un ruido ensordecedor, y nos paramos frente a una posada de aspecto muy tranquilo, nos despedimos con júbilo, aunque fuere por corto tiempo, de todas las diligencias y de todos los vehículos habidos y por haber, pues en lo de adelante teníamos que confiar nuestras personas a lo que puede uno guiar a su antojo: a los cuatro remos de un caballo. Cuernavaca (cuerno de vaca), la antigua Cuauhnáhuac, fue una de las treinta ciudades que Carlos V dio a Cortés... Los antiguos cronistas la celebraron por su belleza, por su clima suave y lo inexpugnable de su posición; defendida de un lado por abruptas montañas, por la que corre un torrente de agua, el cual cruzaron los españoles pasando por tres grandes árboles que con sus ramas formaron un puente natural sobre la barranca. Fue la capital de la nación Tlahuica, y después de la Conquista, Cortés construyó en ella un magnífico palacio, una iglesia y un convento de franciscanos, creyendo que sentaba las bases de la fundación de una gran ciudad. Y en efecto, su delicioso clima, la abundancia de agua y los minerales que, se dice, existen en las cercanías, sus magníficos árboles, exquisitas frutas y su proximidad a la capital, todo concurría a que la ciudad floreciera. Y, sin embargo, es un lugar sin importancia con ser tan favorecido por la naturaleza, y el palacio del conquistador es ahora un cuartel medio derruido, aunque muy pintoresco, que se levanta sobre una colina a cuyas espaldas se yergue el blanco volcán. Hay en la ciudad algunas buenas casas, y las ruinas de una iglesia construida por Cortés y célebre por su atrevido arco; más nos sentíamos demasiado cansados para seguir curioseando, y esperábamos con ansiedad la llegada de los caballos y gente de la fábrica de azúcar de Don Anselmo Zurutuza, de Atlacomulco, en donde debíamos pasar la noche. La casa en que se detuvo la diligencia fue antaño famosa por el hermoso jardín contiguo a ella, y que perteneció a un rico propietario.* Nos sentamos entre los árboles frutales, al lado de un estanque de agua muy clara, y ahí esperamos a las cabalgaduras y a nuestros guías. Anochecía cuando llegaron. Acababa de ponerse el sol y la tarde era templada y agradable, y después de muchas coces y más espuelazos, cargar las muías y ladridos de perros, nos fuimos por lomas y barrancas a través de paisajes hermosos y extraños, según podíamos distinguirlos a la luz que agonizaba, subiendo cerros y atravesando arroyos por espacio de dos leguas, hasta que por fin las llamas de fuego que salían de las chimeneas de las calderas de Atlacomulco nos advirtieron que estábamos cerca del puerto en donde íbamos a pernoctar. Entramos al patio a galope, entre perros, indios y negros, y recibidos por el administrador, nos ofreció la hospitalidad de su casa. Pero divididos entre el sueño y el hambre, el hambre se llevó la victoria, y una copiosa y humeante cena fue aceptada con nuestra más distinguida consideración. Esta mañana, tras un sueño reparador, levantados y vestidos a las ocho, muy tarde para tierra caliente, salimos a ver la huerta del café y a pasear por los naranjales. ¡Qué maravilla más grande! Cubríanse los naranjos de dorados frutos y fragantes azahares, y en los andenes los limoneros se doblaban formando una bóveda que apenas pueden atravesar los rayos del sol. Nos echamos sobre la blanda hierba, y comparamos este día con el anterior. Un aire manso venía como embriagado de perfumes de flores de azahar y de radiantes jazmines; por las acequias que circundan la huerta corría la música suave de un agua clara y deliciosa, y un pequeño cardenal aparecía, una y otra vez, como un destello de rojo rubí, al posarse en las ramazones de los árboles. Hicimos ramilletes de azahares, jazmines, azucenas, rosas dobles encarnadas y hojas de limón...Segunda parte: La Condesa Francés Calderón de la Barca El jardinero, o plantador de café, ¡y qué jardinero!, de nombre Juan, con sus grandes barbas negras, sombrero mexicano y faja militar de seda carmesí, se acercó a ofrecernos agua de naranja. Mandó por azúcar y vasos a la casa; cortó naranjas de los árboles, y trajo agua de un estanque al que dan sombra ramas llenas de flores que conservan sus aguas tan frescas como si tuvieran hielo. Es cierto que no existe árbol más hermoso que el