RELATOS Y CUENTOS TARETAN, MICHOACAN
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La mula de tres patas. relato de cuentos de taretan, michoacan

LA MULA DE TRES PATAS. RELATO DE CUENTOS DE TARETAN, MICHOACAN Fabio Alejandro Rosales Coria. Para mi tía Consuelo... a quien escuché esta historia. Capítulo UNO Durante dos horas seguidas había llovido en la madrugada sobre aquel poblado y los negros nubarrones que aún se erguían amenazantes, habían hecho correr a la luna. La llovizna brincoteaba en los tejados y, a través de los aleros, se desprendía en forma de gotas sucesivas, salpicando las puertas de madera y las paredes de adobe, mientras que incesantes hilerillas de gotitas hacían circulitos en cada uno de los múltiples hoyancos de las calles empedradas. Éstas permanecían desiertas y oscuras, pues apenas dos o tres pequeñas farolas, que pendían de roídos y chuecos postes de madera, se esforzaban en iluminar -cada dos o tres cuadras- escasamente los cuatro puntos cardinales de Taretan, en tanto que una densa niebla, proveniente del tupido y verde boscaje del cerro “el cobrero”, se apoderaba de norte a sur, de todas las esquinas y rincones de la pequeña población. Nada parecía interrumpir la quietud de aquella madrugada y, cosa rara, ni siquiera se escuchaba el matinal y característico sonido del molino de don Eliseo Serrato, para el rumbo del “barrio alto”, y tampoco el de Quica Aguado, allá para el barrio “el mamey”, a donde acudían, antes de que cantaran los gallos, las mujeres que molían el nixtamal para “echarle las tortillas” al marido, que temprano se desplazaba al campo a trabajar. Eran las primeras e intensas lluvias de aquel verano y ya habían desaparecido del entorno, los tempraneros gorjeos de las golondrinas y el característico cántico de las cigarras... solo a lo lejos apenas se escuchaba el aleteo de un grupito de pichones, sacudiendo de sus blancas plumas, las diminutas gotas de la lluvia, en medio del quiosco de la plaza. El llamado de la campana mayor de la iglesia del poblado -asentada frente a la plaza del lugar- esa madrugada había sido desatendido por los madrugadores pobladores y solo tres mujeres, entradas en años, cubiertas sus cabezas con rebozo y apretujando en su pecho las cuentas del rosario, que instantes previos habían rezado con fervor al concluir la desangelada misa mañanera, cuchicheaban con el cura de la iglesia, bajo el dintel de aquel templo. Se notaba temor en aquellas mujeres, representantes de las congregaciones denominadas “vela perpetua”, “orden franciscana” y “liga moral taretense” Nada parecía romper el silencio en aquella madrugada, la plaza estaba completamente sola y de ella ya se había apoderado, la espesa y fría niebla proveniente del cerro “el cobrero”. Un viento helado sacudió las ropas de aquella pequeña concurrencia y con los ojos entrecerrados, acaso por el viento y en busca de atisbar a la distancia, el origen de un sonido, característico del trotar de caballos y de burros. -- ¡Se lo dije padre!. Por la calle viene cabalgando el mismo diablo sobre la “mula de tres patas”! . -exclamó una de las mujeres, al tiempo que las otras dos caían al suelo hincadas de rodillas y alzando ambos brazos hacia el cielo. El cura entrecerraba aún más los ojos en señal de enfocar, con más cuidado, hacia la procedencia del sonido de los cascos de caballos -que cada vez era más fuerte en señal de acercamiento- y al mismo tiempo la sacristana ofrecía al cura del poblado, un recipiente de cobre con el agua bendita, para que hiciese frente, al supuesto sonido infernal que se acercaba. Una voz ronca, proveniente de un hombre corpulento, sentado sobre escuálido y quijotesco caballo, que a su vez arreaba un par de burros retozones, quizá aún con resabios de la esfumada primavera, paróse de pronto frente a la puerta enrejada del atrio principal del templo. -- Buenos días tenga usté señor cura. -Dijo el hombre de la gruesa voz, al tiempo que daba una prolongada aspiración a su cigarro, de esos de la antigua marca “delicados”, sostenido apenas entre el pulgar y el índice de su mano izquierda, lo que hizo iluminar en medio de la oscuridad, aquel rostro moreno, tosco y ancho, curtido por el sol abrazador de los campos de cañaverales taretenses, mientras con la diestra quitaba su sombrero en señal de respetuosa reverencia, hacia el patriarca moral de aquel