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Un podcast donde damos rienda suelta al triángulo de nuestras cosas favoritas: la política, la cultura pop y la actualidad. @podcastpol
Política en serio en tiempos de memes, whatsapp y gifs de gatitos.

www.polypop.es
Twitter: https://twitter.com/podcastpol
Telegram: https://t.me/PolAndPop

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Pol&Pop. Fin de curso

Episode in Pol&Pop
Aunque parezca mentira, el curso 2026-2027 ha vuelto a interpretarse, Papa mediante, desde el paradigma de la polarización, esa cosa que huele a pecado. Versión pos-postmoderna de las dos españas / el cainismo inscrito en el ADN de nuestros pueblos, siempre tan útil para excusar intervenciones autoritarias de la democracia española porque, ya se ve, no sabemos cuidarnos solas. ¡ZZZzzz! El aburrimiento. Echamos la persiana de esta séptima temporada y conviene mantener al día el cuadernillo de aprendizajes. Una vez hemos discutido ya, hace temporadas, lo inadecuado de este marco, podemos inscribir las novedades de este curso político en dos columnas: politizaciones y despolitizaciones, fenómenos de entrada y de salida, de electrificación y de deselectrificación de asuntos, no en función de su existencia, sino de su capacidad de afectar al conflicto político en nuestras sociedades o de pasar, en cambio, por debajo del radar. 1. La Justicia ha sido un gran espacio de politización. No se trata de que los tribunales no fueran antes agentes partícipes del juego político. De hecho, el diseño del Estado constitucional les confiere un rol central en la efectividad de los contenidos del pacto social que están por encima de la política ordinaria, pero este ha sido un rol bien defensivo o bien, en caso contrario, activo solo frente elementos periféricos a los partidos alfa del pacto constitucional y a sus bisagras. Lo singular de nuestro momento es el crecimiento exponencial del papel político del ala judicial. Político en su sentido menos elevado: menos en el de los grandes ideales y proyectos que rediseñan el futuro de la humanidad que en el de la vida oscura y embarrada de la corte. Una fuente nueva para los ritmos y objetos de la vida política cotidiana. 2. El racismo también se ha politizado. Acabada la excepcionalidad española, que vehiculaba el racismo de forma principal frente al otro plurinacional, este curso el racismo ha recuperado su principal trama colonial, perfectamente homologable al rol que esta tiene en otros Estados europeos. Al mismo tiempo, el proceso de regularización, un impacto millonario sobre la configuración política de la vida en el país, ha subrayado el carácter artificioso y por lo tanto político de la ciudadanía, frente al intento de atarla a su génesis racial (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/entrevista-irene-ortiz-gala-mito-ciudadania). 3. Despolitización del tiempo. Frente a las épocas en las que los acontecimientos se sucedían vertiginosos al modo Fast & Furious, este curso hemos vuelto al tiempo chicloso de los momentos previos a una crisis. El curso ha pasado, por un lado, esperando el gol en propia puerta del PP en las citas autonómicas y, por otro, la rendición del gobierno de coalición. Como nada de eso ha sucedido, entramos en el curso de la prórroga, un tiempo en el que la importancia de lo que pasa es inversamente proporcional a la frescura de quienes deben hacerlo pasar. En ese tiempo de prórroga, hasta la rufianeta y los nuevos soberanismos parecen ir más lentos. 4. También se han despolitizado, de modo sangrante, los métodos de selección de las élites representativas de nuestros espacios políticos. Con resultados que oscilan entre el rango pocho y el pocho-pocho. Sea de mayor o menor agrado esto último de las élites representativas, los mecanismos de primarias planteaban un método político de reconocimiento y regulación del conflicto interno para intentar llegar al mejor resultado (en general, conseguido) con el menor coste (en general, no conseguido). El hartazgo político con el espacio se llevó por delante tal método como si renunciar al problema- para el que se estaba ensayando un método aun ineficiente- fuese acaso a resolverlo. Se inauguró así un ciclo de hegemonía apparatchik donde la paz equivalía al silencio y la gran innovación, a argumentar que el tiempo de la gente había pasado y por lo tanto se podían construir organizaciones sin personas. Nada demasiado grave si hubieran demostrado tener algo de razón. Como se ve, esta séptima temporada ha dado para mucho dolor de cabeza. Si lo contenéis hasta el final también encontraréis recomendaciones de todo tipo de juguetitos culturales que meteros en la bolsa de la piscina. Gracias por acompañarnos otro año más.
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Hasta el c*ñ* de la IA

Episode in Pol&Pop
Estás harta de la IA. De los prompt-bros de LinkedIn, de las formaciones, de hacer más con menos, sueldo y tiempo incluidos. Pero también de la crítica y, en general, de la geopolítica. De los apocalípticos de China. De los apocalípticos de Trump. De los apocalípticos de HAL 9000. Del espectáculo católico-neoliberal que te anima a aumentar la productividad por la mañana, a cuidar el jardín de reserva de la humanidad por la tarde y a encogerte de miedo por la noche. Lógico. Aunque apenas puedas precisar cómo se unen lo puntos, sí parece claro que ellos tienen un plan, una utopía y parece claro que no es la nuestra. En su utopía colapsamos, saturadas/os de productividad y de preocupación. Rendidas por hambre durante una parte de la semana y empachados la otra. Y en Pol&Pop, que nunca habíamos abordado el tema, nos sumamos al chorreo. Y como siempre es mejor con amigas, invitamos a Marga Padilla García, autora de “Inteligencia Artificial: Jugar o romper la baraja” (Traficantes de Sueños, 2025: https://traficantes.net/libros/inteligencia-artifical-jugar-o-romper-la-baraja ), y referente tecnopolítico, para pensar esta cosa que ha pasado a ocupar parcelas crecientes de nuestra vida. Una cosa jodida del presente es que nos pasa, pero apenas nos deja margen para pensarlo. Una cosa aún más jodida de la tecnología es que nos la hacen, antes los listos y ahora los ricos, y nos toca limitarnos a desear poder usarla sin que nos utilice demasiado. Por fortuna y con dificultades, la IA se está pensando en tiempo real y de forma creciente. En sus dimensiones geopolíticas y ecológicas (https://www.elsaltodiario.com/asalto-podcast/anthropic-ciberguerra-todo-lo-papa-no-ha-dicho-carta-ia-militar ; https://www.elsaltodiario.com/atenea_cyborg/doble-revolucion-del-siglo-xxi-geopolitica-inteligencia-artificial), en sus consecuencias, en cómo funciona por dentro y cómo se ensambla por fuera con el contexto de relaciones sociales e instituciones en que opera. Como señala Padilla, por debajo de todo el celofán de lo técnico, de lo inevitable y de lo infalible, hay una realidad política, contingente e incierta. En las IAs se decide qué riesgos se quieren evitar, entre qué factores se distribuyen los pesos y qué pesos se ponen en la balanza. Se decide qué tipo de respuesta se ofrece: la del tertuliano enciclopédico que ha sido mil veces formulada vs la pluralidad, el contraste, las críticas y las diversidades. También es una decisión política si usarla o no y en qué circunstancias. Si la IA ofrece una respuesta para todo, conectada urbi et orbi, o aborda un campo especializado dentro de un entorno controlado y local. Tampoco es infalible, como no lo es la percepción ni la razón humana, ni en su despliegue clínico, ni actuarial ni ahora automatizado. Al mismo tiempo, la manera tan fiel en que su invasión reproduce el esquema de desposesión y cercamiento de los comunes, con la privatización de nuestras propias formas de hablar, relacionarnos y conocer para ponerlas en el stock de gigantes tecnológicos es una llamada a la tecnopolítica. El terreno minado en el que la IA se inserta dentro de un contexto de productividad por chantaje y socialidad menguante es una llamada a la comunidad. La comunidad tecnopolítica es no quedarse fuera de lo que nos afecta y para eso resulta decisivo romper el círculo técnico de las primeras experimentaciones hacktivistas para mezclar a todos los saberes implicados, porque no hay una forma de no saber del contenido y despliegue de las relaciones humanas. En su utopía X, no hay una relación con lo otro ni con les otres que no se rija por la gramática del dominio y la utilidad. En este terreno ya liminal entre lo vivo y lo inerte, la pregunta no es si finalmente la máquina se rebelará, sino si nos juntaremos y, haremos la revuelta juntas.
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Lo de ZP es más que lo de ZP

