
VIII FESTIVAL MIES 2013
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Podcast NELSON DANILO
Gracias a todos los que nos colaboraron en el VIII Festival del Seminario Misionero Del Espìritu Santo de La Ceja Antioquia
Dios ama y bendice al que da con alegría
Gracias a la Diocesis Sonson - Rionegro, las instituciones, el comercio, las familias...
DIOS LES PAGUE Y LES BENDIGA
00:29
MANIFIESTO MUSICA OF Dawidhs
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Podcast NELSON DANILO
Nacimos en 2012. Tomamos el nombre del rey David, del cual dice Dios en la Biblia: “He hallado a David, un hombre según mi corazón que realizará aquello que le pida” Hch 13, 22. ‘David’ quiere decir ‘el amado’, ‘el elegido de Dios’. Los cuatro nos hemos sentido llamados por Dios, de distintas maneras y queremos seguir a Jesús de cerca. Compartimos y cultivamos con Él una profunda amistad. Nuestras canciones no buscan el aplauso y la popularidad si no transmitir nuestra vivencia de este amor de Dios. Compartimos gratuitamente nuestras canciones porque queremos ser fieles al mandato del Señor: “Dad gratis lo que gratis recibisteis” Mt 10, 8
03:58
FIJOS LOS OJOS MÚSICA OF Dawidhs
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Podcast NELSON DANILO
Nacimos en 2012. Tomamos el nombre del rey David, del cual dice Dios en la Biblia: “He hallado a David, un hombre según mi corazón que realizará aquello que le pida” Hch 13, 22. ‘David’ quiere decir ‘el amado’, ‘el elegido de Dios’. Los cuatro nos hemos sentido llamados por Dios, de distintas maneras y queremos seguir a Jesús de cerca. Compartimos y cultivamos con Él una profunda amistad. Nuestras canciones no buscan el aplauso y la popularidad si no transmitir nuestra vivencia de este amor de Dios. Compartimos gratuitamente nuestras canciones porque queremos ser fieles al mandato del Señor: “Dad gratis lo que gratis recibisteis” Mt 10, 8
04:05
Salve, Reina de los Cielos
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Podcast NELSON DANILO
Salve, Reina de los Cielos
y Señora de los ángeles;
salve raíz, salve puerta,
que dio paso a nuestra luz.
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
salve, agraciada doncella,
ruega a Cristo por nosotros.
00:20
Madre del Redentor
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Podcast NELSON DANILO
Madre del Redentor, Virgen fecunda
puerta del Cielo
siempre abierta,
estrella del mar
ven a librar al pueblo que tropieza
y se quiere levantar.
Ante la admiración
de cielo y tierra,
engendraste a tu Santo Creador,
y permanecés siempre Virgen,
recibe el saludo del ángel Gabriel
y ten piedad de nosotros pecadores.
00:29
SALMO 41 Deseo del Señor y ansias de contemplar el templo
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Podcast NELSON DANILO
CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
1. Una cierva sedienta, con la garganta seca, lanza su lamento ante el desierto árido, anhelando las frescas aguas de un arroyo. Con esta célebre imagen comienza el salmo 41. En ella podemos ver casi el símbolo de la profunda espiritualidad de esta composición, auténtica joya de fe y poesía. En realidad, según los estudiosos del Salterio, nuestro salmo se debe unir estrechamente al sucesivo, el 42, del que se separó cuando los salmos fueron ordenados para formar el libro de oración del pueblo de Dios. En efecto, ambos salmos, además de estar unidos por su tema y su desarrollo, contienen la misma antífona: «¿Por qué te acongojas, alma mía?, ¿por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío» (Sal 41,6.12; 42,5). Este llamamiento, repetido dos veces en nuestro salmo, y una tercera vez en el salmo sucesivo, es una invitación que el orante se hace a sí mismo a evitar la melancolía por medio de la confianza en Dios, que con seguridad se manifestará de nuevo como Salvador.
2. Pero volvamos a la imagen inicial del salmo, que convendría meditar con el fondo musical del canto gregoriano o de esa gran composición polifónica que es el Sicut cervus de Pierluigi de Palestrina. En efecto, la cierva sedienta es el símbolo del orante que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu, hacia el Señor, al que siente lejano pero a la vez necesario: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,3). En hebraico una sola palabra, nefesh, indica a la vez el «alma» y la «garganta». Por eso, podemos decir que el alma y el cuerpo del orante están implicados en el deseo primario, espontáneo, sustancial de Dios (cf. Sal 62,2). No es de extrañar que una larga tradición describa la oración como «respiración»: es originaria, necesaria, fundamental como el aliento vital.
Orígenes, gran autor cristiano del siglo III, explicaba que la búsqueda de Dios por parte del hombre es una empresa que nunca termina, porque siempre son posibles y necesarios nuevos progresos. En una de sus homilías sobre el libro de los Números, escribe: «Los que recorren el camino de la búsqueda de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas de campaña, porque realizan un viaje continuo, progresando siempre, y cuanto más progresan tanto más se abre ante ellos el camino, proyectándose un horizonte que se pierde en la inmensidad» (Homilía XVII in Numeros, GCS VII, 159-160).
3. Tratemos ahora de intuir la trama de esta súplica, que podríamos imaginar compuesta de tres actos, dos de los cuales se hallan en nuestro salmo, mientras el último se abrirá en el salmo sucesivo, el 42, que comentaremos seguidamente. La primera escena (cf. Sal 41,2-6) expresa la profunda nostalgia suscitada por el recuerdo de un pasado feliz a causa de las hermosas celebraciones litúrgicas ya inaccesibles: «Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la cabeza del grupo hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta» (v. 5).
«La casa de Dios», con su liturgia, es el templo de Jerusalén que el fiel frecuentaba en otro tiempo, pero es también la sed de intimidad con Dios, «manantial de aguas vivas», como canta Jeremías (Jr 2,13). Ahora la única agua que aflora a sus pupilas es la de las lágrimas (cf. Sal 41,4) por la lejanía de la fuente de la vida. La oración festiva de entonces, elevada al Señor durante el culto en el templo, ha sido sustituida ahora por el llanto, el lamento y la imploración.
4. Por desgracia, un presente triste se opone a aquel pasado alegre y sereno. El salmista se encuentra ahora lejos de Sión: el horizonte de su entorno es el de Galilea, la región septentrional de Tierra Santa, como sugiere la mención de las fuentes del Jordán, de la cima del Hermón, de la que brota este río, y de otro monte, desconocido para nosotros, el Misar (cf. v. 7). Por tanto, nos encontramos más o menos en el área en que se hallan las cataratas del Jordán, las pequeñas cascadas con las que se inicia el recorrido de este río que atraviesa toda la Tierra prometida. Sin embargo, estas aguas no quitan la sed como las de Sión. A los ojos del salmista, más bien, son semejantes a las aguas caóticas del diluvio, que lo destruyen todo. Las siente caer sobre él como un torrente impetuoso que aniquila la vida: «tus torrentes y tus olas me han arrollado» (v. 8). En efecto, en la Biblia el caos y el mal, e incluso el juicio divino, se suelen representar como un diluvio que engendra destrucción y muerte (cf. Gn 6,5-8; Sal 68,2-3).
