
Yo Soy Dios en Acción
Solo Dios sana, salva
cada uno de nosotros surgió como una Chispa Divina desde el Corazón de Dios, una Inteligencia Divina Individualizada, capaz de pensamiento, sentimiento y acción, y dotada por el Progenitor Divino con ese cierto derecho inalienable de libertad para retratar según el patrón Divino dentro del corazón. Es así como la Luz de Dios se expande a través de cada uno de Sus hijos. Cada ser humano, por lo tanto, es un “Sol” de Luz irradiando una Cualidad de Dios específica para la bendición de su prójimo. Que ahora se encuentre temporalmente ocultando su Luz debajo de un cesto, de modo que su radiación no sea percibida por el mundo que le rodea, no disminuye el hecho que es un “Sol” potencial. A través de eones de tiempo cada uno ha venido llevando dentro de su corazón no sólo el privilegio sino también la responsabilidad de dejar brillar su propia luz. Algunos han venido a inspirar fe, valor, fuerza, obediencia iluminada, humildad espiritual, y respeto hacia Dios; otros tolerancia y paciencia. Algunos han venido a proyectar constancia, fortaleza y resistencia espiritual; algunos otros, concentración y consagración al servicio a Dios y al prójimo; más aún, otros están dotados con los dones de piedad, reverencia y gracia, mientras que otros ofrecen dignidad espiritual, serenidad y equilibrio. Estas son las cualidades que estaríamos expresando si estuviéramos irradiando nuestra Luz como verdaderos “Soles” del Padre en los Cielos. En el principio de nuestro tránsito por la Tierra, nosotros sí proyectábamos el Plan Divino; veíamos claramente la visión, caminábamos y conversábamos con la Hueste Angélica; no teníamos ningún otro deseo que aquel que la Voluntad de Dios fuera una con nuestra voluntad; Su Luz irradiaba a través de nosotros. Llegó el momento, no obstante, en esta historia de la humanidad en que nos ofrecimos a ser anfitriones de unas corrientes de vida menos evolucionadas, las cuales no mantuvieron el paso de las civilizaciones que avanzaban. Cuando ellos llegaron a vivir con nosotros… trajeron sus propias sombras consigo. Igual que si fuera una enfermedad contagiosa, sus pensamientos y sentimientos discordantes se esparcieron y fueron absorbidos por la gente otrora feliz y armoniosa. Nuestra Luz irradió con menos brillantez, hasta que finalmente llegamos a encontrarnos sumergidos bajo un “cesto boca abajo” de distorsión… deseo y miedo, discordia y enfermedad, letargo y codicia. Siglo tras siglo nos hemos contentado con vivir bajo este “cesto” de nuestra propia creación, nuestra propia auto-voluntad. Hemos llegado a aceptar y a depender de nuestros poderes hechos por el hombre, los cuales nos limitan, nos angustian, nos disgustan y nos ciegan. Hemos construido, por ende, ímpetus de miedo e incertidumbre dentro de nuestros mundos mentales y emocionales. Vivimos bajo la amenaza constante de las sombras en nuestras imaginaciones, hasta el punto en que hemos anclado nuestra fe en las ilusiones de nuestras propias creaciones vampirescas, en vez de tener fe en Dios como único Poder que puede actuar. “Pero” –dirán ustedes– “¿Acaso no hemos avanzado mucho en los últimos siglos? Miren nuestros inventos, la velocidad de nuestras comunicaciones y transporte, nuestras investigaciones científicas, nuestros hermosos edificios…” Sí, es verdad, en un aspecto hemos mejorado nuestras conveniencias utilitarias. Pero igual hicieron los Atlantes antes que nosotros. El progreso material de ellos alcanzó el cenit del desarrollo. Aviones que transportaban pasajeros y carga operaban en un horario tan regular como los trenes y autobuses de hoy día. Para ellos la electricidad, como fuerza, era primitiva. Una fuerza más fina, una fuerza etérica, fue enjaezada para manipular sus aparatos mecánicos. Estaban tan altamente experimentados en telepatía que la rebelión, el crimen y el perjurio eran detectados rápidamente. Esto significa que la gente era controlada hipnóticamente por la fuerza de la voluntad; y por supuesto, toda ausencia de amor, de gracia y de sentimiento ético, uno contra el otro, llevó a la desintegración. En un día y una noche la última isla que quedaba de la Atlántida, Poseidonis, se hundió bajo las olas llevándose consigo sus 65 millones de habitantes. La Civilización no es construida con seguridad ni puede ésta ser medida por logros utilitarios solamente. Sólo a medida que nos volvemos generosos y puros sin pensamientos de poder personal o engrandecimiento; sólo a medida que la voluntad del yo cede su lugar a la Voluntad de Dios volveremos