poblado. -- Buenos días Tacho. -Contestó el cura de cabeza blanca, al reconocer al lechero pueblerino, mientras levantaba a las mujeres que instantes previos habían caído espantadas --Vengo a darle a saber a usté, que por este día no voy a poder entregarle leche, -prosiguió aquel hombre campesino- porque estos mensos burros, pegaron carrera asustaos por algo, allá por el barrio “del rastro” y me perdieron los canijos botes. Ya sabe usté que cruzo por debajo de la alcantarilla del tren para ir a ordeñar mis vacas, muy endenantes que toquen las campanas pa'misa y estar a tiempo p'al entrego... pero pu's hoy no va a haber leche. -- Y, ¿qué asustó a tus burros?, -preguntó con curiosidad el cura. --- No lo sé. Estaba todo muy oscuro y en medio de la niebla y la llovizna, ahí donde se juntan los barrios “del rastro” y “el nogal”, en ese oscuro callejoncito, salió de pronto un caballo, mula o burro, no lo devisé bien a bien porque iba casi dormido, y corrió de pronto, devolviéndose hacia el arroyo que'stá allí cerca. Para ese momento de la plática, las dos mujeres que ya se habían levantado, volvieron a caer de hinojos, pero esta vez dando lastimeros gritos que se esparcieron por toda aquella solitaria plaza y que hicieron alborotar a aquellos pichones que quitaban la lluvia de sus alas, escondidos en el medio del quiosco y que en su huida hacia el mismo campanario de la torre, imprimió un lúgubre y repentino aleteo sobre las cabezas de los integrantes de aquella pequeña y asustada concurrencia. -- ¡Hay, hay hay!, se lo dije padre, es la “mula de tres patas”!. -Gemía una de las mujeres. -- ¿Ánimas del purgatorio, calmen su penar!. -Exclamaba otra. -- ¡San Jorge bendito, amarra a tus animalitos con tu cordón bendito!. -Rezaba en voz alta la tercera. --¡Cálmense, cálmense por amor de Dios! -gritó el párroco a las mujeres- párense y váyanse ya para su casa, mientras que tú Tacho, a ver si pones más cuidado con lo que asusta a tus burros. Con eso de que a diario te la pasas borracho, ya no sabes ni con qué botella te tropiezas. -Dijo el párroco al lechero. Las tres comadres se despidieron y huyeron de pronto, como ánimas en pena: una para la bajada de “Cónchitiro”, otra al barrio “del toro” y otra más, que seguía gimiendo fuerte, arrancó casi corriendo para el rumbo “del nogal”. El lechero, refunfuñando por el sermón del padre, siguió también su camino, dando grandes bocanadas de humo a su cigarro, de la marca “delicados”, ya mojado por la llovizna y, al mismo tiempo, por su propia saliva, que de cuando en cuando dejaba caer a manera de escupitajos, entre los charcos, procedente de su garganta carraspeante. Por aquello de las dudas, el cura ordenó cerrar la iglesia y, con la sotana puesta, atravesó rumbó a su casona, al otro extremo de la plaza. Los goznes de aquellas dos hojas de la fuerte puerta de madera, rechinaron en medio de la nueva y silente oscuridad, mientras que la sacristana, levantándose un poco las enaguas para no mojarlas, enfiló por la bajada de “Cónchitiro”, a media cuadra de aquella plaza solitaria y fría. Capítulo DOS El sol despertó con sus primeros rayos, en esa fría y húmeda mañana, a las gentes del poblado. Los dependientes de la tienda “El Cambio” de don Benito Delgado, en el mismo portal donde se asienta la presidencia municipal, comenzaron a sacar los productos que vendía: sillas de montar a caballo, albardas, cuerdas, cordeles y reatas, sudaderos para los burros, alimento para animales, alambre de púas para las cercas, mallas para gallineros, aperos de labranza como azadones, guadañas, machetes, palas, , pasando por carretillas, clavos, martillos, tornillos y toda clase de abarrotes y vinos... bueno, vendía hasta bacinillas para mear y utensilios de peltre para la comida. Todo lo que uno pudiera imaginar: desde una diminuta tachuela, hasta grandes piezas para el molino de nixtamal, todo ahí se podía encontrar. En otro portal, frente a la iglesia, la tienda de Lolita Carrillo, lo mismo que “El Faro” de doña Herminita, al otro extremo del mismo, también ya sus puertas estaban de par en par. Allá junto a la plazuela, los recauderos, venidos de un pueblito en la meseta, pelando y quitando el rabo a las cebollas y las hojas secas de lechugas, coliflores y repollos, mientras que unos trasnochados borrachines salían de la tienda de don Eusebio, junto a la receptoría de rentas, con un pomito