5. Esta irrupción es definida sucesivamente en su valor simbólico: son los malvados, los adversarios del orante, tal vez también los paganos que habitan en esa región remota donde el fiel está relegado. Desprecian al justo y se burlan de su fe, preguntándole irónicamente: «¿Dónde está tu Dios?» (v. 11; cf. v. 4). Y él lanza a Dios su angustiosa pregunta: «¿Por qué me olvidas?» (v. 10). Ese «¿por qué?» dirigido al Señor, que parece ausente en el día de la prueba, es típico de las súplicas bíblicas.
Frente a estos labios secos que gritan, frente a esta alma atormentada, frente a este rostro que está a punto de ser arrollado por un mar de fango, ¿podrá Dios quedar en silencio? Ciertamente, no. Por eso, el orante se anima de nuevo a la esperanza (cf. vv. 6 y 12). El tercer acto, que se halla en el salmo sucesivo, el 42, será una confiada invocación dirigida a Dios (cf. Sal 42, 1.2a.3a.4b) y usará expresiones alegres y llenas de gratitud: «Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, de mi júbilo».
[Audiencia general del Miércoles 16 de enero de 2002]
01:44
María (SC 103)
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Podcast NELSON DANILO
ONSTITUCIÓN
SACROSANCTUM CONCILIUM
SOBRE LA SAGRADA LITURGIA
103. En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María,unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo; en Ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención y la contempla gozosamente, como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser.
05:11
VIII FESTIVAL SEMINARIO DEL ESPÍRITU SANTO La Ceja
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Podcast NELSON DANILO
VIII FESTIVAL SEMINARIO DEL ESPÍRITU SANTO La Ceja
Antioquia
25 Noche cultural y Gran Bingo y 26 de mayo Festival
Avenida San Juan de Dios
Informes 553 22 69
Anímate y disfruta
01:16
Salmo 62: Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo
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Podcast NELSON DANILO
CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
1. El salmo 62, que la Liturgia de las Horas nos propone para las Laudes del domingo en la semana primera, es el salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a Dios, partiendo de un anhelo casi físico y llegando a su plenitud en un abrazo íntimo y perenne. La oración se hace deseo, sed y hambre, porque implica el alma y el cuerpo.
Como escribe santa Teresa de Ávila, «sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan gran falta que, si nos falta, nos mata» (Camino de perfección, c. 19). La liturgia nos propone las primeras dos estrofas del salmo, centradas precisamente en los símbolos de la sed y del hambre, mientras la tercera estrofa nos presenta un horizonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste con la luminosidad y la dulzura del resto del salmo.
2. Así pues, comenzamos nuestra meditación con el primer canto, el de la sed de Dios (cf. versículos 2-4). Es el alba, el sol está surgiendo en el cielo terso de la Tierra Santa y el orante comienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de Dios. Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de modo casi instintivo, se podría decir «físico». De la misma manera que la tierra árida está muerta, hasta que la riega la lluvia, y a causa de sus grietas parece una boca sedienta y seca, así el fiel anhela a Dios para ser saciado por él y para poder estar en comunión con él.
Ya el profeta Jeremías había proclamado: el Señor es «manantial de aguas vivas», y había reprendido al pueblo por haber construido «cisternas agrietadas, que no retienen el agua» (Jr 2,13). Jesús mismo exclamará en voz alta: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba, el que crea en mí» (Jn 7,37-38). En pleno mediodía de una jornada soleada y silenciosa, promete a la samaritana: «El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14).
3.Con respecto a este tema, la oración del salmo 62 se entrelaza con el canto de otro estupendo salmo, el 41: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo» (vv. 2-3). Ahora bien, en hebreo, la lengua del Antiguo Testamento, «el alma» se expresa con el término nefesh, que en algunos textos designa la «garganta» y en muchos otros se extiende para indicar todo el ser de la persona. El vocablo, entendido en estas dimensiones, ayuda a comprender cuán esencial y profunda es la necesidad de Dios: sin él falta la respiración e incluso la vida. Por eso, el salmista llega a poner en segundo plano la misma existencia física, cuando no hay unión con Dios: «Tu gracia vale más que la vida» (Sal 62,4). También en el salmo 72 el salmista repite al Señor: «Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! (...) Para mí, mi bien es estar junto a Dios» (vv. 25-28).
4. Después del canto de la sed, las palabras del salmista modulan el canto del hambre (cf. Sal 62,6-9). Probablemente, con las imágenes del «gran banquete» y de la saciedad, el orante remite a uno de los sacrificios que se celebraban en el templo de Sión: el llamado «de comunión», o sea, un banquete sagrado en el que los fieles comían la carne de las víctimas inmoladas. Otra necesidad fundamental de la vida se usa aquí como símbolo de la comunión con Dios: el hambre se sacia cuando se escucha la palabra divina y se encuentra al Señor. En efecto, «no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor» (Dt 8,3; cf. Mt 4,4). Aquí el cristiano piensa en el banquete que Cristo preparó la última noche de su vida terrena y cuyo valor profundo ya había explicado en el discurso de Cafarnaúm: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,55-56).
5. A través del alimento místico de la comunión con Dios «el alma se une a él», como dice el salmista. Una vez más, la palabra «alma» evoca a todo el ser humano. No por nada se habla de un abrazo, de una unión casi física: Dios y el hombre están ya en plena comunión, y en los labios de la criatura no puede menos de brotar la alabanza gozosa y agradecida. Incluso cuando atravesamos una noche oscura, nos sentimos protegidos por las alas de Dios, como el arca de la alianza estaba cubierta por las alas de los querubines. Y entonces florece la expresión estática de la alegría: «A la sombra de tus alas canto con júbilo» (Sal 62,8). El miedo desaparece, el abrazo no encuentra el vacío sino a Dios mismo; nuestra mano se estrecha con la fuerza de su diestra (cf. Sal 62,9).
6. En una lectura de este salmo a la luz del misterio pascual, la sed y el hambre que nos impulsan hacia Dios, se sacian en Cristo crucificado y resucitado, del que nos viene, por el don del Espíritu y de los sacramentos, la vida nueva y el alimento que la sostiene.
Nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, que, comentando las palabras de san Juan: de su costado «salió sangre y agua» (cf. Jn 19,34), afirma: «Esa sangre y esa agua son símbolos del bautismo y de los misterios», es decir, de la Eucaristía. Y concluye: «¿Veis cómo Cristo se unió a su esposa? ¿Veis con qué nos alimenta a todos? Con ese mismo alimento hemos sido formados y crecemos. En efecto, como la mujer alimenta al hijo que ha engendrado con su propia sangre y leche, así también Cristo alimenta continuamente con su sangre a aquel que él mismo ha engendrado» (Homilía III dirigida a los neófitos, 16-19, pássim: SC 50 bis, 160-162).
[Audiencia general del Miércoles 25 de abril de 2001]
00:56
De los tratados de san Agustín sobre el evangelio de Juan 65
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Podcast NELSON DANILO
Comentario a Jn 13,34-35, dictado en Hipona, probablemente el sábado 20 de diciembre de 419
Traductor: José Anoz Gutiérrez
Mandamiento nuevo: hombres nuevos
1. El Señor Jesús atestigua haber dado él a sus discípulos un mandato nuevo: que se quieran mutuamente1; afirma: Os doy un mandato nuevo: que os queráis mutuamente. Este mandato ¿no existía ya en la antigua ley de Dios, donde está escrito: Querrás a tu prójimo cual a ti mismo?2 ¿Por qué, pues, el Señor llama nuevo a lo que está demostrado que es tan viejo? ¿O es un mandato nuevo precisamente porque, arrancado el hombre viejo, nos viste del hombre nuevo? En efecto, renueva al oyente o, más bien, al obediente, no toda dilección, sino esa respecto a la que el Señor, para distinguirla de la dilección carnal, ha añadido «Como os quise»3, porque se quieren mutuamente maridos y esposas, padres e hijos y cualquier otro vínculo humano que vinculare entre sí a los hombres, por no hablar de la dilección culpable y condenable con que se quieren mutuamente adúlteros y adúlteras, libertinos y meretrices y cualesquiera otros a los que une no un vínculo humano, sino una nociva torpeza de la vida humana. Cristo, pues, nos dio un mandato nuevo: que nos queramos mutuamente como él mismo nos quiso también.
Esa dilección nos renueva para que seamos hombres nuevos, herederos del Testamento Nuevo, cantores del cántico nuevo. Esta dilección, hermanos carísimos, también renovó ora a los antiguos justos, ora a los patriarcas y profetas, como después a los bienaventurados apóstoles; esa misma renueva ahora a las gentes y, del universal género humano que se difunde por el entero disco de las tierras, hace y recoge al pueblo nuevo, cuerpo de la nueva casada, la esposa del Unigénito Hijo de Dios, de la que en Cantar de los Cantares se dice: «¿Quién es esa que asciende blanqueada?»4, blanqueada, sí, por renovada ¿con qué sino con el mandato nuevo? Por eso, están solícitos unos por otros los miembros que hay en ella y, si padece un único miembro, padecen juntos todos los miembros y, si se glorifica a un único miembro, gozan juntos todos los miembros5. En efecto, oyen y custodian «Os doy un mandato nuevo: que os queráis mutuamente»: no como se quieren quienes corrompen, ni como se quieren los hombres porque son hombres, sino como se quieren porque son dioses e hijos del Altísimo todos, de forma que su único Hijo los tiene de hermanos, pues se quieren mutuamente con esa dilección con que él mismo los quiso para conducirlos a esa meta que les baste, donde su deseo se sacie de bienes6, pues entonces, cuando Dios sea todo en todos, nada faltará al deseo7.
Tal fin no tiene fin. Nadie muere allí adonde nadie llega si a este mundo no muere no con la muerte de todos, por la que el alma abandona el cuerpo, sino con la muerte de los elegidos, con la que se pone arriba el corazón aun cuando aún se permanece en la carne mortal. De esa muerte decía el Apóstol: Pues estáis muertos y vuestra vida ha sido escondida con el Mesías en Dios8. Tal vez por eso está dicho: Fuerte es como la muerte la dilección9. Esta dilección logra, en efecto, que, aun viviendo aún en este corruptible cuerpo, muramos a este mundo y nuestra vida se esconda con el Mesías en Dios. Mejor dicho, esa dilección misma es nuestra muerte al mundo y nuestra vida con Dios, ya que, si hay muerte cuando sale del cuerpo el alma, ¿cómo no hay muerte cuando nuestro amor sale del mundo? Fuerte, pues, es como la muerte la dilección. ¿Qué más fuerte que esa por la que es vencido el mundo?
En el prójimo amamos a Dios
2. Así pues, hermanos míos, no supongáis que con lo que el Señor asevera: Os doy un mandato nuevo: que os queráis mutuamente, se ha pasado por alto el mayor mandato, ese con que se preceptúa que con el corazón entero, con el alma entera, con la mente entera queramos al Señor, Dios nuestro. En efecto: «Que os queráis mutuamente» parece dicho como pasado por alto esto, como si esto no tuviera nada que ver con lo otro que está dicho: Querrás a tu prójimo cual a ti mismo. Afirma, en efecto: En estos dos preceptos se basan la Ley entera y los Profetas10. Pero, según quienes entienden bien, uno y otro se hallan en cada uno, porque quien quiere a Dios no puede despreciar a quien preceptúa que quiera al prójimo, y quien quiere santa y espiritualmente al prójimo, ¿qué quiere en él sino a Dios? Esa misma es la dilección diferente de toda dilección humana, distinguiendo a la cual, ha añadido el Señor: Como os quise. En efecto, ¿qué quiso en nosotros sino a Dios? No porque lo teníamos, sino para que lo tuviéramos, a fin de que, como poco antes he dicho, nos conduzca adonde Dios sea todo en todos. Con razón se dice también que el médico quiere a los enfermos; y ¿qué quiere en ellos sino la salud que absolutamente desea hacer volver, no la enfermedad para expulsar a la cual viene? Querámonos, pues, también mutuamente, de forma que, en cuanto podemos, mediante el cuidado de la dilección nos atraigamos mutuamente a tener en nosotros a Dios. Nos da esta dilección ese mismo que asevera: Como os quise, que también vosotros os queráis mutuamente11. Nos quiso, pues, para esto, para que nos queramos mutuamente, al conferirnos esto, queriéndonos él: que la mutua dilección nos enlace entre nosotros y, unidos juntamente por tan dulce vínculo los miembros, seamos cuerpo de tan importante cabeza.
El verdadero distintivo del discípulo
3. Afirma: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos, si a la recíproca tuviereis dilección»12, como si dijera: «Aun los no míos tienen con vosotros otras dádivas mías, no sólo la naturaleza, la vida, la sensibilidad, la razón y la salud que es común a hombres y animales, sino también las lenguas, los sacramentos, la profecía, la ciencia, la fe, la distribución de sus cosas a los pobres y la entrega de su cuerpo para que ardan. Pero, porque no tienen la caridad, hacen ruido como címbalos, son nada, en nada les aprovecha13. Conocerán, pues, todos que sois discípulos míos, no en esas dádivas mías, aunque buenas, que pueden también tener los no discípulos míos, sino en esto: si a la recíproca tuviereis dilección».