otra vez a ser verdaderos “Soles” del Padre. Sólo entonces seremos capaces de moldear la forma partiendo de la sustancia etérica mediante pensamientos y sentimientos, de curar enfermos, de restaurar la vista a los ciegos, y de caminar sobre las aguas como lo hizo el Maestro Jesús. “Ah” –dirán ustedes– “pero es que Jesús era Divino”. Nosotros también lo somos… potencialmente. Es sólo que nosotros hemos encubierto tanto nuestra Divinidad con el “cesto” de la creación humana que nuestra Luz ya no brilla. No en vano el mismo Maestro Jesús señaló: “os digo que vosotros sois Dioses”. Y, por otro lado, dijo: “Estas cosas que Yo he hecho también las podréis hacer vosotros y aún cosas más grandes haréis”. La Presencia de Dios con toda Su Gloria está anclada dentro de cada corazón palpitante, esperando para externalizar la perfección, la belleza, la armonía, la salud, la opulencia, y la magnificencia del Reino de los Cielos. A la Presencia Interna…o se le permite fluir a través de los vehículos mental, emocional, etérico y físico de Su creación, expandiendo el Reino…o se le ignora, y la conciencia externa continúa experimentando con el don de Dios a la Vida para crear limitaciones que le parecen tan angustiantes al yo externo. Debemos tratar de ceder todo poder a la Presencia que hace palpitar al corazón. Con estos siglos de experimentación con el uso de la vida, hemos construido ímpetus de fuerza así como ímpetus de indulgencia y debilidad. El requisito de la hora es el de purificar nuestros sentimientos, pensamientos, memorias y cuerpos físicos, de manera que los gloriosos ímpetus que hemos construido en el pasado puedan verterse a través de nosotros con sus dones y bendiciones. No importa cual pueda ser la apariencia temporal que reduzca la intensidad de la Luz de nuestra Presencia de Dios Interna, nosotros sabemos que la Presencia está dentro de cada alma, y, tarde o temprano, los talentos y capacidades de las corrientes de vida se abrirán paso por las puertas de la indiferencia y el letargo, desplegando dones sobre el Altar de la humanidad para enriquecimiento de toda la vida. No obstante, cada uno debe poner sus propios dones sobre el Altar
Artículo publicado originalmente en: https://yosoyespiritual.com/somos-luz-somos-hijos-de-la-luz/
Solo Dios sana, salva
cada uno de nosotros surgió como una Chispa Divina desde el Corazón de Dios, una Inteligencia Divina Individualizada, capaz de pensamiento, sentimiento y acción, y dotada por el Progenitor Divino con ese cierto derecho inalienable de libertad para retratar según el patrón Divino dentro del corazón. Es así como la Luz de Dios se expande a través de cada uno de Sus hijos. Cada ser humano, por lo tanto, es un “Sol” de Luz irradiando una Cualidad de Dios específica para la bendición de su prójimo. Que ahora se encuentre temporalmente ocultando su Luz debajo de un cesto, de modo que su radiación no sea percibida por el mundo que le rodea, no disminuye el hecho que es un “Sol” potencial. A través de eones de tiempo cada uno ha venido llevando dentro de su corazón no sólo el privilegio sino también la responsabilidad de dejar brillar su propia luz. Algunos han venido a inspirar fe, valor, fuerza, obediencia iluminada, humildad espiritual, y respeto hacia Dios; otros tolerancia y paciencia. Algunos han venido a proyectar constancia, fortaleza y resistencia espiritual; algunos otros, concentración y consagración al servicio a Dios y al prójimo; más aún, otros están dotados con los dones de piedad, reverencia y gracia, mientras que otros ofrecen dignidad espiritual, serenidad y equilibrio. Estas son las cualidades que estaríamos expresando si estuviéramos irradiando nuestra Luz como verdaderos “Soles” del Padre en los Cielos. En el principio de nuestro tránsito por la Tierra, nosotros sí proyectábamos el Plan Divino; veíamos claramente la visión, caminábamos y conversábamos con la Hueste Angélica; no teníamos ningún otro deseo que aquel que la Voluntad de Dios fuera una con nuestra voluntad; Su Luz irradiaba a través de nosotros. Llegó el momento, no obstante, en esta historia de la humanidad en que nos ofrecimos a ser anfitriones de unas corrientes de vida menos evolucionadas, las cuales no mantuvieron el paso de las civilizaciones que avanzaban. Cuando ellos llegaron a vivir con nosotros… trajeron sus propias sombras consigo. Igual que si fuera una enfermedad contagiosa, sus pensamientos y sentimientos discordantes se esparcieron y fueron absorbidos por la gente otrora feliz y armoniosa. Nuestra Luz irradió con menos