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Podcast Ftmassana - Textos, apuntes y reflexiones
By ftmassana
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Obra, pensamientos y apuntes
Fotografiando la gravedad
Las fuerzas que rigen el mundo son cuerdas invisibles tras ladrillos de humo y vanidad. Pero a veces, si te fijas lo suficiente, si viras la mirada y dilatas las pupilas, puedes llegar a captar su presencia.
He aquí una estampa de la gravedad, la forma que toma su influjo en el agua.
Y en su centro se genera una especie de remolino aéreo, que nos recuerda a un agujero negro invertido, donde el surtidor emula la singularidad de su vértice. ¿Qué imperativos lógicos parejos acercarán estas dos realidades? Quizás no tan alejadas la una de la otra.
Y así me encuentro a ratos —los más grandes, silenciosos y efímeros—, observando la curvatura de los gravitones, soñando en espacios etéreos e inmensidades cósmicas que a fin de cuentas, caben en la cabeza de un alfiler.
01:20
El sarcófago azul (Una aproximación a la arqueología submarina)
Por comodidad en unos tiempos sobreinformados, se suele aceptar, que lo que todavía no se conoce de la historia de la humanidad, a priori, nunca fue. Porque el pasado se ve tal que una naranja a la que no le queda zumo, que ha sido exprimida por tanto tiempo y por tantas manos que sólo podemos aspirar a perfilar lo hasta ahora ya conocido.
Evidentemente esta simplificación es falsa, y se ve desmentida continuamente por nuevos hallazgos –He aquí el mecanismo de Anticitera[1], por ejemplo, o el ADN Neanderthal que llevamos en los genes[2]–. Se trata de una falacia producto de lo cómodo que resulta a veces el aceptar el “conocimiento oficial” como la única fuente de información válida.
Sin embargo recopilar datos complementarios que nos den información accesoria del entorno y mecanismos de un sistema es, a todas luces, fundamental para entenderlo. Porque pese a que de dicha información complementaria no se derive ninguna certeza firme, nos sirve para confeccionar el ecosistema mental adecuado para formular hipótesis y enfocar una investigación.
Al observar este entorno que nos cobija, estudiando la geología terrestre o la evolución de la especie humana, es inevitable que nazcan las primeras preguntas, y de ellas, la certidumbre de que aún quedan en el tintero numerosos misterios que desvelar. Y no es osado afirmar que muchos de estos enigmas residen ocultos bajo el velo aterciopelado de las profundidades marinas, y ello se evidencia de forma clara al contemplar la gráfica del nivel del mar de los últimos 140.000 años.
Pues el nivel del mar nos cuenta dónde estaba la línea de la costa en cada momento de la antigüedad, y dónde levantaron los asentamientos costeros las primeras sociedades humanas. Llama la atención ver que hace unos 20.000 años, coincidiendo con el fin de la última glaciación, el mar estuvo 130 metros por debajo del nivel actual. Lo cual significa que los pueblos que levantaron sus asentamientos cerca de la costa en aquellos tiempos, nos han dejado yacimientos que en la actualidad se ubican muy mar adentro. Hecho que por un lado dificulta su localización y excavación, pero que por el otro nos asegura que muchos aún están por descubrir.
Buena muestra de ello es la desaparecida Doggerland[3], un área emergida hasta el 6000 a. C. que unía la Gran Bretaña al continente europeo, y que albergó una población que se vio obligada a emigrar al ver zozobrar sus suelos. Y yo me pregunto, ¿cuántas otras Atlántidas se habrán olvidado bajo las aguas alrededor del globo?
Desde Heracleion[REF.] o Antirhodos[REF.] en Egipto, al puente de Beringia[REF.] que unió Asía y América, el fluir del nivel de las aguas esconde una clave que no debemos pasar por alto, y hay que sentirlo como un latir milenario, que con cada bocanada y glaciación modifica la fisonomía del entorno irremediablemente. Sin duda, el futuro de la arqueología submarina pasa por cepillar el lecho marino con escáneres, o técnicas no agresivas de barrido, que saquen a la luz lo que la arena ha salvaguardado casi virgen durante milenios.
Como todo, la rama de la arqueología que se dedica a hurgar en los mares tiene sus pros y sus contras. Una ventaja es que los yacimientos submarinos no han sufrido la expoliación que padecen los terrestres, y es fácil hallar pecios repletos de ánforas. Tampoco nadie se ha llevado, para reformar el granero, las piedras sumergidas que conforman templos de dioses primigenios e ídolos sin nombre. Pero por otro lado, el agua es un medio que nos es ajeno, en que el hombre se desenvuelve con torpeza, y ello dificulta la excavación y limita las personas cualificadas para llevar a cabo la tarea. Aunque este impedimento pueda ser a la vez un aliciente, pues hace de las profundidades submarinas un cosmos al que, a diferencia del firmamento, sí nos es permitido penetrar, y sentimos ingrávidos como en el espacio, adentrándonos lentamente en la sugerente oscuridad de lo desconocido.
Notas:
^ El mecanismo de Anticitera es una máquina con engranajes que data del s. II a. C. aproximadamente. Oopart verificado y aceptado por la comunidad científica que adelanta el desarrollo de esta tecnología casi 1600 años.
^ Hasta hace bien poco, se opinaba que los neanderthales y los humanos modernos eran especies diferentes tan alejadas genéticamente que no podían cruzarse. Sin embargo, el análisis de restos neanderthales por parte del instituto Max Planck demostró que compartimos con ellos una pequeña proporción de material genético. Lo cual demuestra que hubo hibridación, y en última instancia, evidencia que el conceso oficial era erróneo.
^ Para saber más de Doggerland, dejo aquí este reportaje de National Geographic: «En busca de Doggerland».
Fuentes y referencias:
Imagen 1: Jason deCaires Taylor
Imagen 2: «Sea Level Change: The Last 120 Million Years»
Imagen 3: «Doggerland, Britain and Western Europe.»
Imágenes 4 y 5: Heracleion.
Imágenes 6 y 7: Baiae.
Heracleion: Saber más.
Antirhodos: Saber más.
Puente de Beringia: Saber más.
04:51
¡Oh «Dea Mater»!
Hay una deificación primigenia e ineludible que todo ser humano asume en su primera infancia. Esta es la diosa madre (Dea Mater), y se define por representar la fuente de nutrición original, la fuerza generatriz de la existencia o el vehículo del amor incondicional.
Los sonidos y aromas, colores y formas que un niño percibe a temprana edad moldean drásticamente su cerebro, y es la base que sustentará a la persona que un día llegará a ser. Tales estímulos cincelan las raíces de los significados y determinan en quién se convertirá. Por ello, no es de extrañar que el círculo, en su perfección —perfección patente en su geometría de porte divino, sin ángulos ni concreciones ni límites—, sea la forma que encierra al pezón, si no es el pezón y la abundancia que para el niño representa, lo que realmente atrapa al misticismo del círculo. Con un trasvase símil del mundo físico al psíquico, el abrazo materno sobreviene una liturgia del amor, y su calidez inconmensurable puede que sea la emoción escurridiza que algunos adultos persiguen hallar en la religión y su mística. Porque buscar a dios, puede ser en muchos casos una forma de buscar a la madre perdida, intentando recuperar ese afecto infinito que el niño suele sentir al acurrucarse en el regazo de quien le dio la vida.
Como ocurre en la infancia más temprana, también en los albores de la humanidad se veneraba a las diosas madre. ¿Acaso emanarían tales divinidades primitivas de la idealización que el bebé manifiesta por la madre? Pues es una posibilidad, y bastante plausible, ya que el mundo de los hombres es eminentemente simbólico —«una jaula de fantasía» poetizaba hace algún tiempo—, y numerosos rasgos externos de nuestra cultura provienen directamente de oscuros y lejanos abismos de la infancia, o en su defecto, de instintos convenientemente maquillados de civilización y costumbre. Miedos y placeres primitivos afloran bajo los fenómenos culturales más sofisticados o en los comportamientos de las más insignes personas. Y en tiempos prehistóricos, justamente, esta vinculación entre la cultura y los instintos más básicos del ser humano resulta incluso más evidente. Son los instintos, entonces, los que definen los mundos simbólicos de los grupos humanos, y no otros motores más dignos.
En la antigüedad, estas diosas madre eran comúnmente asociadas al elemento tierra, producto de la asimilación con el ciclo vegetal y la germinación. Las madres se asemejaban a la tierra, que acoge en su vientre la semilla, que brota del suelo y crece. Así ellas pasaron a ser las primeras diosas, a la par que el primer anhelo de abundancia ante la carestía de una vida salvaje: ellas, sin duda, fueron Pandora. Y pese a que pueda creerse que las diosas madre, por su asociación con la tierra, procedan del neolítico y el nacimiento de la agricultura, no es así: son diosas anteriores, antiguas y elementales, quizás las primeras que hubo. Hay que saber que los pueblos cazadores-recolectores que han pervivido, y por simpatía los arcaicos, conocían bien el ciclo de la vida y cómo funciona la naturaleza. Y si no explotaron el potencial de la agricultura es porque no les era rentable debido a cuestiones climáticas, orográficas, o porque no disponían de la técnica adecuada.
Enfrente de las diosas madre paleolíticas, en contraposición, hallamos los dioses solares. Vinculados estos sí a la cosecha y al neolítico. Son dioses que blanden el estandarte del patriarcado y alientan la guerra por el territorio, pues es la tierra sobre la que descansa el poblado la propiedad capital a defender ahora. Y son ellos los que suplantaron a las antiguas diosas madre durante el período en que se difundió la agricultura. Su investidura como deidades principales supuso un giro mental profundo para aquellas gentes, un cambio del cual aún sufrimos las consecuencias y define en gran medida las sociedades modernas.
Pero por suerte las diosas madre no desaparecieron por completo con la llegada de los dioses solares. Pervivieron en varios lugares disfrazadas de hijas o esposas de los demás dioses, cambiando de nombre y de aspecto, aunque manteniendo su esencia simbólica. Una buena muestra de ello es el culto a la Virgen María que se practica en la actualidad tanto en España como en otros puntos del globo. Resulta por lo menos curioso descubrir que para la tradición cristiana, la madre de Jesucristo, María, no es santa. Se trata simplemente de una persona normal —obviando que fue fecundada por un dios—, sin embargo se la venera en varios países. En el caso de España esta devoción procede de la asimilación de las diosas ibéricas pre-cristianas que se adoraban anteriormente en la península. Diosas que nos remontan al paleolítico, y a esas diosas madre que nunca terminaron de sucumbir bajo el reino de los dioses solares. Los nombres cambian, pero las tradiciones perviven, y más allá de los símbolos externos, nos queda su significado subyacente. Un significado que nos habla del papel de las madres, de las mujeres y de la naturaleza, y ha sobrevivido entre vírgenes y brujas.
Ahora que viene la navidad, qué menos que un pensamiento de afecto para esas diosas madre que nos engendraron: nocturnas, lunares y acuáticas, en posesión de secretos inmemoriales —de ahí ese socorrido «te lo dije...»— y hasta iracundas, a veces.
05:59
Dinosaurios de colores y el mito de la serpiente emplumada
Resulta, por lo menos curiosa, la intuición que mostraron olmecas y demás pueblos mesoamericanos al concebir el mito de la serpiente emplumada. Se trata de una divinidad originalmente vinculada a los elementos viento-agua, que adopta posteriormente en su forma de Quetzalcóatl (Serpiente hermosa) o Kukulkán, matices más complejos, como puedan ser el representar la dualidad cósmica o el quedar vinculada al planeta Venus.