Episode in Pol&Pop
La imputación de Zapatero&cía —o cómo se llame ahora— representa: 1 ) la posibilidad de que el PSOE sea una estructura profundamente corrupta, o lo que es lo mismo, un partido as usual de la partitocracia canónica; hasta el punto de que —en una suerte de ingreso traumático de lo real en el que el carácter ficcional del modo en el que nos relacionamos operativamente en el mundo se desvela como tal, una mentirijilla que nos facilita la vida— ya no podemos relacionarnos con el PSOE fingiendo que es una cosa diferente a lo que el PSOE realmente es. 2) La constatación definitiva, por si era necesaria alguna prueba más, de que el PSOE —uno de sus aparatos fundadores— ha sido expulsado del R78 y hay una operación puesta en marcha para desalojar al Gobierno vía judicial, mediática, política y diplomática mediante. Es decir, por todas las vías. Esto ha llegado a suceder como si, en una fase terminal de la respuesta autoinmune del R78 a los desafíos del ciclo político 2011-2022, las defensas atacaran finalmente al propio cuerpo. Una dinámica en la que es posible que el PSOE tenga una responsabilidad no pequeña. Para afrontar y superar los desafíos y la impugnación del ciclo 2011-2022, el R78 segregó una serie de anticuerpos en esta forma que Pablo Elorduy ha llamado el Estado feroz. Aquí segregar significa, en una gramática variable, que autorizó, legitimó, confraternizó, toleró o dejó hacer según el caso y la conveniencia a determinados aparatos de estado (incluidos los aparatos de información ) a actuar para expulsar, debilitar o aniquilar esos cuerpos extraños (15M, Municipalismos, Podemos, etc.) o que se han vuelto extraños (Junts, Esquerra) que desafían la estabilidad y legitimidad del régimen. Hasta este punto el PSOE es plenamente responsable de ello. Autorizó, legitimó, dejó hacer y sobre todo, se benefició de ello. ¿Qué sucedió para que haya terminado devorado por esta dinámica, canibalizado por unas dinámicas que él mismo contribuyó a generar y activar? 1) Activada esta dinámica, legitimada en su proceder, a las fuerzas conservadoras y reaccionarias no les ha sido difícil impusarla a una nueva fase, ordenarla e instrumentalizarla. Pero si 1) ha sido tan fácil es porque 2) a estos núcleos movilizados y activistas del Estado feroz nos les ha faltado ímpetu ni iniciativa. Quizás nunca ha sido más importante en nuestra historia reciente (donde importante significa disfuncional) la composición material y humana de los aparatos de estado. La expulsión del PSOE supone una reestructuración fuerte del campo político y uno de los vectores estratégicos más importante del ciclo que se nos está viniendo encima Drama sobre drama, aquí lo importante es que parece dominar en los núcleos de los aparatos duros del Estado a) una concepción patrimonialista del Estado y b) estrecha y preconstitucional de la nación y la patria. Una noción en la que España se identifica con ellos mismos y sus homólogos de clase, anterior y superior a la democracia, con la que tiene una relación accidentalista. De esta manera, en nombre de España (en esta concepción patrimonialista y estrecha) se está en cierto modo habilitado para bordear, extrañar o desreconocer la democracia y sus derechos. En resumen, un esprit de corps reaccionario que activado y tolerado en una primera fase, y movilizado y legitimado en una segunda, ha terminado por comprender al PSOE (una de sus partes componentes y fundadoras) como también él un cuerpo extraño. Con el que se está habilitado a hacer lo que se estaba legitimado a hacer con los cuerpos extraños: al que se esta autorizado y legitimado a expulsar, aniquilar, castigar, destruir y un largo y triste etc. Si esto resuena a lawfare es porque cuando funciona, así funciona el lawfare. Si nos estremece un cierto latigazo de pánico, es porque el cuerpo es sabio e intuye la que se nos viene. Conclusiones. La expulsión del PSOE supone una reestructuración fuerte del campo político y uno de los vectores estratégicos más importante del ciclo que se nos está viniendo encima. El PSOE navega en esto incómodamente, entre la estupefacción y la aceptación estratégica. La extraordinaria resistencia que está mostrando el Gobierno, al menos hasta el momento presente, habla de que hay un área que ya está en lo segundo, pero es lógico intuir que el impulso apparatchik, especialmente conforme público y crítica vaya soltando la mano, a negociar la rendición, entregar los aparatos de estado, pasar la penitencia y pedir el reingreso en el club, es ya también un proyecto en marcha. De momento, por el presente, si el lawfare hace del PSOE uno como nosotros/as, la otras cositas no lo hace, justamente, uno de nosotros/as. Esta distinción, que no ha estado clara precisamente estas semanas, pero distinguir y trabajar ambas cosas —una pulsión que acerca y otra que nos aleja— va ser uno de las elementos claves para sobrevivir y crecer en el ciclo político que se abre. Ciclo político que se anticipa necesariamente feroz.
World and society 2 months
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Si la orden es jugar, la respuesta es hacer trampas. Con Javier Pérez Barricarte

Episode in Pol&Pop
Por culpa de pensarlo, se cae en la cuenta de que una de las actividades más divertidas que existe no es sino completar otra de las más aburridas: seguir normas. En el último Pol&Pop hablamos sobre jugar con Javier Pérez Barricarte, sobre su libro, “El placer de la domesticación. De la gimnasia al videojuego” (Renacimiento, 2026). Parte del interés por esta actividad es que se ha situado del lado de lo banal, de lo que no es serio ni profesional -las excusas más habituales para instarnos a hacer lo insoportable-, lo que incrementa la importancia de estas formas humanas de repetir con pequeñas variaciones bajo distintos conjuntos de normas. Una actividad clave en la socialización de los nuevos sujetos y en la subjetivación de los adultos. O ¿acaso no es un reclamo de la cultura del gimnasio que éste forja tanto más un carácter que un cuerpo? El juego moldea las etapas de una vida: los niños a los muñecos, los adolescentes al Tiktok, quienes se resisten a la vida adulta al Instagram y sus mayores al Facebook. El juego moldea la realidad: el Kriegsspiel prusiano convirtió la guerra en un tablero en el que no tenían cabida el cansancio, el hambre o las vísceras, sino que se podía aprender como un espacio racional de planificación, igual que el shooter en primera persona anticipó el dron de combate. El juego -los nuevos, las variaciones y gustos de los viejos- repasan las líneas de la jerarquía social cuando el empuje de los de abajo amenaza con borrarlas. Toda apelación al fair play y al espíritu olímpico han sido expresiones de políticas del tono con pantalones cortos por oleadas contra obreros, personas no blancas, mujeres y transexuales. En el mundo digital, el neoliberalismo ha querido introducir dentro del videojuego una variación del no hay alternativa. La interactividad ha escondido a menudo una acción aún más encerrada por el software que el juego de mesa o al aire libre y ha incorporado hasta tal punto la idea de trabajo después del trabajo, que cuando el diablo nos ha querido instarnos a hacer cosas indeseables, lo ha plagado de píxeles y lo ha llamado ludificación. Y sin embargo seguimos jugando. Lo que constituye el juego es un deseo que quiere tocar tierra en ese campo normativizado, pero al mismo tiempo no puede dejar de tensar sus costuras, desafiar lo instituido, buscarle los límites, hacerle trampas, migrar y fundar nuevos juegos cuando todo estaba decidido. Suponemos que les suena esa actitud.
World and society 3 months
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Miserias y disfrutes del true crime, con Berta Comas Casas

Episode in Pol&Pop
Quizá no se encuentre en su punto álgido, pero el true crime es un género ya consolidado en nuestro menú cultural y, como tal, una mediación influyente en la manera de vernos y de ver el mundo. En el núcleo de su ascenso, habita una tensión entre el deseo de acercarse a, de discutir, de compartir o incluso de entretenerse con algunas de las conductas humanas más sórdidas y, por otro lado, las implicaciones éticas de todo esto cuando, tras la pantalla, ha existido un sufrimiento real que quizá se atice en cada replay o un estado injusto del mundo que se consolidará con cada visionado. Esta es parte de la discusión que Berta Comas Casas tiene consigo misma en el libro True crime. Una mirada al dolor de las demás (Lengua de Trapo, 2026) y a la que nos incorporamos, junto a ella, en este Pol&Pop. El éxito del true crime es el de sus premisas más reduccionistas y escondidas. Ni tan true ni tan crime. Aunque, en sus inicios, el interés del género provenía de su veracidad y aprovechaba la legitimidad de otros géneros, poco comerciales pero pintones, como el documental, la mano se ha ido abriendo a introducir más elementos del thriller o de la industria audiovisual en general y admitir mayores cuotas de ficcionalización de lo real. Como habrán notado alguna vez, esa cosa aburrida de la realidad no se organiza en capítulos ni mucho menos éstos cliffhanguean para que tengas ganas de enchufarte el siguiente. Tampoco los asesinos suelen ser atractivos ni la vida viene envuelta en una locución perfecta. Si hay mucha más creación de la que parece y ésta es artística o expresiva puede tener un pasar porque toda sociedad necesita contarse y componer sus duelos, pero si toda artificiosidad es comercial y vuelve a encajar “lo que ha sucedido” en el canon del male gaze, el dolor de las demás es dinero para los de arriba y patriarcado por doquier. Tampoco el crime en cuestión es todo el crime, sino más bien la porción minoritaria de delitos interindividuales de sangre y sexuales graves que sostienen nuestra idea de la utilidad del sistema penal. Con tal monstruosidad sobre la mesa, cómo imaginar otra forma de lidiar con los conflictos sociales o incluso con la pura maldad. La idea de copaganda (https://www.elsaltodiario.com/metropolice/copaganda-vision-policial-se-convierte-sentido-comun), en la traducción que Sergio García e Ignacio Mendiola hacen de la noción de Alyssa Rosemberg, permite pensar cómo nuestro sentido común del mundo se alinea de forma creciente con el policial. Ya comentábamos en el episodio anterior (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/criptoprofetas-hipermasculinidad-nueva-derecha-paula-c-chang-andrea-g-galarreta) la capacidad occidental de reforzar instituciones -allí era la masculinidad, aquí el propio sistema penal- afirmando su completa decadencia y documentando todos sus fallos. Mucho más extraño sería encontrar una exploración del proceso de salvaje centrada al capitalismo financiero global de los bancos finlandeses a finales de los 1980s, como hace Rosvopankki (Los invencibles) o una mirada sobre los mundos de Celeste, Succession o Industry que no hubiera pasado por los filtros de The Office o de Euphoria. Todo ello justifica pensar que el true crime tiene un efecto justificativo del status quo. Entonces ¿por qué seguimos con el tema?, como ya hicimos con Mar García Puig (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/true-crime-placer-ver-culpables). Este es el centro de la preocupación de Berta Comas, que le permite situar el true crime en el proceso de backlash frente a la expansión de las vidas que ha empujado el feminismo. Como mostró Nerea Barjola (https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=725382), se trata de un disciplinamiento de la libertad femenina generación tras generación de productos de entretenimiento basados en el terror sexual. Para nosotros la cuestión es si detrás de acercarse a ese entretenimiento no hay también una exploración de la reactividad social ante las nuevas posibilidades de vida, una especie de preparacionismo que interpone un artefacto cultural, una mediación entre el propio deseo y el castigo patriarcal por haber ido demasiado lejos. Y por eso se sigue mirando y en esta tensión lo seguimos discutiendo.
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Criptoprofetas. Hipermasculinidad y nueva derecha, con Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta

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“Los criptos se convirtieron en la imagen de un nuevo tipo de sujeto político y económico, un nodo donde convergen la especulación financiera, el individualismo exacerbado y una masculinidad inquieta y ansiosa de validación”. Esto dejan caer Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta entre los términos de su glosario, al inicio de Criptoprofetas. Hipermasculinidad y nueva derecha (Bauplan, 2026). Pero los criptos son un sujeto particular. Uno del tipo mancha de aceite que copa la infoesfera entre sus subespecies de unos poco propietarios, unos muchos bros, una escalera de mentores para convertir a estos en aquellos y un selecto grupo de profetas que anuncian el mundo por venir. Si se fían de los criptoprofetas, sepan que ese mundo viene pocho. Se comparte ahí esa inclinación de época por el fin del mundo, que es tema recurrente del podcast (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/fiesta-del-apocalipsis-natalia-castro-picon; https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/ciencia-ficcion-capitalista) pero el abismo al que se asoman, les parecerá curioso, no es la guerra, la extinción de formas de vida en el planeta o el abandono de sociedades al límite de sus fuerzas. El abismo es la pluralidad, que se te lleva subiendo a la chepa desde que alguien empezó a tontear con la tolerancia y acabó por incluirla en la sala de máquinas de una gobernabilidad democrática. Y, por su parte, el mundo que emerge no es el propio de un apocalipsis bonito de primavera. No hay en él ninguna oportunidad de invertir las jerarquías, sino que se anuncia como el último golpe sobre la mesa para plegarlas todas en la mano de la minoría de señores que se han mantenido infranqueables y puros. Mundo aplanado en su punto de colapso, sin presas para el depredador, sin vida para la muerte, sin fuel para el lambo. Una propuesta política de este tipo solo puede calificarse como reactiva. Se cierra a cal y canto frente a la vulnerabilidad e incluso frente a la propia idea de construir una intimidad. Frente a una sensación de impotencia que es ubicua para cualquier cuerpo contemporéno, primero reacciona esde el asco, luego desde el odio y finalmente desde la violencia. Todo pop, por supuesto. Fascismo pop. Si de esta máquina de inmunización masiva se sigue algún producto, debe buscarse en el campo de la hipermasculinidad, donde se dobla la apuesta. El problema es que, si la masculinidad de toda la vida ya era una performance -y nos estaba quedando bastante meh-, la hipermasculinidad es una pirotecnica de género unidireccional y potencialmente autolítica que no produce más que la reducción del mundo a uno mismo, sea a escala personal o geopolítica. La cuestión es que, fuera de una minoría de criptofamosos y de sus principales acólitos, no debería darse por sentado que la reacción hipermasculina responda a la buena salud de la masculinidad previa, sino más bien al contrario, que sea la ineficacia de los dispositivos masculinistas estándar para lidiar con la incertidumbre y la impotencia contemporáneas la que promueva este salto de calidad. Si de algo sabemos en occidente es, de hecho, de reformar instituciones fallidas redoblando sus lógicas. En todo caso, si esto es así, el sentido de este libro o de estas discusiones no residiría tanto en identificar la contradicción o la fragilidad de las bases de todo este girio a la derecha de lo masculino, sino partir de esa incomodidad ante el presente, abrazar la herida y tomarla como principio -siempre que se tengan fuerzas y cierta seguridad- para una conversación distinta. Animarse.
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Organizar el poder sindical, de Jane McAlevey. Un manual para ganar la vida en el trabajo

Episode in Pol&Pop
Tenemos hoy nuevo Pol&Pop de servicio público. En este caso, de servicio sindical. Cualquiera que se adentrara en la vida política entrado ya el Régimen del 78, como es nuestro caso, lleva incorporada de serie la idea de que no se hace política desde los sindicatos. Se hace política para ampliar y roturar el campo desde los movimientos sociales o se hace política para cosecharlo desde el plano institucional. Lo que traemos hoy, a partir del libro de Jane McAlevey, «No hay atajos. Organizar el poder sindical» (Verso, 2024), es una memoria reciente que desmiente eso: en el sindicalismo radical contemporáneo de Estados Unidos, la acción sindical ha constituido un foco de politización principal en contextos diversos marcados por la afinidad de clase, al tiempo que distintos procesos de politización han desembocado en la sindicalización como una vía imprescindible para avanzar. Lo hacemos de la mano de Jaime Caro, traductor e introductor al libro, y de Alejandra Ríos, abogada laboralista de Autonomía Sur coop. Si es un mal hábito reducir el sindicalismo a una gran estructura de prestación de servicios jurídicos y certificados de formación, también lo es despreciar la experiencia sindical estadounidense. Es cierto que el marco regulativo resulta antisindical de una forma marcada, pero también que ha sido un fructífero espacio de innovación. La trayectoria de McAlevey como organizadora de sindicatos en las últimas décadas comprende desde la derrota infligida por el neoliberalismo, que arrinconó a esas organizaciones en el levantamiento de burocracias, la recaudación de cuotas, el lobbismo y la elitización, hasta las victorias de la última década, impulsada por una nueva generación de prácticas radicales, basadas en la organización, una democracia interna masiva y la producción de comunidad sindical. El libro de McAlevey recoge algunas de las premisas estratégicas para este giro victorioso, desde la concepción extendida de quien trabaja como un miembro de la comunidad -y, por lo tanto, de esa retaguardia como clave del conflicto-, hasta la incorporación de los destinatarios de los servicios laborales -las personas atendidas en la residencia, las familias en los colegios- como parte principal del sujeto político. Con esta orientación, desarrolla una visión empírica del proceso de organización y pelea sindicales que da buenas pistas de lo que funciona, tanto a quien pretenda fortalecer su pequeño sindicato, como a quien aspire a desburocratizar alguna federación de las grandes centrales. Como decíamos, programa de servicio, de agitar estereotipos y de primeros auxilios en la tarea de ganar terreno a la vida en el campo de juego del capital. Que lo practiquen a gusto.
World and society 5 months
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La pócima Rufián y el ingrediente secreto

