
El que susurra en la oscuridad (4) H. P. Lovecraft - Audiolibro con voz humana real

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Capítulo 4 de “El que susurra en la oscuridad”, donde lo desconocido alcanza nuevas cotas de horror. Un audiolibro inmersivo que te sumerge en los Mitos de Cthulhu con atmósfera de misterio y terror cósmico.
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El susurrador en la oscuridad. Un relato de H.P. Lovecraft. Capítulo 4 Los seres desconocidos. Me escribía Eckley con una caligrafía cada vez más temblorosa.
Habían comenzado a montar un cerco en torno a él con una determinación totalmente nueva. Los ladridos nocturnos de los perros, cuando no había luna o apenas brillaba, se habían vuelto espantosos. Y ya se habrían producido intentos de atacarle en las solitarias carreteras por las que transitaba durante el día.
El 2 de agosto, cuando se dirigía al pueblo en su coche, se encontró un tronco de árbol en medio del camino en un lugar en que la carretera discurría por entre una frondosa arboleda. Los furiosos ladridos de los dos grandes perros que le acompañaban le indicaron muy a las claras que alguno de aquellos seres debía estar merodeando por allí.
No quería ni pensar lo que hubiese sucedido de no ser por los perros. Así que en lo sucesivo no se atrevió a salir más, sin dos ejemplares cuando menos, de su fiel y poderosa jauría. Tuvo otros incidentes en la carretera los días 5 y 6 del mismo mes. En una ocasión, un proyectil le pasó rozando el coche.
Y en otra, los ladridos de los perros le advirtieron de peligros ocultos en el bosque. El 15 de agosto recibí una desesperada carta que me intranquilizó mucho. Hasta el punto de hacerme desear que Aikli dejase a un lado su pertinaz reticencia y acudiese a la justicia en busca de ayuda. En la noche del 12 al 13 se habían producido unos espantosos hechos.
Se oyeron varios disparos en el exterior de la granja, y tres de los doce grandes perros fueron encontrados muertos a la mañana siguiente. Se contaban por decenas las huellas de zarpas que había en el camino, y entre ellas podían verse las huellas humanas de Walter Brown. Eckley intentó telefonear a Brattleboro para que le enviasen más perros, pero la comunicación se cortó al poco de empezar a hablar.
Posteriormente se fue en coche a Brattleboro, en donde se enteró de que los instaladores de líneas telefónicas habían encontrado el cable principal cortado con suma limpieza en un lugar de las despobladas montañas del norte de Newfane. Pero Eccles se disponía a regresar a casa con cuatro nuevos y excelentes perros y varias cajas de munición para su rifle de repetición de gran calibre.
La carta, escrita en la oficina de correos de Bratelboro, llegó a mis manos sin ningún retraso. Mi actitud respecto a todo aquello había pasado en poco tiempo de un interés científico a otro personal y alarmista. Temía por Akeley en su remota y solitaria granja, e incluso albergaba temores por mí mismo a causa de todo lo que sabía en relación con el extraño caso de la montaña.
Aquello trascendía toda lógica. Acabaría también por absorberme y engullirme a mí. Al contestar a la carta de Akeley le insté a que buscara ayuda, insinuándole que si no lo hacía él, podría intentarlo yo. Le hablé de mi intención de ir a Vermont en persona, a pesar de sus deseos en contra, y de ayudarle a explicar el caso a las autoridades competentes.
Por toda contestación, sin embargo, recibí un telegrama expedido en Bellows Falls y que decía así. Agradezco su atención, pero no puedo hacer nada. No haga nada, pues podría perjudicarnos a ambos. Espere explicación, Henry Akeley. Pero el asunto se complicaba cada vez más.
Tras contestar al telegrama recibí una temblorosa nota de Eccle con la sorprendente noticia de que no sólo no había enviado el telegrama, sino que no le había llegado mi carta.


















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