LA PUERTA
Dejaremos que pasen lentos los momentos, como plegarias ciegas y sordas hacia el cielo. Abriremos puertas, surcaremos mares, siendo almas aún por descubrir.
Volverán antiguas cosas fingiendo ser las mismas. Pero otros serán los ojos, otros los acentos al pronunciar lo que nos falte.
Te daría todo si todo lo tuviera, aunque sólo el amor me sobra. Y, por supuesto, mucho, mucho rencor.
Sí, abriremos puertas, beberemos mares, mientras haya fuerza... porque sobran ganas.
Quedarán islas sin orillas y besos que no dimos, como palomas blancas surcando la distancia.
Sólo el último cerrará la puerta.
ESE TIRONCITO DE CORBATA
Viniste a llevarte el tiempo: “He traído mi pijama de rayas”, dijiste.
A batirte en duelo con la vida, con el Cuélebre y el Fauno, con el Grifo y el Basilisco. En intrincado misterio viniste, a juntar la sombra con el hálito de la pasión, a borrar mis días y beberte mis noches. A eso viniste tú, y los tuyos. Que no al amor en fronda, no a regalar pasión y maravilla —o dulces besos, también—.
A tener que marcharte cada día por la angosta estrofa de un poema, y al olor que dejan tus besos de loco enamorado —distraído todavía—.
Y dijimos sí, que luego fue no, y al final, que sí. A eso viniste: al cerco y al sueño, al roce perfecto y fugaz, y al deleite errante de mis días.
Mas cuando, subido a mi espalda, pegado a mis pecados, te derramas, un ruiseñor inunda el campo en llanto, y los ángeles recogen todas las estrellas… porque tú las eclipsas con picardía.
¡Camarada, loco de la pasión! ¿Quién fuera alma tuya, quién tu piel aterida? Para robarte sonrisas que vendes a las gacelas en el cielo de tus días.
Si yo pudiera —que no puedo— te robaría las horas de todos tus momentos, y compraría, por un puñado de besos, el tiempo que te daría. ¡Ay, corazón errante, gacela sombría! Que te llevaste mi alma… a donde yo no quería.
ODA AL EFEBO
En mármol vivo esculpe el tiempo alado la piel que arde en oro, luz temprana; el aire, cómplice, besa la mañana donde el efebo danza, inmaculado.
Sus ojos, dos abismos de verano, despiertan en mi pecho un eco arcano y, en su fulgor, mi sombra se desgrana.
En su andar, la brisa canta un secreto, y el mundo, rendido, guarda su gesto como a un dios joven, eterno en su reto.
Como afirmó Gil de Biedma: “No volveré a ser joven, que de la vida me acuerdo... pero dónde estás, juventud robada.”
EL LOCO
Un sueño que en silencio se desvela, la llama que en secreto se amortigua. Un corazón que al cielo ruega y juega, mas su amor, como el viento, se desliza.
Miradas que se cruzan… la candela arde sin ley, sin tregua ni medida. Susurros que el destino siempre niega, encadenando almas en la brisa.
Mil veces quise huir de tu figura, mil veces me atrapó tu luz serena. El tiempo nos condena, sin ternura, a amarnos en tinieblas, sin condena.
¡Qué eterno es el dolor de la locura!
¡Qué imposible tu amor, mi dulce pena!
S. Calleja y Arrabal