Acertada intuición, digo, a tenor de los últimos hallazgos que evidencian la presencia de plumas en algunos dinosaurios de gran tamaño. Y es que sí, por lo visto muchos dinosaurios lucían plumaje, y este hecho modifica radicalmente la imagen que teníamos hasta la fecha de ellos. Se torna inevitable que el tiranosaurio nos parezca un poco más pollo que antes, y el velociraptor, algo más grulla.
Hace tiempo que sabemos que las aves descienden de aquellas estirpes de seres de porte mitológico que reinaron en el jurásico, pero ahora vemos con claridad, que quizás, tampoco han cambiado tanto. Han menguado, pero el fondo sigue siendo el mismo. Y por ello puede que debiéramos imaginar a los dinosaurios tal que avestruces formidables, y no como los lagartos sobredimensionados animados a trompicones de stop motion que podríamos hallar en una película en blanco y negro de King Kong[1].
Qué intuición o qué coincidencia, eso nunca lo sabremos. Cabe la posibilidad que los pueblos mesoamericanos que soñaron la serpiente emplumada juntaran, de manera subconsciente, una relación evidente entre dos clases de animales, o que igual que los dragones responden al descubrimiento de huesos de dinosaurio por parte de los pueblos antiguos, la serpiente emplumada sea la explicación de algún fenómeno que ignoramos. Porque hay que asumir, mal que nos pese, que no conocemos el pasado en su totalidad, y existen elementos oscuros en él que jamás nos serán revelados.
Porque el pasado no deja de ser más que un producto de nuestra mente, una fantasía confeccionada a partir de las elucubraciones científicas del momento y mitos culturales varios. El pasado real que fue, ese, es posible que se aproxime ligeramente a nuestra fantasía, pero ni mucho menos será fidedigno al teatrillo mental que nos hayamos montado. Esto es debido a que existen numerosos elementos del pasado que son perecederos, volátiles como una palabra o un pensamiento, y no han quedado grabados en la piedra en que leemos cómo fue el ayer. Ya que nuestra guía del pasado es el registro fósil, y en él no sobreviven –por lo menos en la mayoría de los casos– ni plumas, ni comportamientos, ni las maderas con que nuestros antepasados construyeron tantas efímeras maravillas. Y es muy probable, también, por imperativo estadístico[2], que una gran cantidad de especies de las que habitaron antaño la Tierra no aparezcan nunca jamás en el registro fósil, aunque no por ello dejan de haber existido.
Pero volviendo al tema que nos acomete, me pregunto ¿qué función tendrían aquellas plumas que engalanaban a los dinosaurios? Puesto que toda característica de un ser vivo requiere de una razón evolutiva, o en su defecto, un remanente en desuso que la justifique, las plumas también han de responder a una lógica digamos, darwiniana. Aventuro que puede que sirvieran para proteger contra el frío, o puede que fueran sólo el producto de la coquetería de los terópodos. Al final, cabe que la respuesta termine siendo una cuestión meramente estética. Porque la estética, como consecuencia de la selección sexual, sobreviene un motor evolutivo de primer orden. Y para vislumbrarlo sólo hay que fijarse en los parientes vivos que todavía quedan de los dinosaurios: los pajarillos. Prestemos atención al ave del paraíso, o a tantos otros pájaros que con su cromatismo exacerbado aspiran a conquistar a su pareja. Sin duda, el propósito de tales colores es captar el interés del sexo opuesto, y se busca la estética, que es una simetría o relación armoniosa, evidencia en última instancia de salud genética.
¿Por qué pintan los dinosaurios? –podría titularse un libro ficticio sobre la pericia artística de estos grandes saurios–. Porque lo encuentran bello y estimulante –me respondo–, igual que nosotros. Debo confesar que siempre he creído que los animales poseen sentido estético, que siquiera es un subproducto de la reproducción sexual, y no hay que avergonzarse de tener el mismo buen gusto que un asturión. Animales somos y animales seguiremos siendo. Prueba de dicha teoría es que cuando no hay luz, en entornos como las profundidades marinas, por ejemplo, los animales son feos; cuando no hay luz Dios pinta a tientas.
Y grito yo para finalizar, entregándome a mis sueños de infancia: ¡Ojalá fuera capaz de viajar un día a los mundos jurásicos! Y perderme en sus selvas de coníferas, y conocer a sus habitantes emplumados, multicolores y cantarines. Seguro, seguro, que otras mucha sorpresas me llevaría.
Eso sería, verdaderamente memorable.
Notas:
^
^ Una proyección reciente basada en el análisis matemático de todas las especies conocidas, y que es más precisa que estimaciones previas, arroja un total de 8,7 millones de especies en la Tierra. De estas, aún quedarían por descubrir el 86 % de las especies terrestres y el 91 % de las especies marinas. Este dato hace referencia a la actualidad. Contando que la vida existe desde hace unos 4.000 millones de años, el número de especies que han existido en la Tierra es bastante enorme, todavía más en comparación con las descubiertas hasta la fecha.
Fuentes y referencias:
«Quizás todos los dinosaurios tuvieron plumas», ABC, 2014
«En la Tierra hay 8,7 millones de especies, según la última estimación», El País, 2011
King Kong vs T-Rex, fragmento de la película «King Kong» de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933
05:42
Cenando surimi con el capitán Nemo
Hasta la fecha, de Julio Verne siquiera había leído aquel mítico «Viaje al centro de la Tierra» donde el profesor Otto Lidenbrock, su sobrino Axel y un guía autóctono, se adentraban en las entrañas terrestres a través de un volcán islandés de nombre impronunciable. Snæfellsjökull se llamaba dicho volcán, y en mi mente sonaba como “¡Esnafellusul!” , “¡Esnafloskul” o incluso “¡Esnafelsfel…!”, entre otros tantos torpes sortilegios fallidos que podría haber pronunciado cualquier aprendiz de mago.
No cabe duda de que el «Viaje al centro de la Tierra» de Verne es archiconocido alrededor del globo, y gracias a sus innumerables versiones y adaptaciones cinematográficas, televisivas o en cómic, forma ya parte indisoluble del substrato imaginario colectivo occidental. Así pues, alentado por el grato recuerdo que me dejó la lectura de aquel primer viaje que emprendí junto a la voz de Julio Verne, hace poco me adentré en otra de sus novelas más conocidas: «20.000 leguas de viaje submarino».
Ahora, tras la lectura, debo admitir que al final el retrogusto que me ha dejado «20.000 leguas de viaje submarino» no ha sido ni tan provechoso, ni placentero, como lo fue en el recuerdo la novela anterior. Pero todos sabemos que el recuerdo es dúctil y engañoso, y uno no debe fiarse demasiado de él. Por lo que intentaré diseccionar y describir lo que he sentido y me ha transmitido el libro, para justificar ese gusto amargo y mohoso, que mal que me sepa decirlo, es el propio de una pecera.
Técnicamente hablando —desde la técnica que conlleva empuñar la pluma—, de primeras me he percatado de que tanto Julio Verne, como otros autores que le son coetáneos, utilizan en sus obras la enumeración de una forma reiterada y algo excesiva. Y es que durante la lectura de «20.000 leguas de viaje submarino» acabé harto de escuchar el nombre de especies, subespecies, clases y subclases de los que habitan los reinos madrepóricos[1], y llegué a plantearme varias veces si acaso esta generación de escritores no quedaron terriblemente marcados por «El origen de las especies» de Charles Darwin y sus también inacabables nomenclaturas taxonómicas.
Para mí, la novela «20.000 leguas de viaje submarino» es un claro ejemplo de una buena, si no brillante idea, con una ejecución más bien mediocre, que acaba mermando la calidad del resultado. Aunque como suele ocurrirles a muchos autores —entre los cuales debo incluirme—, a medida que avanza el relato también se incrementa la calidad literaria del texto, y la voz de Verne se vuelve más fluida y certera. Ello es consecuencia de la pericia que deviene de un ejercicio continuado, y si de algo han de servir los blogs, justamente, es para mantenerse en forma no dejando de practicar entre novela y novela. Podría haber sido un gran libro —concluí de nuevo—, pero sin embargo, acabó siendo sólo una gran idea. Eso sí, una idea capaz de producir magníficas películas y adaptaciones, no lo niego, pero que flojea en el texto original que la define.
Pero a pesar de todo lo expuesto, la crítica técnica no desmerece en ningún caso la admirable labor de un autor tan consagrado como Julio Verne. Porque su aportación a la cultura y a la mitología moderna no viene dada por su destreza literaria, sino por los mundos que nos ha regalado. Unos universos imaginarios que el tiempo ha dotado de ciertos aires de steampunk, repletos de Nockers y autómatas, y donde cabe hallar a personajes tan icónicos como el misterioso capitán Nemo, o tan audaces como el presidente del Gun-Club, Impey Barbicane, en «De la Tierra a la Luna».
En «20.000 leguas de viaje submarino» descubrimos en el capitán Nemo, cuyo pseudónimo significa “nadie” en latín, un homenaje explícito al periplo de la Odisea. En concreto, al episodio en que Odiseo se ve atrapado en la cueva donde habita el cíclope Polifemo. Cuando el cíclope le pregunta cuál es su nombre, Odiseo —que es el Ulises de la versión latina— le contesta que se llama ????? —es decir: nemo en latín, y nadie en castellano—. Un claro tributo a los clásicos que evidencia el amor que Julio Verne profesaba por el saber antiguo, igual que sentía una irrefrenable admiración por los avances de la ciencia. Y es que Julio Verne era un hombre que había sabido conservar aquella frágil curiosidad que albergan los niños, y que a menudo es secada por el tiempo y la presunción de que ya no quedan sorpresas en un mundo que actúa, como debería hacerlo.
Y qué genialidad el lema grabado en el submarino Nautilus, aquel que reza “Mobilis in mobili”. Podría traducirse por “Lo que se mueve —el Nautilus— en lo que se mueve —el agua del mar—” o por “Móvil en lo móvil”, o también por “Cambiando en el cambio”. Todas ellas son frases con un aire místico, pero la última traducción, “Cambiando en el cambio”, me resulta especialmente sugerente, fractal y circular, y creo denota la genialidad del escritor que la ha concebido.
Después de los elogios, obviamente, llegan las incoherencias, las fechas imposibles y las erratas propias de la reedición y las correcciones demasiado alejadas entre sí. Pero eso se lo perdonamos a Julio Verne, por lo menos en pro de todo lo que nos ha dejado, aunque él no lo sepa: desde el capitán Nemo de Alan Moore, al Willy Fog de dibujos animados con que crecí. Pura mitología moderna.
Notas:
^ Madrépora: Nombre común de diversos cnidarios antozoos de los mares intertropicales que tienen un esqueleto calcáreo externo y se agrupan formando arrecifes. O sea, los reinos madrepóricos son mundos submarinos a las afueras de R’lyeh; viscosos, blandos y propicios para el horror cósmico.
