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Envidia a la fantasía
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“Todos odiamos el amor, pero en el fondo todos envidiamos a quién lo ostenta.” Escribió alguien que no me acuerdo, en algún lugar que si recuerdo, Twitter.
Y es que Twitter no deja de ser un reducto donde quejarse, con más o menos acierto, más o menos gracia o más o menos ingenio de aquellas personas que caminan sobre flores de loto y van a trabajar en unicornio.
Este es el paradigma de Twitter, humor con manto de envidia.
Y es sin duda la envidia la que me lleva a escribir este texto, porque últimamente veo como individuos prometen fantasías que no pueden cumplir o crean fantasmas que saben a ciencia cierta que no van a sobrevivir. A este fenómeno, podemos denominarlo como envidia a la fantasía o al amor fantasioso.
Y es que, el amor fantasioso hoy día se factura por millones, como los iPhone, las franquicias de yogur-helado, o como hace tiempo las canciones de Jarabe de palo, que como reconoció recientemente Pau Donés, inclusive los besos de la flaca no eran para tanto.
Para mi amigo Chuck, el paradigma de envidia a la fantasía es Coldplay, esa banda, que según sus palabras: “Su mejor virtud es hacer canciones melodramáticas de una mujer que ni si quiera existe. Haciendo de esta una copia barata de Travis, que a su vez es una copia barata de Radiohead.”
Tras escuchar estas palabras, con el tiempo, me di cuenta, que si para mi amigo Chuck la envidia fantasiosa era con Coldplay, con su fingido melodrama y sus canciones de mujeres imposibles, para mí, sin duda alguna, era una película de medio pelo, de media tarde, el diario de Noah.
Películas como esta crean la fantasía, la prodigan, y la recogen de nuevo, como el modelo de ruptura de Klüber-Ross, droga de diseño para aletear como pez sin aire entre la negación, la ira y la depresión, pero nunca bajo la aceptación. Y seamos honestos, yo no puedo competir con esa mierda, con ese batiburrillo de emociones, con esa montaña rusa llena de psicodelia y dolor.
Y es que Noah, el personaje principal de la película, es ese tipo que pasa de la noche a la mañana de niño a hombre con barbazas. Noah, es ese personaje que no le hace falta apuntarse al gimnasio porque se dedica a fabricar muebles por doquier. Probablemente también arregle coches y cace osos con sus propias manos, pero eso no sale en la película porque no quedaba suficiente metraje para tanta droga sentimental.
Pero eso sí, los guionistas se encargan de que el maravilloso personaje de película, mientras espera a su amada, desde la lejanía y la esperanza de que ella vuelva, le monta una casa. Y no una casa cualquiera, no. Una casa blanca, con ventanas azules y una valla de madera rústica para que no se escapen los niños del jardín, ¡ole tus cojones Noah!
El tema es, que no por mucho madrugar muere esa sensación, porque la envidia a la fantasía nunca muere, siempre está ahí. Como septiembre, como los lunes y como esas cosas que no se olvidan de perpetuar el mal como si estuvieran en nómina y su director general fuera Clint Eastwood en un día de mala hostia.
Sinceramente, no quiero encenderme más, y para terminar como empecé, te voy a contar una historia de humor en manto de envidia, una historia digna de Twitter.
La historia de un señor envidioso, que tenía un vecino que poseía la vaca que mejor leche daba, el árbol con los mejores frutos y la hierba más fértil del condado, en fin… lo mejor de todo.
El señor envidioso, en vistas de que su vecino lo vendía todo, pactó con el diablo y su suerte cambió, lo suyo pasó a ser lo mejor, inclusive, para redondear su buena suerte, a su vecino le atropella un camión y pasa meses en el hospital.
Una vez terminada la rehabilitación, maltrecho pero contento, llega con sus muletas al vecindario. Mientras tanto, el señor resentido está al acecho, esperando en su ventana, cuando un nuevo torrente de envidia le invade el cuerpo, y mientras ve acercarse a su recién curado vecino, susurra para sus adentros… “pero qué bien cojea este cabrón”.
04:55
El escritor que me recuerda a Gonzalo Suárez
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El escritor que me recuerda a Gonzalo Suárez
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Nadie me lo preguntó, me lo anunció, ni me lo hizo saber.
Ahí estaba, por los tiempos de lo tiempos. Intuyo que ya existía antes de que yo llegara y sospecho que seguirá cuando yo me vaya, por los siglos de los siglos.
Muchos lo llamaron escritura, después otros se atrevieron a denominarlo como literatura y más tarde llegarían las subdivisiones; que si renacentista, barroca, bucólica, lírica o contemporánea. Todo nomenclaturas para un mismo fin
Nadie me lo explicó, pero yo vivo a menos de dos generaciones de una persona que escribe.
Y la realidad es que si ahora mismo nos dieran a elegir qué profesión quisiéramos para nuestros ancestros, muchos tendríamos abuelos futbolistas, policías, astronautas, algunos dirían hasta que toreros... ¿El mío? El mío sería escritor. Sería escritor para viajar y vivir aventuras. Sería escritor para poder hacerlo gratis en el tiempo y en el espacio. Así, sin moverme de mi silla. A lugares sin explorar. A lugares por conocer.
Para mí nunca hubo algo parecido a tener un abuelo escritor.