¡Oh novia de Cristo, bella entre las mujeres!; ¡oh la que asciendes blanqueada y apoyada en tu primo hermano materno porque, para que no te caigas, te apuntala la ayuda de ese cuya luz te ilumina para que brilles de blancura! ¡Oh, qué bien se te canta en el Cantar de Cantares, en tu epitalamio, por así llamarlo, que «Caridad en tus delicias»!14 Ella no aniquila tu alma con los impíos; ella discierne tu causa, es robusta como la muerte y está en tus delicias. ¡De cuán asombroso género es la muerte que tuvo en poco no estar entre penas, si además no estuviese entre delicias! Pero ciérrese ya aquí este sermón. Lo que sigue ha de tratarse a partir de otro exordio.
03:33
Salmo 119 Liturgia de las Horas
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Podcast NELSON DANILO
Salmo 119
Deseo de la paz
En mi aflicción llamé al Señor,
y El me respondió.
Líbrame, Señor, de los labios mentirosos,
de la lengua traidora.
¿Qué te va a dar o mandarte Dios,
lengua traidora?
Flechas de arquero,
afiladas con ascuas de retama.
¡Ay de mí, desterrado en Masac,
acampado en Cadar!
Demasiado llevo viviendo
con los que odian la paz;
cuando yo digo: "Paz",
ellos dicen: "Guerra".
00:39
Salmo 18 A
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Podcast NELSON DANILO
CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
1. El sol, con su resplandor progresivo en el cielo, con el esplendor de su luz, con el calor benéfico de sus rayos, ha conquistado a la humanidad desde sus orígenes. De muchas maneras los seres humanos han manifestado su gratitud por esta fuente de vida y de bienestar con un entusiasmo que en ocasiones alcanza la cima de la auténtica poesía. El estupendo salmo 18, cuya primera parte se acaba de proclamar, no sólo es una plegaria, en forma de himno, de singular intensidad; también es un canto poético al sol y a su irradiación sobre la faz de la tierra. En él el salmista se suma a la larga serie de cantores del antiguo Oriente Próximo, que exaltaba al astro del día que brilla en los cielos y que en sus regiones permanece largo tiempo irradiando su calor ardiente. Basta pensar en el célebre himno a Atón, compuesto por el faraón Akenatón en el siglo XIV a. C. y dedicado al disco solar, considerado como una divinidad.
Pero para el hombre de la Biblia hay una diferencia radical con respecto a estos himnos solares: el sol no es un dios, sino una criatura al servicio del único Dios y creador. Basta recordar las palabras del Génesis: «Dijo Dios: haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; (...) Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche (...) y vio Dios que estaba bien» (Gn 1,14.16.18).
2. Antes de repasar los versículos del salmo elegidos por la liturgia, echemos una mirada al conjunto. El salmo 18 es como un dístico. En la primera parte (vv. 2-7) -la que se ha convertido ahora en nuestra oración- encontramos un himno al Creador, cuya misteriosa grandeza se manifiesta en el sol y en la luna. En cambio, en la segunda parte del Salmo (vv. 8-15) hallamos un himno sapiencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios.
Ambas partes están unidas por un hilo conductor común: Dios alumbra el universo con el fulgor del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, contenida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol doble: el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la Palabra divina, es descrita con rasgos «solares»: «los mandatos del Señor son claros, dan luz a los ojos» (v. 9).
3. Pero consideremos ahora la primera parte del salmo. Comienza con una admirable personificación de los cielos, que el autor sagrado presenta como testigos elocuentes de la obra creadora de Dios (vv. 2-5). En efecto, «proclaman», «pregonan» las maravillas de la obra divina (cf. v. 2). También el día y la noche son representados como mensajeros que transmiten la gran noticia de la creación. Se trata de un testimonio silencioso, pero que se escucha con fuerza, como una voz que recorre todo el cosmos.
Con la mirada interior del alma, con la intuición religiosa que no se pierde en la superficialidad, el hombre y la mujer pueden descubrir que el mundo no es mudo, sino que habla del Creador. Como dice el antiguo sabio, «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13,5). También san Pablo recuerda a los Romanos que «desde la creación del mundo, lo invisible de Dios se deja ver a la inteligencia a través de sus obras» (Rm 1,20).
4. Luego el himno cede el paso al sol. El globo luminoso es descrito por el poeta inspirado como un héroe guerrero que sale del tálamo donde ha pasado la noche, es decir, sale del seno de las tinieblas y comienza su carrera incansable por el cielo (vv. 6-7). Se asemeja a un atleta que avanza incansable mientras todo nuestro planeta se encuentra envuelto por su calor irresistible.
Así pues, el sol, comparado a un esposo, a un héroe, a un campeón que, por orden de Dios, cada día debe realizar un trabajo, una conquista y una carrera en los espacios siderales. Y ahora el salmista señala al sol resplandeciente en el cielo, mientras toda la tierra se halla envuelta por su calor, el aire está inmóvil, ningún rincón del horizonte puede escapar de su luz.
5. La liturgia pascual cristiana recoge la imagen solar del salmo para describir el éxodo triunfante de Cristo de las tinieblas del sepulcro y su ingreso en la plenitud de la vida nueva de la resurrección. La liturgia bizantina canta en los Maitines del Sábado santo: «Como el sol brilla, después de la noche, radiante en su luminosidad renovada, así también tú, oh Verbo, resplandecerás con un nuevo fulgor cuando, después de la muerte, dejarás tu tálamo». Una oda (la primera) de los Maitines de Pascua vincula la revelación cósmica al acontecimiento pascual de Cristo: «Alégrese el cielo y goce la tierra, porque el universo entero, tanto el visible como el invisible, participa en esta fiesta: ha resucitado Cristo, nuestro gozo perenne». Y en otra oda (la tercera) añade: «Hoy el universo entero -cielo, tierra y abismo- rebosa de luz y la creación entera canta ya la resurrección de Cristo, nuestra fuerza y nuestra alegría». Por último, otra (la cuarta) concluye: «Cristo, nuestra Pascua, se ha alzado desde la tumba como un sol de justicia, irradiando sobre todos nosotros el esplendor de su caridad».
La liturgia romana no es tan explícita como la oriental al comparar a Cristo con el sol. Sin embargo, describe las repercusiones cósmicas de su resurrección, cuando comienza su canto de Laudes en la mañana de Pascua con el famoso himno: «Aurora lucis rutilat, caelum resultat laudibus, mundus exsultans iubilat, gemens infernus ululat»: «La aurora resplandece de luz, el cielo exulta con cantos de alabanza, el mundo se llena de gozo, y el infierno gime con alaridos».
