
¿Te gusta lo que ves? - Ted Chiang (La historia de tu vida)
Episode in
Podcast Microrelatos
¿Te gusta lo que ves?
(Documental)
«La belleza es promesa de felicidad.»
Stendhal
Tamera Lyons, estudiante de primer curso de Pembleton:
No puedo creerlo. Visité el campus el año pasado, y no me dijeron nada de esto. Ahora vengo aquí y resulta que la gente quiere hacer que la cali sea un requisito de acceso. Una de las cosas que esperaba de la universidad es que me iba a poder librar de esto, ¿sabe?, para poder ser como todo el mundo. Si hubiera sabido que había aunque fuera una posibilidad de tener que conservarla, probablemente hubiera elegido otra universidad. Me siento como si me hubieran timado.
La semana que viene cumplo los dieciocho, y ese día voy a hacer que me apaguen la cali. Si votan para que sea un requisito, no sé lo que haré; quizá me cambie, no sé. Ahora mismo me apetece acercarme a la gente y decirle: «Votad no». Probablemente haya alguna campaña para la que pueda trabajar.
Maria de Souza, estudiante de tercer curso, presidenta de Estudiantes por la Igualdad Total (EIT):
Nuestro objetivo es muy sencillo. La universidad de Pembleton tiene un Código de Conducta Ética, creado por los propios estudiantes, y que todos los nuevos estudiantes acceden a cumplir cuando se inscriben. La iniciativa que apoyamos añadiría una cláusula al código, exigiendo que los estudiantes adopten la caliagnosia mientras asistan a la universidad.
Lo que nos ha llevado a hacer esto ahora es la aparición de una versión para spex de Visage. Ese programa que, cuando miras a la gente a través de tus spex, te muestra qué aspecto tendrían con cirugía estética. Se convirtió en una forma de entretenimiento para alguna gente, y muchos estudiantes de la universidad lo encontraban ofensivo. Cuando la gente comenzó a hablar de él como síntoma de un problema social más profundo, pensamos que había llegado el momento de que apoyásemos esta iniciativa.
Ese problema social más profundo es el aspectismo. Durante décadas la gente ha estado dispuesta a hablar de racismo y sexismo, pero aún no se decide a hablar de aspectismo. Sin embargo, este prejuicio contra las personas poco atractivas está increíblemente extendido. La gente lo hace sin que sea necesario enseñárselo, lo que ya es malo, pero en lugar de combatir esta tendencia, la sociedad moderna la refuerza.
Educar a la gente, aumentar su grado de concienciación sobre este tema... todo eso es fundamental, pero no suficiente. Ahí es donde entra la tecnología. La caliagnosia es una especie de madurez asistida. Te permite hacer lo que sabes que deberías hacer: hacer caso omiso a la superficie, y mirar más profundamente.
Creemos que es hora de que la cali se convierta en la norma. Hasta ahora el movimiento pro cali ha tenido una presencia mínima en los campus universitarios, como una más de las causas de interés particular. Pero Pembleton no es como otras universidades, y creo que los estudiantes aquí están listos para la cali. Si la iniciativa triunfa aquí, estaremos dando ejemplo a las demás universidades, y en última instancia, a toda la sociedad.
Joseph Weingartner, neurólogo:
La afección es lo que llamamos agnosia asociativa, diferente de la perceptiva. Eso quiere decir que no interfiere con la percepción visual, sólo con la habilidad para reconocer lo que se ve. Un caliagnósico percibe las caras perfectamente bien; él o ella puede notar la diferencia entre una barbilla puntiaguda y una huidiza, una nariz recta y una torcida, la piel sin manchas y con manchas. Él o ella simplemente no experimenta ninguna reacción estética ante esas diferencias.
La caliagnosia es posible gracias a la existencia de ciertas sendas neuronales en el cerebro. Todos los animales tienen criterios para evaluar el potencial reproductivo de posibles parejas, y han ido creándose circuitos neuronales para reconocer esos criterios. La interacción social humana está centrada en nuestros rostros, de forma que nuestros circuitos están especializados para detectar el potencial reproductivo de una persona tal y como se manifiesta en su rostro. El funcionamiento de ese circuito se experimenta como la sensación de que una persona es hermosa, o fea, o algo intermedio. Al bloquear las sendas neuronales dedicadas a evaluar esos rasgos, provocamos la caliagnosia.