de alcohol para seguir la “meca”. Como invocados de pronto, llegaron dos tenderos acomodándose el delantal, el carnicero con su mandil que había manchado de sangre al despachar el “bofe” para el gato de una vecina, un maestro leguleyo de la primaria “Juan de Dios Peza” de esos que nunca faltan y siempre sobran, un gordo oficinista acompañando a uno de los superintendentes del ingenio azucarero, un camionero de caña de azúcar, dos cursillistas (esos que tomaban cursos de religión en el templo) y otra vez..., sí, otra vez aquellas mismas tres señoras, que aún en penumbras al salir de misa, cuchicheaban durante esa madrugada, con el cura, sobre el umbral de la iglesia de San Ildefonso de aquel pequeño poblado. Dado que en un tiempo a Taretan le llamaron la “Rusia chiquita”, por aquellos “volcheviques” y “comunistas” que durante el periodo de los años '30 azuzaron a los campesinos a arrebatarles las tierras a los hacendados, cualquier rumor, por pequeño que fuera, suscitado por la noche o la madrugada, apenas salido el sol, significaba ya “un secreto a voces”. Es decir, bajo la premisa del refrán, en el sentido de que “pueblo chico, infierno grande”, a esas horas, a las siete y media de la mañana, el alcalde del lugar ya era esperado con preocupación... porque se rumoraba que desde hacía algunas semanas, por los barrios de “el toro” y “el nogal”... todas las noches galopaba... un animal infernal. El Presidente Municipal era un hombre bonachón, sonriente todo el tiempo y con todo el mundo; llevaba su eterno sombrero, guayabera blanca que sobresalía de una raída y arrugada chamarra negra de cuero traída de Moroleón, el extremo del cinturón colgaba por el frente de la bragueta, que, por supuesto estaba sin cerrar, los zapatos raspados y con las agujetas sin sujetar, pero eso sí, con un cigarro “del prado” ya en la mano izquierda. Era, como ya se dijo, esperado con ansiedad y urgencia, de esas parecidas a cuando la gente entrecruzaba las piernas y apretujaba las nalgas, temerosa de no alcanzar a tiempo a sentarse, en aquellas letrinas de madera instaladas sobre las muchas acequias que cruzan el poblado, ya sea para “desaguar” o para exonerar al cuerpo, de aquello que no le es asimilable, producto de la ingesta de alimentos. Apenas llegó al portal de la alcaldía y el susodicho exlíder obrero en la comarca, fue increpado por ese grupo representativo de la sociedad moral y pudiente taretense, con aquello de que: ¿dónde andaban los tres policías de la comandancia para vigilar por las noches?, ¿en qué se gastaban los dineros de los contribuyentes para carecer de luz en las calles?, ¿por qué no estaba enterado de los relinchidos de caballos trotando por la madrugada?, ¿por qué solo asistía a la alcaldía los lunes, jueves y en quincena?... y con esto y más, acorralaron al representante constitucional de aquel poblado, que de cuando en cuando, soltaba frente a las caras de sus interlocutores, un tufillo que delataba su predilección por aquel aguardiente de caña, de nombre “riyitos”, mismo que vendía al copeo, un hombre en medio del otro portal, situado frente a la alcaldía. -- ¡Silencio! -espetó el ciudadano Presidente Municipal-. Quiero que me expliquen de una vez por todas, a que chingaos viene todo este alboroto, que me sacó de mi casa a medio vestir, sin bañar aún y con esta resaca que me mata poco a poco. -- Fíjese señor representante de los más genuinos y altos intereses de los moradores de este pintoresco poblado, que nos hemos dado cita en este edificio municipal, lo más selecto de la sociedad taretense con el objeto de... -se fue como tarabilla, sin dejar pronunciar palabra a alguien, aquella mujer que durante la madrugada había dado lastimeros gritos al conocer que a los burros de Tacho, el lechero del pueblo, los había asustado un caballo o una mula desbocada, allá por el rumbo “del rastro”. -- ¡Al grano, mujer, al grano! -la interrumpió el representante. En esos momentos, uno de aquellos “cursillistas” codeó las costillas del camionero cargador de caña de azúcar y pronto éste soltó: -- Señor Presidente Municipal, lo que queremos informarle es... -e hizo un largo silencio dejando sin aliento a todos-, que el diablo anda suelto en este pueblo y cabalga de noche sobre una “mula de tres patas”. En esos instantes, el alcalde casi se traga el cigarro que mascullaba de uno a otro lado de la