6. En cualquier caso, la interpretación cristiana del salmo no altera su mensaje básico, que es una invitación a descubrir la palabra divina presente en la creación. Ciertamente, como veremos en la segunda parte del salmo, hay otra Palabra, más elevada, más preciosa que la luz misma: la de la Revelación bíblica.
Con todo, para los que tienen oídos atentos y ojos abiertos, la creación constituye en cierto sentido una primera revelación, que tiene un lenguaje elocuente: es casi otro libro sagrado, cuyas letras son la multitud de las criaturas presentes en el universo. San Juan Crisóstomo afirma: «El silencio de los cielos es una voz más resonante que la de una trompeta: esta voz pregona a nuestros ojos, y no a nuestros oídos, la grandeza de Aquel que los ha creado» (PG 49,105). Y san Atanasio: «El firmamento, con su grandeza, su belleza y su orden, es un admirable predicador de su Artífice, cuya elocuencia llena el universo» (PG 27,124).
[Audiencia general del Miércoles 30 de enero de 2002]
00:48
El amor ardiente
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Podcast NELSON DANILO
Eros y agape dos caras del amor humano y cristiano
Una sencilla actitud de Jesús Resucitado
Que nos impulsa a dejarnos envolver por su amor
Puede ayudarnos para una reflexión y meditación no sólo de tipo existencia sino también cristiana
El que ama a cumplido todo
Amor es agape y eros
01:16
El Señor es mi Pastor Salmo 23
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Podcast NELSON DANILO
«El Señor es mi Pastor». El primer verso ya nos dice que hay que leer todo el poema como una imagen para hablar de la relación entre el orante y Dios. El título de «pastor» para nombrar a los reyes y guías del pueblo es habitual en el Oriente antiguo, así como en Grecia y en otros pueblos. La Biblia lo utiliza varias veces para hablar de Dios, tanto en los libros históricos como en los proféticos, en los poéticos y en los sapienciales (Génesis 49, 24; Isaías 40, 11; Salmo 80, 2; Eclesiástico 18, 13; etc.). Dios mismo, en el capítulo 34 del profeta Ezequiel, se compara a sí mismo con un Pastor que quiere cuidar, proteger y alimentar a sus fieles. Como los jefes del Pueblo han sido malos pastores, porque han utilizado a las ovejas en su propio provecho, Dios se ocupará personalmente de cada una, cubriendo todas sus necesidades: «Vosotros os bebéis su leche, os vestís con su lana, matáis las ovejas gordas, pero no apacentáis el rebaño, ni robustecéis a las flacas, ni vendáis a las heridas, ni buscáis las perdidas... Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré... Buscaré a la oveja perdida y traeré a la descarriada, vendaré a la herida, robusteceré a la flaca, cuidaré a la gorda. Las apacentaré como se debe». Son imágenes tiernas, que nos hablan de un amor personal de Dios por su rebaño, que no nos trata a todos por igual, sino que sale a nuestro encuentro, respondiendo a las necesidades y esperanzas concretas de cada uno.
En la antigüedad, los israelitas eran pastores seminómadas con un número pequeño de animales: camellos, burros, gallinas y ovejas. No vivían en casas, sino en tiendas realizadas con pieles de animales. Hombres y animales dormían bajo el mismo techo. Hoy los beduinos siguen haciendo lo mismo. No es extraño que conocieran a cada una de sus ovejas, incluso por su nombre. También las ovejas reconocían la voz y el olor de su pastor. La parábola que Natán cuenta a David en el segundo libro de Samuel, capítulo 12, nos puede ayudar a comprender lo que estamos diciendo: «Había en una ciudad dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. El pobre no tenía más que una corderilla que había comprado. La había criado y había crecido con él y con sus hijos, comía de su bocado, bebía de su vaso, dormía en su regazo...». El salmo quiere evocar esa atmósfera de afecto, esa experiencia de confianza, de tranquilidad, porque se sabe que hay alguien que se interesa por ti, que se preocupa por tu vida.
«Nada me falta». Tanto en Israel como en todo el Medio Oriente no abundan ni el agua ni los pastos. Pasar hambre y sed es una experiencia ordinaria cuando se atraviesan los amplios espacios desérticos. Quien ve los rebaños de los beduinos se extraña de lo extremadamente flacos que están los animales. En este contexto se comprende lo grande que es poder hablar de abundancia, afirmar que no se carece de nada. Ciertamente, como escribió Santa Teresa de Jesús, «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta».
«En prados de hierba fresca me hace reposar». Conseguir hierba en el desierto es ya suficiente para sobrevivir, pero si, además, la hierba es fresca, el hallazgo se convierte en una fiesta. Después de un camino árido y polvoriento, la sola vista de un prado invita al descanso. Las ovejas pueden reposar después de haber comido, en las horas en que el excesivo calor no permite desplazarse: «Dime dónde apacientas el rebaño, dónde lo llevas sestear al mediodía» (Cantar de los Cantares 1, 7).
«Me conduce junto a fuentes tranquilas». El agua no sólo quita la sed, también limpia del polvo del camino y refresca. El mismo sonido de la fuente relaja y hace olvidar las fatigas. Pero las fuentes son los lugares más peligrosos para los rebaños. Tanto los lobos como los salteadores saben que allí terminan acudiendo a beber y se esconden esperando a sus presas. El salmo subraya que las fuentes a las que nos conduce nuestro pastor son «tranquilas», seguras. La Sagrada Escritura usa muchas veces el símbolo de la sed para hablar del deseo de Dios y del agua para hablar del don del Espíritu Santo. «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios...» (Salmo 42, 2-3). «Os rociaré con agua pura y os purificaré de todas vuestras impurezas. Os daré un corazón nuevo y os infundiré mi Espíritu...» (Ezequiel 36, 25ss).
«Y repara mis fuerzas». Después del cansancio del camino, el alimento, la bebida y el descanso nos hacen tomar fuerzas para poder seguir caminando. Literalmente dice: «repara mi aliento», mi alma, entendido como mi vigor y mi vida también. En algunas ocasiones nos sentimos agotados y nos parece que ya no podemos más. Es el momento de escuchar las palabras del Salmo 27: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es mi fuerza y mi energía, ¿quién me hará temblar? Aunque los malvados se levanten contra mí... Él me recogerá en su tienda... Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Él me acogerá».