Dados los frecuentes cambios de las modas, algunas personas no acaban de aceptar que existen marcadores absolutos de un rostro hermoso. Pero resulta que cuando se pide a personas de diferentes culturas que puntúen el atractivo de diversas fotos de rostros, emergen algunos patrones muy claros. Incluso los niños muy pequeños muestran las mismas preferencias por ciertas caras. Esto nos permite identificar ciertos rasgos que son comunes a la idea que todo el mundo tiene de un rostro hermoso.
Probablemente, el más obvio es la piel inmaculada. Es el equivalente al plumaje de colores brillantes en las aves o el pelaje lustroso en otros mamíferos. La piel sana es el mejor indicador de juventud y salud, y se considera valiosa en todas las culturas. El acné puede no ser nada importante, pero tiene el mismo aspecto que enfermedades más graves, y ésa es la razón por la que lo encontramos desagradable.
Otro rasgo es la simetría; quizá no seamos conscientes de las diferencias milimétricas entre el lado derecho y el izquierdo de una persona, pero los controles revelan que los individuos considerados más atractivos son también los más simétricos. Y aunque nuestros genes predisponen a la simetría, es muy difícil lograrla en términos de desarrollo; cualquier presión ambiental —como la escasa nutrición, las enfermedades, los parásitos— tiende a provocar asimetrías durante el crecimiento. La simetría implica resistencia a estas presiones.
Otros rasgos se relacionan con las proporciones faciales. Tendemos a sentirnos atraídos por las proporciones faciales más cercanas a la media de la población. Eso depende obviamente de la población de la que uno forme parte, pero estar cerca de la media indica habitualmente salud genética. Las únicas divergencias de la media que la gente encuentra consistentemente atractivas son las exageraciones de los caracteres sexuales secundarios.
Básicamente, la caliagnosia supone falta de respuesta ante estos rasgos; nada más. Los caliagnósicos no están ciegos ante las modas o los estándares culturales de belleza. Si el lápiz de labios negro se pone de moda, la caliagnosia no hace que lo olvides, aunque quizá no adviertas la diferencia entre rostros bonitos y rostros normales que usen ese lápiz de labios. Si todo el mundo a tu alrededor se burla de la gente con narices chatas, tú también acabas haciéndolo.
Así que la caliagnosia en sí misma no puede eliminar la discriminación basada en el aspecto. Lo que hace, en cierto sentido, es igualar las probabilidades; elimina la predisposición innata, la tendencia inicial que hace surgir esa discriminación. Ésa es la razón por la que, si lo que se desea es enseñar a la gente a hacer caso omiso al aspecto, ya no se trata de ir contracorriente. Idealmente, habría que empezar en un entorno donde todo el mundo haya adoptado la caliagnosia, y socializar a esa gente para que no valore el aspecto.
Tamera Lyons:
La gente me ha estado preguntando cómo era asistir a Saybrook, y crecer con la cali. Para ser sincera, no es gran cosa cuando eres pequeña; como se suele decir, aquello con lo que creces siempre te parece normal. Sabíamos que había algo que los demás podían ver y nosotros no, pero era sólo algo que nos producía curiosidad.
Por ejemplo, mis amigas y yo veíamos películas e intentábamos adivinar quién era realmente guapo y quién no. Decíamos que lo notábamos, pero en realidad no era así, no con sólo mirarles la cara. Nos basábamos en quién era el protagonista y quién su amigo; siempre se sabía que el protagonista era más guapo que el amigo. No sirve para el cien por cien de los casos, pero casi siempre se podía distinguir si estábamos viendo el tipo de película en la que el protagonista no era guapo.
