
UNIDAD QUE DIOS NOS DA
UNIDAD QUE DIOS NOS DA
Juan 17:20-21
Hermano Ubaldo Salas
“Pues no ruego solamente por estos, sino por los que han de creer en mí, por la palabra de ellos. Para que todos sean uno como Tú, oh, Padre, en Mí, y Yo en Ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”.
Había una pequeña aldea en medio de los árboles, al pie de una montaña. Allí vivía un hombre paralítico, que apenas se movía arrastrado sobre el suelo. Enfrente de su choza, vivía un hombre ciego y testarudo. Ambos se habían enemistado por alguna razón. Lo cierto es que todos los días encontraban una excusa para discutir acaloradamente. En más de alguna ocasión se desearon la muerte el uno al otro.
Un día, hubo un incendio en el bosque y el fuego comenzó a devorar las chozas de aquella aldea. La gente salió huyendo del lugar, pero nadie ayudó al hombre ciego ni al paralítico. Aquellos hombres gritaban pidiendo auxilio. El ciego daba vueltas en su patio intentando escapar, pero no lograba discernir el camino que debía tomar. El paralítico, en cambio, miraba que aún quedaba un espacio en medio del bosque por donde huir, pero era escabroso y sabía que no iba a poder arrastrarse tan rápido para salvarse.
No tardaron mucho en darse cuenta de que la única forma de salvarse era uniendo sus esfuerzos. En medio de la desesperación, el paralítico le ofreció ayuda al ciego para guiarlo en el camino, a cambio de que lo llevara en su espalda. El ciego aceptó gustosamente y así lograron salvarse de la muerte.
Después de esto, aquellos hombres comprendieron que su enemistad era inútil y perjudicial; se disculparon y llegaron a ser los mejores amigos.
En la oración que hace nuestro Señor en Juan, antes de ser arrestado, nos pone en las manos de Dios, sabiendo que seríamos alcanzados, por su Palabra aun después de 2000 años, sabiendo que alguien nos hablaría de Su mensaje; solamente nos pide que estemos en unidad como Él en el Padre, enseñándonos que, manteniendo nuestra comunión con Él, con nuestra familia y nuestra Iglesia todo iría bien.
A veces pequeñas diferencias, discusiones, agravios o malentendidos interrumpen la comunión en la familia o la iglesia, haciéndonos vivir una vida de amargura; sin embargo, el llamamiento amoroso de Jesús a mantener la unidad, igual que la amonestación del apóstol Pablo a las iglesias de “permanecer unánimes, sintiendo una misma cosa”, nos dan la pauta para vivir una vida en comunión y santidad. Permanezcamos en unidad porque esto agrada a Dios.
¿Es usted promotor de la unidad y comunión en la Iglesia?
¿Es usted promotor de división y discordia?
UNIDAD QUE DIOS NOS DA
Juan 17:20-21
Hermano Ubaldo Salas
“Pues no ruego solamente por estos, sino por los que han de creer en mí, por la palabra de ellos. Para que todos sean uno como Tú, oh, Padre, en Mí, y Yo en Ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”.
Había una pequeña aldea en medio de los árboles, al pie de una montaña. Allí vivía un hombre paralítico, que apenas se movía arrastrado sobre el suelo. Enfrente de su choza, vivía un hombre ciego y testarudo. Ambos se habían enemistado por alguna razón. Lo cierto es que todos los días encontraban una excusa para discutir acaloradamente. En más de alguna ocasión se desearon la muerte el uno al otro.
Un día, hubo un incendio en el bosque y el fuego comenzó a devorar las chozas de aquella aldea. La gente salió huyendo del lugar, pero nadie ayudó al hombre ciego ni al paralítico. Aquellos hombres gritaban pidiendo auxilio. El ciego daba vueltas en su patio intentando escapar, pero no lograba discernir el camino que debía tomar. El paralítico, en cambio, miraba que aún quedaba un espacio en medio del bosque por donde huir, pero era escabroso y sabía que no iba a poder arrastrarse tan rápido para salvarse.
No tardaron mucho en darse cuenta de que la única forma de salvarse era uniendo sus esfuerzos. En medio de la desesperación, el paralítico le ofreció ayuda al ciego para guiarlo en el camino, a cambio de que lo llevara en su espalda. El ciego aceptó gustosamente y así lograron salvarse de la muerte.
Después de esto, aquellos hombres comprendieron que su enemistad era inútil y perjudicial; se disculparon y llegaron a ser los mejores amigos.
En la oración que hace nuestro Señor en Juan, antes de ser arrestado, nos pone en las manos de Dios, sabiendo que seríamos alcanzados, por su Palabra aun después de 2000 años, sabiendo que alguien nos hablaría de Su mensaje; solamente nos pide que estemos en unidad como Él en el Padre, enseñándonos que, manteniendo nuestra comunión con Él, con nuestra familia y nuestra Iglesia todo iría bien.
A veces pequeñas diferencias, discusiones, agravios o malentendidos interrumpen la comunión en la familia o la iglesia, haciéndonos vivir una vida de amargura; sin embargo, el llamamiento amoroso de Jesús a mantener la unidad, igual que la amonestación del apóstol Pablo a las iglesias de “permanecer unánimes, sintiendo una misma cosa”, nos dan la pauta para vivir una vida en comunión y santidad. Permanezcamos en unidad porque esto agrada a Dios.
¿Es usted promotor de la unidad y comunión en la Iglesia?
¿Es usted promotor de división y discordia?