«Me guía por el camino justo». La experiencia de caminar acompaña a todo hombre. Nos desplazamos de un sitio a otro y toda nuestra vida es un camino. A veces equivocamos la senda, porque, como nos recuerda Antonio Machado: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar». El pastor adapta su paso a la necesidad de las ovejas, va en busca de un lugar bueno para ellas. Para los hombres, decir esto es confesar que el Señor nos guía por el camino justo, el único bueno, aunque no lo entendamos inmediatamente. Él nos lleva al mejor lugar, que nosotros solos no podríamos encontrar: las fuentes tranquilas, el agua que produce paz y calma la sed más profunda del que la bebe: «Te guiaré por el camino de la sabiduría, te conduciré por sendas justas» (Proverbios 4, 11). «Peregrino soy en esta tierra, no me ocultes tus mandatos... Enséñame, Señor, tu camino para que lo siga». (Salmo 119, 19. 33).
«Haciendo honor a su Nombre». El pastor que cumple bien su trabajo, que cuida de su rebaño, lo alimenta, lo proteje y lo guía por los caminos acertados, hace honor a su nombre. «El asalariado, que no es verdadero pastor ni propietario de las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona y huye; y el lobo hace presa de ellas. Se porta así porque trabaja únicamente por la paga y no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor que conozco a mis ovejas y cada una de ellas es importante para mí» (Juan 10, 12ss).
«Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré». El pastor nos da tanta seguridad, que hasta podríamos atravesar con él el valle tenebroso. La oscuridad del valle da miedo por los peligros que puede esconder, porque no se ve el camino, por la semejanza entre las tinieblas y la muerte. Este salmo, para decir «tinieblas», utiliza una palabra rara, que no se usa casi nunca: «salmawet» y que podríamos traducir por «oscuro como la muerte». En hebreo, «mawet» significa «muerte». La muerte es evocada para el lector por la oscuridad del valle y por la palabra con la que se habla de esta oscuridad. De hecho, la Biblia griega traduce «aún si camino por el valle de la muerte, no temo, porque Tú me acompañas». Una imagen de gran fuerza para recordarnos nuestra condición de mortales en un contexto de gran dulzura (grandezas de la poesía).
«Porque Tú estás conmigo». Hemos llegado al centro del salmo y a su momento más intenso. La verdadera razón de que yo me sienta seguro, de que no tenga miedo, de que me atreva a pasar el valle de la oscuridad y de la muerte es que «Tú estás conmigo». Los prados frescos, el agua abundante, la protección frente a los enemigos... todo es bueno, pero saber que Tú caminas a mi lado es lo más importante. «Si te tengo a Ti, ya no necesito nada de la tierra » (Salmo 73, 25). «Si el Señor está conmigo, no tengo miedo. ¿Qué podrá hacerme el hombre?» (Salmo 118, 6).
«Tu vara y tu cayado me dan seguridad». Palestina es una tierra cálida. Los viajes con el ganado se hacen temprano, antes de que caliente el sol, o al atardecer, cuando se oculta. Las ovejas no tienen miedo de extraviarse en la oscuridad, porque se siguen unas a otras y, a lo largo del camino, oyen el sonido de la vara del pastor que camina con ellas. El cayado, arma con la que defender a las ovejas de las alimañas, es al mismo tiempo el signo tierno de la presencia del pastor junto al rebaño, que toca con su punta los lomos de la que se desvía para reconducirla al redil y, con el ruido que hace al apoyarlo en el suelo, guía su caminar. Con el sonido del bastón de Dios en nuestras vidas, no tenemos miedo ni de la muerte. La imagen hace también referencia al bastón de mando, al cetro de Dios, con el que gobierna todas las cosas para el bien de su pueblo. El salmo siguiente, el 24, habla del Señor «Rey de la gloria», y comienza así: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el mundo y todos sus habitantes». El mismo David era rey y pastor. La referencia al cayado de pastor y al bastón de mando es riquísima de evocaciones: Dios salvador, liberador, guía del pueblo, en relación con la salida de Egipto y la Monarquía.
La sensación de seguridad y de protección prosigue con la segunda imagen del salmo: la del señor que acoge un huésped en su casa.
«Me preparas un banquete frente a mis enemigos». La palabra usada en hebreo significa «desenrollar», con el sentido de extender unas pieles de cabra a la puerta de la tienda, para colocar sobre ellas la comida. Podemos reconstruir la escena: un hombre huye de sus enemigos por el desierto. Casi imposible salvarse. Improvisadamente, encuentra un beduino que lo acoge en su tienda. La ley de la hospitalidad era sagrada para los semitas. Cuando alguien es acogido, invitado a comer, se convierte en intocable. Los enemigos no se pueden acercar a él. «El Señor hace justicia al huérfano, a la viuda y ama al emigrante suministrándole pan y vestido. Amad vosotros también al emigrante, ya que emigrantes fuisteis...» (Deuteronomio 10, 18-19). Abrahán recibió la promesa definitiva cuando acogió en su casa a unos peregrinos que resultaron ser enviados de Dios (Génesis 18). «No olvidéis la hospitalidad, pues gracias a ella algunos hospedaron, sin saberlo, a ángeles» (Hebreos 13, 2). Lot prefiere entregar a sus dos hijas antes que a unos desconocidos acogidos en su casa (Génesis 19).
«Perfumas con ungüento mi cabeza». El ungir a un huésped era la mayor manifestación de veneración que se podía tener con él. El aceite enriquecido de esencias perfumadas da frescor, suaviza la piel. Es éste un gesto de extremo afecto y consideración para el que llega cansado por el calor del desierto y las penalidades de la huida. «¡Qué hermoso es que los hermanos vivan unidos! Es como ungüento perfumado derramado en la cabeza.» (Salmo 133 1-2). Una mujer de Betania tendrá este gesto con Jesús y él lo agradecerá a pesar de la incomprensión de los discípulos, llegando a afirmar que esa mujer sería recordada en todos los lugares donde se predique el Evangelio (Mateo 26, 6ss).
«Y mi copa rebosa». La copa que rebosa es, igualmente, signo de la generosidad con que el huésped es acogido. No recibe sólo lo necesario. Hay algo de superfluo, de añadido, de generosidad total, en los actos de Dios. Recordemos, por ejemplo, la narración de la creación. Dios no hace sólo lo necesario, sino que, además, entrega al hombre ríos con agua abundante, con oro fino, con piedras preciosas y perfumes (Génesis 2, 10ss). Lo mismo sucede cuando los israelitas salen de Egipto. Dios no sólo les da la libertad. Les enriquece también con los bienes y el oro de los egipcios (Éxodo 12, 36).
«Tu amor y tu bondad me acompañan». Ésta es la imagen más extraña para los occidentales. Es como si el beduino que me ha acogido en su tienda y me ha defendido de mis enemigos, me pusiera ahora dos guardaespaldas que me acompañen de regreso a mi casa. Aquí, los dos acompañantes son una personificación del Amor y la Bondad de Dios, última referencia del salmo. Aunque a nosotros pueda resultarnos rara la personificación de cualidades divinas, en la Biblia es bastante común: «La Salvación está cerca de los que le honran y la Justicia habitará en nuestra tierra. El Amor y la Fidelidad se encuentran, la Justicia y la Paz se besan... La Justicia marchará delante de él y la Rectitud seguirá sus pasos» (Salmo 85, 10ss).