boca, mientras las otras dos mujeres comenzaron a persignarse y a rezar al unísono el avemaría y un padrenuestro. -- ¿De dónde sacaron tremenda patraña? -espetó la autoridad-, ¿acaso no comprenden que con aquello del bautizo de un perro en la iglesia, este pueblo se quemó y desde entonces está maldito..., y ahora me salen con que anda el mismo diablo encima de una mula?. ¿Y luego de tres patas?. Están ustedes locos de remate. Nadie querrá venir a Taretan y menos con estos inventos. Ya viene la fiesta de “Las carreras” allá en “El Llanito” y a lo mejor, alguno de los jinetes se agarró la puntada de correr su caballo a deshoras de la noche. ¡Hombre, no hay que ser tan delicados y exigentes! -justificó de manera suave, el hombre de la chamarra negra y arrugada, tiempo atrás traída de Moroleón. Las mujeres prosiguieron con su rezo y los hombres a decir a atropelladamente que si era una mula o burro el animal que cabalgaba el diablo por el rumbo de “la horqueta”; que los moradores de los barrios “el nogal” y “el toro” escuchaban por las noches esos infernales relinchidos; que si esto... que si lo otro, el caso es que aquella “fortuita” reunión se convertía en una auténtica romería. Uno de los tenderos, flacucho, blanquizco y de pequeño bigotillo, famoso por cierto por sus obras de caridad para con la iglesia del poblado, mismas que financiaba vendiendo kilos de 800 gramos, ya fuera de piloncillo, maíz, manteca de cerdo..., calló a una de las mujeres rezanderas y jalando con su mano derecha el brazo de aquella, suavemente la situó en el centro de la “inesperada” concurrencia, mientras que, discretamente, sin que nadie lo advirtiera, con su mano izquierda a manera de saludo, colocaba sobre la mano de la vecina del barrio “el nogal”, un billete de diez pesos. Rezandera y tendero cruzaron la mirada y éste dirigióse al alcalde: -- Respetabilísimo señor presidente, esta señora acongojada que usted mira aquí, que al borde está de la locura, es fiel testiga de que todo cuanto hemos dicho, es totalmente cierto... ¡Ándele comadre!, dígale a la máxima autoridad municipal lo que usted ha venido escuchando, durante varias madrugadas en su camino a misa. Y la mujer soltó el llanto, limpiábase de vez en cuando la secreción nasal con el rebozo, mientras contaba, con voz entrecortada y largos suspiros, haber “devisado”, por una rendija de la puerta de su casa, una mula trotando a media noche por el empedrado de la calle, pero lo curioso del caso, era que solamente había percibido el sonido de tres cascos del animal ... y no de cuatro, como se supone que todo cuadrúpedo debe poseer. La narración de la atribulada mujer dejó estupefactos a todos y a esas alturas de la plática, el alcalde pelaba los ojos y lanzaba la mirada escrutiñadora hacia el tendero, el camionero transportador de caña de azúcar, el mandamás en el ingenio y con el carnicero que, para limpiarse el sudor de su rostro, utilizaba el mismo mandil cubierto de sangre por el bofe despachado, haciendo enrojecer su cara, de tal suerte que el mandatario municipal ya no sabía si reír por el semblante del matancero o llorar por la “historia” de la rezandera. Como en casi todos los asuntos de la administración pública municipal, aquel hombre, responsable de los destinos infaustos de aquel típico poblado... se declaró incompetente para resolver lo que a su juicio era deber de resolución de quien tuviera facultades de enfrentarse al mismo diablo o a esa figura infernal que cabalgaba sobre un animal... todas las noches, por las calles empedradas del poblado... en tres patas solamente. Lógico que, ante esa sabia “recomendación” del jefe de la comunidad, de acercarse con quien tuviera el poder de enfrentamiento con aquella figura infernal, que cabalgaba en una “mula de tres patas”, la concurrencia acordó -no sin antes proferir por debajito dos que tres mentadas de madre al alcalde- dirigirse a la morada del cura del pueblo, el mismo representante de Dios y de la iglesia católica en Taretan, que, hacía unas horas antes, ya también tenía conocimiento del asunto. No tardaron mucho en llegar. La casona del pueblo, antigua propiedad de uno de los hombres más ricos de la región, don Feliciano Vidales, abuelo del escritor taretense, Alfredo Maillefert Vidales, distaba solo a cincuenta metros del palacio municipal. Las mujeres aún enjugándose las lágrimas y apretujando contra su