¿Por qué sale gratis la mentira?

¿Por qué sale gratis la mentira?

9/4/2026 · 15:50
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La ContraCrónica
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Un político dice en un mitin lo contrario de lo que afirmaba hace dos o tres años. Misma cara, mismo tono, misma mano en el atril. No explica por qué y no pasa nada. Antes, cambiar de opinión costaba prestigio, explicaciones y a veces la carrera. Hoy nadie espera coherencia. El cinismo no es solo un vicio de carácter, es una tecnología de poder, como la imprenta o el algoritmo. Se aprende, se perfecciona y se transmite en gabinetes de comunicación. Por eso un escándalo que hace décadas tumbaba un gobierno ahora puede reforzarle. No es que se mienta más. Es que mentir ha dejado de tener coste y ha empezado a tener beneficio.

En el siglo XX la verdad funcionaba como una moneda común porque unos pocos medios nacionales podían certificar los hechos. Mentir a gran escala era caro, había que convencer a cadenas, periódicos y unas pocas agencias. Aquel sistema tenía silencios y complicidades, pero la mentira resultaba onerosa. Esos medios siguen ahí aunque con menos peso. Ahora hay miles de millones de personas con una imprenta en el bolsillo y un sistema que premia la atención, no la veracidad.

Que circule más de todo no equivale a que todo lo que circula sea cierto. Verificar es caro y complejo, mentir es barato y sencillo. Se ha invertido la economía de la honradez. Cuando a un político le pillan un renuncio puede admitirlo, pero eso supone entregar el cuchillo al adversario con el mango por delante. Puede también negarlo, acusar a quien le acusa e inundarlo de ruido. La segunda opción funciona no tanto porque convenza, como porque agota. Para sobrevivir al escándalo ya no hace falta demostrar inocencia, es suficiente con que el asunto resulte confuso. Quince versiones simultáneas del mismo hecho lo consiguen.

Pero un mentiroso profesional no dura si no hay quien le compre el producto. El votante, en muchos casos, no es una víctima, es un cliente satisfecho. Calcula un coste de oportunidad moral. No se pregunta tanto si le mienten como qué le ocurrirá si deja de votarle. La respuesta suele ser que entonces ganarán sus adversarios, que se perciben como una amenaza existencial contra uno mismo. Que el político propio mienta es un peaje, que su rival diga la verdad, un peligro.

Primero se niegan los hechos, luego se relativizan arguyendo que todos hacen lo mismo y, al final, se reconoce que seguramente sea un sinvergüenza, pero es de los suyos. La relación entre el votante y el político deja de ser un contrato y empieza a parecerse al maltrato aceptado por miedo a la intemperie. Ocurre a izquierda y a derecha. No es el fallo de una pieza concreta es una avería del mecanismo.

Tampoco es del todo nuevo. Maquiavelo ya escribió que el príncipe debía parecer virtuoso más que serlo porque se juzga más con los ojos que con las manos. El despotismo ilustrado lo condensó en el todo para el pueblo, pero sin el pueblo. En el siglo XX la “dezinformatsiya” soviética industrializó la técnica produciendo tantas versiones distintas de un mismo acontecimiento para que nadie crea ya en nada. Un ciudadano que no cree de desmotiva y no se moviliza.

Hoy esa operación, que antes exigía la fuerza de un Estado, la puede ejecutar un simple activista con suficientes seguidores en las redes sociales. La pulsión es antigua. Lo nuevo es el coste marginal: mentir a escala ya no necesita un ministerio dedicado, basta con un teléfono.

Una sociedad que no espera que sus dirigentes digan la verdad se ahorra decepciones. Quien no espera nada no se frustra. Pero la democracia representativa no vive solo de votos, vive de confianza. El voto es el recibo de una delegación a cambio de rendición de cuentas. Sin eso queda un plebiscito periódico entre tribus. Hay un efecto peor. Cuando la verdad deja de ser algo ineludible, el sistema selecciona a la inversa. El más capaz no prospera, solo lo hacen los más desvergonzados.

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#FernandoDiazVillanueva #mentira #politica

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política mentira
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Quiero empezar con una escena que todos hemos visto cientos de veces sin prestarle atención. Un político en una rueda de prensa o en un mitin electoral dice exactamente lo contrario de lo que decía hace solo dos o tres años. No lo matiza, no lo explica, lo dice con la misma cara de convicción, el mismo tono grave y la misma mano apoyada en el atril. Lo bueno no es tanto esto como que no pase nada, nada de nada. Hasta hace no mucho tiempo a esto se le conocía como cambiar de opinión. Cualquiera puede cambiar de opinión y en muchas ocasiones es necesario hacerlo porque si estamos equivocados en algo... Lo suyo es cambiar de opinión o introducir ciertos matices sobre las opiniones pasadas. No pasa nada por cambiar de opinión. El mundo cambia, nosotros evolucionamos, incorporamos nueva información y nos hacemos más mayores. Para los políticos el cambio de opinión era una operación delicada. Tras el cambio de opinión, pues... Tenían que dar explicaciones detalladas, escribir un libro, un artículo, justificarse ante los suyos.

Costaba dinero, costaba prestigio y a veces costaba la carrera política entera. Hoy no cuesta absolutamente nada, porque ya nadie espera coherencia. Y cuando nadie espera coherencia, la incoherencia deja de ser un defecto y pasa a ser una herramienta de trabajo. Pero quiero que veamos el cinismo de otra manera, no como un vicio moral ni como una tara del carácter de ciertos individuos con el rostro de hormigón armado. Quiero que lo veamos como lo que en realidad es en estos momentos. tecnología si una tecnología una tecnología de poder igual que la imprenta igual que el telégrafo igual que el algoritmo algo que se aprende se perfecciona se enseña en gabinetes especializados y se transmite de una generación de asesores a la siguiente y de ahí sale la Pregunta que debemos hacernos. ¿Por qué hace 30 o 40 años un escándalo tumbaba a un gobierno y hoy un escándalo equivalente no solo no lo tumba, sino que además lo refuerza? Porque eso es lo verdaderamente inquietante.

No es que mientan más que antes, es que mentir ha dejado de tener coste y ha empezado incluso a tener beneficio. Vayamos por partes. Durante buena parte del siglo XX, la verdad funcionaba como una especie de moneda que todos compartíamos. No porque los políticos de entonces fuesen más honrados que no lo eran, sino porque existía un número muy pequeño de medios de comunicación que podían certificar que había pasado. Cinco o seis cadenas de televisión de ámbito nacional, más o menos las mismas emisoras de radio, unos pocos periódicos de gran tirada, dos o tres agencias de noticias grandes y ya. Si esos nueve, diez, once medios coincidían en que algo era falso, era falso y punto, punto final. Aquello no era la Arcadia feliz, naturalmente.

Aquel sistema tenía sus connivencias, sus silencios cómplices, que fueron muchos, la información y las voces que se escuchaban eran mucho más limitadas. En ese aspecto, nuestro mundo es mejor. Pero tenía una virtud... accidental que hemos perdido. La mentira costaba cara. Para mantener un embuste de cierta envergadura había que convencer a los grandes medios. Nada más. Y esos medios eran pocos. Eran conocidos, perfectamente localizables. Ahora esos medios siguen ahí, pero su peso específico es mucho menor. En su lugar tenemos a miles de millones de personas con una imprenta en el bolsillo y un sistema de distribución que no premia tanto lo verdadero como lo que retiene la atención 20 segundos más que el vecino. La consecuencia no es que circulen más mentiras, circula más de todo. El resultado final es que verificar es caro, complejo y mentir se ha vuelto...

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