Fuentes y referencias:
Fotos: 1ª Pentacle5, 2ª damphyr
05:44
Crítica al nuevo (y democrático) orden mundial
De igual manera que el pez grande se come al pez pequeño, los pececitos chiquitos se unen en bancos de peces, para ser más fuertes al juntar sus impulsos individuales, y el mundo se cuaja, aglutinándose poco a poco en un engrudo más denso y homogéneo. En vistas de ello parece casi inevitable que, tarde o temprano, en el futuro el mundo termine uniéndose políticamente, pues la tendencia al monopolio no solo ejerce su influjo en el ámbito económico capitalista.
Y de ser cierta esta tesis, ¿cómo será entonces esa 1ª República Mundial que nos espera? ¿Servirá para hallar una solución a los problemas que azotan al género humano, o servirá a las élites para gobernarnos a todos según sostendrían los conspiracionistas? Sin duda, para solucionar problemas globales se requiere de soluciones globales, eso es de cajón, y es necesario que un interés general prevalezca sobre el interés particular. Por lo que, siguiendo con la fantasía, el gobierno mundial que seguramente un día se establecerá en la tierra, nacerá con el fin de gestionar las problemáticas que afecten a la mayoría, y en consecuencia es muy probable que tenga una estructura democrática.
¿Y qué hay más justo que la democracia? En que cada uno da su opinión, y al final se hace lo que quiere la mayoría. En democracia, la responsabilidad es transferida a los ciudadanos, y son estos —o más exactamente sus mayorías— los que deciden su futuro. Pero cuando el gobierno y las leyes quedan en manos de la opinión de la mayoría, es la publicidad ideológica el arma más terrible y potente que una minoría puede poseer. La democracia es dúctil, lenta, ineficaz, pero justa, por lo menos ”justa” si tomamos el grupo como un ente en su conjunto.
¿Pero qué pasa si la mayoría de la población está equivocada? ¿Qué pasará entonces? El sistema democrático de nuestra república mundial imaginaria seguirá siendo justo, pero errará en sus acciones. Por poner un ejemplo clarificador: Solo sobre el 14% de la población mundial se declara atea, es decir que no cree en ningún dios, por lo que si existiera un gobierno global y democrático, éste por fuerza debería ser teísta, en concreto abrahámico, dado que entre cristianos y musulmanes ya se suma más del 50% de la población mundial. Yendo aún más allá, podríamos aventurar que dicho gobierno mundial además de monoteísta, sería patriarcal, monogámico y capitalista. Es un juego de mayorías, es democracia, es justo, y si al morir la gente, todas las acciones que haya tomado el gobierno mundial para que su población vaya al cielo no sirven de nada, porque no hay cielo adonde ir, será lo justo haber gastado tantos recursos en ello: es lo que quería la mayoría democrática, ¿no es así?
Este problema que nos presenta el imaginar un gobierno mundial, el de que la mayoría puede estar equivocada —sí, ni el cliente ni la mayoría siempre tienen la razón—, nos demuestra que en realidad no es la democracia lo importante, sino la educación, y la instrucción de los ciudadanos. Dar herramientas críticas a la población, enseñarle a pensar, es la mayor revolución a la que puede aspirar la sociedad moderna.
Pero los problemas que supondría un gobierno global no son solo ideológicos, también hay algunos de tan terrenales como el hecho que “no hay papeletas pa tanto chino”, para decirlo de una forma mundana. Claramente las votaciones tendrían que ser telemáticas, y debería idearse un sistema eficaz para ese fin, teniendo en cuenta la gran variedad orográfica y técnica del planeta en que habitamos.
¿Pero qué pasa con las minorías? ¿Qué pasa con aquellos que tienen alguna particularidad característica? Debemos entender que todos somos minoría en algún aspecto, porque el ser imaginario medio que engloba el perfil democrático neutro no existe. Todos tenemos alguna afición que no es la más común del mundo, o hablamos algún idioma que no supera el 50% de la población terrícola, o tenemos el dedo gordo del pie más largo que los otros. De qué forma el gobierno mundial tratará a las minorías es la clave que establecerá su calidad real. Pero ¿cómo elegir a qué minoría favorecer? Matemáticamente a todos a la vez no se puede, eso debemos tenerlo claro, hay que elegir, hay que beneficiar a unos en detrimento de otros. En tal caso seguramente se favorecerá a aquellas minorías que tengan mayor potencial económico, y por tanto de influencia en los mecanismos de adoctrinamiento ideológico de la sociedad. Ni más ni menos como pasa en la actualidad.
Al final, todos terminaremos hablando alguna suerte de lengua franca, vistiendo como salen en el programa de moda holográfico del momento, o repitiendo las mismas muletillas pasajeras que tiempo después no tienen ninguna gracia. La unidad hace tender a la uniformidad, y la uniformidad es pérdida de variabilidad, que son opciones, que son en última instancia capacidades de adaptación de la especie. Ante un eventual ataque marciano a lo Orson Welles o una inesperada glaciación, la humanidad lo tendría peor si se ha perdido variabilidad. Porque la diferencia es riqueza, y hay que cuidarla y quererla. La diferencia son los colores y los sabores del mundo.
Es cierto que un gobierno mundial podría adoptar una respuesta común, unitaria, contra los alien, la glaciación o el monstruo de las galletas. Y esto sería beneficioso siempre y cuando la humanidad no se equivocara en el diagnóstico del problema. Esperemos que no pasara como con algunas soluciones ecológicas ante plagas, donde la introducción de una nueva especie para controlar una plaga ha supuesto más un nuevo problema que una solución. Porque la unidad da potencia, es cierto, pero endurece y hace perder flexibilidad. Y puesto que tendemos a equivocarnos a menudo, creo que es peligroso dejarlo todo en nuestras manos, y reducir variabilidad, que es una herramienta que funciona por sí sola.
Reflexionando sobre el nuevo orden mundial, es curioso contemplar como la idea del grupo viene definida por la idea de “el otro”. Sin el “no-nosotros” no es posible el nosotros. Seguramente esto es inherente a nuestra condición, y en consecuencia en una república mundial se crearían facciones ideológicas de forma espontánea, no necesariamente territoriales, que ejercerían de cohesionador identitario. Siguiendo con estas divagaciones, si dicho sistema global fuera capitalista, como es la mayor parte del globo y por imperativo democrático debería ser la república, fomentaría el individualismo y la pugna para la mejora personal. Aunque a la vez, por autoconservación, el mundo tendría su primera crisis interna, pues debería incorporar la idea de la “preservación”, del equilibrio, para no sucumbir engullido por sí mismo; idea con tintes utópicos que pudiera ser entrara en conflicto con alguna condición propia del ser humano, o puede que no, pero que es condición indispensable para que el sistema pueda perdurar en el tiempo.
Al final, puede que sea solo una cuestión de educación, y no tanto de democracia. Puede que más importante que escoger, sea el haber aprendido a elegir antes.
07:50
El tamaño del nombre del autor, sí importa
Enfrascado en terminar la novela «Espejos circunflejos», he tenido que vérmelas últimamente con la confección de su portada. A falta de pulir detalles ortotipográficos y encomendarme a los dioses, el resto está por fin listo. Ha sido una carrera de fondo en la cual ya llevo 4 años sudando, y la meta se ve cerca, aunque aún no termine de creérmelo. Pero ahora, en que solo me queda corregir y decidir la portada definitiva —de acuerdo, me quedan mil cosas más: web, plan de marketing, editorial… Pero cuando te falta finiquitar el libro el resto pasa a segundo plano—, ahora estoy tomando consciencia de la importancia capital de la primera impresión en la gente. Impresión puramente visual y estética, que el posible lector extrae de la portada.
Me he pasado horas escrutando portadas, vagabundeando por librerías y examinando las tapas de sus libros. Al final he llegado a la conclusión que la tendencia actual es extremadamente sintética, las portadas expresan sentimientos, transmiten emociones, pero no explican prácticamente nada del interior de la obra. Sin duda asistidos por hipsters que dicen haber estudiado marketing, los editores se postran sin rechistar a esta tendencia, y ahí vemos un ojo, en la otra portada una chica, o puede que hasta descubramos un zapato por allá perdido. Como en el patio del colegio los libros parecen buscar ser aceptados, y no quieren desentonar en el estante. Y es normal, valga la redundancia, porque como en tantos otros aspectos en la vida humana, el objetivo final es asemejarse a unos patrones, ser estándar, o a lo sumo destacar siguiendo las formulas de diferenciación aceptadas, que son otros estándares.
Pero dejando de lado este aspecto, lo que más me ha sorprendido —sorpresa que no ha sido más que una constatación de lo evidente—, es que en la mayoría de libros actuales es más grande el nombre del autor que el de la novela. Aquí el tamaño importa sobremanera. Aquí los dioses del marketing han decretado que el nombre del autor es el anzuelo, las credenciales que inducirán al lector, en estos casos “consumidor”, a acercarse al “producto”. El nombre viene a ser una especie de sello de calidad, sin embargo, no tiene por qué ser siempre así. Cogiéndome a mí mismo como ejemplo experiencial, textos anteriores que he escrito son de mucha peor calidad que mi última novela, y supongo que las próximas mejorarán debido al proceso de aprendizaje que ha supuesto todo el tinglado. Nadie nació enseñado, y si asumimos que las personas son dinámicas, aprenden, envejecen y demás, debemos aceptar que todas las novelas de un autor no serán iguales. Vale, no voy a negar la evidencia: un mismo autor, aunque cambie, es la misma persona, y por lo tanto tendrá una forma de escribir con unas características concretas que pueden mantenerse en el tiempo. Pero de ahí a poner el nombre del autor más grande que el título de la obra va un trecho.
De alguna forma, siento que poner el nombre tan grande es una ofensa a la literatura. Porque se pone el autor por delante de su trabajo, cuando lo que uno está adquiriendo es el resultado de su trabajo, no su ego. El autor pasa entonces a ser un personaje, y ya sé que hoy en día todo se mercantiliza, pero habría que mantener por lo menos el decoro que exigen las guías de estilo, y poner el nombre del autor un poco más chico.
Y es que es verdad, en diversas guías de “buenas prácticas” a la hora de escribir una novela te recomiendan rehuir la grandilocuencia y los personalismos, sobretodo en introducciones y epílogos. Según dicen, el lector no quiere que le descubras la piedra filosofal, ni le des lecciones de moral, ni que suenes demasiado pretencioso… ¡Falsas modestias! Cuando después tu nombre y apellidos ocupan más de media portada.
Otra vez, creo que me han engañado, dado que una cosa es lo que se predica y otra muy distinta lo que realmente es. Al final a todo el mundo le gusta que le digan lo que tiene que pensar, se busca la opinión, el criterio bien marcado y los egos engordados, y por el contrario se rehúye la inseguridad, la pequeñez, o la duda.
Pero el que esté libre de pecado, que muestre su historial de internet —oí el otro día decir y me hizo mucha gracia—. Sé que no soy la persona más adecuada para hablar de discursos comedidos, y creo que si ya ni se puede decir lo que uno piensa, sin tapujos, en el libro de uno mismo, mejor apaga y vámonos. No obstante, un libro trata sobre una historia, no sobre su autor, y en consecuencia, por favor, que vaya más grande lo primero.