Cuando te haces mayor es cuando comienza a molestarte. Si sales con gente de otros colegios, te sientes rara porque tienes cali y ellos no. No es que nadie le dé mucha importancia, pero te recuerda que hay algo que no puedes ver. Y entonces empiezas a pelearte con tus padres, porque te están impidiendo ver el mundo real. Pero nunca consigues convencerles.
Richard Hamill, fundador de la escuela Saybrook:
Saybrook surgió como consecuencia de nuestra cooperativa de vivienda. Teníamos unas dos docenas de familias en aquel momento, todas intentando establecer una comunidad basada en valores compartidos. Estábamos celebrando una reunión sobre la posibilidad de crear una escuela alternativa para nuestros hijos, y un padre mencionó el problema de la influencia de los medios de comunicación sobre sus hijos. Las adolescentes pedían cirugía estética para poder parecerse a las modelos. Los padres hacían lo que podían, pero no se puede aislar a los hijos del mundo; viven en una cultura obsesionada con la imagen.
Era más o menos por la época en que los últimos impedimentos legales a la caliagnosia fueron eliminados, y empezamos a hablar de ella. Vimos que la cali nos daba una oportunidad: ¿y si pudiéramos vivir en un entorno donde la gente no se juzgase por su aspecto? ¿Y si pudiésemos criar a nuestros hijos en ese entorno?
Al principio, la escuela era sólo para los hijos de las familias de la cooperativa, pero empezaron a surgir otras escuelas de caliagnosia, y enseguida la gente empezó a preguntar si podía apuntar a sus hijos sin sumarse a la cooperativa de vivienda. Al final organizamos Saybrook como escuela privada separada de la cooperativa, y uno de los requisitos fue que los padres adoptasen la caliagnosia durante el tiempo en que asistieran sus hijos. Ahora ha nacido aquí una comunidad de caliagnosia, todo gracias a la escuela.
Rachel Lyons:
El padre de Tamera y yo pensamos mucho en el tema antes de decidirnos a apuntarla a esa escuela. Hablamos con la gente de la comunidad, y nos dimos cuenta de que nos gustaba su idea de la educación, pero lo que me convenció fue visitar la escuela.
Saybrook tiene un número de estudiantes con anomalías faciales mayor de lo normal: cáncer de hueso, quemaduras, afecciones congénitas. Sus padres se mudaron aquí para evitar que los otros niños les sometieran a ostracismo, y funciona. Recuerdo que en mi primera visita vi una clase de niños de doce años que votaban a su delegado, y eligieron a una niña que tenía cicatrices de quemaduras en un lado de la cara. Ella estaba maravillosamente satisfecha consigo misma, y era muy popular entre los niños que probablemente la habrían ignorado en cualquier otra escuela. Y pensé, éste es el tipo de entorno en el que quiero que crezca mi hija.
Siempre se ha dicho a las niñas que su valor está vinculado a su aspecto; sus logros siempre se magnifican si son bonitas y se hacen de menos si no lo son. Lo que es peor, algunas niñas captan el mensaje de que pueden ir por la vida confiando sólo en su aspecto, y entonces no llegan a desarrollar su mente. Yo no quería que Tamera estuviera sometida a ese tipo de influencia.
Ser bonita es fundamentalmente una cualidad pasiva; incluso cuando le dedicas tiempo, estás dedicándole tiempo a ser pasivo. Quería que Tamera se valorase por lo que podía hacer, tanto con su mente como con su cuerpo, no en términos de lo decorativa que fuese. No quería que fuese pasiva, y me satisface decir que no ha resultado serlo.
Martin Lyons:
No me importa si Tamera decide, como adulto, librarse de la cali. Nunca se trató de arrebatarle sus propias elecciones. Pero ya hay suficientes presiones en el mero hecho de pasar la adolescencia; las expectativas de tus amigos pueden aplastarte como un vaso de papel. Preocuparse por el aspecto de uno mismo es sólo una forma más de ser aplastado, y cualquier cosa que pueda aliviar esa presión es buena, en mi opinión.