Episode in Pol&Pop
Acto en teatro, colas, chistes, fotos y futuras giras. En el último tramo del ciclo político, la presentación de iniciativas electorales ha encontrado su confluencia con los podcast en directo. Hay podcasts de nicho, podcasts de famosos y podcasts que hablan pueblo. La rufianeta ha echado a andar con una hoja de ruta. Si lo hemos entendido bien, en su plan A, ésta incluye un programa de mínimos y una sola lista electoral por cada provincia “a la izquierda del PSOE”, de manera que no se “tire” ningún voto y se pueda disputar el tercer puesto a la ultraderecha, maximizando la tasa de conversión de votos en escaños. El plan A está difícil, sobre todo por lo segundo, aunque lo primero, como veremos, tiene su miga también. Una opción intermedia sería alcanzar unas listas únicas, al menos a ojos de la gente, en aquellas provincias donde no haya partidos nacionalistas (no españoles, se entiende) o donde su peso sea desigualmente superior al de los partidos no nacionalistas a la izquierda del PSOE. Es decir, eso no ocurriría en Cataluña, País Vasco o Galicia, pero sí en Aragón, Madrid o el País Valenciano, así como en otros territorios de las Castillas y de Murcia, Extremadura o Andalucía. En cualquiera de los dos supuestos de éxito, la hoja de ruta incluye aparcar la rufianeta delante de Televisión Española para que el noi de Santa Coloma sea quien reparta en los debates electorales, lo que equivale, en nuestro mundo post-partidos y por completo mediatizado, a liderar el espacio. Si esto va a pasar o qué hace falta para que esto pase es ahora el principal foco de discusión. Tanto la prensa de las cortes madrilonesas como las voces políticas autorizadas están en general de acuerdo en que es imposible porque tiene a los partidos en contra, solo que, como decía Lola García, nadie quiere aparecer como quien mata el experimento. Sin embargo, hay una intersección de debilidades en el PSOE y en los grupos a su izquierda que abren esa oportunidad. Nuestro interés aquí no es adivinar el futuro, sino leer las tendencias que subyacen a este movimiento y pensar qué ingrediente le falta a la pócima. En primer lugar, es evidente el salto desde un enfoque caliente o flipado de unidad a uno prudencialista, de mínimos o de fusión fría. Siendo esto un buen desplazamiento del problema de la unidad, ya intransitable, tampoco responde a la pregunta principal relativa a cómo se puede gobernar la pluralidad política implícita en estas visiones del país o de la izquierda o de cualquier cosa que se pretenden aglutinar. No lo hace el día uno tras las elecciones, pero tampoco los meses anteriores. Sin ese ingrediente, que no puede ser que todo el mundo deje de hacer política para ponerse detrás del señor de cada feudo, el movimiento tiene velocidad, pero no tendría la masa suficiente para constituir un proceso de politización que movilice o pueda torcerle el brazo a las direcciones de los partidos que ahora, simplemente, esto no lo ven. Rufián enunciaba esta oposición partidos – pueblo con un titular brillante a la pregunta de qué apoyos tienes: ningún apoyo político, solo apoyo popular. Este es un nuevo tiempo que requiere mucha innovación para integrar la pluralidad preexistente y sobre todo alojar a los nómadas de todas las razas convocados al campamento flipy del frentepopulismo. En segundo lugar, resulta claro que se ha abierto un periodo en el que la oscilación entre las fuerzas del populismo y la tecnocracia ha cambiado. Un momento donde las pasiones no se mueven en torno a debates profundos o a logros institucionales concretos, sino a cuestiones más simples pero entonadas con mayores dosis de dramatismo. Un momento contra la extraña máquina que componen las direcciones y Bluesky. Este momento populista es un momento paradójicamente cínico, donde se enuncia que el enfoque no es ilusión o gobernar, sino “ciencia, método y orden” para que el país “se gobierne bien” (https://www.elsaltodiario.com/partidos-politicos/rufian-detalla-plan-pide-metodo-izquierdas-no-compitan). En este contexto, se expone de forma franca que no se vota a los o las mejores, sino que se vota a lo suficiente en un marco antifascista de puertas anchas y compromisos laxos. Esta política enteramente útil y postvirtuosa debe resolver en todo caso la incógnita de qué es eso de los mínimos en la idea de “programa de mínimos”, que no son tanto principios programáticos como una lingua franca con la que podamos reconocernos y entendernos tribus muy distintas, no solo para el día después, sino para que haya un día 0 propiamente dicho.
World and society 5 months
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La fiesta del apocalipsis, con Natalia Castro Picón

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Conviene reconocer que, en 2026, la idea del fin del mundo no tiene el sex-appeal que guardaba para el paleocristianismo romano o para el pueblo milenarista de Müntzer. Hoy, el fin del mundo puede ser mañana y eso no acaba de tener buena prensa. Por una parte, es lógico. Para vivir en un mundo insostenible, nuestra forma de estar en él descuenta una continuidad esencial de los días que hace posibles los cálculos, las proyecciones y, por supuesto, las resignaciones que dan impulso a la rueda del hámster. Además, se ha convertido en sentido común la idea de que el exceso de distopías y relatos apocalípticos constituye una expresión de nuestros temores que, a la postre, reduce la imaginación y las capacidades políticas (Pol&Pop 2x20: https://www.ivoox.com/2x20-utopia-no-es-isla-audios-mp3_rf_64618456_1.html#comments). Frente a esa tesis, hablamos con Natalia Castro Picón, viaje amiga del programa y ganadora del premio Anagrama de ensayo 2025 con La fiesta del fin del mundo. Apocalipsis cultural en el periodo entre crisis (España, 2008-2023). Castro parte de la noción de De Martino sobre la situación de apocalipsis cultural: una crisis tal que impide que los códigos culturales antes compartidos resulten ya operativos. En este contexto, los imaginarios apocalípticos devienen ubicuos porque solo podemos proyectar hacia el futuro nuestro presente desde el marco del abismo. La manera en que esto se concreta en la práctica cultural comporta asimismo dos problemas políticos. En primer lugar, esos imaginarios, aunque colapsistas en cuanto a las condiciones de vida, son por completo continuistas en lo referido a las instituciones básicas del capitalismo -mercado y razón de Estado-, a pesar de que ya es evidente que tales son más bien las causas del colapso que aquello cuya supervivencia tenga sentido mantener. Ello naturaliza, además, las principales estructuras de desigualdad del presente y entronca con el segundo problema político de esta situación: si, ocurra lo que ocurra, los núcleos de injusticia de nuestras sociedades son inmutables, todo cambio -reformista, colapsista o revolucionario- solo puede ser peligroso y a peor. De este modo, la política contemporánea se ciñe a una elección entre el abismo y lo que hay, al tiempo que el primero se presenta como indefectible. Vamos, un planazo. Sin embargo, el ensayo de Castro Picón está tejido con otros hilos. Parte de los topoi del fin del mundo que pueblan la cultura popular: el desierto, la guerra total, los virus, los zombies y los tsunamis, entre otros, pero identifica, dentro de ellos, lo que podríamos llamar prácticas apocalípticas transformadoras. Es decir, prácticas que utilizan las gramáticas del game over para producir otros mundos. No se trata, entonces, de una banalización de nuestra crisis o de la crueldad con la que se muestra en el presente o en sus proyecciones, sino una constatación de que el fin y la distopía han sido y son una realidad decretada normal en muchos lugares y para muchos grupos sociales ded forma creciente. Si como decíamos, con Juan Francisco Soto al analizar las distopías desde el Sur (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/ciencia-ficcion-latina-tecnica-reverso), las utopías de unos son las distopías de muchos, es urgente explorar esos espacios del apocalipsis como espacios creativos de otra vida frente al chantaje de fascismo o lo que hay. Llegados a este punto, queda recuperar esa vieja idea del cambio de siglo: otro fin del mundo es posible
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Yoga y otras artes oscuras del capitalismo

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Quedan aún doscientos años para que nuestro calendario empiece a contar los años hacia delante. En el territorio de la actual India, redes de iniciados budistas y jainistas perfeccionan un complejo conjunto de técnicas para liberarse del sufrimiento y de una condición miserable bajo la hegemonía de la religión védica de las élites. Su problema no es menor, ni en el terreno político ni metafísico. Se trata de sustraerse del encarcelamiento en el samsara, un ciclo de reencarnaciones al que se entienden sujetos en tanto no sean capaces de librarse de su yo, en favor de un Sí abstracto y cumplir, de este modo, su verdadero propósito en el mundo. Se trata de abandonar la falsedad del reflejo fenomenológico de lo mundano y dominar los sentidos en una dirección muy distinta. En 2026, redes de practicantes de unas técnicas que hunden su linaje en aquéllas no quieren sustraerse de ninguna vuelta al mundo sin final. Lidian, más bien, con la ansiedad, un laberinto de complejos, la abulia o la pérdida de sentido. Si quieren dominar su cuerpo y sus sentidos es para, primero, conocerse y, con ello, perfeccionarse. Quizá también con ciertos indicadores de productividad y los cuerpos que ven en Instagram. Quieren evolucionar para imponerse a esas condiciones mundanas o al menos para adaptarse a ellas, para aceptarlas o, mejor, ser resilientes. Si nada de esto es finalmente posible, el esfuerzo les rentará como un rato de desconexión, mejor coordinación y un vientre -ojalá- un poco más plano. Nadie tiene en mente retirarse del mundo, más allá de 10 días en Semana Santa, pero sería deseable defender algo de paz interna en mitad de todo este ruido. En nuestra serie de episodios sobre subjetividades contemporáneas, ponemos otra baldosa a partir del libro de la filósofa y maestra de yoga Zineb Fahsi, Zineb (2025), El yoga, nuevo espíritu del capitalismo, publicado por La Cebra y traducido por Elina Kohen. Respecto a esta gran reformulación del yoga, lo primero que deja claro Fashi es que no tiene sentido analizar dichos desplazamientos en términos de (pérdida de) autenticidad. El yoga auténtico, si por ello se entiende el producido en el contexto indio, ha vivido también numerosas transformaciones que lo han aproximado a cuestiones tan poco espirituales como el control postural, el autogobierno, la virilidad o el nacionalismo. Tampoco el objetivo es desvelar algo así como la gran conspiración del yoga. Es decir, denunciar por fin que esas personas cercanas que hacen todo lo posible por rebajar los dolores de espalda y del espíritu son en realidad agentes infiltrados del neoliberalismo y del desprecio por la justicia social. Al contrario, Fashi cita estudios sociológicos en el contexto norteamericano y francés que muestran una fuerte afinidad cultural, axiológica y política de esas poblaciones con las nuestras. La cuestión es entender, más bien, de qué manera esas prácticas de liberación han trabado afinidad con otras espiritualidades y éticas afines al neoliberalismo, como el nuevo pensamiento, la teosofía o la biomoral y han llegado a conformar una masa de sentido en la que prima la psicologización del bienestar, la autorresponsabilización por las condiciones de vida y las emociones asociadas o un optimismo desaforado en la capacidad del yo para influir sobre el despliegue de la realidad. En un mundo en el que no es posible concebir la vida social sin su catálogo de prácticas de sí, la preocupación de Fashi, a la que sumamos la nuestra a lo largo de esta serie de episodios, se refiere no a cuánto de esas prácticas de sí sustraen fuerzas de una acción más explícitamente política, sino a cómo esas prácticas se pueden vivir y orientar de otro modo: a la construcción de comunidad y no de la fantasía de un yo todopoderoso, al discernimiento de lo real para su transformación y no solo a métodos para adaptarnos o para prevalecer sobre otros. Namasté.
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23F: Anatomía de un mito

