

Description of La semilla impaciente
Desde que estaba dentro de su vaina, la semillita esperaba, con impaciencia, el momento en el que se convertiría en una bonita flor. Y de tanto pensar en el futuro, la semillita impaciente se olvidó de fijarse en el presente.
Guión y montaje: Elena Lostalé
Voces: Elena Lostalé
Voz niña: Alejandra Rojas
Músicas (Public Domain): Vivaldi - The Four Seasons "Summer" (GregorQuendel), Vivaldi - Autumn - Allegro y Vivaldi - Winter - Allegro non molto (Abydos_Music), Las cuatro estaciones - Primavera (John Harrison)
Efectos: CC 3.0 Removiendo tierra (deleted_user) y Bajo tierra (Dynamicell); y CC 4.0 Nieve (klankbeeld)
Imágenes: Freepik CC - BY. Vainas y Fondo hojas (pikisuperstar).
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Sueña cuentos.
Historias para niños que sueñan despiertos.
La semilla impaciente.
Mamá, ¿me ayudas? ¿Que si te ayudo a qué? A pintarme las uñas de colores.
¿A pintarte las uñas ahora? ¿Para qué? Estoy jugando. Me voy a vestir entera con los colores del arcoiris.
Ah, bueno. Déjame ver.
Pero antes de acostarte te lo quitas, ¿eh? Al cole no se va con las uñas pintadas.
Dame, extiende la mano.
¿Por qué no me las puedo dejar mañana? No, pero pon la mano de este lado, que si no, no me da el pincel.
Pues porque las niñas no tienen que llevar las uñas pintadas por la calle.
¿Y con cuántos años podré? No te muevas, que me salgo.
¿Con trece? Pues no lo sé, pero de momento no.
Estira este dedo.
¿Con catorce? No sé.
¿Y cuándo me dejarás teñirme el pelo? ¿Teñirte el pelo? Pero hija, no tengas tanta prisa por crecer.
Es que no puedo esperar.
No seas impaciente. Todo llegará.
Aprovecha mientras seas niña.
Se es niño durante muy poco tiempo y mayor durante demasiado.
La infancia es una isla mágica y una vez que se abandona no se puede volver.
Se borra el camino.
A ver, la uña pequeñita.
Venga, ya está.
Ahora tienes que quedarte así durante cinco minutos por lo menos, ¿eh? No muevas las manos.
¿Cinco minutos? Pero eso es mucho tiempo.
Pero ten paciencia.
Si no se te secan bien se te van a estropear.
Cinco minutos.
Hija, no hay que ser impaciente.
Ni para lo inmediato, ni para lo que nos traerá el futuro, porque si...
Me aburro.
Oye, ¿pero qué has sido tú quien se ha querido pintar las uñas? Además, la impaciencia lleva a la precipitación.
Y si nos precipitamos las cosas no salen bien y hay que empezar de cero.
Y yo no te voy a volver a pintar las uñas, ¿eh? ¿Y si soplo? No, soplando no vas a conseguir que se sequen antes.
El aliento es húmedo.
Harás que tarde más.
Pero vamos a ver, que es un ratito.
Pues cuéntame un cuento.
Y así se me pasará más rápido.
Venga, vale.
Se me está ocurriendo una historia sobre la paciencia.
Ponte cómoda.
No, pero pon las manos sobre tus rodillas.
Así.
Poneos cómodos vosotros también, sueñacuentos.
En un bonito jardín lleno de árboles y de flores, aún escondida dentro de su vaina, había una semilla.
Era parda y redondita, cinco veces más pequeña que un guisante.
Y en la vaina, envuelta aún por su piel protectora, compartía espacio con otras dos semillas más.
Sus hermanas esperaban tranquilitas el momento en el que se abriera la vaina y caerá la tierra.
Pero nuestra semilla no.
Ella tenía mucha prisa por convertirse en planta y que de ella creciera una flor.
Deseaba abandonar cuanto antes su caparazón oscuro y su forma redonda y rugosa, para llegar a ser una preciosa flor de colores alegres y pétalos aterciopelados.
No sé por qué tienes tanta prisa.
Aquí estamos calentitas y protegidas.
Sí, es una etapa muy bonita.
Ahora estamos todas juntas.
Cuando la vaina se abra y caigamos, nos desperdigaremos por el suelo y ya no podremos hacernos compañía.
Ya conozco qué se siente estando aquí en la vaina junto a vosotras.
Ahora necesito ir un paso más allá y descubrir cómo es estar fuera de esta cárcel vegetal.
Debes tener paciencia.
Cada cosa ocurre a su debido tiempo.
Disfruta de este momento con deleite.
Lo demás está por llegar.
Pasaron los días.
Las semillas iban creciendo poco a poco dentro de su vaina.
Cuando se hicieron gorditas y la vaina se secó, el envoltorio se abrió y todas ellas, prendidas todavía a la cáscara, pudieron ver el mundo.
Las demás simientes se sintieron muy dichosas.
¡El exterior era increíble! Disfrutaban contemplando el azul e inmenso cielo, sintiendo la caricia del viento de verano en sus rugosos cuerpos esféricos, admirando las mariposas vestidas de fiesta que aleteaban a su alrededor, conociendo el mundo a través de las figuras que dibujaban las nubes.
Pero nuestra semilla no estaba contenta.
No entendía nada.



















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