pecho aquellos rosarios utilizados en misa, teniendo tras de sí a los hombres prominentes del poblado, casi al mismo tiempo, dieron tres fuertes toquidos en la puerta de aquella casona, ahora morada de los curas y párrocos. La puerta se abrió inmediatamente después del tercer manotazo... como si ya el cura los estuviese esperando y los invitó a pasar... Capítulo TRES En cuanto abrióse la puerta de la casa del cura, las mujeres se abalanzaron hacia él. Una tomó sus manos besuqueándolas con más barbería que reverencia, otra se tiró a los pies del prelado jalando su sotana y la tercera alzaba los brazos al cielo, rogando la intercesión de éste, ante la atribulación que les motivaba a visitarlo. -- Ya sé a qué han venido. -Atajó el cura antes que cualquier comentario de los visitantes, colocando su mano derecha en señal de alto, de frente a los visitantes, que extrañados se miraban unos a otros. -- Pero, señor cura, si apenas hemos entrado a su casa y... ¿ya sabe a qué hemos venido? -Cuestionó uno de los tenderos. -- Hijos míos -dijo el cura a sus visitantes- a la mayoría de ustedes los bauticé, lo mismo que a sus propios hijos. Ustedes se casaron en mi iglesia, en la que por varias décadas también he escuchado los pecados de todos; he andado por todos los caminos y comunidades, todas las casas me han abierto sus puertas; sé de las desdichas y congojas y he compartido las alegrías y las lágrimas de mis feligreses... por lo que entonces comprenderán que en este pueblo no hay cosa que yo no sepa… incluyendo aquellos que trotan de noche de su casa a la casa de la vecina cuando el obrero se va de turno nocturno al ingenio, o de los otros que dan el “vuelto” incompleto en su tienda, lo mismo que kilos de 800 gramos o el que en su camión le pone piedras entre las cañas para que la báscula pese más… Y en efecto, el sacerdote había llegado de Sahuayo a Taretan, poco después de la Revolución Mexicana, se involucró de alguna manera en la época del reparto agrario y desde luego que la revuelta cristera también lo arrastró, de tal suerte que, como todos los ministros católicos, anduvo a salto de mata después de que éstos cerraron los templos y mantuvieron oculta la prédica católica. Era un agente importante que infundía fe y ánimo a la población, sobretodo en la época de desolación por la que había atravesado Taretan, previa a la instalación del ingenio azucarero. Se ubicaba ya como el bálsamo que curaba no solo los males del alma, sino también los del cuerpo. A su casa llamaban no solo los demandantes del consejo moral sino aquellos carentes de un pan para comer, por lo que esas acciones del ministro de Dios, efectuadas por décadas, lo tenían posicionado ya en un sitio especial para la comunidad, que incluso, lo consideraba como un hombre santo. De tal suerte que no había cosa que no supiera, congoja que no resolviera, problema que no compusiese ni “jorobado que no enderezase”, es decir, en su persona conjugábanse: la autoridad moral; la civil, por aquello de que el alcalde poco o nada resolvía; la educativa, porque hasta clases y moralejas impartía y, desde luego, la médica, que como ya se dijo, hasta de curar a los gargajientos y diarreicos, se encargaba. -- Bueno, pues si todo lo sabe -alegó el carnicero embadurnado de sangre en la cara- por qué no nos ahorra el trabajo y acaba con todo ese mitote de la “mula de tres patas” y ya. En eso comenzó la trifulca, puesto que unos estaban a favor de que el cura aquel hiciese frente a la figura endemoniada. En cambio otros, entre los que figuraban: el tendero robagramos, el acarreador de caña -que ya dijimos que colocaba grandes piedras en medio de los tercios de la gramínea para que pesara más su carga a la entrada del ingenio azucarero- y el mandamás de la fábrica de azúcar, externaron la posibilidad de que aquel ministro del Señor, pensara mejor en una estrategia de más largo plazo y de mejor contundencia. Así que, jalándolo suavemente del brazo, éstos lo apartaron hacia aquel patio finamente empedrado en la casona, para decirle en forma más pausada sus pensamientos, mientras que en el corredor -haciéndoles el quite con las tres rezanderas- se había quedado mascullando su coraje, el matancero embadurnado de sangre, que a esas horas del día, ya hasta se había restregado los pellejos de aquel bofe despachado, en todo el bigote, cejas y casi dentro de ambos