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23F: Anatomía de un mito En 2025 se ha cumplido medio siglo de la muerte de Franco. Ahora que el año se acaba, ya puede confirmarse que, sea por indolencia o por impotencia, no se ha producido ningún acontecimiento ni discusión política de impacto relacionadas con el tema. De manera aproximada, la única excepción a todo esto ha sido una serie, Anatomía de un instante, dirigida por la mano de referencia en el cine social o político español, Alberto Rodríguez, producida por Movistar, no en vano, el mayor grupo de comunicación privado con una participación pública significativa, y basada en una novela de Javier Cercas, quizá el exponente más claro de lo que a estas alturas sea un intelectual orgánico de toda la vida. En síntesis, lo que se quiere subrayar con esta fotografía es que la serie que se estrenó el 20 de noviembre no es una perspectiva sobre el franquismo y la transición, sino la perspectiva sobre el franquismo y la transición, lo que nos permite examinar en qué situación está la mirada hegemónica sobre estas cosas. Estructurar el relato en torno a un puñado de personas y a un momento -como se sabe, esta obra toma la entrada de Tejero en el Congreso en 1981 para analizar el cómo se llegó aquí desde la perspectiva de Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado- hace posible hablar de la historia reciente de España mientras se elude el problema del desgaste de sus otros elementos fundacionales. Desde hace años, la transición no vive revisiones que no sean críticas y los héroes de su lectura canónica han experimentado un proceso de desprestigio y extrañamiento del que Juan Carlos o Felipe pueden ser buena medida. Por su parte, la Constitución, elemento irreformable pero al mismo tiempo compatible con cualquier estrategia política, ha devenido de facto irrelevante y ha desaparecido del campo de discusión. En cambio, el 23F mantiene buena salud como mito fundacional de la democracia española. Cuenta con sus héroes, con sus distintas tramas superpuestas -a las que alude el último capítulo de la serie, “Todos los golpes del golpe”- y con profundas conexiones históricas e identitarias. Es el asunto histórico, pero también mítico, destinado a moralizar a cada generación que lo vive o lo escucha. En su momento, como el truco de Ozymandias, dibujó el límite de lo político que se operativizó enseguida con los Pactos de la Moncloa. Seguramente hoy la mirada palaciega y a la Sorkin sobre algunos pocos hombres de Estado que hace la serie sea un llamado a los dos partidos alfa para que abandonen sus proyectos de hegemonizar a una parte del país y vuelvan al redil de la gran coalición, del que la política nunca debió sacarlos. Y a nosotros, como espectadores, a que vayamos entendiéndolo. Anatomía de un instante es una política elevada hecha con muy pocos ladrillos. Un homenaje a la sala de los adultos, en el momento en el que más dudas tenemos sobre la capacidad de sus ocupantes y menos sobre que vayamos a ser invitados alguna vez. Una fábula que nos enseña que el peligro está ahí afuera, pero que no tenemos nada que temer si nos ponemos en manos de gente que sabe lo que hace, esto es, que sabe aparcar sus diferencias -esto es, que sabe aparcarnos - en pos de un bien mayor. Anatomía de un instante es, al mismo tiempo, la reedición del mito fundacional del 23F, nuestra serie del año y el mensaje del rey emitido este año en cuatro capítulos. Pásenlo todo lo bien que puedan. (edición de audio a cargo de Marco Flecha)
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Entrepreneurs. Por su seguridad, permanezca en la zona de confort. Pantomima Full

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“Eres el CEO de tu vida”. En las postrimerías del siglo XX, Tom Peters colaba esta maldición dentro de su libro, pionero, “50 claves para hacer de usted una marca”. A partir de ahí, usted ya no es quien trabaja por un salario en ese asunto tan aburrido de explicar, usted es a la vez el producto y quien lo produce. Con pasión, sin confort; con followers, sin derechos. Queda inaugurado el siglo. 25 años después, cuando el humor observacional y cínico de Pantomima Full representa un espacio de trabajo, el punto álgido de la fiesta ya ha pasado y donde había épica queda comedia, patetismo y cringe. Quienes trabajan ahí ni siquiera han conocido de segunda mano los beneficios de todo eso. Algunos están jugando con el dinero de sus padres -que ya venían jugando con el dinero de Hacienda-, unos pocos se lo creen, otros más están perdidos y la mayoría comparten oficina con la fe en el emprendimiento que tiene en la comundiad quien comparte piso a partir de lo 35. En este episodio hemos convocado a Javier Zamora García, autor de “Brillar para existir. Neoliberalismo y marca personal en la era de las redes sociales digitales” (CEPC, 2024) para hablar de esta cultura empresarial y de sus daños colaterales. Su investigación hace correr en paralelo las transformaciones económicas y laborales asociadas a la financiarización y al posfordismo con las innovaciones en el campo de la subjetividad de los pobres, es decir, quienes no tenemos más remedio que ser el CEO de nuestra vida. En un contexto de derribo de la seguridad laboral y vital, todos estos mensajes sobre la épica del emprendimiento y la construcción de la marca personal ofrecen un salvavidas - pinchado - a los trabajadores más desclasados y un marco de legitimación bien inyectado de PR al destrozo global. La cuestión es qué efecto ha tenido sobre el alma y las espaldas de todos esos cuerpos 25 años de tormenta discursiva, cuál es el balance de heridos del choque entre el mindundi con internet y las ideologías diseñadas para tecnomagnates y – usted está aquí - qué queda cuando la farsa se desvela pero los actores no pueden salir del teatro. En el coworking de Entrepreneurs hay de todo, pero en el mercado no. La nueva economía se ha reducido a las plataformas para las que trabajan en la práctica todos esos nuevos CEO y a la creación de momentos de atención en los que colocar los productos de siempre. Es decir, trabajo subordinado y servicios de publicidad. La materia prima de todo ello son una mayoría de trabajadoras a quienes les cambiaron las reglas de juego a mitad de partido: del fórmate del instituto hasta el “tu visibilidad es más importante que tu habilidad”, de Montoya y Vandehey en “La marca llamada Tú” (2003). Y una minoría creciente de juventudes descreídas, huyendo de las cosultoras, como sus progenitores de las oficinas, como sus antecesores de la fábrica y del campo. Un capítulo más en la historia de fuerza, cuentos y fingimientos.
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Politizar el montañismo, con Pablo Batalla

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El montañismo o “hacer montaña” es una actividad extraña. Usted está aquí y la cima está ahí, bastante lejos en tanto que bastante alta respecto al área en la que usted desarrolla su vida cotidiana. No tiene utilidad subir porque arriba no hay nada. De hecho usted se encuentra abajo porque gente más antigua que usted prefirió construir, sembrar y pastar donde efectivamente el terreno era algo más plano y algo más verde, cada cual según sus circunstancias. Y sin embargo se sube. A veces, como parte de una competición, supersticiosa o esponsorizada, con uno mismo o con otro grupo rival. A veces, como procesamiento de una verdad sobre lo que somos juntes, en tanto comunidad y ecosistema. En todo caso, se sube con unas implicaciones interindividuales pero también políticas. La propuesta de hoy es, de hecho, hablar con Pablo Batalla Cueto sobre “La bandera en la cumbre. Una historia política del montañismo”, donde, como el propio nombre del libro y al ubicación de este texto indican, se politiza -ese gesto que enfurece a cualquier director de vuelta ciclista- el montañismo. La tesis de Batalla no es que la gente haya subido o suba montañas por política. Cosas más “inútiles” se hacen con ese objetivo, pero mucho hay que forzar la mirada para ver el alpinismo como una actividad principalmente política. La tesis es, más bien, que hacer montaña se sincroniza con procesos y acciones explícitamente políticas, las traduce también en valores y arquetipos de mejor circulación, a veces como héroes y heroínas y otras veces como metáforas. Y, por supuesto, mientras se hace montaña se produce un impacto sobre las personas y las cosas que es politizante. Ahora bien, como ya ocurría en un ensayo anterior, La ira azul: El sueño milenario de la Revolución (Trea, 2023), los procesos y las acciones políticas no tienen ni un solo color ni una sola motivación, sino distintas capas entre las que se desliza el sentido de lo que ocurre y de lo que se hace, que, como todo lo que ocurre y lo que se hace, cambia por la propia acción del ocurrir y del hacer. Por eso, es posible encontrar un montañismo liberal y neoliberal, nacionalista, conservador y fascista, feminista y LGTBIQ+, islamista, cristiano, judío, comunista, anarquista, ecologista, animalista, anticapi o socialdemócrata. Una visión de la montaña y de “hacerla” que es una visión del mundo en función de valores estrella de cada posición: la montaña como espacio de fraternidad, igualdad y equilibrio, pero también de violencia, individualismo y jerarquía. Nuestra intuición es que la montaña, como forma territorio, sirve como escenario de nuestra genealogía política pero también de nuestros dilemas contemporáneos. Entre las visiones que quieren poner al territorio al servicio del bien común en abstracto y las que identifican el riesgo de mercantilización y profanación de su sagrado que eso implica. Entre la masificación y la jerarquía. La vida y la identidad. Por ahí cabe seguir el ascenso.
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El fin de la paciencia, con Xan López. Una novedad radical