«Todos los días de mi vida». No hablamos de un acompañamiento pasajero, sino de la certeza de una protección continua, como si se respondiera a la petición con que concluye el salmo 28: «Salva a tu pueblo, bendice tu heredad, apaciéntanos y guíanos por siempre».
Las dos partes del salmo (el pastor que cuida de las ovejas y el señor de la casa que acoge un huésped bajo su techo) comienzan con una situación de descanso y terminan con los protagonistas en actitud de caminar. Las ovejas comen, beben y sestean en el oasis. Después emprenden la marcha, guiadas por el pastor. El que huía del desierto encuentra la salvación en la tienda del beduino. Allí sacia su hambre y su sed, se perfuma y, posteriormente, emprende la marcha custodiado por dos escoltas. Las dos partes del salmo parecen insinuar que nuestra vida es un continuo andar de la mano del Señor. Cuando lo necesitamos, él nos ofrece momentos de descanso para restaurar nuestras fuerzas. Cuando nos hemos recuperado, hay que volver a caminar. Como los discípulos que acompañaron a Jesús en el Tabor: Después de la Transfiguración tuvieron que regresar al valle. El Salmo 122, como los otros llamados «salmos de ascensión a Jerusalén», nos recuerda que siempre somos peregrinos: «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!».
El libro del Éxodo, que nos narra el camino de Israel por el desierto hacia la Tierra Prometida, se convierte en imagen de nuestra vida: El Señor nos guía y nos acompaña, nos instruye y nos corrige todas las jornadas de nuestra existencia, hasta el día en que entremos en el descanso definitivo. El salmo 95 insiste en esta idea, invitándonos a aprender de los errores cometidos por los israelitas en su caminar por el desierto, para no repetirlos: «Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón... como en el desierto, cuando me tentaron vuestros antepasados... Son un pueblo que no conoce mis caminos, por eso juré airado que no entrarían en mi descanso». El Antiguo y en Nuevo Testamento son un testimonio continuo de las ansias que arden en nuestros corazones de alcanzar la patria verdadera, la definitiva: «Si Josué les hubiera proporcionado un descanso definitivo, David no hablaría de un posterior día de descanso. Hay, pues, un descanso definitivo reservado al pueblo de Dios... Apresurémonos, pues» (Hebreos 4, 8ss).
«Y habitaré en la casa del Señor por años sin término». Después de hablar de descansos pasajeros y de caminos largos, se evoca el reposo definitivo en la casa del Señor, la entrada en el «Sabat» último y eterno, en la Nueva Jerusalén, tal como canta el Apocalipsis: «Ésta es la Morada de Dios con los hombres. Habitará entre ellos... Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (21, 3ss).
El desierto es el contexto común a las dos imágenes (el pastor y el beduino). El que ora este salmo sabe que nada le falta, aún encontrándose en el desierto. Allí, el creyente redescubre las raíces de toda la historia de Israel: Abrahán y los demás patriarcas fueron pastores trashumantes por el desierto. Moisés se preparó en el desierto para su misión y volvió al desierto para acompañar al pueblo a la libertad. Allí se manifestó el poder de Dios, que «hirió a los primogénitos de Egipto, sacó a su pueblo como a un rebaño y lo condujo por el desierto. Los llevó con seguridad hasta la tierra sagrada» (Salmo 78, 51ss). Por lo tanto, después que el Señor liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, lo guió por el desierto, como un pastor conduce a su rebaño. Les ofreció agua que manaba de la roca y alimento abundante (maná y codornices), los defendió de las serpientes que los mordían y de los enemigos que los atacaban, los introdujo en la Tierra Prometida y los acogió como Señor del territorio, ofreciéndoles descanso en su casa. Esta idea queda recogida en muchos textos de la Escritura: «Saliste, oh Dios, al frente de tu pueblo, los guiaste por el desierto... reanimaste tu heredad extenuada y tu rebaño habitó la tierra que tu bondad les había preparado» (Salmo 68, 8ss). «Te abriste un sendero por el mar... y guiaste a tu pueblo como a un rebaño» (Salmo 77, 20-21).
El desierto significa también, para el pueblo, el lugar de la tentación, la prueba, la murmuración, el pecado, la idolatría y la conversión. El lugar donde se descubre que Dios perdona siempre y continúa a dar vida, alimento, salud, victoria. Que da con generosidad porque perdona con magnanimidad. El lugar donde se puede hacer la verdadera experiencia del encuentro personal con Dios: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón... Ella me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que salió de Egipto... Y te desposaré conmigo en fidelidad» (Oseas 2, 16).
00:52
Salmo 129 - Desde lo hondo grito a ti Señor De Profundis
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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
«Desde lo hondo a ti grito, Señor»
1. Se ha proclamado uno de los salmos más célebres y arraigados en la tradición cristiana: el De profundis, llamado así por sus primeras palabras en la versión latina. Juntamente con el Miserere ha llegado a ser uno de los salmos penitenciales preferidos en la piedad popular.
Más allá de su aplicación fúnebre, el texto es, ante todo, un canto a la misericordia divina y a la reconciliación entre el pecador y el Señor, un Dios justo pero siempre dispuesto a mostrarse «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7). Precisamente por este motivo, el Salmo se encuentra insertado en la liturgia vespertina de Navidad y de toda la octava de Navidad, así como en la del IV domingo de Pascua y de la solemnidad de la Anunciación del Señor.
2. El salmo 129 comienza con una voz que brota de las profundidades del mal y de la culpa (cf. vv. 1-2). El orante se dirige al Señor, diciendo: «Desde lo hondo a ti grito, Señor». Luego, el Salmo se desarrolla en tres momentos dedicados al tema del pecado y del perdón. En primer lugar, se dirige a Dios, interpelándolo directamente con el «tú»: «Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto» (vv. 3-4).
Es significativo que lo que produce el temor, una actitud de respeto mezclado con amor, no es el castigo sino el perdón. Más que la ira de Dios, debe provocar en nosotros un santo temor su magnanimidad generosa y desarmante. En efecto, Dios no es un soberano inexorable que condena al culpable, sino un padre amoroso, al que debemos amar no por miedo a un castigo, sino por su bondad dispuesta a perdonar.
3. En el centro del segundo momento está el «yo» del orante, que ya no se dirige al Señor, sino que habla de él: «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora» (vv. 5-6). Ahora en el corazón del salmista arrepentido florecen la espera, la esperanza, la certeza de que Dios pronunciará una palabra liberadora y borrará el pecado.