04:53
El mito del supervillano y los cortes de pelo de Kim Jong Un
Como es bien sabido por el público en general, Corea del Norte se halla inmersa en un planteamiento político particular, del que ya quedan pocos. Su base ideológica es el Juche, un leninismo proteccionista, belicoso y romántico —léase nacionalista—, que aboga por la responsabilidad del individuo en la revolución. Básicamente la mayoría lo resumiríamos con que son comunistas, y es tal la popularidad de su líder actual, Kim Jong Un, que se ha convertido en un icono transcultural y global. Pero la confección del icono no es fortuita, los medios de comunicación —alentados por fuerzas del Oeste capitalista dirán los conspiranoicos, empujados por los tópicos sembrados por James Bond y Fu Machú diría yo— son quienes realmente han ido dibujando el personaje poco a poco, para que Kim Jong Un terminase encarnando el mito del supervillano que Marvel y Hollywood nos han vendido desde chicos.
Kim Jong Un, Quimet[1] para los amigos, ya no es dueño ni de su propia imagen, que a estas alturas pertenece a los publicistas y a las masas de occidente, que en él ven la versión oriental del Doctor Maligno de Austin Powers, y en su régimen el control paranoico de 1984. Pero no debemos olvidar que detrás del personaje hay un hombre, y más aun, debajo del hombre hay un país con gente de carne y hueso, aunque en nuestra percepción del mundo sean meros personajes secundarios —sino extras— de una película de serie B.
Debido al mito del supervillano que planea sobre el líder de Corea del Norte, es cómodo aceptar como verdadera cualquier noticia, por extravagante que esta sea, que aparezca en referencia a él. Y como más chiflada y rara se presente la noticia, más creíble resulta. Porque reafirma la idea que tenemos del personaje, y un supervillano, no puede más que hacer supermaldades: prohibir a las mujeres el ir en bicicleta, cambiar el sistema de puntuación del básquet, condenar a muerte a su tío, o establecer los cortes de pelo que están permitidos, entre muchos otros caprichos que Quimet orquestra mientras ríe a carcajada suelta y acaricia a su gato persa.
Este último punto, el de los 28 cortes de pelo oficiales (10 para los hombres, 18 para las mujeres), se me antojó irónico teniendo en cuenta la, digamos, curiosa estética del líder norcoreano, y me llevó a profundizar un poco más en la noticia. Podría decir que fue por interés geopolítico, pero en realidad fue puro aburrimiento lo que me instigó a investigar. En cualquier caso, descubrí un pequeño blog[2] donde estudiaban el tema de la noticia y su recorrido, desmontando la veracidad de la misma. Por lo visto era uno de tantos bulos sensacionalistas que periodistas sin mucho que contar —sin mucho que contar periodísticamente, porque literariamente es genial— se han ido inventando con tal de rellenar su columna diaria.
Sí, lo del corte de pelo es una chifladura, pero ¿acaso no es lo que espera la gente de personaje un chiflado? Chiflado y malvado, claro. ¿Qué otras noticias sobre Kim Jong Un y Corea del Norte eran falsas? —me preguntaba yo en mi indolente vagar por la red—. Pues según este blog “todas”, y de un lado pasamos al otro, del demonio coreano que quiere reventar el mundo a base de bombas atómicas, pasamos a la feliz utopía de Yupi.
Y es que la defensa a ultranza del sistema de Corea del Norte, sin crítica alguna, que presentaba ese blog en cuestión me hacía dudar, que justamente es lo que su autor no hacía, de su imparcialidad. Esto no significa que en Corea del Norte existan solo 28 cortes de pelo permitidos, lo cortés no quita lo valiente, pero sí que la verdad debe encontrarse, respecto al tema de Corea, en un punto intermedio. Y aquí lo importante es dilucidar si la realidad tiende para un lado o para otro. ¿Quién tendrá razón?
Claramente estamos ante un ejemplo de manipulación informativa, y a menos que tengamos pensado estudiarlo in situ nosotros mismos, nuestra opinión vendrá determinada por la credibilidad que otorguemos a las diversas y contrapuestas fuentes. Por supuesto, siempre son más atractivos los tópicos coloristas y la simplicidad dual, pero por mi parte, y lamentándolo mucho, me merece más credibilidad un pseudofanático utópico que muchos periódicos. Por lo menos las utopías son bonitas, pese a que las personas siempre las terminen estropeando.
Notas:
^ Quimet, que es el Quim pequeño, con la misma sonoridad que Kim, es el diminutivo en catalán del nombre Joaquim.
^ «De Pyongyang a La Habana», blog pro norcoreano.
05:04
Las mil y una rosas
Un icono de tantos que podemos rescatar de la fructífera década de los ochenta es el aclamado libro de Umberto Eco «El nombre de la rosa». Aunque su éxito, y su empeño en persistir en la memoria, pueda deberse con toda probabilidad a su adaptación cinematográfica con Sean Connery y un jovencísimo Christian Slater, no hay que subestimar el mérito del relato escrito en sí: mucho más místico, laberíntico y metafísico que la detectivesca adaptación para la gran pantalla que hicieron después. Hay quien dice ver al gran Borges en el malvado y ciego Jorge de Burgos, otros alaban la perspicacia Sherlockholmesiana de Guillermo de Baskerville, pero todos recordaremos a un desgarbado Salvatore (interpretado magistralmente por Ron Perlman) gritando «¡Penitenciagite! ¡Penitenciagite!»[1] ante temores milenaristas[2].
Y es que el modelo cultural de la modernidad es policéfalo, y no puede disociarse un libro de su película o de su videojuego, como no puede desligarse una obra artística de su contexto, o a una persona de la sociedad que la abriga.
De «El nombre de la rosa», no iba a ser menos, también tuvimos una magnífica marea creativa producto de su popularidad. Una de sus olas fue el videojuego «La abadía del crimen»[3], una maravilla isométrica de cuando los amstrads y los spectrums todavía dominaban la faz de la tierra. ¡Cuánto ha llovido desde esos tiempos prehistóricos! Tiempos en que todavía podías perderte por el bosque sin que el signo de la bestia (608…) te reclamara acuciante con la melodía de nokia. Los videojuegos antiguos, por su sencillez, son conceptualmente más puros, más abstractos: o puede que los años me hagan mirarlos con cariño, como se mira todo lo viejo y gastado.
Sin duda «El nombre de la rosa» fue un libro importante en su época, y todavía hoy mantiene una posición destacada en el estante de novela histórica de mi biblioteca. Los convulsos y oscuros años del Medievo —oscuros y convulsos según la historiografía popular, revolucionarios y prolíficos dirán otros—, albergan el hervidero iniciático y gnóstico que despertaron las herejías albigenses, con la iglesia luchando por definirse ante los retos sobre la doctrina que terminarán desembocando en el luteranismo, y extra-religiosamente hablando, en el humanismo. Este ambiente convulso ideológicamente es el que nos presenta la novela, mezclándolo con una trama puramente detectivesca, que es en la que hace hincapié la película. En definitiva es una historia original: la aparición de la segunda parte de la «Poética» de Aristóteles o el recurso criminal del libro envenenado, todo ello con el clima apocalíptico que periódicamente anuncia el fin de los días.
Cuál fue mi sorpresa al descubrir que, uno de los puntos más sugerentes de la historia, el aspecto del libro con veneno en sus páginas, era una aportación inconsciente a la testa de Umberto de «Las mil y una noches», según confiesa el mismo autor (he podido averiguar a posteriori). Adquirí hace poco un ejemplar de «Las mil y una noches» editado por René R. Khawam, y en él contemplé la acuciante misoginia que exudan sus páginas así como una recurrente propensión a la poesía arábiga, pero también hallé en su página número 100 la historia del médico Dubán:
Dubán el sabio era un médico providente de tierras romanas, que sanó a un rey de la lepra sin tan solo tocarlo. Dubán mandó al rey que jugara con una pala untada con ungüento en el hipódromo para que así, al sudar, la medicina penetrara en su cuerpo. Que después tomara un baño y se acostara. Al día siguiente milagrosamente el rey ya estaba curado. Pero por la pérfida influencia del visir, el rey se asustó ante tal poder: Si Dubán lo había salvado sin siquiera tocarle, con tanta facilidad, también podía matarle cuando quisiera. Por eso el rey decidió ejecutar al médico, y este, al ser informado, preparó su venganza ante tan ingrato pago.
El día de la ejecución Dubán trajo unos polvos y un libro con él, y le dijo al rey que una vez decapitado leyera unos versos del libro, y que entonces su cabeza cortada volvería a la vida y le respondería a cualquier pregunta que le formulara.
Fascinado ante la promesa de tal prodigio, el rey aceptó. Le cortaron la cabeza al médico, se posó en los polvos, y como había dicho resucitó. Después el rey abrió el libro. Las páginas estaban en blanco y algo pegadas entre ellas, así que tuvo que chuparse las yemas de los dedos repetidas veces para separar las hojas y buscar los versos. Pero ahí no estaban. Sin embargo, las páginas del libro contenían un veneno, y el rey murió, a la vez que la cabeza animada del médico también moría.
Ciertamente es una historia curiosa. La evidente conexión entre el relato de Dubán el sabio y el libro de «El nombre de la rosa» nos denota una característica del hecho cultural que a menudo olvidamos: toda creación es recreación. Deglutimos debidamente nuestras influencias y estímulos, y de ello emana cualquier originalidad, que a fin de cuentas es reciclaje. Mil ríos nutren nuestro arroyo, y en las noches de siroco, entre rosas, verbos y laberintos, tejemos una bufanda a juego con los jerséis hechos por tantas y tantas otras personas. Estamos confeccionando entre todos, quizás, el genoma de una nueva forma de vida. Un ente etéreo transcultural.
Notas:
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^ Descargar el videojuego «La abadía del crimen» en abadiadelcrimen.com
Fuentes y referencias:
Imágenes de «Las mil y una noches» de Edmud Dulac
05:37
El mito de la caverna y los píxeles cuánticos
¡Que acertado estuvo Platón al formular la alegoría de las sombras en su mito de la caverna! Porque es un símil sin igual, didáctico, esclarecedor y certero, de lo que es en el hombre la realidad perceptible que lo envuelve. Sombras vemos, sombras son todo aquello a lo que podemos aspirar; la luz rebota en la materia como se proyectaban las sombras dentro de la caverna, y a la amalgama de colores y matices que penetra por nuestras pupilas le aplicamos el bisturí del límite, le damos sentido y nombre, pero eso no es lo que hay, eso es siquiera lo que vemos e interpretamos.
Comprender que existe una realidad subyacente la cual irradia aquellas magnitudes que podemos percibir —e infinitas que nunca conoceremos por pertenecer a rangos exóticos—, es cabal para empezar a vislumbrar el entramado del mundo dónde estamos. No hay duda que las apariencias sensibles son engañosas, relativas, arbitrarias: La rueda de una bicicleta, cuando está quieta, presenta sus radios claros, diferenciados y definidos. Al poner la bicicleta en marcha los radios se diluyen en un continuo, dejan de estar aislados gracias a su celeridad, como los átomos obvian su vacio intrínseco. Los radios son los mismos, solo cambia nuestra percepción de ellos. Y ya no hablemos de que le llamamos radio a un trozo de materia, dispuesta en filamento, dentro de una estructura imaginaria bautizada bicicleta, que dudo sea muy diferente a nivel elemental de lo no-bicicleta.