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Una novedad radical El largo camino hacia la emancipación ha estado sazonado e incluso enmarcado en un extenso catálogo de metáforas destinadas a enfatizar la idea de continuidad de un proyecto que venía de tan atrás como de desobediencia a un poder injusto y que no concluiría hasta la liberación completa de la vida. Este ethos, de análisis y de trabajo geológicos pero también de aceleraciones volcánicas, introducía las pequeñas victorias en la narración de enormes avances y ponía las derrotas y las sequías en un juego pendular, nunca definitivo. Si el libro de Xan López “El fin de la paciencia” (Anagrama, 2025) tiene un mensaje, es que esa vieja virtud carece hoy de sentido. Que la senda de la emancipación, si quiere discurrir por contextos fieles a tal idea, no puede ser larga porque, más allá de determinadas condiciones climáticas, no hay camino como tal. Por supuesto, no somos la primera generación que sienten esta tarea como urgente. Otras se han jugado, en procesos históricos acelerados, su supervivencia o sus formas de vida, pero sí tenemos hoy todo tipo de certezas de que, de no invertir de forma abrupta algunos resultados de nuestra organización social, como las emisiones de carbono, el campo de posibilidades políticas se reducirá tanto a la supervivencia y la guerra por recursos y hábitats escasos que el juego completo habrá cambiado a uno mucho más difícil de ganar. López deja claro que nuestras posibilidades de hacer política climática están trenzadas por la confluencia de dos tradiciones: nuestra tradición política y nuestra tradición científica. Mientras que la segunda ha evolucionado hasta darnos la oportunidad de desatar algunos nudos que eran insalvables hace un tiempo, la segunda permanece constante en sus métodos y respuestas. Nuestra tradición ha delimitado la cuestión climática como irresoluble dentro del capitalismo, tanto por falta de medios técnicos como de opciones políticas, pero los avances en las posibilidades de electrificación sin emisiones y la misma reconfiguración del campo político en las ruinas del post-2008 del neoliberalismo han cambiado el escenario. El problema se ha vuelto por entero político. Si no estamos ante un déficit de conocimiento ni ante una barrera tecno-científica inevitable ¿qué nos impide morder la cuestión climática con la pasión, la inteligencia y el pragmatismo de aquellos seres a quienes les va la vida en ello? En una dimensión individual, solemos despreciar la digestión personal e incluso espiritual de esta vivencia política de la incertidumbre. Aunque nuestros marcos de análisis son socialistas, las vidas cotidianas de quienes conocemos se sustentan en premisas de continuidad y pactos íntimos de estabilidad con el futuro. Están llenas, de hecho, de ejercicios espirituales que performan nuestra capacidad de mantener el mundo tal y como es, e incluso de intervenir sobre él, desde la banalización del estoicismo a tip list, hasta decisiones profundas sobre estudios, crianza y cuidados. Por otro lado y contra lo apremiante de la situación, la discusión política se mueve entre la reiteración de la espera en marcos analíticos y activistas heredados, la pulsión esquizogenética de una existencia política por distinción entre las pymes de la izquierda, el enaltecimiento del término medio como ingrediente secreto de las grandes alianzas y una lectura abstracta de cualquier avance concreto como un “hacerle el juego” al capital. Hay, entonces, razones para el optimismo en espacios técnicos, económicos y de opinión pública donde nunca los hubiéramos sospechado y enormes debilidades en los cimientos de nuestras formas políticas de estar y actuar sobre el mundo. Una paradoja que no tenemos mucho tiempo para desanudar. Bienvenides a la séptima temporada.
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Pol&Pop 6x14. Aprender de los aciertos

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Ningún debate político es ingenuo. Desde luego no lo es el que arrastramos en los últimos tiempos sobre la vitalidad del ciclo político iniciado en las plazas hace casi 15 años: ¿se cerró con el gobierno de coalición? ¿o antes, con la Conjura de las Madalenas? ¿o antes, en Vistalegre II? ¿o en el I? ¿o estamos hablando más bien de una ficción nacional que hemos elevado al nivel de la Transición? Cada respuesta viene con su pliego de cargos, su picota, su ya-lo-decíamos-nosotros y su solución sospechosamente parecida a la misma que el hablante ha enunciado durante las últimas décadas. Sin embargo, si las lecturas de mayor circulación sobre el cierre del ciclo resaltan por algo es por su contribución a abonar el lema de nuestro tiempo: no se puede, con su involución largoplacista ‒creceremos en la derrota‒, tan movimientos fin de siglo, o con su presentismo sanchista ‒no se puede ganar: soñemos con el empate‒, tan cara a los partidos de la Transición. Al hablar, en el último capítulo de esta temporada, con Vicente Rubio Pueyo sobre su libro, Un país entre dos tiempos (Lengua de Trapo 2025), queríamos hacer lo contrario, como ya hicimos en nuestra charla con Marta G. Franco sobre las victorias y robos de internet (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/podcast-or-reconquistar-internet-otras-historias-politicas-digitales-frente-internacional-del-odio). Queríamos repasar algunas victorias. Las victorias de esta época no son grandes avances, consolidados después en cambios constitucionales, nuevas infraestructuras sociales y vidas más tranquilas por generaciones, sino innovaciones epistémico-políticas que abrían escenarios y relaciones antes imposibles. Muchas de estas relaciones se formaron en torno al municipalismo. Aquí se produjo una identificación, incorporada ya al acervo político, de la ciudad como una capa relevante de la máquina de crecimiento y expolio, de cosas y de almas, pero también más dependiente de la acción popular. La apuesta municipalista puede verse como la realización, hasta el último rincón del país, de un caudal político desbordante, pero también como un elemento clave de la reforma democratizadora y plurinacional del país, que intenta atraer más asuntos políticos hacia las esferas en las que más evidente es el devenir plebeyo del poder ciudadano-vecinal desde el siglo XIX (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/hace-150-anos-todo-esto-era-republica). Otras se sustanciaron en Podemos y el asalto al poder territorial autonómico y estatal, de corte tan populista como tecnocrático. Tiene sentido pensar hoy que esta hipótesis se formula como la inversión del no se puede, es decir, como el conocimiento de que la crisis no solo se transforma en shock y desposesión, sino que puede tener una salida maximalista o que puede tenerla solo en esos términos sin techo. Esta apuesta no ha sido capaz de sostenerle al PSOE y a otras opciones progresistas el pulso de ser una alternativa capaz de canalizar hacia una segunda Transición a fuerzas políticas que se movieran dentro y fuera del espacio conocido de la izquierda, pero sí ha podido medir las lindes del régimen del 78 y expandirlas un tanto. Sin ese intento ingenuo, en el sentido literal de pensarse y operar como si no hubiera límites, no hubiéramos sumado, a lo que sabíamos de los bancos y la gran trama financiera-UE, lo que sabemos hoy de los medios de comunicación, el lawfare o las interioridades del Estado. En último término, lo formado desde 2020 dibuja, con una claridad ausente en el bipartidismo, que existe en el país un bloque político viable de transformaciones a largo, en el que eventualmente podemos ser minoría, pero que solo vive en tanto lo empujamos. Cerrar un ciclo no es, en este caso, motivo de alegría, pero sí el inicio de una conversación sobre el presente y lo que sigue. Si las derrotas son siempre sufridas, más odioso resulta no poder identificar, ni cuando se tienen delante, las victorias. Buen verano.
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Paternalismo libertario de última generación