Cuando eres mayor, estás mejor preparado para tratar el tema del aspecto personal. Estás más cómodo en tu propia piel, más seguro, más confiado. Es más probable que estés satisfecho con tu aspecto, seas atractivo o no. Por supuesto, no todo el mundo alcanza ese nivel de madurez a la misma edad. Algunas personas lo alcanzan a los dieciséis, y otras no lo hacen hasta que cumplen los treinta o más. Pero los dieciocho son la mayoría de edad legal, cuando todo el mundo tiene derecho a tomar sus propias decisiones, y lo único que puedes hacer es confiar en tu hijo y esperar lo mejor.
Tamera Lyons:
Ha sido un día más bien raro para mí. Bueno, pero raro. Acabo de hacer que me apaguen la cali esta mañana.
Apagarla fue fácil. La enfermera me pegó unos sensores y me hizo ponerme un casco, y me mostró una serie de fotos de caras. Luego tecleó un rato en su ordenador y me dijo: «He desconectado la cali», nada más. Pensaba que quizá se sentía algo cuando sucedía, pero no es así. Luego me volvió a enseñar las fotos, para asegurarse de que funcionaba.
Cuando miré de nuevo las caras, algunas de ellas parecían... diferentes. Como si brillasen, o fuesen más vívidas, o algo así. Es difícil describirlo. La enfermera me enseñó luego los resultados de la prueba, y había mediciones de la amplitud de la dilatación de mis pupilas y de la conductividad eléctrica de mi piel y cosas de ésas. Y con las caras que parecían diferentes, las medidas subían mucho. Me dijo que ésas era las caras bonitas.
Me dijo que empezaría a notar el aspecto de las caras de la gente enseguida, pero que me llevaría un tiempo reaccionar ante mi propio aspecto. Al parecer uno está demasiado acostumbrado a su propia cara para distinguirlo.
Y sí, cuando me miré por primera vez en el espejo, pensé que tenía exactamente el mismo aspecto. Desde que volví de la consulta, la gente que veo en el campus tiene un aspecto definitivamente distinto, pero aún no he notado ninguna diferencia en el mío. Me he estado mirando en el espejo todo el día. Durante un rato tuve miedo de ser fea, y de que en cualquier momento la fealdad aparecería, como una erupción o algo así. De forma que me he quedado mirándome en el espejo, esperando, y no ha sucedido nada. Así que imagino que probablemente no soy realmente fea, o me habría dado cuenta, pero eso quiere decir que tampoco soy realmente bonita, porque eso también lo habría notado. Así que supongo que eso quiere decir que soy absolutamente normal, ¿sabe? Exactamente en la media. Supongo que no está mal.
Joseph Weingartner:
Provocar una agnosia supone simular una lesión cerebral específica. Lo hacemos con un fármaco programable llamado neurostat; puede imaginarlo como un anestésico altamente selectivo, cuya activación y objetivos están bajo control dinámico. Activamos o desactivamos el neurostat transmitiendo señales a través de un casco que se coloca el paciente. El casco también proporciona posiciones somáticas, de forma que las moléculas de neurostat puedan triangular su situación. Esto nos permite activar sólo el neurostat que se encuentra en una sección específica del tejido cerebral, y mantener en ese punto los impulsos nerviosos por debajo de un umbral determinado.
El neurostat fue originalmente diseñado para controlar los ataques de los epilépticos y para aliviar el dolor crónico; nos permite tratar incluso casos extremos de estas afecciones sin los efectos secundarios causados por las drogas que afectan a todo el sistema nervioso. Más adelante, se desarrollaron diferentes protocolos de neurostat como tratamiento para desórdenes obsesivo-compulsivos, los comportamientos adictivos, y otras afecciones. Al mismo tiempo, el neurostat se convirtió en una herramienta de investigación increíblemente valiosa para el estudio de la fisiología del cerebro.
Los neurólogos han estudiado tradicionalmente la especialización del funcionamiento cerebral observando las carencias que provocan diversas lesiones. Obviamente, esta técnica es limitada porque las lesiones causadas por heridas o enfermedades suelen afectar a múltiples áreas funcionales. En cambio, el neurostat puede ser activado en la más diminuta porción del cerebro, simulando efectivamente una lesión tan localizada que nunca sucedería naturalmente. Y cuando se desactiva el neurostat, la «lesión» desaparece y la función cerebral vuelve a la normalidad.