poros de la nariz. El asunto era que también quería participar de aquella inusitada subcongregación en se había dividido la comisión original. -- Mire señor cura -manifestó apurado el tendero robagramos- es deseo de todos los aquí reunidos que como ministro de Dios haga frente a ese ente diabólico que deambula por las noches, pero con el cuidado necesario a efecto de que se preserve su integridad física. No queremos perderlo. -Agregó en tono apurado por la suerte que podría correr el sacerdote-. -- Al mismo tiempo -terció el capataz del ingenio- hay que tomar en cuenta que en Taretan acabamos de pasar cosas muy revueltas, tales como la de aquellos “comunistas” que soliviantaron a los campesinos para quitarle la tierra a las haciendas y luego los hechos, para poder quitarles a esos mismos revoltosos, la dirección del ingenio azucarero. En ese momento tomó la palabra uno de los cursillistas: --Por eso hemos pensado en sugerirle ¿verdad?, así como de... proponerle, que si juzga usted conveniente, dejemos correr un rato ese asunto del animal endemoniado, para que nos permita unirnos como pueblo. Primero, en torno a nuestra religión y valores morales que hemos perdido por esas revueltas que hemos vivido, y segundo, pues al acabar con la “mula de tres patas” con las armas de nuestra religión, ésta se arraigaría mucho más entre nuestros viejos, jóvenes y niños, que tanto ocupan de esas raigambres morales. El cura, que no era nada tonto ni susceptible de dejarse engatuzar, paró en seco a sus interlocutores: -- Yo no creo en esas patrañas de la “mula de tres patas”. Debe ser una broma de mal gusto, surgida al calor de... no sé qué bajos instintos, ni con qué insanas intenciones, pero yo lo voy a indagar y en caso de que me salgan “con domingo siete”, este pueblo me va a escuchar... -- Pero, señor cura, usted mismo ha escuchado las versiones de mucha gente en el sentido de que es un animal endiablado, ese de la “mula de tres patas” el que ronda por la parte norte del poblado. -Dijo apurado el matancero que, allá en el primer grupo de “mortificados” taretenses, había abandonado ya a las tres mujeres que continuaban rezando, amenizando el ambiente pues, en busca de la intervención del sacerdote en ese asunto del animalejo “trípode”, que no cuadrúpedo. -- Pero en lo que sí tienen razón es en eso de aprovechar el momento para predicar, con el auxilio del evangelio, el valor de los preceptos morales, el amor al prójimo y la defensa de nuestra religión. Lo que voy a hacer es llamar a la unidad, a desechar temores, a rezar en torno a nuestro señor.. pero además voy a hacer frente a ese animal del averno. -Expresó el cura, con un aire de dudas que aún rondaban en su cabeza-. Como ese día era sábado, ya sabrán ustedes cómo se puso la misa del siguiente día: el domingo, la del mediodía. La iglesia estaba a reventar, de tal suerte que el atrio que da a la plaza, también estaba lleno. No cabía un alma más en el recinto dedicado a San Ildefonso. El cura ya estaba en el púlpito. Sus sobrinos, que eran los acólitos, daban una y otra vuelta, como rehilete, a los incensarios, llenando de tremenda humareda aquel recinto sagrado. Mujeres con niños en brazos, mientras estos lloraban. El calor hacía más desesperante el momento de la prédica. Como ya no había llovido el día anterior, el calor era sofocante. La señorita Vito Lemus, que era una de las cantoras de los salmos y rezos, no alcanzaba la nota musical y aquello desentonaba aún más que el ambiente sofocante. Los murmullos de los varones confundíanse con los rezos de aquellas mujeres que tanto alboroto habían protagonizado y que, por supuesto, estaban en primera fila. De tanta gente, hasta la madre sacristana ya había dado dos vueltas entre la feligresía, por la limosna respectiva, con la que ya había canalizado a las enormes alcancías de metal, dos cestos repletos de monedas y billetes. -- Hijos míos, queridos hermanos -retumbó inicial la fuerte voz del sacerdote en todo el templo que sosegó por completo a aquella excesiva concurrencia-. La vida de Taretan ha estado impregnada de las gotas de la prosperidad y a la vez del infortunio, de la esperanza sublime y de la derrota que hunde, de las luces matinales que hacen florecer a la primavera y de los destellos grises y sombríos que aporta el invierno... CONTINUARÁ...
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