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Más complicado que arrebatarle el poder a alguien es conseguir que te lo entregue desde el convencimiento de que es lo mejor que le ha podido ocurrir. Existe, de hecho, una larga y bien financiada corriente de pensamiento destinada a indagar sobre cómo recibir ese poder, cómo gobernar mejor, con menos fricciones. Y existe otra corriente, especular a aquella, sobre cómo es posible que nos entreguemos a menudo a esta servidumbre voluntaria, así como cuándo, cómo, qué ocurre al romperse su hechizo. En su libro, “El algoritmo paternalista. Cuando mande la inteligencia artificial” (Katakrak, 2024), Ujué Agudo y Karlos g. Liberal han inscrito al dispositivo algorítmico y sus mutaciones automatizadas en esa discusión. La fantasía del algoritmo continúa el sueño paternalista y reformista de la modernidad respecto a un mundo que por fin haya dejado atrás la irracionalidad y la violencia. Un mundo que es ordenado sin que nadie tenga que poner orden. Si gobernar es condicionar el campo de acción de los otros, como decía Foucault, automatizar y escalar digitalmente esas mediaciones las eleva a otro nivel, del que solo podemos ser conscientes si hemos pasado el tiempo suficiente en Internet. En el postfordismo, el hábitat digital se ha convertido en el espacio de explotación científica de las emociones en el trabajo y en el consumo. ¿Cómo se ha podido, entonces, al grito de la libertad individual, externalizar hasta este punto nuestra capacidad de decidir? El libro apuesta por la conjunción de dos enfoques ideológicos, hoy naturalizados. En primer lugar, la impugnación de la capacidad humana para entender y decidir de forma racional y correcta. Ni 20 años llevábamos sosteniendo que el homo economicus éramos la cumbre de la evolución, de tal modo que comunalizar cualquier proyecto de vida era fundar una SL con 40 millones de parásitos, que el conductismo de mercado tuvo que ponernos en su sitio, demostrar que teníamos la cabeza llena de sesgos, la atención de Homer Simpson y que, por nuestro bien, le entregáramos las llaves. Esta idea de que siempre somos lo insuficientemente algo como para que resulte razonable que decidamos sobre las cosas que nos afectan es la base de nuestra civilización. Siempre somos demasiado nosotros/as como para decidir sobre nosotros/as. Pero, claro, por otro lado, la tecnocracia old school ha hecho una stage en Silicon Valley y ha conocido el solucionismo, esa forma de optimismo por arriba que confía en que cualquier problema se puede y se debe simplificar e individualizar lo suficiente para que quepa en una app -hola, 2005- o se le encargue a una IA. Así, cada vez más procesos socioafectivos, económicos y políticos se mueven dentro de una arquitectura de decisión predefinida que no podemos entender, pero que tampoco parece que tenga sentido discutir porque, total, la máquina lo va a hacer mejor. En la automatización late también el viejo deseo popular de dejar de lado la necesidad de acometer tareas absurdas y tediosas. Sin embargo, como ya mostraron Hester y Srnicek en “Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre” (Caja Negra, 2024), toda máquina introducida para ahorrar tiempo en el hogar se corresponde con un desplazamiento del estándar sobre los resultados del trabajo que mantiene constante, en el mejor caso, el tiempo invertido. Ese deseo debería empujarnos a ver que, si solo se trata de máquinas y reglas, somos perfectamente capaces de conocerlas y reconfigurarlas. Es decir, que si se trata de poder, se trata de un asunto que se nos da, digan lo que digan quienes viven de las máquinas, estupendamente.
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Reality shifting: introyectar la impotencia

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Túmbate en la cama. Separa y estira tus miembros lo suficiente para que no lleguen a tocarse con ningún otro objeto o extremdidad. Relájate. Empieza en 100 y ve bajando: 99, 98, 97… hasta 0. Si aún no ha llegado tu tren, empieza de nuevo: 99, 98, 97… Súbete al tren en cuanto pase y visualiza dónde quieres ir porque, al bajarte, habrás llegado a Hogwarts, con Hermione, Pícara, Katniss Everdeen o el personaje de sitcom que prefieras. Antes debes haber elaborado con precisión tu guión, la base de tu nuevo yo en tu nueva realidad: rasgos, complexión, personalidad, interacciones, tiempos y hasta alguna palabra de seguridad para volver al cuerpo que dejaste en tu cuarto, en la deprimente realidad real, o realidad actual. La cosa va más allá del sueño lúcido, de la meditación y del viaje astral. Lo que los shifters proponen es un verdadero salto a otra realidad. Sea porque sus consciencias han alcanzado tal experiencia, sea a cuenta de una performance global que crea comunidad desde hilos de reddit hasta y las fyp de medio planeta, lo que millares de postadolescentes proponen es un catálogo de técnicas de sí capaces de hacerte transcender tu realidad, valorada desde lo meh hasta lo insoortable, para vivir de forma plena en otra diseñada a tu gusto. Si una eventualidad tan poco creíble ha podido sentar la base de esta subcultura es por motivos similares a los que explican que millones sigan semanalmente un programa de televisión que combina geopolítica de extrema derecha, abducciones, criptozoología y fotos a humedades. Porque el medio es el mensaje y el algoritmo de Tiktok iguala divulgación low cost de física cuántica, misticismos orientales y occidentales y toneladas de cultura pop que, si han dado para la fan fiction, ¿por qué no van a dar para la fan reality? Gabriel Ventura ha recogido todos estos elementos en “El mejor de los mundos imposibles: Un viaje al multiverso del reality shifting” (Anagrama, 2025), donde describe, con extrañeza y ternura, los elementos y antecedentes de estas comunidades como lo más propio de nuestro tiempo, si se atiende a sus condiciones de encierro, aislamiento y espectralidad. Nosotros hemos visto además una invocación hegeliana que no podemos dejar de compartir. Si algo queda claro en “Fenomenología del espíritu” es que la conciencia está llena de cosas, que pueden ser – y no es poco – hasta experiencias, pero que todo eso solo puede realizarse verdaderamente en el mundo exterior, que es donde las ideas tienen efectos. En ese mundo, cualquiera que haya intentado llevar a término una idea se habrá dado cuenta de que esto plantea múltiples problemas: el mundo exterior tiene sus propias características, que no se afectan por tus ideas como éstas querrían o habían diseñado. Incluso es habitual encontrarse con otras personas que también albergaban sus propias ideas, dispuestas a producir sus respectivos efectos sobre el mundo, a menudo en conflicto con los tuyos. Un lío, y una porquería cuando la efectividad de tus ideas es baja, dadas tus condiciones y las del mundo. Por eso, llevamos siglos diseñando vías para enfrentar esta tensión. Caminos como la desafección del mundo – el estocismo -, la negación del mundo – el escepticismo – o el traslado a otro mundo – el reality sifhting para nuestro caso -. Por una parte, esto plantea enormes problemas. En último término, se abre una brecha irrecuperable entre lo que tiene valor en mi consciencia pero no produce efectos en el mundo y lo que sí produce efectos, la realidad actual, pero carece de cualquier valor, es despreciable o insoportable. Cuando el mundo social -lo político, lo colectivo- aparece tan obturado que no parece posible afirmarse y realizarse en él. Y, en esa brecha, hay un riesgo enorme de enajenación, de crear mundos fantásticos de alto valor pero impotentes para operar efectos sobre el mundo y los otros. Algo que no les puede resultar extraño si habitan nuestras subculturas políticas. Sin embargo y, por otra parte, todas estas operaciones resultan de lo más razonable ¿Cómo vivir en este mundo no va a requerir altas dosis de enajenación, artificialidad y fugas? ¿Cómo no intentar introducir un tiempo imaginado como una cuña en el tiempo de trabajo o en el tiempo de vida ahora también invadido por el capital? La clave es que existe un quiebre que podríamos situar en la pandemia de 2020, es decir, en la crisis del neoliberalismo, a partir del cual la consciencia no trata de alterar la realidad que tiene fuera. Ya no busca atraer lo bueno o manifestar lo que sucederá antes de que le suceda, para inclinar el mundo en esa dirección, sino que acepta su condición delirante e inefectiva sobre lo real inmediato para constituir otra realidad deseada que habitar, pero desconetada de la actual. Habitan, así, en esta subcultura postadolescente, los rasgos más significativo de la época, lo que supera con mucho la anécdota.
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Pol&Pop Vigilar y castigar 50 años después

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Vigilar y castigar 50 años después Es 1968 y hay movida. Solo que no sucede en París ni en ninguna capital europea. Sucede en Túnez y afecta a un profesor francés que, después de recibir una soberana tunda de la policía por su apoyo a las movilizaciones estudiantiles vuelve a Francia. Proceso acelerado de politización personal y contextual, cuenta Didier Eribon (link). El contexto político del 68 es el del paso digno bajo el arco de la filosofía de temas y grupos antes minoritarios: el género, el manicomio, la cárcel, la sexualidad… Como se sabe, el 68 empieza bien y acaba peor, aunque da la razón sobre la importancia de los nuevos temas en juego. El del castigo entre ellos. El pacto de Estado entre las elites políticas, empresariales y sindicales da inicio a una ola represiva y a un fuerte movimiento anticacelario que lideraban aquí y allá los presos políticos del 68 interruptus. Nuestro escritor participa en uno de estos grupos, el de Información de las Prisones (GIP), allá por 1971, en la elaboración de lo que nos ocupa. Vigilar y castigar parte de una duda que se plantea el encarcelado ¿cómo hemos llegado a esto? ¿cómo se ha pasado a normalizar y entender como civilizada esta tortura del pagar tiempo fuera de la sociedad? ¿es posible que la nueva racionalidad que rige la prisión solo impere en este espacio o más bien hay, si se mira hacia cualquier lado, pequeñas prisiones por todos sitios? Vigilar y castigar trata de la lógica punitiva moderna, que es la disciplinaria y que no es -sus cuerpos lo sabrán- solo la carcelaria. Al contrario, penitencias, ejercicios, exámenes y disciplinas varias vertebran nuestra vida pública, desde la escuela a la fábrica, pasando por sus variaciones hospitalarias, residenciales, reformatorias o manicomiales. Para más detalles, conviene consultar la obra. Nosotros hemos invitado a Emmanuel Chamorro, que publicará en breve “Foucault, el poder y la política” (ed. Universidad de Granada) para que nos ayude. Ahora bien, toda esta historia no acaba con la exposición de la omnipotencia disciplinaria, sino con la propuesta de que tal programa es tan apabullante como ineficaz. La disciplina se relaciona, desde su razón de nacimiento, con una resistencia constitutiva que, como ella, se recompone y la bloquea. Esa historia está también en Vigilar y Castigar, junto a los residuos de esas luchas en formas de categorías científicas y de innovaciones criminológicas. Y de esta ineficacia de las instituciones que más se reclaman cuanto peor funcionan, nace la incomodidad de acercarse al texto 50 años después. Que no hemos dejado atrás las disciplinas, pero ya no somos esa sociedad disciplinaria. A lo largo de nuestras mismas vidas, hemos asistido a cambios tan profundos en las relaciones de poder que algunas formas de libertad son más absorbentes que las disciplinas más duras, mientras que estas últimas se han expandido a lomos de la digitalización y de una verticalización creciente de la cadena de mando global. Hay mucho que discutir aún sobre esta obra, pero dejamos algo para el programa. Adelante.
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Comunismo y civilización: excavaciones contra la ideología de la historia inevitable