De esta forma, los neurólogos pudieron producir una amplia gama de agnosias. La más relevante aquí es la prosopagnosia, la incapacidad para reconocer a la gente por su rostro. Un prosopagnósico no puede reconocer a sus amigos o a sus familiares a menos que digan algo; ni siquiera puede identificar su propio rostro en una fotografía. No es un problema cognitivo o de percepción; los prosopagnósicos pueden identificar a la gente por su peinado, ropa, colonia, incluso por sus andares. La carencia se restringe puramente a los rostros.
La prosopagnosia siempre ha sido la indicación más dramática de que nuestros cerebros tienen un circuito especial dedicado al procesamiento visual de los rostros; miramos los rostros de forma distinta a como miramos cualquier otra cosa. Y reconocer el rostro de alguien es sólo una de...
01:09:19
El ojo Silva - Roberto Bolaño (Putas asesinas)
Episode in
Podcast Microrelatos
EL OJO SILVA
para Rodrigo Pinto
y María y Andrés Braithwaite
Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década de los cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende.
El caso del Ojo es paradigmático y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos años.
En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México, en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.
No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el DF: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.
Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles, en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del DF. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal, yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.
Los primeros meses en el DF, por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café La Habana fue el Ojo.
Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierdas que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.
Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de mí. A todo el mundo le gusta que lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.
Una noche me lo encontré en el café La Habana. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía La Habana y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Ésa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.
Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de México. Por un instante creí entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le había conseguido un trabajo en una agencia de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.
Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía. Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.
Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció un gesto de mala educación.
Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.
Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.
En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.
Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos en el primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.
Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.
Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.
La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente oí que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.
Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en La Habana antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.
Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Herman Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo eran indias, y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernación ajena al concepto de hibernación occidental, árboles distintos de los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.
El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.
Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.
No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madras, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes —y en los planes de sus editores— el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbata. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más ajadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.
Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa de fachada pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.
Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando al suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé medir el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive, y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre —aunque los niños no suelen tener más de siete años— sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.
Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía de tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.
¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.
Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.
Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por uno de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios.
Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.
Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.
En algún momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.
Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el niño a un lado del Ojo, mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez de seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en las que se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quirúrgicos con que el niño iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el niño había llegado, pudo entender, aquel mismo día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue «otra cosa» sino «madre».
Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.
Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si estuviera soñando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.
El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.
Después cogieron otro autobús, y un taxi, y otro autobús, y otro tren, y hasta hicimos dedo dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.
Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.
Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.
¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.
Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.
En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.
Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en la que le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era aún más horroroso, me confesó el Ojo, pero yo ya me había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.
Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.
Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los niños. Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en las que se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.
Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.
Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar.
24:34
Agente 007 contra el cine de autor (Microrelato)
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Esta vez Bond había fracasado estrepitosamente. Algo se estaba cociendo, él lo sabía, ¿pero qué? No hubo robo de uranio, ni secuestro de embajadores, ni asesinato de agentes secretos. Nada, ninguna pista. Por si acaso durante la tarde se dejó ver por toda la ciudad: en el casino, en los bajos fondos, en el clásico de los equipos irreconciliables, en la biblioteca municipal -sección narrativa contemporánea- y hasta en la carnicería de la esquina. Pero nadie intentó matarle. Oscurecido, no le quedó más remedio que emplearse a fondo ordenando los armarios de casa, planchando los puños de las camisas, separando la ropa oscura de la clara, poniendo la lavadora, olvidándose echar suavizante, limpiando la grasa de los hornillos y sacando la basura, todo con la esperanza de que algo sucediese. Pero lo único que sucedió fue que un amago de bostezo asomó por su rostro. Y entonces, ¡Dios, cuánta maldad! lo comprendió: en la penumbra del patio de butacas, apenas iluminados por la luz pálida del proyector, yacían cientos de cuerpos sin vida. Los habían matado de aburrimiento.