Pero la enseñanza del mito de la caverna puede ir mucho más allá, más lejos de las evidencias sobre las limitaciones cognitivas humanas superficiales, de la subjetividad de la mente o la restringida capacidad sensible de nuestros sentidos. Creo firmemente que el mito de la caverna es también aplicable a la ciencia y a las matemáticas, a la misma esencia del entendimiento humano. La física cuántica, por ejemplo, peca en muchos científicos de un cierto fanatismo cuántico, cuando es asumida como una realidad, y no como una aproximación inteligible, estadística y humana, a magnitudes que se nos presentan muy lejanas. Según esta acepción de la física cuántica, los “cuantos” son la unidad mínima que puede existir de realidad, ya sea energía, espacio o tiempo; si es que hay alguna diferencia entre ellos. Lo primero que me viene a la cabeza es exclamar atónito: «¡¿Qué me estás diciendo? ¿Que la realidad está hecha de píxeles?!». Solo espero que Dios no instalara Windows en el sistema operativo del universo, porque esto sería un desastre. Vamos a ver, empecemos por el principio: Aquello que una persona puede conocer o entender, no tiene porque ser todo lo que hay, aun más, sería muy extraño que en los albores de la ciencia moderna ya se hubiera llegado a un suelo técnico, y si se llegara, solo significaría que no vemos que hay detrás de la pared, no que no haya nada detrás de la pared. El mismo concepto de punto 0, contradice la lógica, que no la experiencia, sobre la realidad subyacente. Pero es que como en la alegoría de la caverna, el nombre, el objeto, el número, la unidad, son sombras.
Para desenmascarar la ilusión del “cuanto” como punto, debemos primero conocer cómo funciona nuestro cerebro y por qué funciona así. Somos animales con finalidad procreativa, y nuestro intelecto y mecanismos de razonamiento responden a lo que hemos requerido a lo largo de los eones. Para entender el mundo necesitamos clasificarlo, encapsularlo en cifras, motes y entidades. Pero estos elementos son ficticios, arbitrariedades conceptuales que inventamos en un momento dado, antes que nosotros no estaban ahí, y por lo tanto “son” dentro del universo subjetivo, pero no tienen ninguna relación con la realidad subyacente. El límite es para la consciencia la gran falacia imprescindible, el dios de lo cognoscible que nunca existió fuera de nuestros cerebros. Solo podemos entender los límites, pero debemos entender que son una herramienta, no una realidad.
De igual manera los números, las matemáticas, adolecen del mismo mal. 1 es todo, 0 es nada, y son equivalentes; pero 2, a partir de 2 todo es un juego de divisiones conceptuales. Un sistema practico, no lo niego, pues no hay otro sistema que podamos comprender, pero resulta inexacto respecto a la naturaleza subyacente en la realidad. Esto nos lo demuestran los números irracionales, que son la base con la que opera el universo: Tanto Pi, e, o cuantos otros hay, son proporciones sin límite, de infinitos decimales, que expresan las verdaderas matemáticas de la realidad. Igual que Pi no tiene una base 0, el mundo tampoco la tiene.
Puede que a alguno le parezca absurdo y fantasioso pensar que la realidad física se compone de infinitos, que no quiera entenderlo porque desafía la experiencia sensible de la conciencia, igual que en la caverna de Platón los demás presos no querían escuchar al que vio el exterior de la cueva. ¿Cómo explicar la diferencia en la templada calma del infinito, la emulsión de las sombras que tras recorrer innumerables pasos llegan a nuestras retinas? Pues por la conciencia, precisamente. Los infinitos adjuntos no tienen un punto 0, se trata más bien de una disonancia entre ellos lo que quiebra la inmóvil unicidad de la nada en los matices que experimenta el ser. Esa disonancia es la conciencia, que capta al “poder ser” las sombras de este maravilloso desafino.
05:46
«Pensar rápido, pensar despacio» de Daniel Kahneman; o llámalo X, ilustre maestro
En el siguiente artículo voy a comentar un libro que he leído recientemente: «Pensar rápido, pensar despacio», de Daniel Kahneman, personaje que de entrada ya llama la atención al haber obtenido el Premio Nobel en Economía 2002, aun y ser psicólogo. En dicha obra, con numerosos ejemplos didácticos y acompañados por su inseparable —aunque difunto — amigo Amos Tversky, Kahneman nos adentra en el mundo de la psicología aplicada a las decisiones y los juicios, y nos presenta a un viejo conocido bajo un nuevo nombre: El inconsciente.
El libro, como bien su título indica, en su base habla de los dos sistemas cognitivos que encierra la mente humana: El pensamiento rápido que emana del inconsciente —llamado aquí Sistema 1—, que es la parte oscura e intuitiva del cerebro; por otro lado la consciencia racional —llamado aquí Sistema 2—, que es lenta, perezosa y está inevitablemente subyugada a su hermano siniestro. A partir de estos dos actores freudianos, se desmigaja su papel en las decisiones humanas, sus características e interacciones. Aunque la bipolaridad de la mente no suponga nada novedoso, la sorpresa que nos aporta el libro es —sorpresa respaldada con ensayos y experimentos— la preeminencia del inconsciente a la hora de hacer juicios o tomar decisiones, elecciones que por lo común le otorgaríamos la autoría a la racionalidad. Y es que para Kahneman el inconsciente siempre dice la suya primero, porque es muy rápido dando respuestas, y si la pregunta es compleja sencillamente responde a una más simple. El problema viene dado en concreto por este aspecto, porque el inconsciente —o Sistema 1— responde rápido aunque no conozca la respuesta, substituye la pregunta, y esto lo erige como nefasto calculando probabilidades. Peor aún cuando la consciencia racional suele dejarse aconsejar demasiado a menudo por esta primera impresión, y rehúye el esfuerzo que supone pensar de verdad, que es pensar lento.
Una de tantas sorpresas de la obra, apuntalada como ya he dicho con el resultado de ensayos sobre las diversas teorías, es la enorme volubilidad del ser humano. La sugestión es un efecto psicológico bien conocido, pero por lo menos yo le había dado poca consistencia a la fuerza de la inducción mediante palabras, a su capacidad real de influir de manera profunda en las personas. Pero los estudios de Kahneman revelan un poder inaudito en las anclas verbales —y no-verbales, en cuanto prejuicios y estereotipos—, terrible evidencia de la deriva ideológica y conductual que sufren las masas, y de la aleatoriedad de ciertas decisiones que toman nuestros dirigentes. Queda claro al leer el libro que muchas decisiones son tomadas por cuestiones semánticas y “aromas conceptuales” en lugar de a través de la lógica y la reflexión. Esto se explica —y lo digo yo, no Kahneman— porque como ilustra el universo onírico, el cerebro no consciente, que es en esencia aquello que conforma la mente humana, es eminentemente emocional y simbólico; la lógica es meramente un subproducto de la utilización de herramientas durante milenios por nuestra especie. Tomar consciencia de que son los símbolos y “cómo se dicen las cosas”, más que “qué se dice”, lo que gobierna el mundo, es una revelación algo turbadora con la que tendremos que aprender a vivir.
Sin embargo, lo que ha hecho excepcional a Kahneman ha sido el vincular todas estas hipótesis psicológicas con el reino de las finanzas, y poner a prueba inversores y estadistas, para descubrir en algunos casos bochornosos resultados, como que las previsiones “económicas” de la mayoría de expertos tienen el mismo índice de aciertos que las de una abuela con alzheimer. Pero entremos a relatar los puntos básicos que explica Kahneman en la obra sobre a lo que elecciones financieras y economía se refiere:
Por un lado tenemos la falaz sensación, según Kahneman, de lo que asumimos como “gastos” y lo que asumimos como “pérdidas”. Aunque a efectos prácticos, respecto a nuestra masa monetaria sea lo mismo, ni por asomo sentimos igual una pérdida que un gasto, porque al gasto le asociamos una contraprestación. Por ello, tendemos a evitar llamarle pérdida, y a veces situaciones iguales las vemos de forma contrapuesta según cómo las afrontemos, y escuchamos solo lo que nos dice el Pepito Grillo del inconsciente, sin abordarlo de una forma racional. De igual manera, establecemos cuentas mentales, destinamos unos recursos a una finalidad, y otros a separadas funciones, y nos engañamos al no concebir globalmente nuestro dinero, y sentimos que perdemos, o ganamos, respecto a nuestras cuentas mentales y no de forma racional.
También nos cuenta Kahneman que existe en las personas una marcada aversión al riesgo: aunque las probabilidades vayan a nuestro favor, de forma ilógica, aumentamos desmesuradamente lo que estamos dispuestos a pagar con tal de eliminar cualquier riesgo. A no ser, claro está, que perder sea casi seguro, “una situación desesperada” podríamos decir, en tal caso se cambian las tornas y tendemos a arriesgarnos ilógicamente. He aquí el efecto “ludópata” en mala racha o inversor arruinado; fácilmente cualquiera de los dos duplicará o triplicará la apuesta con muy bajas probabilidades de ganar con la esperanza de no tener que sentir que ha perdido.
Un tema con el que no estoy muy de acuerdo, es que Kahneman considera más lógico jugar —en cuanto apostar, invertir, emprender— siempre que las probabilidades estén de nuestro lado, dado que a la larga, en cómputo global y por probabilidad, saldremos ganando. Aquí yo creo que no tiene en cuenta el factor momento y las circunstancias, y ve la vida de una persona como un trayecto en que al final hay que hacer balance de las cuentas. Pero ser el más rico del cementerio es una sandez —propia del inconsciente Sistema 1—, y la vida se compone de momentos, etapas, con sus características concretas, y hay momentos en que una posible pérdida tiene más repercusiones que en otros. Y según mi entender, al final estamos hablando de dinero, una treta social que son los puntos conseguidos en este juego macabro, que al inconsciente le pueden hacer mucha gracia, pero su finalidad es ser intercambiados por servicios o productos, no acumularlos cual hurraca.
Bueno, muchas otras cosas cuenta el libro «Pensar rápido, pensar despacio», y lo he encontrado muy sugestivo e interesante, especialmente por hacer partícipe al lector de las artimañas de la mente, y mediante ejercicios, que pueda comprobar en sus propias carnes la veracidad de las teorías. Como colofón me referiré al título de este artículo, a eso de «llámalo X, ilustre maestro», porque no es lo que dices, sino cómo, dónde, y la insistencia que has tenido repitiendo obviedades a la comunidad académica. Daniel Kahneman no ha descubierto la piedra filosofal, pero con testarudez, ha conseguido que algunas evidencias se le aceptaran. Algunas cosas que cuenta en el libro son de sentido común, otras son de esas que dices “lo sospechaba, pero no creía que fuera para tanto”, y las demás son sencillamente —o debería decir patéticamente— pasmosas.
En definitiva, buen libro.
07:28
Factor oportunidad
Suelo defender que es el esfuerzo, y no la suerte o el azar, lo que a final de cuentas, una vez superadas las zancadillas que nos va poniendo el destino, determina la vida de cada uno. Llámalo Karma, llámalo causa-efecto, llámalo “la cabra tira al monte” (y si la cabra no va al monte, ya vendrá el monte a la cabra). Es una concepción bastante difundida hoy en día, donde es normal aferrarse a la causalidad, rehuyendo el peso de lo incontrolable, pues ya no hay dioses a los que idolatrar ni demonios a quienes culpar. Pero a pesar de que sea la acción, guiada por la voluntad de los deseos, el empuje que socava el lecho del río de nuestras vidas, no hay que olvidar que el inesperado azar condiciona el poder del acto, y más aún, descubre oportunidades que de otra forma hubieran restado ocultas, y las consecuencias, de las consecuencias capaces de tumbar imperios, que emanan de las más fútiles nimiedades. Es el efecto mariposa, que reside en el día que se levanta nublado, en el interior del tomate que compramos en la esquina, o en cualquier elemento azaroso que hallemos a lo largo de la jornada. Podría conjeturarse que la proporción de factores fortuitos que intervienen en una actividad, por cotidiana que esta sea, es inmensamente colosal, y las posibilidades e implicaciones hacen del mundo un lugar que puede llegar a ser maravilloso (si encuentro un billete de 100) o terrible (si me corto un dedo).