Y es verdad, escribo en caliente. Esta semana mi escritor favorito cumple 80 años, acaba de terminar su novela número 20 y está peleando por sacar adelante su vigésimo séptima película, a sus espaldas tiene más de 16 galardones, ha viajado desde Oviedo a Hollywood, desde Madrid a San Sebastián, desde Barcelona a Venecia. Sus coetáneos le admiran; artistas como Sam Peckimpah, Azcona, Almodóvar o Cortázar. Y razón no les falta. Toda una vida escribiendo, toda una vida creando.
Pero yo seguía teniendo una duda, ¿quién era ese escritor?
Me quedaba embobado, atónito, helado de ver como cada momento libre que tenía se iba a combatir con las palabras, como el detective que acude a la escena del crimen una y otra vez a intentar resolver el entuerto.
Tarde tras tarde, con ese halo misterioso del gusto por la lucha y la batalla, como el guerrero que entorna su sonrisa a expensas de saber que esa tarde tiene otra cita para bailar con la muerte
Y con el paso del tiempo pude observar... que sus ojos no buscaban aprobación, que su escritura no intentaba acaparar los estantes más visibles de las librerías, ni su contenido pretendía ser charla de coloquio en un barrio de moda, o servir de lomoteca en una estantería de diseño. Era una sensación extraña.
Entonces entendí que ese escritor no quería saber nada sobre escribir, y muchísimo menos parecía querer aprender lo que era la oportunidad para vender. Y me percaté de que ese escritor parecía no entender nada sobre esta profesión, sus resultados, sus reglas o su legislación, cuando todo el mundo lo que quiere es vender, por lo legal o lo criminal.
Entonces me di cuenta, había que mirarle el semblante para comprender esto.
Fue entonces cuando me pregunté, ¿dónde había visto yo esa mirada antes? ¿en quién? Me resultaba familiar. Ese aspecto de introspección, de inteligencia, de concentración desmedida...
Paré de leer lo que estaba leyendo y empecé a pensar sesudamente, como el individuo que se quemaba la cabeza antes de existir las páginas web que todo lo controlan o las aplicaciones móviles que todo lo saben.
Entonces lo recordé, era el semblante de mi abuelo Gonzalo cuando volvía de la oficina, eran sus ojos al no perder el objetivo, eran sus elucubraciones a jugar con los mismos temas, una y otra vez.
Yo tengo un abuelo que se llama Gonzalo; nada lo para, nada le achica, nada le detiene. No es un abuelo normal; no se pone zapatillas de suela de felpa para ver TVE, no viaja a Benidorm para coger primera línea de playa y tampoco compra cupones los jueves en busca de suerte.
Sin embargo tu le puedes dar un bolígrafo o un ordenador... y enloquece, le das un tema, un argumento, una línea de conversación, una historia... y el ya elucubra, ya maquina, ya crea.
Es lo único que le importa, crear.
Mientras otros se hacen fotos promocionales, salen en campañas de publicidad, presentan un programa de televisión, votan como jurado de algún festival o dan clase de cómo escribir, él escribe. Cuando otros están acudiendo a eventos, promociones y estrenos, él escribe. Y mientras otros se quejan de la situación socio-económica del país, él crea, él escribe.
El puede comer, puede beber, incluso a veces puede jugar una partida de billar, petanca o ajedrez; pasatiempos. A él lo único que le importa es escribir. No importa que sea invierno que verano, que haga frío o calor, que esté aquí o allí, él siempre está pensando en las siguientes letras, en los siguientes compases de la composición, en la siguiente historia que contar.
He descubierto que mi abuelo es escritor. Esa es mi teoría con el paso de los años, y perdona si tenías expectativas más altas o distintas. Expectativas de que en este relato hubiera hallado la cura contra el cáncer o descubierto la manera de alcanzar la paz en la franja de Gaza, pero he descubierto que mi abuelo es escritor, y eso para mí, es lo más importante del mundo.
Nadie me lo dijo, nadie me lo avisó, nadie me lo advirtió, pero mi abuelo es escritor, es escritor porque sabe la importancia de la palabra.
Es un incapacitado para recoger un plato, arreglar una puerta y verle cocinar sería digno del circo de los horrores... pero tiene un talento innato, un talento asombroso para mantener la atención mediante ideas inmateriales que no puedes tocar ni medir, pero en cambio si puedes sentir.
Si lo dejaran, no haría otra cosa más que parar el tiempo con las palabras. Y lo haría como las olas del Cantábrico, una y otra vez.
Mi abuelo Gonzalo es un enfermo.
Y es justamente el síntoma de la enfermedad lo que me enorgullece.
Muchas veces se me forma un nudo en la garganta y pienso: "Hay que tener mucha suerte en esta vida Bruno, para poder disfrutar de un abuelo como Gonzalo." Y disfruto de esta fortuna, no la recaudo, ni la atesoro, sólo la disfruto.
Pero tengo nostalgia del presente, lo reconozco.
Tengo nostalgia cada vez que estoy con mi abuelo Gonzalo.
Tengo nostalgia porque soy fanático de disfrutar con personas de esas de las que quedan pocas en este mundo, personas enfermas de la vida como él.
Y hoy, el día que mi escritor favorito cumple 80 años, al acostarme, podré decir con orgullo, que tengo un abuelo que es escritor, y que me recuerda mucho a mi abuelo Gonzalo.
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Música: Ludovico Einaudi - "Nuvole Bianche"
Foto: Gonzalo Suárez para "Jot Down"
06:25
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