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Nuestras sociedades son desiguales. Las invocaciones solemnes a una dignidad universal contrastan con pruebas indiscutibles de lo contrario: vidas que se protegen, vidas que se desprecian. Se apela al esfuerzo y a la virtud como tácticas para contener la incertidumbre, al tiempo que la riqueza se concentra en una minoría de clanes que legarán su poder y ampliarán esa brecha en las generaciones futuras. Los procesos de decisión e incluso de simple deliberación nos involucran en una proporción mínima de los asuntos cotidianos. De este modo, cuando nos tomamos la resistencia de pensar sin naturalizarlo el presente de concentración de la riqueza, castas más o menos explícitas e inercias tecnocráticas, suele aparecer la cuestión del origen ¿cómo hemos acabado aquí? La cuestión del origen es crítica para la manera en que las comunidades se narran a sí mismas. Como ocurre en los arcos del héroe, en el origen está el destino de esas comunidades, a través de un sentido teleológico y unidireccional del cambio en los grupos humanos. Es decir, cuando la historia se entiende como un tobogán que lleva a que cualquier grupo, conforme alcanza cierta complejidad, adquiera formas jerarquizadas y bastante fijas. Por este tobogán se llega al primado de una minoría que te dice qué hacer y con cuánto de tu dinero y trabajo se va a hacer, mientras se acompaña de algunos seguidores que te explican que nada resulta más conveniente para evitar una violencia masiva y ubicua y de otros que te dan de hostias de forma igualmente masiva y ubicua si cuestionas cualquiera de las posiciones anteriores. Se ha construido, así, un relato de la evolución humana como un núcleo gravitacional que nos arrastra a la equivalencia entre complejidad y desigualdad y, frente a ella, una historia cada vez más trufada de datos, restos e indicios que muestran caminos hacia la urbanización, con especialización pero con menos jerarquías, episodios ganaderos y agrícolas que se intercalan con el nomadeo y la búsqueda de forraje, comunidades excedentarias que agotan gran parte de sus provisiones en festivales para satisfacción y solidaridad de la comunidad y otras enormemente “subproductivas” en tanto la presión demográfica no apriete. Es decir, de una complejidad que obtura, más allá de un puñado de mecánicas reiteradas, la idea de la historia como un tobogán desde el origen primitivo a esta distopía cyberpunk en beige que nos rodea. No deja de ser curioso, entonces, que cuanto más peso tiene la divulgación histórica, menos circulen estos relatos. Por eso, contamos en este episodio con Rodrigo Villalobos, que acaba de reeditar “Hoces de piedra, martillos de bronce. Comunismo originario y lucha de clases en la prehistoria”, en Ático de los libros. Villalobos hace un enorme esfuerzo de divulgación para trasladar los últimos métodos y hallazgos de la prehistoria reciente (10.000 a.C. - escritura) al público no especialista, a través de ejemplos de sociedades complejas y (que no pero) igualitarias en la Península Ibérica. Esta mirada descarta hacer comparaciones, al modo de los enfoques leviatanescos del mal menor sobre todas las libertades y horizontalidades perdidas para mantener a raya la violencia y la escasez. En cambio muestra que nuestro presente no es inevitable y si la historia ha sido de muchas formas, puede ser aún de muchas otras. Os esperamos.
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Pol&Pop 06x09 Del 15M al funcionariado: un relato generacional

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En la última novela de Sara Mesa, Oposiciones (Anagrama, 2025), la protagonista expone los consejos de su mentora en el empleo al que acaba de acceder en estos términos: “[su mentora] entendía que aquel, el de las oposiciones, no era el plan más apasionante del mundo, que a lo mejor a mí, una chica en la flor de la vida, me tentaban más otros caminos, pero que lo que había ahí fuera era muy hostil, muy inestable, mientras que allí dentro, al menos, tenía una tranquilidad, eso era innegable. Yo se lo digo a la gente que aprecio, dijo, y por eso también te lo digo a ti, que lo importante en el trabajo es la seguridad y que luego, en el tiempo libre, vienen las aficiones, las distracciones y las pasiones, que normalmente no te dan de comer” (p. 62). Lo interesante de este intercambio confesional, que revela una clave sobre la decisión de vida es que se ha desplazado desde hitos que fueron parteaguas de otras trayectorias (la estrategia matrimonial, trabajar o estudiar, qué en ese segundo caso, cuándo tener hijos...) a la decisión de ponerse con las oposiciones. La protagonista de la novela ha accedido a un puesto eventual en una Administración autonómica que encaja con la definición de “trabajos de mierda” de Graeber (https://www.ivoox.com/pol-pop-01-politica-tiempos-de-audios-mp3_rf_49163362_1.html). No un trabajo precario, sino un trabajo sin sentido. Como toda persona que accede a un empleo de este tipo desde una clase inferior, la prota de nuestra novela no sabe si le ha caído el gordo o una condena. Duda de que, en cualquiera de los dos casos, lo merezca. Por otra parte, no ha adquirido experiencia alguna en el dinámico sector privado español y, como suele pasar con las protagonistas de Mesa, tampoco es la mejor campeona de su propia causa, así que encuentra pocos incentivos para querer perpetuarse en la función pública. En nuestra generación, nadie necesita cocinarse al fuego de las oposiciones por inducción. Más bien la gente se tira en largas filas y con toda fe a la olla, por lo general saltando de otra en ebullición desde el empleo privado. Al último lloro de clickbait liberal destacando que 7 de cada 10 trabajadores del sector privado cambiarían su puesto por uno en el público, Raimundo Viejo señalaba una evidencia: “¡los esclavos de las pirámides quieren ser escribas del Faraón!”. Si esta es una descripción fiable de las trayectorias vitales de nuestra generación, al menos en provincias y con todos las líneas de desigualdad de clase, género y situación administrativa que vertebran este campo, la cuestión es qué lectura política cabe. Si la expansión del empleo público es la única política socialdemócrata posible ¿cómo nos pensamos? La expansión del empleo público es parte de un conflicto central por la desmercantilización de espacios fundamentales para la vida. No cabe pensar en una mínima efectividad de nuestros derechos sin esa tendencia, como tampoco puede decirse nada malo de las estrategias de cada cual para reconquistar nuestra propia vida y producir algo con valor social. Sin embargo, a la buena salud de estas políticas contribuye también su alineamiento con la subjetividad neoliberal hegemónica, que sigue caminando sin descanso, una vez se ha bloqueado el afán globalista del neoliberalismo económico. Piensa la protagonista de la novela de este episodio: “Ahora entendía por qué quienes se presentaban a una oposición no hablaban de aprobar, sino de alcanzar una cima y ganar. Una oposición es una competición donde hay vencedores y vencidos, como una carrera de obstáculos, como una guerra. Solo ganan los más rápidos, los más listos, los más eficientes, los más disciplinados, los más obedientes, los que no se distraen, ni dudan, ni se entretienen ni se equivocan, los que nunca dan rodeos y ni jamás se entregan a ninguna flaqueza” (p. 116) Una política socialdemócrata consagrada a la responsabilidad individual, la competitividad, el sacrificio y la derrota de sí como puerta para la derrota de otros. Un compromiso entre conquistar espacios al mercado, garantizar derechos, cuidarse y cuidar, salvar la posición de las clases medias, sortear algún pase VIP entre las clases populares y mantener alta la valoración de activos como el mérito y la capacidad en tiempos de poder imperial. Entre el cierre de ciclo y el posicionamiento de piezas para el siguiente. Del que se vayan todos al que nos saquen la plaza. Ánimos sinceros con el estudio.
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La Montonera librería La Montonera nace del amor por los libros, de la curiosidad y la pasión por conocer. Es una librería pero quiere ser mucho más. Un espacio de pensamiento crítico en el corazón de Zaragoza. Un lugar de encuentro y aprendizaje. Un lugar para ser habitado, donde perderse entre las estanterías y encontrarse con otras y otros. Una librería de autor que no olvida el papel social que tienen las librerías como agentes culturales en la ciudad. ¡Ven a conocernos en c/San Pablo 26, a 3 minutos del Mercado Central! Updated
Mentiras de la Historia Mentiras de la Historia es un nuevo podcast que nace con la intención de desmontar imágenes y creencias del pasado que no corresponden con lo que sucedió o distorsionan los hechos reales. Sin cospiranoia ni Illuminatis. Porque no hacen falta aliens ancestrales para descubrir que la historia no es siempre como nos la han contado. Updated
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NDR Kultur - Neue Bücher Die wichtigsten und spannendsten Neuerscheinungen auf dem Buchmarkt, vorgestellt von der NDR Kultur Literaturredaktion. Updated
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