Pero cabe preguntarnos, ¿si Newton no hubiera sido golpeado por una manzana en la cabeza, hubiera desarrollado sus teorías sobre la gravedad? (Aceptando que el mito de la manzana fuera cierto). Pues probablemente sí, porque la manzana solo fue el desencadenante de un proceso que iba cociéndose en su testa. Si no hubiera sido la manzana, hubiera sido el gato al saltar del tejado, o vete tú a saber qué. Por ello, vemos que por lo común, la voluntad es la fuerza que sujeta al azar cotidiano, se vale de él, puede que hasta lo ignore, y como un borrico con una zanahoria en un palo avanza impertérrita hacia su objetivo. Pero la voluntad requiere asimismo del azar para cumplir sus fines, porque el azar da las oportunidades, muchas de ellas difícilmente alcanzables por vías causales, para llegar al destino deseado.
El factor oportunidad son las puertas aleatorias que constantemente se nos presentan, caminos que si nos atrevimos a seguir quizás nos lleven a nuestro destino, o puede, que hasta nos hagan cambiar de punto de vista y deseos, y modifiquen el relato de nuestra existencia irremediablemente. Detrás de cada oportunidad nace una raíz que se bifurca infinidad de veces hasta nuestra muerte, de ella brotan otras oportunidades, miles y miles de raíces que están condicionadas por el tronco que elijamos a cada momento. Y eso, junto al acto, es la vida desde la subjetividad de la conciencia. Acción y caos, no hay que desestimar ninguno de los dos. ¿Qué sorpresas estarán aún por venir?
03:26
Los mil rostros de la metamórfica verdad
Consciente del peligro que supone, asumiendo que eventualmente pueda ponerme demasiado trascendente, y con ello sublimar los significados, que en su pureza pierden el sentido, voy a hablar de la Verdad; La Verdad con mayúscula, ese hito que la humanidad asume como inamovible, certero, puntal de la justicia y fundamento de la realidad. Es intrínseco al concepto mismo de verdad adjudicarle una sola posibilidad, solidez de forma. No se acepta que pueda haber dos verdades contrapuestas sobre un mismo aspecto, porque se cree que la verdad es la causa subyacente del fenómeno. Al preguntar de qué color es el gato (si asumimos “color” tal que la radiación electromagnética que rebota, y no como nomenclatura subjetiva de dicha radiación), solo toleraremos una respuesta verdadera, o en su defecto, la admisión de ignorancia sobre la verdad subyacente. Pero en ningún caso, creeremos que la suma de dos pares de manzanas es cuatro y cinco a la vez. O es una, o es otra, y la intuición de lo aprendido en el colegio velozmente identificará una respuesta como verdadera, y la otra, como falsa.
Esa misma verdad se aplica a las estructuras humanas, a las creencias, la política, o las relaciones personales. Es evidente que, cuando hay varios seres pensantes (y con finalidades particulares) juzgando un hecho complejo y humano, al carecer de termómetros o reglas que puedan medir los conceptos, resulta considerablemente más complicado hallar un consenso sobre la verdad de las cosas. Aún así, cada individuo cree que existe tal verdad subyacente, y se tiende a creer que la opinión de uno es quien la ha desvelado. Puede que una persona cambie de opinión ante argumentos o hechos, pero entonces adopta la otra verdad como la Verdad, aceptando haberse equivocado. Porque la verdad solo puede ser una.
Tan arraigada tenemos esta idea que dudar de la unicidad de la verdad es dudar de los hilos en que se teje nuestra existencia. Pero siguiendo el símil, no tiene por qué solo haber un hilo, mientras haya una urdimbre que los sustente. Todavía más cuando intentamos dilucidar conceptos algo abstractos, que existen de igual manera que es el verbo al ser pronunciado: por autogénesis de la consciencia. El sistema de la verdad humana está presente en todo aquello que hemos excretado al universo, desde la civilización a las herramientas. Es por ejemplo la base binaria con que hemos diseñado los ordenadores, y mana de la categorización primigenia que entienden los seres vivos, de bueno y malo, que es vida y muerte. ¿Pero acaso las piedras mueren? ¿O la felicidad puede extrapolarse al agua? Entonces ¿por qué nos empeñamos en pensar que el mundo que alberga nuestras vidas funciona igual que un ser humano?
Hay una gradación, y después una interpretación, que son imposibles sin la intervención de un ser consciente. No hay una verdad que el ser humano pueda llegar a conocer, hay una verdad que nunca podremos conocer por su carácter no-concreto (no pudiéndose encapsular por los límites del nombre), y seguidamente, está la consciencia pretendiendo clasificar y archivar lo que ve u oye con tal de entender el entorno. En consecuencia, la verdad a la que podemos acceder siempre será subjetiva. Cada uno tiene su verdad, y cada siglo o sociedad tiene las suyas. Tan mentiras como se nos presentan hoy las verdades de los hombres del ayer, son los preceptos actuales que mañana serán rebatidos.
¿Y cuál es la verdad? ¿La de ayer, la de hoy, o la de mañana? Pues ninguna de ellas. La Verdad es una palabra que sirve para santificar concepciones o ideas, y ocultar a nuestra mente aquello que no nos interesa poner en tela de juicio. Pero, no nos interesa … ¿para qué?
Bueno, hay verdades que es mejor no conocerlas, o al menos eso pretenderá impediros vuestra mente.
04:10
Atisbos de una existencia invisible: Memoria invertida y paramnesia
Toda persona en algún momento de su vida ha experimentado el célebre fenómeno del Déjà vu (paramnesia), y ha tenido un escalofrío al recordar como un evento ya transitado aquello que estaba ocurriendo en ese mismo instante. Son, para la mente consciente, recuerdos asincrónicos, que según las leyes de causa y efecto no debieran existir hasta que hubieran podido ser almacenados. Es parecido a la familiaridad de un texto o una película ya vista; a pesar que nos cueste rememorarlo en frío y seamos incapaces de contar su argumento o detalles, al volver a adentrarnos en la experiencia ya vivida automáticamente identificamos que dicha película ya la hemos visto o que ese capítulo del libro lo leímos con anterioridad.
La psicología explica que es el sentimiento de familiaridad, y no propiamente un recuerdo, lo que se experimenta durante un Déjà vu. Por ello, aunque sintamos que la escena vital es repetida, somos incapaces de recordarla en conjunto y concretamente, y predecir en consecuencia los acontecimientos inmediatos que debieran ocurrir y aún no han pasado.
Otra explicación, puede que menos plausible, es que la paramnesia tenga que ver con los sueños, con el mundo imaginario en que nos sumergimos cada noche y apenas recordamos. Algunos dicen que el Déjà vu pudiera ser el recuerdo de un sueño, de una fantasía del subconsciente en que pasó lo mismo que en aquel momento estamos viviendo. Pero esta tesis encierra un problema. De ser así, en el pasado hubiéramos soñado algo que todavía no ha sucedido, y amaneceríamos como profetas al haber dislocado el espacio-tiempo.
Yo, por la parte de desequilibrado que me toca, he sufrido numerosos sueños proféticos a lo largo de mi vida, y en ellos he recordado un futuro que aún no había sido recorrido por el segundero del presente. Algunos de esos sueños han quedado grabados a tinta y fuego en mi memoria consciente, y a veces los rememoro intentando descifrar su oscuro significado. No es por superstición que los rememoro, sino por intriga, y una curiosidad inherente en mí hacia lo onírico y lo absurdo. Pero aquellos sueños no tendrían mayor trascendencia si no fuera porque algunos se han cumplido, al menos en parte. Aunque mejor me explico, antes que me tachen de loco, o hasta peor, de vidente.
Uno de los primeros sueños premonitorios que recuerdo lo tuve durante la adolescencia, y soñé con un cine cercano a mi casa. El hecho más significativo era que el edificio que albergaba las salas de cine lucía un aspecto diferente a cómo era para aquel entonces. En la fantasía onírica, yo lo admiraba, y después mi visión se elevaba partiendo de mi cuerpo en dirección a la ventana de un edificio adyacente. A continuación, una luz cegadora me envolvía, arropándome en un calor familiar. Años después, reformaron dicho cine, y su nuevo aspecto resultó ser, o por lo menos mi memoria así quiso hacérmelo creer, igual que el que yo había soñado. Esto provocó que el sueño quedara firmemente gravado en mi mente, sumándole la intensidad mística que suponía que en la luz final, mi cerebro había asociado la frase: «al comer de él, se os abrirán los ojos, y seréis como dioses». Aún en la actualidad, como el que evade pasar por debajo de una escalera aunque se defina de escéptico, a veces al pasar por debajo del edificio donde en el sueño me acercaba a una ventana, miro si hay algún cartelito de «se alquila». Puede que en un futuro termine viviendo ahí, y puede que como tantas otras veces, sea la búsqueda de amoldar la realidad a cómo creemos que debería ser, lo que haga que la profecía se cumpla. Y es que el poder de cualquier hechizo o maleficio radica en la veracidad que le otorguemos, porque existe cuando se cree en él, y tendemos ajustar la realidad a nuestras creencias.
Otro recuerdo del futuro que viví una noche fue el desencadenante del ensayo metafísico «Reflexiones sobre la Realidad». En el sueño, en que estaba con mi mujer y mi hijo –que todavía no ha nacido- en la cama, mi mente entendía claramente todo de aspectos de la física elemental de los que era desconocedor en estado de vigilia. Al despertar, el recuerdo de mi propio pensamiento me dio las claves para escribir el libro. Puede que cuando tenga un hijo la alucinación se disipe, si en lugar de tener un niño de pelo negro y rizado llamado Hector, me sale una princesita de tirabuzones cobrizos. Pero sería una pena, porque a Hector lo he visto más de una vez, hasta una noche creí atisbarlo corretear por el pasillo.
Uno de los sueños más recientes hace referencia al nuevo piso donde me he mudado, y concentra la paramnesia con una pesadilla profética. Estando en mi nueva cocina tuve un Déjà vu, tuve la sensación de ya haber estado ahí con anterioridad, antes de que nos mudáramos. Al poco rato recordé una pesadilla de hacía unos años, donde yo me encontraba en una cocina extraña y aparecía una mujer vieja y horripilante. Yo la atacaba con un gran cuchillo de cocina, haciendo una carnicería propia de las mejores películas de terror. Tuve la impresión turbadora que esa cocina antes desconocida era la de mi nuevo piso, lo cual no me dejó muy tranquilo por si despierta en mí cualquier día de estos una esquizofrenia galopante o me tono unas setas.
Son muchas las memorias invertidas y las ilusiones cognitivas que me han envuelto a lo largo de mi historia. Pero no hay que rechazarlas, ni tenerles miedo, porque a pesar que el mundo pueda ser euclídeo y aburrido, nosotros como personas lo entendemos con símbolos, significados e interpretaciones. Y no puede desasociarse el deseo de la reflexión, ni el instinto del pronóstico, ni el símbolo de la palabra. Estudiar los sueños y los artificios mentales es estudiarse a uno mismo, e intentare seguir escuchando a aquellas gentes que viven dentro de nosotros. Aun me pregunto, que querían decir con eso de «Followanfar».