01:09
Apuntes para una narración (Relato breve)
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Nuestro protagonista es joven, tendrá si acaso veintidós o veintitrés años, o tal vez ni eso; no nos importa, lo único que debemos saber es que ciertamente es muy joven y que exigido por las circunstancias se ve en la obligación de decidirse entre embarcar hacia Occidente o hacia Oriente. Si los lectores lo prefieren pueden imaginarse que huye del infernal ambiente de un hogar despótico, o tal vez de las consecuencias de un crimen horrendo, o si no quieren ser tan tremendistas, de las de un embarazo no deseado. Como gusten. El caso es que esa noche duerme en la posada de un pueblo portuario cualquiera y allí mismo, a sabiendas de que ambos caminos le son igualmente inescrutables, cede su elección al capricho de una moneda marcada a cuchillo. Después la entierra a los pies de la peña más recóndita que encuentra en la playa, sellando definitivamente su destino, pongamos por caso, embarcarse hacia Oriente, que siempre resulta más exótico y sugestivo para cualquier narración que se precie. De esta forma viaja durante tres días rumbo al continente amarillo cuando, al cuarto día de navegación, la goleta que lo trasporta es abordada por un navío pirata, siendo hecho prisionero y vendido en el mercado de esclavos de la isla más próxima al módico precio de 50 piezas de oro.
Resignado, a nuestro héroe no le queda más remedio que soportar durante los siguientes diez años todo tipo de vejaciones y trabajos infrahumanos hasta que ahorra lo suficiente para poder comprar su libertad. O diseña un astuto plan para escapar de la tiranía de sus explotadores. O lidera valientemente una revuelta de esclavos, mismamente como Espartaco. Quede eso también a la elección del lector de estas notas. Lo cierto es que sea como fuere, decidamos lo que decidamos, nuestro protagonista, ya treintañero, se alistará después como voluntario para combatir en alguna de las innumerables guerras que asolan al mundo desde el inicio de los tiempo. Sacrificando la coherencia del relato en el altar del dramatismo podemos situarlo en las ardientes arenas del desierto, bajo las órdenes del Mariscal Rommel, por ejemplo. Allí, además de padecer los rigores del desierto, verá morir en sus brazos a un sinfín de amigos y compañero, hasta que definitivamente sea apresado en la batalla de El Alamein y pase el resto del conflicto entre las penurias y los abusos de un campo de prisioneros.
Por una cosa u otra para cuando concluye su tránsito por la guerra ha cumplido ya cuarenta años y ahora vagabundea por el lejano Oriente durante la siguiente década emprendiendo cualquier aventura comercial que mi imaginación o la del lector pueda concebir , a condición, eso sí, de que fracase estrepitosamente en todas ellas, con lo que los cincuenta le sorprenden sumido en la más absoluta miseria, aunque aún con el ánimo y las fuerzas suficientes para trasladarse hasta Alaska y participar de la locura que la fiebre del oro desató en la región
Durante los siguientes diez años veremos –o veríamos si esto fuera escrito alguna vez- a nuestro protagonista ir de yacimiento en yacimiento, de veta en veta, consiguiendo apenas extraer lo justo y necesario para seguir muriéndose de hambre por un tiempo más. Y si en alguna ocasión el azar es generoso con él, lo gasta pronto en los salones y prostíbulos de las innumerables ciudades que nacen y mueren al calor de los buscadores de oro. Así, en uno de esos escasos golpes de fortuna contraerá una enfermedad venérea que lo obligará a abandonar definitivamente esta vida y a recluirse en un sanatorio durante al menos un par de años. Cuando es dado de alta, envejecido, con más de sesenta años y una salud tan debilitada como su ánimo y su bolsillo, se instala definitivamente en un pequeño pueblo donde abre un modesto taller mecánico, asienta la cabeza, va a misa de doce todos los domingo y conoce a una madura solterona local con la que descubrirá por vez primera el amor.