La tercera y última etapa en el desarrollo del Salmo se extiende a todo Israel, al pueblo a menudo pecador y consciente de la necesidad de la gracia salvífica de Dios: «Aguarde Israel al Señor (...); porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa: y él redimirá a Israel de todos sus delitos» (vv. 7-8).
La salvación personal, implorada antes por el orante, se extiende ahora a toda la comunidad. La fe del salmista se inserta en la fe histórica del pueblo de la alianza, «redimido» por el Señor no sólo de las angustias de la opresión egipcia, sino también «de todos sus delitos». Pensemos que el pueblo de la elección, el pueblo de Dios, somos ahora nosotros. También nuestra fe nos inserta en la fe común de la Iglesia. Y precisamente así nos da la certeza de que Dios es bueno con nosotros y nos libra de nuestras culpas. Partiendo del abismo tenebroso del pecado, la súplica del De profundis llega al horizonte luminoso de Dios, donde reina «la misericordia y la redención», dos grandes características de Dios, que es amor.
4. Releamos ahora la meditación que sobre este salmo ha realizado la tradición cristiana. Elijamos la palabra de san Ambrosio: en sus escritos recuerda a menudo los motivos que llevan a implorar de Dios el perdón.
«Tenemos un Señor bueno, que quiere perdonar a todos», recuerda en el tratado sobre La penitencia, y añade: «Si quieres ser justificado, confiesa tu maldad: una humilde confesión de los pecados deshace el enredo de las culpas... Mira con qué esperanza de perdón te impulsa a confesar» (2, 6, 40-41: Sancti Ambrosii Episcopi Mediolanensis Opera SAEMO, XVII, Milán-Roma 1982, p. 253).
En la Exposición del Evangelio según san Lucas, repitiendo la misma invitación, el Obispo de Milán manifiesta su admiración por los dones que Dios añade a su perdón: «Mira cuán bueno es Dios; está dispuesto a perdonar los pecados. Y no sólo te devuelve lo que te había quitado, sino que además te concede dones inesperados». Zacarías, padre de Juan Bautista, se había quedado mudo por no haber creído al ángel, pero luego, al perdonarlo, Dios le había concedido el don de profetizar en el canto del Benedictus: «El que poco antes era mudo, ahora ya profetiza -observa san Ambrosio-; una de las mayores gracias del Señor es que precisamente los que lo han negado lo confiesen. Por tanto, nadie pierda la confianza, nadie desespere de las recompensas divinas, aunque le remuerdan antiguos pecados. Dios sabe cambiar de parecer, si tú sabes enmendar la culpa» (2, 33: SAEMO, XI, Milán-Roma 1978, p. 175).
[Texto de la Audiencia general del Miércoles 19 de octubre de 2005]
00:56
Por los caminos del Señor
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Cardenal Carlo Maria Martini
Reflexiones para cada día
Son una invitación desde la espiritualidad cotidiana a vivir el Evangelio de Jesús con la sencillez y la humildad del discípulo-misionero del Señor para que tenga vida y vida en abundancia
Hoy sobre el mandamiento del amor
03:25
Del Tratado de san Hilario, obispo, Sobre la Santísima Trinidad (Libro 8, 13-16: PL 10, 246-249)
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UNIDAD NATURAL DE LOS FIELES EN DIOS POR LA ENCARNACIÓN DEL VERBO Y POR LA EUCARISTÍA
Si es verdad que la Palabra se hizo carne, también lo es que en el sagrado alimento recibimos a la Palabra hecha carne; por eso hemos de estar convencidos que permanece en nosotros de un modo connatural aquel que, al nacer como hombre, no sólo tomó de manera inseparable la naturaleza de nuestra carne, sino que también mezcló, en el sacramento que nos comunica su carne, la naturaleza de esta carne con la naturaleza de la eternidad. De este modo somos todos una sola cosa, ya que el Padre está en Cristo, y Cristo en nosotros. Por su carne, está él en nosotros, y nosotros en él, ya que, por él, lo que nosotros somos está en Dios.
Él mismo atestigua en qué alto grado estamos en él, por el sacramento en que nos comunica su carne y su sangre, pues dice: El mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo seguiré viviendo y vosotros también; porque yo estoy en mi Padre, y vosotros estáis en mi y yo estoy en vosotros. Si se hubiera referido sólo a la unidad de voluntades, no hubiera usado esa cierta gradación y orden al hablar de la consumación de esta unidad, que ha empleado para que creamos que él está en el Padre por su naturaleza divina, que nosotros, por el contrario, estamos en él por su nacimiento corporal, y que él, a su vez, está en nosotros por el misterio del sacramento. De este modo se nos enseña la unidad perfecta a través del Mediador, ya que, permaneciendo nosotros en él, él permanece en el Padre y, permaneciendo en el Padre, permanece en nosotros; y, así, tenemos acceso a la unidad con el Padre, ya que, estando él en el Padre por generación natural, también nosotros estamos en él de un modo connatural, por su presencia permanente y connatural en nosotros.
A qué punto esta unidad es connatural en nosotros lo atestigua él mismo con estas palabras: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi, y yo en él. Para estar en él, tiene él que estar en nosotros, ya que sólo él mantiene asumida en su persona la carne de los que reciben la suya.
Ya antes había enseñado la perfecta unidad que obra este sacramento, al decir: Asi como me envió el Padre que posee la vida y yo vivo por el Padre, de la misma manera quien me come vivirá por mi. Él, por tanto, vive por el Padre; y, del mismo modo que él vive por el Padre, así también nosotros vivimos por su carne.
Emplea, pues, todas estas comparaciones adecuadas a nuestra inteligencia, para que podamos comprender, con estos ejemplos, la materia de que trata. Ésta es, por tanto, la fuente de nuestra vida: la presencia de Cristo por su carne en nosotros, carnales; de manera que nosotros vivimos por él a la manera que él vive por el Padre.
RESPONSORIO Jn 6, 57; cf. Dt 4, 7
R. El que come mi carne y bebe mi sangre * permanece en mí, y yo en él. Aleluya.
V. ¿Cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos a ellas como el Señor, nuestro Dios, lo está de nosotros?
R. Permanece en mí, y yo en él. Aleluya.
03:34
Artículo Persona y Sociedad
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“La existencia socialmente más perfecta y mas dichosa que pueda imaginarse sería sin duda la cosa más inhumana del mundo, si no estuviese acompañada de una autentica renovación de la vida interior; de la misma manera que la vida interior no sería más que pura mistificación si se replegase sobre sí misma en una especie de egoísmo refinado” (H. De Lubac, p. 253; cf. Baltasar, Urs Hans von, Henri de Lubac. La obra orgánica de una vida, p. 39).
11:10
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Faith, Philosophy and Spirituality