06:39
La civilización es una jaula de fantasía
Los que somos hijos de la urbe, normalmente no le prestamos atención a nuestro entorno. Pero ahí está el fugaz, acelerado y estresado mundo moderno, ese reino en que muchos hemos crecido, con sus calles, sus edificios, sus efímeros ecosistemas virtuales, y una ingente marabunta de zombis asalariados y carros de hierro. Con el auge de Internet y los electro-sistemas de relación humana, algunos han proclamado alarmados que las nuevas generaciones están perdiendo el contacto con la realidad, o que supone un peligro latente el pasar gran parte de nuestras vidas en entornos imaginarios enladrillados a base de bits. ¿Pero es en efecto nocivo, o nuevo, o maléfico el modus vivendi de la sociedad de la información? O puede, creo yo, que sencillamente hayamos cambiado de herramientas pero sigamos la misma ancestral idiosincrasia conductual de siempre.
Cuando uno va a tomar un café, y se sienta en una terraza, si no tiene la prisa del conejo de Alicia —«llego tarde, llego tarde» se repiten cuantiosos madrugadores mirando el reloj—, puede observar con tranquilidad su hábitat, y ver qué elementos lo conforman. Empezamos por la taza que contiene el café, por ejemplo, que fue diseñada por alguien que la imaginó, y que seguidamente transfiguró la naturaleza en un acto alquímico de creación, para que existiera su fantasía contenedora de infusiones. En seguida vemos que nada escapa de esta naturaleza anti-natural: La cuchara, la silla, la mesa, la ropa, la calle, los edificios, los coches… todo, todo lo que pisamos y tocamos son materializaciones de ideas humanas, ilusiones funcionales creadas por y para el hombre. No hay un ápice de realidad intacta que no haya sido trasformada y producida en serie. ¡Bueno sí, miento! Siguiendo con la escena del café, desde nuestra mesa a lo lejos vemos un triste árbol, ya sin hojas, que emergiendo del pavimento intenta sobrevivir entre tanta polución y conceptos objetualizados. Y es que tanto en las ciudades como en nuestras casas, si no ya en nuestras vidas, la manufacturación nos cerca casi por completo, condenándonos a pasear hasta la muerte por los sueños de otros. Porque el objeto es, metafísicamente, a partir de su función, y si le arrebatamos su nombre y su uso, pierde el halo mágico que le confiere sentido.
Internet, el indómito Internet, no es tan diferente de ese mundo artificial que hemos concebido con esmero y habitamos en la urbana modernidad, solo que Internet encapsula las ideas en botes más chicos, o debería decir en pantallas más planas. Pocos se dan cuenta, pero hace tiempo que dejamos de tener contacto directo con el mundo, desde que las herramientas tomaron el control de la existencia en sociedad, mucho antes de la invención de cualquier sistema binario o cachivache para computarnos personalmente. Huimos de lo bruto, que no ha sido humanizado, porque nos da miedo y somos incapaces de controlarlo. En cambio, el confortable nido de fantasías en que retozamos a diario se nos antoja seguro cuando es palpable, no siendo así para algunos cuando se vuelve acaso más puro, y se erige solamente su esencia simbólica.
Creíamos pisar suelo firme y nuestros adoquines por lo visto son imaginarios. Qué le vamos a hacer, a fin de cuentas, esto no deja de ser otra idea más. Otro intento poético-abstracto de jugar con la nada, y es que somos un caso, porque no podemos dejar nada cómo está.
03:42
Los rigores del noble arte de escribir
De pequeño no quise ser bombero ni astronauta, sino que soñaba con ser escritor, para vivir compartiendo las fantasías que me asolaban continuamente. Para mí los conjuntos de ideas tenían un aroma, un color, y cada trama, ambiente o cuento podía saborearse como un buen vino. Pero tras una niñez prometedora, en que redacté con tenacidad precoces relatos, las exigencias de las necesidades cotidianas fueron arrastrándome hacia el mundo del arte: «Siempre se puede ser artista» —me decía el apetito de oro mientras estudiaba en la universidad. El arte era una opción que siempre estuvo ahí y que no me requería esfuerzo alguno. Pero siempre me gustó lo que me costaba, y por ser tan inútil quizás justamente he cultivado tantas variopintas habilidades. Pero a fin de cuentas, mi sueño de ser escritor se diluyó con el pragmatismo que a veces exige la vida, a causa de mi nulidad técnica. Grandes ideas, muchas historias rondándome la cabeza, pero sin disponer de las herramientas adecuadas (esto es: pericia de redacción y una cierta corrección formal), aquello era una quimera que hubiera desencadenado en hambruna.
Así pasé varios años, hasta que después de un ensayo metafísico («Reflexiones sobre la Realidad») con vocación de baliza, me propuse intentar redactar una novela en serio. No un cuento, ni un relato cebado con aire, sino uno de esos libros gordotes que te proporcionan muchas horas de entretenimiento, o según el caso, de suplicio. En realidad estuve jugando con la comida hasta hace apenas un año, en que me impuse el ultimátum de terminar la novela de una vez por todas o dejarlo estar. ¡Cuál fue mi error al pensar que por costumbre manarían de mis dedos las palabras con fluidez! Pronto la servidumbre de la disciplina apareció arisca, taimada y cruel. Pero ¿quién pensaba que esto no era un trabajo?, y como tal requería de libaciones a los dioses, de sacrificios y de esfuerzo.
Con el tiempo he descubierto que el aprendiz de escritor vive de la fe, y necesita de la fantasía de la recompensa para seguir dándole vueltas a la rueda de hámster jornada tras jornada. Es un camino duro, especialmente para quien tiene un trazo tembloroso con el lápiz, aunque vea definido en su mente qué hay que dibujar. Por fortuna, toda la constancia no ha sido en balde, y se puede apreciar en la obra una progresión técnica y formal. Habrá que rescribir el principio una vez terminado, y si poco a poco sigo aprendiendo cómo se ha establecido que deben hacerse las cosas, puede que en un bucle infinito no concluya nunca el texto. Pero bien, nadie me obligó a emprender el camino, y la satisfacción de superar las dificultades viendo prosperar el libro, exime la tortura de ver crecer los cientos de miles de caracteres a paso de tortuga.
Estas son algunas de las miserias de un aprendiz de escritor, y la escusa por los prolongados silencios que a veces acontecen en este blog. Me siento tal que si estuviera esculpiendo la estatua de la libertad con un diminuto cincel, con paciencia, con cariño, pero llego agotado al viernes. Puede que algo esté cambiando en mi, cuando he considerado que la mejor forma de quejarme sobre los esfuerzos que esta colosal estatua me exige, sea esculpiendo un pequeño busto de autocompasión. Puede.
03:31
Lista de la compra para un fin del mundo
Puede que el mundo termine el 21 de diciembre de 2012, como vaticinaron los Mayas, o puede que termine mañana si nos atropella un autobús. Porque ¿en qué términos se define cuando el mundo se acaba? Para mí, o para cualquier otro lechugo pensante, de forma concreta, termina al morir. Pero eso es muy inconcreto: ayer, mañana; todos los días de la humanidad han sido el fin del mundo para alguien. Entonces, ¿quizás nos refiramos al fin de la especie?, aunque, si quedaran tras un apocalipsis de la civilización dos especímenes vivos, un Adam y una Eva, ¿acaso no lo consideraríamos un fin del mundo? ¿Y si quedaran 10, o 20? ¿Cuál es el valor cuantitativo de mortandad que define un fin del mundo?
Cuando entramos a tantear cifras, nos percatamos ya enseguida de que el fin del mundo no es algo tan concreto, encapsulable, y responde más bien a una naturaleza mítica dentro del imaginario colectivo. Es como el hombre del saco o el finis terrae de los navegantes medievales, y fluctúa y diverge según la calentura de la mente que lo conceptualice. A fin de cuentas, todos moriremos algún día, y que en hacerlo nos acompañe una pomposa comitiva de almas perdidas, a lo sumo hará sentirnos un poco menos solos. Puede que el sentimiento de pavor (y excitación sádica) que despierta la Escatología sea debido al instinto celular de perpetuación, que entiende la especie tal que una prolongación de la misma, igual que los hijos, la parentela o el colectivo. Desafortunadamente las células no es que piensen mucho, todo hay que decirlo, y su obsesión neurótica llamada vida (empeño anti-natural en cuanto el cambio es una ley universal y la estabilidad un espejismo) durará lo que dure, pero su empresa está destinada irremediablemente al fracaso: Un minuto, un siglo, un eón… Bueno, lo que dure la fiesta.
En cualquier caso, sea el fin del mundo en navidades u otro momento, es conveniente estar preparado y haber hecho una “lista de la compra”. En esta metáfora, los congelados y las verduras son aquellas experiencias o vivencias que deseamos recorrer antes de pasar por caja, o sea, morir. Suelen decir que hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Es una forma de decir que hay que mantener el entorno, perpetuar los genes y difundir las ideas, una visión new age de la era Aquarius que debería terminar con un integrante de Radio Colifata diciéndonos que: “El ser humano es extraordinario”.
A un plano más personal, recuperé hace algún tiempo una lista de tareas antes de diñarla que redacté a los 20 años, y en ella no había ni pinos ni hijos, aunque sí, con los libros me pillaron por vanidad. Aparte de algunas lenguas que quisiera aprender y ciertas titulaciones universitarias que desearía colgar en el despacho (por la parte de pavo real que me toca), lo importante ya está hecho, y morir supondría un fastidio, pero poco más. Las aspiraciones histriónicas sobre proezas sexuales o ocurrencias situacionales, fornicar en el ancla de un barco o lamer la estatua de la Libertad, nunca han sido elementos verdaderamente relevantes a nivel vital. Se disfruta más contando la anécdota que viviéndola, y quizás haber tenido con quien reírla y compartirla, importa más que todas las gemelas rubias del mundo juntas.
Así pues, ¿Cuál es la lista de la compra para una vida grata?: Amar, hablar y soñar. ¿Qué más se puede pedir antes del fin del mundo? Puede, puede que unas últimas risas en el bar de la esquina, con los que fuimos artífices de un momento del universo, un suspiro que siempre será. Es el fin del mundo. Cada día lo es.
04:46
La mística de las esdrújulas y otros sofismos
Cabría apuntar que las palabras esdrújulas tienen una cadencia musical, que al pronunciarlas la voz dibuja una curva sinuosa, onda que se asemeja más al trinar de los pájaros que al charloteo humano común. Es la melodía de una canción, o de cualquier otro arte que viaje con el viento, una estructura que tiene un seguido de relaciones de equilibrio, patrones que nuestro cerebro identifica y degusta como un buen vino. Y es ahí, en la proporción, donde residen las premisas matemáticas que aún sin entenderlas racionalmente, nos embriagan con su belleza a través del subconsciente. La música es matemática, la matemática es equilibrio, y el equilibrio es belleza.