naranjo, con su fruto dorado, sus lustrosas hojas verdes y sus atractivas flores blancas de fragancia exquisita. Nos pareció esta mañana como si Atlacomulco fuera el paraíso terrenal. Esta hacienda pertenece, en realidad, al Duque de Monteleone, y su apoderado, Don Lucas Alamán, la ha dado en arrendamiento al señor Zurutuza. El promedio de su producción anual es de cerca de treinta mil arrobas (cada arroba contiene veintiocho libras)... Hay muy pocos negros en estas plantaciones de azúcar. Sólo vimos a un viejo negro, que se dice tiene más de cien años, que estaba trabajando en el patio cuando pasamos; la mayoría de los trabajadores son indios. En cuanto a la parte interior de estas haciendas, casi todas se parecen entre sí, a juzgar por lo que hemos visto hasta ahora: un gran edificio de piedra, que no es ni una granja ni una casa de campo (de acuerdo a nuestro concepto), pero que tiene un aspecto singular; su solidez es bastante para resistir un sitio; los pisos son de ladrillos pintados; largas mesas de pino, bancas de madera, sillas pintadas, y las paredes encaladas; uno o dos catres pintados o de hierro, que sólo se arman cuando son necesarios; con muchos aposentos vacíos; cocina y piezas exteriores. El patio es una enorme plaza, junto al cual se levanta la casa donde se hierve el azúcar, cuyas hornazas arden día y noche; la casa, con la maquinaria para extraer el jugo de la caña, los cuartos para la refinación, los lugares en donde se seca, etc., todo de grandes proporciones. Si la hacienda, como sucede en este caso, es asimismo una plantación de café, veis entonces un gran molino para separar el grano de la cascara, y también hay a veces grandes edificios en donde hacen aguardiente. En esta hacienda trabajan cuatrocientos hombres, sin contar a los muchachos; cien caballos y algunas muías. Una hacienda, es, por lo general, muy extensa y comprende los campos de caña de azúcar-llanadas para el ganado, y las hermosas plantaciones de café, tan verdes como la primavera; este cafetal contiene más de cincuenta mil plantas jóvenes, todas frescas y vigorosas; también cuenta con porción de tierras sin cultivo abandonadas al venado, a las liebres y codornices, que tanto abundan aquí. Durante cuatro meses al año, la tierra caliente debe de ser un paraíso, y tiene la ventaja sobre las costas que se ve libre de la fiebre amarilla. Más el calor en verano, y la gran cantidad de animales ponzoñosos, son muy graves inconvenientes. Uno de ellos, el alacrán, o escorpión, que se encuentra en todas las casas, es de los más dañinos. Su piquete es venenoso, y mortal para un niño, y ésta es una de las principales razones del porqué estas propiedades se dejan enteramente a cargo de un administrador, y aunque visitadas de vez en cuando por el dueño, rara vez es habitada por la familia. Los efectos del piquete de alacrán son más o menos violentos, según sea la constitución de la víctima... Aunque hasta ahora hemos visto muy pocos en la casa, debo confesar que no dejamos de tener cierta aprensión en las noches, y registramos minuciosamente las camas y sus "alrededores" antes de aventurarnos a meternos en ellas. Como las paredes están encaladas a propósito, no es difícil descubrirlos; mas donde los techos son de vigas, son muy hábiles para dejarse caer desde el techo. Pero para despedirse de este tópico "reptante", que no armoniza con los bellos cuadros que nos rodean -un Edén en donde no debería entrar la serpiente- os diré que fuimos a caballo esta tarde hasta la pequeña y hermosa aldea llamada Acapantzingo, y nunca hubiera yo podido imaginar algo más cautivador en su género. Algunas pocas casas son de piedra; pero son más las de carrizo, cercadas todas por árboles frutales o bien por otros llenos de flores blancas y lilas y por donde se enroscan las plantas trepadoras. Las calles, que sólo son veredas, se ven barridas y limpias, y las ramas en flor que cuelgan sobre ellas las cubren de sombra, mientras arroyuelos de agua pura las cruzan de trecho en trecho. Creo que nunca supe de las delicias del agua hasta que vi este lugar. Los indios, hombres y mujeres, se ven aseados; en una palabra, éste es el pueblo indio más bonito de todos los que hasta ahora hemos visto.
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