brillantez, hasta que finalmente llegamos a encontrarnos sumergidos bajo un “cesto boca abajo” de distorsión… deseo y miedo, discordia y enfermedad, letargo y codicia. Siglo tras siglo nos hemos contentado con vivir bajo este “cesto” de nuestra propia creación, nuestra propia auto-voluntad. Hemos llegado a aceptar y a depender de nuestros poderes hechos por el hombre, los cuales nos limitan, nos angustian, nos disgustan y nos ciegan. Hemos construido, por ende, ímpetus de miedo e incertidumbre dentro de nuestros mundos mentales y emocionales. Vivimos bajo la amenaza constante de las sombras en nuestras imaginaciones, hasta el punto en que hemos anclado nuestra fe en las ilusiones de nuestras propias creaciones vampirescas, en vez de tener fe en Dios como único Poder que puede actuar. “Pero” –dirán ustedes– “¿Acaso no hemos avanzado mucho en los últimos siglos? Miren nuestros inventos, la velocidad de nuestras comunicaciones y transporte, nuestras investigaciones científicas, nuestros hermosos edificios…” Sí, es verdad, en un aspecto hemos mejorado nuestras conveniencias utilitarias. Pero igual hicieron los Atlantes antes que nosotros. El progreso material de ellos alcanzó el cenit del desarrollo. Aviones que transportaban pasajeros y carga operaban en un horario tan regular como los trenes y autobuses de hoy día. Para ellos la electricidad, como fuerza, era primitiva. Una fuerza más fina, una fuerza etérica, fue enjaezada para manipular sus aparatos mecánicos. Estaban tan altamente experimentados en telepatía que la rebelión, el crimen y el perjurio eran detectados rápidamente. Esto significa que la gente era controlada hipnóticamente por la fuerza de la voluntad; y por supuesto, toda ausencia de amor, de gracia y de sentimiento ético, uno contra el otro, llevó a la desintegración. En un día y una noche la última isla que quedaba de la Atlántida, Poseidonis, se hundió bajo las olas llevándose consigo sus 65 millones de habitantes. La Civilización no es construida con seguridad ni puede ésta ser medida por logros utilitarios solamente. Sólo a medida que nos volvemos generosos y puros sin pensamientos de poder personal o engrandecimiento; sólo a medida que la voluntad del yo cede su lugar a la Voluntad de Dios volveremos otra vez a ser verdaderos “Soles” del Padre. Sólo entonces seremos capaces de moldear la forma partiendo de la sustancia etérica mediante pensamientos y sentimientos, de curar enfermos, de restaurar la vista a los ciegos, y de caminar sobre las aguas como lo hizo el Maestro Jesús. “Ah” –dirán ustedes– “pero es que Jesús era Divino”. Nosotros también lo somos… potencialmente. Es sólo que nosotros hemos encubierto tanto nuestra Divinidad con el “cesto” de la creación humana que nuestra Luz ya no brilla. No en vano el mismo Maestro Jesús señaló: “os digo que vosotros sois Dioses”. Y, por otro lado, dijo: “Estas cosas que Yo he hecho también las podréis hacer vosotros y aún cosas más grandes haréis”. La Presencia de Dios con toda Su Gloria está anclada dentro de cada corazón palpitante, esperando para externalizar la perfección, la belleza, la armonía, la salud, la opulencia, y la magnificencia del Reino de los Cielos. A la Presencia Interna…o se le permite fluir a través de los vehículos mental, emocional, etérico y físico de Su creación, expandiendo el Reino…o se le ignora, y la conciencia externa continúa experimentando con el don de Dios a la Vida para crear limitaciones que le parecen tan angustiantes al yo externo. Debemos tratar de ceder todo poder a la Presencia que hace palpitar al corazón. Con estos siglos de experimentación con el uso de la vida, hemos construido ímpetus de fuerza así como ímpetus de indulgencia y debilidad. El requisito de la hora es el de purificar nuestros sentimientos, pensamientos, memorias y cuerpos físicos, de manera que los gloriosos ímpetus que hemos construido en el pasado puedan verterse a través de nosotros con sus dones y bendiciones. No importa cual pueda ser la apariencia temporal que reduzca la intensidad de la Luz de nuestra Presencia de Dios Interna, nosotros sabemos que la Presencia está dentro de cada alma, y, tarde o temprano, los talentos y capacidades de las corrientes de vida se abrirán paso por las puertas de la indiferencia y el letargo, desplegando dones sobre el Altar de la humanidad para enriquecimiento de toda la vida. No obstante, cada uno debe poner sus propios dones sobre el Altar
Artículo publicado originalmente en: https://yosoyespiritual.com/somos-luz-somos-hijos-de-la-luz/