¿Pero en qué se diferencia el vaivén de las esdrújulas del ritmo de otras acentuaciones? Puede que la respuesta esté en su situación privilegiada, antepenúltima, que en el narrar silábico de la voz, al empezar desde la cola, corresponde al número 3. Desde la triada armónica 1-3-5 hasta la Santísima Trinidad Católica (Padre-Hijo-Espíritu) o la Trimurti hindú (Brahma-Visnú-Shivá), el tres se manifiesta como representación por antonomasia del equilibrio. El 1 es la concreción y la totalidad, el 2 es la contraposición y la complementariedad, y el 3 es la vida, el movimiento y el espíritu. Infinitos son los testimonios de la mística de este número, que por algo es [el triángulo] la primera figura geométrica posible: Es las tres fases de la existencia en términos globales (nacimiento-vida-muerte) y en términos concretos (pasado-presente-futuro), es el gris que nace del negro y el blanco, y junto a sus padres, permite los matices.
Por ello, la esdrújula no es tan siquiera una palabra, sino más bien un salmo religioso a la perfección del universo, que por la cábala que teje las proporciones de la realidad, ensalza el espíritu de quienes la pronuncian. Digamos: ¡Libélula!
Y esto es un sofismo, que ha argumentado con medias verdades ciertas mentiras. Podríamos fundar la iglesia del antepenúltimo día final, o consagrar nuestras míseras vidas a idolatrar las esdrújulas, aunque quizás, antes, hubiéramos debido de analizar con más rigor los hechos. Pero la sandez del discurso sobre la mística de las esdrújulas se vuelve congoja, cuando comprobamos que varias de nuestras creencias más arraigadas siguen el mismo método argumental:
Dicen que los seres vivos, son vivos porque se reproducen por sí mismos, sin necesitar ayuda externa (La muletilla final es para excluir a los incómodos virus, todo sea dicho). Pero supongo que “por sí mismos” no debe tener en cuenta el medio o los nutrientes específicos que el ser vivo necesita para reproducirse. Es tan difuso, arbitrario y absurdo el concepto de la vida que supongo que estar vivo es que te consideren estar vivo, y las estrellas o el hidrógeno no van a tener suerte en ese aspecto. Porque eso no estaría bien. Y Lo que está bien está bien porque está bien, y lo que está mal está mal porque está mal. Ya no tenemos ni una mentira para sustentar la tesis. Que bochorno. Por lo menos aún nos queda el poder gritar: ¡Libélula!
Imágenes:
1ª y 3ª imágenes: Fotografías de Chema Madoz
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04:16
Desmontando al desmontador de Darwin
El biólogo Máximo Sandín, ha remado a contracorriente rebatiendo la visión clásica de la evolución darwinista, y a pesar que en su duda ante lo establecido existen perlas que escuchar, tras ver la siguiente entrevista me he planteado hasta qué punto puedo estar de acuerdo con él.
DESMONTANDO A DARWIN – ENTREVISTA MAXIMO SANDIN from ALISH on Vimeo.
Con la intención de practicar el examen crítico de lo que nos enseñan que promulga Máximo, en una forma de aprendizaje donde los conocimientos memorizados son tan importantes como el método de análisis de los mismos, siempre desde el cariño, voy a desmenuzar aquello que plantea. En concreto, es la negación de la selección natural el aspecto que más dudas me plantea.
En la entrevista podemos escuchar las siguientes ideas:
1) La teoría de la evolución darwinista surge de las teorías económicas de libre mercado, y es incentivada por la clase bien estante porque justifica científicamente su status.
2) La teoría de la selección natural es falsa, y el sistema de evolución (o transformación) de la vida es mucho más complejo, y responde a saltos genéticos de gran envergadura ante catástrofes ambientales.
3) Las bacterias y virus no son dañinos para el ser humano en su mayoría, es “la modernidad” y los entornos anti-naturales los que provocan las enfermedades.
Los demás temas planteados en la entrevista, en mayor o menor medida, puedo estar bastante de acuerdo. Ahora, veamos los puntos uno a uno:
1) y 2)
Es verdad que la teoría del más apto conviene a las clases altas, porque interesadamente interpretada legitima su poder. Pero que Hitler se inspirara en las teorías de Darwin, o que Darwin fuera misógino o racista, e instigara la eugenesia, no por ello se invalída su teoría. Como he comentado alguna vez, que un loco diga que la tierra es redonda no la hace plana. A pesar de interpretaciones “interesadas” que se hayan podido hacer por el régimen económico capitalista, o los mismos prejuicios de Charles Darwin, hay una verdad lógica en la teoría de la selección natural: Aquello más apto para conseguir un objetivo tiene más probabilidades de conseguirlo que aquello menos apto, por el hecho que “apto” significa precisamente eso. Decir que lo menos apto tiene más probabilidades de acaecer es una falacia, o convierte automáticamente lo menos apto en lo más apto.
Esto no significa que la aptitud se concrete en el individuo, en los genes, o las patatas. Por ejemplo, una asociación de individuos con poca fuerza individualmente puede perfectamente vencer a otro individuo por muy poderoso que sea, o una combinación ambiental y circunstancial pueden determinar la aptitud para un caso concreto. Pero las entidades que con más probabilidad van a vencer van a ser las más aptas, ya sean colectivos o combinaciones circunstanciales.
Si aceptamos que los hijos se parecen a los padres en cierta medida –es decir, no creo que mi mujer al parir tenga una rana–, aceptamos que se transmiten muchas de sus características. Por ello, los hijos de aquellos que corren muy rápido y esto les ha llevado a la fama, van a heredar la predisposición a correr rápido, siempre que entrenen lo suficiente. Los hijos de aquellos que se han asociado para conseguir sus objetivos van a heredar la predisposición a asociarse, y los hijos de aquellos que las condiciones ambientales, culturales, o circunstanciales, los han favorecido, van a heredar también la predisposición a que esas mismas condiciones les sean favorables.
Esto creo que es casi matemático, otra cosa es la interpretación, donde puede utilizarse como justificación moral de un sistema económico o político. Se está intentando aplicar una dimensión ética a la vida, y la vida como el soplar del viento no entiende de moral. Por eso la teoría de la evolución de Darwin no justifica moralmente su aplicación a sistemas de relación humanos.
Hay que entender que las características de un ser vivo son buenas o malas según el entorno, la diferencia es maravillosa, pero no puede clasificarse en términos de superioridad. Ser alto o bajo será mejor en relación a la altura del techo, pero por sí sola la característica no tiene un valor cualitativo. Por lo expuesto, la selección natural es un aspecto que afecta a la transformación de las especies, aunque no sea el único, ni el más importante. Ni la negación ni alegaciones a la complejidad me parecen buenas formas de abordar el problema.
3)
La naturaleza no es buena per se: la monogamia es anti-natural, el lenguaje complejo, la compasión o las herramientas también son anti-naturales. Otro debate en que no voy a entrar ahora sería sobre qué es natural o qué no, porque es una acepción antropocéntrica que no reconoce al hombre como animal, ya que en tal caso todo es natural. Pero bien, a lo que íbamos, lo anti-natural no es malo para el ser humano por ser anti-natural. Si bien las modificaciones a los sistemas tradicionales de cultivo pueden llevar a consecuencias desconocidas, la erradicación de enfermedades o el control alimentario moderno, han llevado a un aumento de la esperanza de vida espectacular en los países ricos y a una disminución drástica de las intoxicaciones respecto al pasado. También es verdad que todo tiene un precio, y al modificar un sistema surgen nuevos problemas, pero hay que ser justo con los hechos empíricos. Podríamos volver a una alimentación totalmente “natural” y valorar si las anemias, la escasez, las infecciones o los parásitos nos compensan. Este discurso no significa que no haya que mejorar aquello que puede ser negativo para el consumo o el ecosistema, pero debemos ser sinceros con nosotros mismos, que en cuanto humanos utilizamos la cultura y las herramientas para sobrevivir. A quien no le guste que se vaya desnudo a retozar por el campo, pero que al llegar la noche no vuelva a la calidez de su anti-natural hogar a ver la tele.
En fin, creo que hasta aquí daré mi opinión. Enhorabuena a Máximo Sandín por su trabajo, más científicos deberían dudar de lo que les han enseñado. No obstante, a veces resulta mucho más difícil dudar, no de lo aprendido, sino de lo que uno cree. Es probable que en un par de siglos se rían de tanta tontería, y no entiendan cómo podíamos debatir vociferando sandeces sobre algo tan evidente. Así es fácil, desde el futuro todo se ve más claro, pero que se lo cuenten al pobre Galileo, porque demasiados dioses hay hoy en día.
Fuentes y referencias:
Página Oficial de Máximo Sandín: Tejiendo la Red de la Vida
Artículo «Darwin y la epigenética».
06:44
Hacer para ser: Acción frente a convicción
Las intangibles ideas suelen valorarse como el fundamento definitorio del ser. La moral, las convicciones y reflexiones son tenidas a menudo, erróneamente a mi entender, por esencia primera de la persona. Pero es la acción la única materialización efectiva de cualquier idea, y por consiguiente, es a través de la acción que se reafirma o se niega la convicción.
Está claro que las ideas son el argumentario de los actos, sin embargo muchas veces este sustento conceptual de las acciones puede ser interesado, engañoso o hipócrita, y por ello no determina la naturaleza del ser. Aunque, no voy a negarlo, hablar y transmitir opiniones ya es un acto en sí, pero no son los conceptos expresados la acción propiamente[1], sino que la acción es el efecto de las palabras en los oyentes. No es lo que se dice, sino el hecho de decirlo y su finalidad, o en su defecto, su consecuencia no ponderada.
Hablar es acción, hasta pensar es acción –porque nos modifica y condiciona–, pero no es el mismo acto pensar en saltar, decir que saltarás, o saltar propiamente. Son actos diferenciados, y saltar implica saltar. Puede que el asesino fantasee el crimen, o el ladrón planifique el robo, pero solo al llevar a cabo el acto se le puede otorgar de manera fehaciente el apelativo de culpable. Porque ¿Cuántos buenos propósitos y discursos morales grandilocuentes han quedado en humo a lo largo de la historia, o de nuestras vidas?
Solo el acto, o su omisión, definen al ser y determinan la realidad. Por ello, toda declaración de intenciones es una exposición de lo que la persona quisiera ser o parecer, pero ni por asomo aquello que es. En este contexto, es quizás la moral la más embustera de las artes: El mundo está repleto de beatos de la más baja calaña y de monstruos que no han roto un plato. La moral es moral cuando coincide pensamiento con acción, y de otra manera es simple teatro, un maquillaje social o psicológico. Así que las convicciones no tienen ningún valor si no están vinculadas con el ejercicio de sus preceptos.
Se puede creer ser lo que uno fue, o también lo que uno espera ser, pero a final de cuentas cada persona es lo que hace en el falaz presente continuo. Cada decisión, cada pequeña elección, nos define. Como más moral es una sociedad más hipócritas son sus ciudadanos, pero no hay sitio para el perdón cuando la culpa es repetir el acto no deseado: ¡Que no digan que lo sienten! ¡Que no imploren misericordia!, sencillamente, que dejen de hacerlo.
Notas:
^ Evidentemente que hablar es una acción, pero aquí apelamos al significado metafísico del acto, como una fuerza que genera cambio, y que existe –si es que un nombre puede existir– cuando el cambio es producido. No es el vehículo, ni el contenido, es el efecto. Para explicarlo de una forma más entendible: El acto de lanzar una pelota no existe mientras no se produzca el efecto de que la pelota salga despedida.
Imágenes:
Ilustraciones de Gustave Doré para «Les Fables choisies, mises en vers par M. de La Fontaine»
02:46
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