Los siguientes años serán los más felices de su vida, si no los únicos: se casa, el negocio prospera, compra una hermosa mansión estilo colonial y pasa con su esposa los fines de semana cuidando de su jardín. Ella bromea echándole en cara el que la haya hecho esperar tantos años antes de decidirse a aparecer en su vida. Aunque esta etapa se extienda apenas durante otra década, interrumpiéndose abruptamente por la muerte de Ann -llamémosla así, aunque ese nunca fue su nombre- él se siente tan agradecido de haber podido compartir con ella su dicha durante este breve periodo de tiempo que da por bueno todos los padecimientos soportados a lo largo de su desgraciada existencia y concluye que al fin y al cabo acertó cuando en su momento eligió embarcar hacia Oriente y no hacia Occidente. Tanto es así que entra en pánico cuando piensa en la posibilidad de haberse decantado por la otra alternativa y no haber llegado a conocerla a ella jamás, lo que hubiese extraviando sin duda su vida en el más absoluto de los sinsentidos.
Y aquí podríamos terminar nuestro relato, si es que fuera nuestra intención contar una historia de moraleja y final feliz. Pero no lo es, así que un día, siendo ya un viudo septuagenario con demasiado tiempo libre que perder, se decide a pasar unas vacaciones en la playa de un pequeño pueblo portuario situado apenas a un par de jornadas de viaje, dirección este, de la localidad en la que se ha establecido definitivamente, la misma en la que ha conocido la felicidad. Allí, ocupado en los juegos que se quiera, preferiblemente alguno propio de su edad y condición, escarba al pie de una peña considerablemente alejada del mar y se reencuentra con dos monedas marcadas a cuchillo como la que enterrase hace ya tantos años, hecho este con él se pondrá, ahora sí, punto y final a la narración, permitiendo al lector llegar a sus propias conclusiones, aunque no sin antes dar a entender que nuestro personaje ha comprendido a carta cabal el verdadero sentido y significado que se oculta tras tan tedioso cuento.
05:28
Nadie, ni siquiera la lluvia (Microrelato)
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Ella se desliza bajo el suave lino al amparo de la penumbra, el silencio y la ira; sabe que tras lo sucedido aquella tarde en el centro comercial un sentimiento hiriente y frío como una astilla de hielo se le ha clavado en el corazón. Él apenas levanta la vista del libro y se mantiene callado; mejor, ella no quisiera por nada del mundo tener que enfrentar ahora lo que, acaso por inevitable, ya tampoco reclama urgencia. Sólo desea dormir, olvidar la imagen de su marido besando a aquella extraña, olvidar su sumisa humillación y tratar de ganar las fuerzas necesarias para cambiar las cosas.
Entre las sábanas sus cuerpos se rozan levemente; ella lo rechaza, se ovilla sobre sí misma y cierra los ojos con intensidad. No quiere mirar los de él, los rehuye como si pudieran convertirla en piedra; no quiere ni puede dejar que ésta vez sea una vez más. Sin embargo, cuando los abre, al igual que en las ocasiones precedentes, sus miradas terminan por cruzarse. Y entonces, maldita literatura, le vencen de nuevo aquellos viejos versos de ee cummig. Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas
01:05
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Os ofrecemos un programa quincenal dedicado a la literatura, la lectura y la creación literaria, realizado por un grupo de jóvenes escritores locos por la literatura.
Podréis encontrar entrevistas, reseñas del libros, opiniones varias, lecturas de relatos, y hasta una seccion llamada "Me sangran los ojos" (¿Qué será?).
Cada semana os invitamos a leer, soñar y reir con nosotros y, por supuesto, a participar. Podéis encontrarnos también en Twitter (@LeyendohastaAmanecer) y en http://leyendohastaelamanecer.com. Updated
La Milana Bonita
Programa de literatura en el que cada domingo os ofrecemos las claves para entender una nueva obra.
www.lamilanabonita.com Updated
Podcast Cuentos Oscuros
Podcast para los amantes de la literatura de terror, misterio y ciencia ficción. Aquí encontrarás a los mejores autores de la literatura universal, además de los literatos más desconocidos por el gran público. Updated





