
Patricia Garcia
En un lugar muy frío de cuyo nombre no puedo acordarme, vivían los números que conocemos: 0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9. Ellos caminaban solos y estaban contentos porque todos tenían su nombre. Pero un día el 1 se puso a llorar:
-¿Por qué lloras? – Le preguntaron el resto de los números.
-Porque tenemos nombre, pero nos falta el apellido.
-Es verdad- dijeron todos a la vez.- No tenemos apellido.
Mientras los números caminaban solos por aquellos lugares tan fríos, pensaban y pensaban. Hasta que de pronto, el 1 dijo:
-Ya sé… ya tengo apellido, me llamaré “una unidad”.
Entonces el 0 dijo:
-Qué bien entonces yo seré ”cero unidades”
Ahí mismo dijo el 2:
– Yo me llamaré “dos unidades”.
Y así siguieron tres unidades, cuatro unidades, cinco unidades, seis unidades, siete unidades, ocho unidades y nueve unidades, y todos se dieron cuentan que eran de la misma familia, porque tenían el mismo apellido.
En un lugar muy frío de cuyo nombre no puedo acordarme, vivían los números que conocemos: 0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9. Ellos caminaban solos y estaban contentos porque todos tenían su nombre. Pero un día el 1 se puso a llorar:
-¿Por qué lloras? – Le preguntaron el resto de los números.
-Porque tenemos nombre, pero nos falta el apellido.
-Es verdad- dijeron todos a la vez.- No tenemos apellido.
Mientras los números caminaban solos por aquellos lugares tan fríos, pensaban y pensaban. Hasta que de pronto, el 1 dijo:
-Ya sé… ya tengo apellido, me llamaré “una unidad”.
Entonces el 0 dijo:
-Qué bien entonces yo seré ”cero unidades”
Ahí mismo dijo el 2:
– Yo me llamaré “dos unidades”.
Y así siguieron tres unidades, cuatro unidades, cinco unidades, seis unidades, siete unidades, ocho unidades y nueve unidades, y todos se dieron cuentan que eran de la misma familia, porque tenían el mismo apellido.




